Veintisiete
Una hora después, Roberto estaba en la consulta del psiquiatra. Parecía que habían pasado meses desde la última vez.
—No sé de qué hablarle hoy.
—No me cuente nada, en ese caso.
—Me siento..., no sabría explicárselo.
—¿Algo a disgusto?
—Sí, quizá.
—Es una situación nueva, es normal que se sienta así.
—¿Tiene algo que ver con lo que le he contado la última vez?
—Tiene que ver con varias cosas y, también, con lo que hablamos la última vez. En conjunto, fue una sesión un poco atípica.
Roberto se pasó las manos por la cara.
—Ha dicho que es una situación nueva, ¿verdad?
—Sí.
—¿Sabe una cosa?
—¿Cuál?
—Tengo la sensación de que, de pronto, las palabras (quiero decir, las palabras normales, las que conozco perfectamente, como «situación») tienen un significado más claro, más preciso.
—Es el mundo que empieza a cobrar sentido de nuevo. Y por si acaso no está claro: es una buena noticia.
—¿Quiere decir que estoy mejor?
—Quiere decir que está mejor, yo diría que sí. Los próximos días empezaremos a reducir la dosis de la medicación.
—Siento lo que me contó la vez pasada..., lo de su hijo. El doctor esbozó una sonrisa.
—No debería decirlo porque está fuera de toda norma, pero me sentó muy bien hablar con usted.
* * *
Ya en la puerta, el doctor le dio la mano y le dijo que estaba muy satisfecho por cómo iban las cosas.
—He conocido a una de sus pacientes.
—Lo sé.
—Ya pensé que se habría dado cuenta.
—Creo que es algo bueno.
Roberto se quedó mirándolo.
—Algo bueno —repitió el doctor, antes de despedirse de él, sonriendo, y de volver a entrar en la consulta.
* * *
A la mañana siguiente se despertó con un humor cambiante: una mezcla de alegría y de ligera angustia. Hizo un poco de gimnasia, se metió en la ducha y luego se vistió, eligiendo la ropa con mucho cuidado, intentando concentrarse en cada uno de sus movimientos. Empezar por los pantalones, primero una pierna, luego la otra, manteniéndose en equilibrio sin buscar un punto de apoyo; coger una camisa que había planchado la semana pasada, recrearse unos segundos en mirarla porque el planchado era impecable, meter primero un brazo, luego el otro; sentarse en el borde de la cama y pasar a los calcetines, después de haber comprobado que fueran los dos del mismo par y no tuvieran tomates; ponerse el cinturón y darse cuenta de que podía ceñírselo hasta un agujero que no había utilizado nunca; ponerse la chaqueta, dándose una ojeada final en el espejo.
Era absurdo, pensó, pero le había gustado vestirse. ¿Puede que porque lo había hecho con atención? ¿Con cuidado? Abrió la cartera, sacó la placa y la miró como si no la hubiese visto nunca. Obviamente, se trataba de la foto. No era demasiado antigua, pero parecía de otro. ¿Quién era ese tipo de uniforme, sin barba, sin arrugas profundas en la frente y con la mirada, llena de audacia, del que no le tiene miedo a nada? ¿En qué instante había desaparecido para que el otro ocupara su lugar? ¿Dónde estaba ahora? Porque tenía que estar en alguna parte, puede que en un mundo paralelo del que solo tenía que encontrar la puerta, pensó Roberto, extrayendo de este pensamiento absurdo un consuelo irracional y beneficioso.
Salió con la alegría y la angustia formando un remolino, una abrazada a la otra, y fue a desayunar al bar en el que había quedado dos veces con Emma. Se tomó un cappuccino y un cuerno, fumó un solo cigarro, miró pasar a la gente disfrutando de su ocio, por primera vez desde hacía un tiempo incalculable.
La mañana era luminosa, pero no hacía calor. Un día ideal de primavera, pensó Roberto mientras paseaba tranquilo y vigilante, mirando alrededor, viendo lo que tenía alrededor. Volviendo a poner en funcionamiento la mirada.
Unos minutos antes de la una, estaba delante del colegio.
* * *
El sonido rabioso de la campana se difundió también por la calle. Pasaron, quizá, unos treinta segundos en suspenso, en los que pareció que el sonido no había tenido efecto alguno, y luego los chicos empezaron a salir del edificio. Giacomo apareció casi enseguida, caminando junto a una niña rubia. Siguió a su lado hasta que cruzó su mirada con la de Roberto. Entonces se detuvo, con la expresión vagamente desalentada del que ha acabado con su tarea y no tiene ninguna posibilidad de influir en lo que sucederá después. Aunque quiera. Un instante antes eres indispensable, inmediatamente después eres irrelevante. Roberto lo miró, intuyendo lo que sentía. Luego se dio la vuelta y se puso en marcha.
Ginevra caminaba a paso rápido y, de vez en cuando, miraba hacia atrás. Llegó a una parada de autobús y se fundió con el pequeño gentío que estaba aguardando. Roberto se acercó. Varios autobuses llegaron y se fueron. Luego llegó uno en el que subió la chica y Roberto la siguió. No tenía billete. Si me paran, enseño la placa, se dijo. En el autobús Roberto observó a la chica. Mona, pero nada del otro mundo.
Ginevra se bajó tres paradas después, caminó unos minutos, llegó a un edificio señorial, abrió el portal con llave y desapareció en su interior.
Roberto comprobó los nombres del portero automático, para asegurarse de que aquella fuera la vivienda de la chica. Estaba el apellido que le había dicho Giacomo. Por respetar el ritual del seguimiento, se quedó de todas formas media hora de guardia en la acera de enfrente. Durante aquella media hora solo entró en el edificio una señora mayor; no salió nadie. Eran aproximadamente las dos cuando Roberto decidió que ya era hora de irse.