Veintiocho

—¿Emma?

—Roberto.

—Ejem, todo... ¿todo bien?

—Todo bien, ¿y tú?

—Bien. He estado en el colegio de Giacomo.

—Sí, me lo ha dicho. Has..., cómo decirlo, ¿has descubierto algo?

—He seguido a la chica hasta su casa pero no ha pasado nada.

—¿Roberto? —Había bajado el tono de voz.

—¿Sí?

—¿Qué piensas de toda esta historia?

Pausa en el otro lado. Roberto no sabía qué pensar. Todavía no, al menos.

—Roberto, ¿sigues ahí?

—No sé qué pensar. Mañana volveré a situarme delante del colegio y veremos qué pasa. Si es que pasa algo.

Emma permaneció en silencio durante un poco de tiempo.

—¿Me llamarás luego?

—Claro, te llamaré.

Silencio de nuevo. ¿Le estaba pidiendo que la llamara solo porque quería estar informada sobre lo que sucedía? ¿O había otro motivo?

—Saluda a Giacomo de mi parte. Dile que me estoy ocupando del asunto.

—Se alegrará. Le has caído bien, no es algo que ocurra con frecuencia.

* * *

A la mañana siguiente todo se desarrolló de la misma forma, con el mismo ritmo ambiguo, perezoso y activo al mismo tiempo. Sin una razón precisa, Roberto se había llevado consigo unos anteojos y una máquina de fotos. Era improbable que necesitase usarlos, pero llevarlos no le costaba nada, se había dicho mientras salía de casa con una vieja bolsa de tela militar en bandolera, sintiéndose ligeramente ridículo.

Giacomo salió del colegio casi corriendo y aminoró el paso cuando vio a Roberto. Se intercambiaron una mirada rápida. Luego el chico se dio la vuelta y pasó de largo.

Inmediatamente después salió Ginevra y la secuencia fue idéntica a la del día anterior. Autobús, trayecto, descenso, tramo a pie, entrada en el edificio.

Roberto esperó fuera un poco, mientras empezaba a sentirse estúpido. ¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Qué era esa ridícula investigación privada, de detective aficionado con la bolsa en bandolera? Se fue, presa de la súbita preocupación de que alguien pudiese fijarse en él y preguntarle qué estaba haciendo.

Al volver a casa pensó que haría un último intento, y punto. Si no pasaba nada quizá le referiría el asunto a sus compañeros, dejando que se ocupasen ellos del tema. Eso suponiendo que existiese realmente un asunto del que ocuparse.

* * *

Al día siguiente llegó con algo de retraso, con el tiempo justo para cruzarse con la chica que acababa de salir del colegio y se apresuraba hacia la parada. Roberto ya sabía a dónde se dirigía, así que se mantuvo a más distancia para tener una visión más amplia y —pensó— también para evitar que alguien se fijase en él, en un hombre de mediana edad, con aspecto poco tranquilizador, que seguía a una colegiala.

El flujo de niños y adultos era el mismo que el de los dos días anteriores. A Roberto, sin embargo, le pareció advertir, en el movimiento regular de la gente, una discontinuidad, un elemento que no seguía el ritmo.

El instinto del policía que va en busca de la nota disonante y ve lo que a otros se les escapa: los pequeños objetos que faltan o que están fuera de su sitio, las posturas ligeramente descompuestas, los gestos forzados, los leves jadeos, los rubores, las miradas huidizas o excesivamente dubitativas. Quien está en un sitio en el que no debería estar; quien camina despacio cuando debería ir deprisa y quien va deprisa cuando debería caminar despacio; quien mira alrededor y quien parece no mirar nada; la locuacidad excesiva o el mutismo. Las regularidades alteradas. Se concentra en los detalles inusuales en vez de dejarse distraer por la aparente normalidad del conjunto del cuadro.

Bajo ciertos aspectos, un buen policía es como un buen médico. En ambos casos, es cuestión de ojo, de ver detalles que a los demás les resultan invisibles.

En aquel flujo de gente —adultos, pero sobre todo chavales— había un elemento irregular que Roberto percibió como un fenómeno, una alteración del conjunto, antes de descubrir siquiera la causa.

La causa era un adolescente de unos quince años, con un aspecto precozmente musculoso, que avanzaba deprisa mirando hacia delante.

Caminaba como si estuviese siguiendo a alguien, se dijo Roberto, notando de golpe que se le aceleraba el corazón y que se despertaba su instinto de cazador, intacto y primordial.

Llegaron a la parada, justo mientras se iba el autobús que había cogido la niña los dos días anteriores. Ella intentó alcanzarlo pero no lo logró. Entonces se quedó algo retirada, junto a un porton. Roberto se mantuvo a distancia. Había perdido de vista al muchachote musculoso, lo localizó mientras él llegaba también a la parada y miraba alrededor. Luego se interpuso un grupo de subsaharianos que le impidió seguir la escena. Se acercó, y cuando estuvo a unos diez metros, vio al musculoso al lado de Ginevra. Algo más allá había otro chico. Parecía mayor, pero tenía un aspecto menos compacto y menos peligroso que el primero. Jefes y gregarios. Siempre funciona así, la edad casi nunca importa.

El musculoso hablaba, la chica sacudía débilmente la cabeza, como con resignación. El otro, en un determinado momento, pareció indicar algo, Ginevra intentó apartar la mirada, el chico le cogió la barbilla entre las manos y la obligó a mirar quién sabe dónde. En ese instante llegó un nuevo autobús. La chica hizo un intento por cogerlo, pero el otro se lo impidió cortándole el paso.

El segundo chico vigilaba la situación. Cuando vio que se volvía hacia él, Roberto fingió que estaba mirando un escaparate, contó hasta cinco y se dio otra vez la vuelta. Los tres se habían movido, el jefe caminaba junto a Ginevra, el otro iba unos pasos detrás.

Roberto se puso en marcha, intentando mantener una cierta distancia de seguridad. El musculoso hizo una llamada, sin dejar de caminar. No se daban la vuelta para mirar atrás pero, de todas formas, en un momento dado, Roberto se quitó la chaqueta, se sacó la camisa del pantalón y se convirtió en otro. Poco después, los tres se encontraron con un chico flaco, gafotas, con aire mortecino. Se unió a la formación sin decir nada.

El seguimiento duró siete, ocho minutos, hasta que llegaron a un portal. El jefe tenía las llaves, abrió, y todos desaparecieron en el interior, cerrando el portal detrás de ellos.

Lo primero era entrar cuanto antes él también, se dijo Roberto. Los otros problemas los resolvería cuando se presentasen. En el portal había una placa de un despacho de abogados. Roberto llamó al despacho. Le respondió una voz femenina, con un fuerte acento, nasal y maleducada.

Carabinieri. Abra, tenemos que efectuar un control.

Tras una breve pausa de duda, la cerradura emitió un zumbido como el de un abejorro y el portal se abrió. Roberto corrió hasta el ascensor: la luz roja estaba todavía encendida y la máquina en funcionamiento. Se detuvo en el quinto piso, el último del edificio.

Roberto pensó que esperar el ascensor le haría perder demasiado tiempo. Subió los escalones de dos en dos, corriendo, y cuando llegó al quinto piso el corazón le latía como si le fuera a estallar. En el descansillo había dos puertas y en ninguna de las dos había nombres o placas. Intentando controlar el jadeo, tocó el timbre de la puerta que estaba a su izquierda. Cuando abrieran —según quién lo hiciera— decidiría qué hacer.

Pasó como un minuto; Roberto tuvo la inequívoca sensación de que alguien estaba observando por la mirilla; luego se oyó la voz de un hombre mayor, algo trémula.

—¿Quién es?

Carabinieri, señor. Necesito hacerle un par de preguntas, ¿puede abrirme, por favor?

—¿Un carabinieri? ¿Y qué es lo que quiere de mí?

—Necesito hacerle un par de preguntas, ¿le importaría abrirme, por favor?

—¿Y yo cómo sé si se trata de verdad de un carabinieri y no de un ladrón?

—Le enseño la placa, señor. ¿Puede verla a través de la mirilla? —dijo Roberto, intentando controlar una nota de exasperación en su voz.

—A ver —dijo el viejo con un tono de voz cargado de sospecha.

Roberto puso la placa a la altura de la mirilla. Pasaron aún bastantes segundos, luego se oyó en el interior un ruido de cerrojos y llaves y, por fin, se abrió la puerta. Apareció un señor muy viejo, totalmente calvo y con la piel insólitamente lisa y rosada.

Lo más curioso de la imagen que Roberto tenía ante sí no era, sin embargo, el aspecto del hombre.

Lo más curioso era que el hombre empuñaba un enorme revólver.

—No se preocupe por esto. Si de verdad es usted un carabinieri no me sirve para nada. Si no lo es, y esa placa es falsa, todavía está a tiempo de irse. La foto no se parece mucho.

—¿Está cargado, señor? —dijo Roberto intentando reponerse de la sorpresa.

—Pues claro que está cargado, vaya pregunta. Y si de verdad es usted un carabinieri, sepa que tengo licencia de armas.

—No lo dudo, señor. La placa es auténtica, aunque la foto es de hace algunos años y estoy algo cambiado. Le agradecería mucho que bajase el cañón de su pistola. Solo quiero saber quién vive en el piso de al lado.

El viejo lo miró con una expresión extrañamente sorprendida y satisfecha. Bajó la pistola, se apartó y le hizo a Roberto un gesto para que entrara.

—Por fin se han dado cuenta. Muchas de las llamadas las he hecho yo. Les ha llevado su tiempo, pero por fin se han dado cuenta.

Entró en la casa con una sonrisa cauta. El apartamento estaba muy oscuro y apestaba a naftalina. Roberto no tenía ni idea de lo que quería decir el viejo pero pensó que era mejor no decírselo.

—Es lo que pasa siempre, señor. Desgraciadamente, tenemos mucho trabajo y no podemos estar en todo. ¿Puede decirme quién vive en ese piso?

El viejo se lo explicó. El apartamento era de un abogado que se había mudado allí cuando se separó de su mujer. Luego encontró a una nueva compañera y se fue a vivir con ella. Ahora el apartamento lo usaba su hijo, que era un delincuente, junto con sus amigos, otros delincuentes, igual que él. Venían con frecuencia, ponían la música a todo volumen a todas horas, gritaban, montaban jaleo, bebían.

—Estoy seguro de que también se drogan —concluyó lapidariamente el viejo.

Roberto cogió la oportunidad al vuelo.

—De hecho, señor, fuentes confidenciales nos han informado acerca de la presencia de chicos muy jóvenes que consumen drogas y puede que trafiquen con ellas en una vivienda de este edificio. Estoy aquí para verificarlo.

—¿Y hace un trabajo así usted solo? ¿No debería ser un grupo o una patrulla?

El viejo estaba viejo pero no senil. A Roberto le entraron ganas de reírse pero se esforzó en contestarle en el mismo tono.

—Claro, señor, de hecho somos tres. Mis compañeros están fuera, en la calle, para interceptar a eventuales fugitivos y para incautar la droga que presumiblemente arrojen por los balcones o las ventanas. Es la forma en la que actúan habitualmente los traficantes cuando irrumpimos en sus domicilios: se deshacen de la droga tirándola a la calle. Ahora, señor, me gustaría que me ayudase a proceder.

El otro pareció convencido, se metió el pistolón en el cintu—rón y se quedó mirando a Roberto con expresión decidida, aguardando. En su cara se leía que estaba dispuesto a colaborar. Roberto pensó que era una de las situaciones más cómicas en las que se había visto en todos sus años como policía.

—Usted dirá.

—¿No tendrá un balcón en el interior de la casa que limite con los balcones del otro apartamento?

—Sí, claro.

—¿Le importaría enseñármelo?

—Pero ¿qué es lo que quiere hacer?

—Quiero pasar de un balcón al otro para entrar allí explotando el factor sorpresa. Como usted comprenderá, si llamo a la puerta corro el riesgo de que se deshagan de la droga, puede que tirándola por el váter.

Fue una explicación persuasiva. El viejo le dijo a Roberto que le siguiera y lo condujo a través del piso, con el hedor a naftalina haciéndose cada vez más fuerte, hasta los balcones del interior. Eran colindantes y pasar de uno a otro sería muy fácil, pasando por encima de la barandilla. No había rejas o persianas. Y el cristal parecía normal, nada antirrotura. Se podía romper fácilmente.

El viejo ahora quería colaborar, pero al mismo tiempo mantenía una actitud alerta. Está todo menos senil, pensó Roberto.

—Pero para hacer algo así ¿no necesita un mandamiento judicial?

—Por regla general, sí, señor. Pero en casos de emergencia (y este es un caso de emergencia) la policía judicial puede hacer registros por iniciativa propia. Está previsto en el artículo 103 del Texto único sobre estupefacientes. Como es lógico, tenemos que contar con la convalidación del magistrado.

—¿Y no lleva pistola?

En efecto, otra pregunta apropiada. No la llevo porque me la han retirado. Me han dicho que estoy casi loco y por eso me la han retirado. No, no tengo pistola y, muy probablemente, en vista de la que voy a liar, no volveré a tenerla jamás.

—No, señor, en determinadas irrupciones preferimos no llevarla para evitar el riesgo de que se produzca algún disparo accidental. En este caso, se trata de menores de edad, por lo que parece, y en ese caso nuestro protocolo operativo no prevé el uso de armas de fuego —mintió Roberto.

Protocolo operativo. La habilidad para disparar gilipolleces, desde luego, la mantenía intacta.

El viejo le dijo que procediera, pero que llevara cuidado porque podía ser peligroso.

Ya, podía ser peligroso. Durante unos instantes, a Roberto, que jamás había sufrido vértigo, le acometió un principio de pánico que —se dio cuenta enseguida— podía invadirlo y paralizarlo. Tienes cuarenta y siete años, fue lo último que se dijo antes de saltar por encima de la barandilla, de caminar aferrado a la cornisa a lo largo de medio metro, del lado del vacío, de volver a saltar por encima de otra barandilla y aterrizar en el otro balcón con el corazón a punto de salírsele por la garganta.

Miró el interior. En aquella habitación no había nadie. En la casa se oía música a todo volumen y el cristal vibraba bajo los golpes de la batería de algún tema house.

Roberto hizo un ovillo con la chaqueta y lo usó para protegerse la mano. Dio un solo golpe, seco y casi delicado. El cristal se rompió alrededor del centro del puñetazo, el mínimo indispensable, haciendo poquísimo ruido que, de todas formas, quedó tapado por el estruendo de la música. Metió la mano por el hueco, abrió la ventana y entró sin pensárselo. Decidiría qué decir y qué hacer ateniéndose a lo que se encontrase. Recorrió un pasillo oscuro, largo y desnudo, guiándose por el ritmo obsesivo de la música.