Diecinueve

Se deslizó en la habitación pasando entre la puerta entreabierta y el marco. Parecía más delgada que la última vez que la vio, pero quizá fuera solo un efecto de la penumbra. Debía de haber una ventana abierta porque Roberto tuvo un escalofrío más bien intenso cuando ella se sentó en la cama. Cierto, era una visita inesperada, y de momento no se sabía ni cómo había entrado. Nunca había tenido las llaves de la casa. Es más, pensándolo bien, ni siquiera había estado en aquella casa, ¿cómo había llegado hasta allí? Quizá debería preguntárselo. Solo que hablar parecía terriblemente cansado. Quizá aquel cansancio obedecía a que estaba a punto de dormirse.

Ella no parecía tener intención alguna de romper el silencio. Estaba sentada y aguardaba. Tenía que haber adelgazado mucho, se dijo Roberto. Casi no pesaba. Cuando se sentó en la cama él no había notado su peso sobre el colchón. De nuevo una oleada de frío. A saber qué ventana estaba abierta. Quizá había sido ella la que se la había dejado abierta. Quizá había entrado por ella. Debería levantarse para cerrarla, pero estaba tan cansado, tan terriblemente cansado...

No era capaz ni de levantar el brazo. No era capaz de mover un solo músculo, era como si su cuerpo estuviese afectado por una parálisis.

Luego ella habló, mejor dicho, él oyó su voz. La penumbra le impedía ver sus labios mientras se movían y su voz procedía de un punto impreciso de la habitación. Era algo distinta a la última vez.

Era distinta a la última vez.

No me preguntas nada.

Es que no encuentro palabras.

Hace mucho que no hablas en español.

¿Estoy hablando en español? No me había dado cuenta.

No te habías dado cuenta.

Pero ¿es niño o niña?

Niño.

¿Qué nombre le has puesto?

El de mi padre. ¿Cuál si no?

Pero ¿qué sabe de su padre?

Sabe que ha muerto.

Pero yo no estoy muerto.

Ella se rio, produciendo el sonido de un ingenio mecánico. A Roberto le pareció notar un ligerísimo olor a huevos podridos.

Estás muerto, pues claro que estás muerto.

No tenía otra elección.

Lo sé, nadie tiene otra elección.

¿Cómo es él? ¿Qué vida lleváis? Cuéntame.

No existe. Nuestra vida, digo.

¿Qué quiere decir eso?

No existe nada. Para ti somos un sueño.

Yo no quería.

Nadie quiere nada.

Tengo miedo.

Tienes razón, es espantoso.

Me gustaría ver al niño.

Está allí.

¿Dónde?

Donde no puedes verlo.

¿Por qué?

No lo verás jamás.

¿Por qué?

Porque yo no existo y tú tampoco existes.

Roberto se incorporó en la cama, con esfuerzo, y estiró la mano para tocarla o para sacudirla o para no sabía qué. La mano pasó a través de ella y ella bajó lentamente la mirada, siguiendo su mano mientras la atravesaba. Roberto veía su cabeza inclinada, sus cabellos, y, al mismo tiempo, en una sincronía que no era natural, veía su cara, su sonrisa, que luego se abrió de par en par en una carcajada, convirtiéndose en lo más espantoso de todo.

Mientras Roberto pensaba que iba a enloquecer de miedo, todo desapareció de repente y la habitación volvió a ser normal.

Normal.