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Aquella noche estaban él y Pellegrini. Como de costumbre, lo vieron salir cuando la medianoche había pasado hacía un buen rato.
Estaban a punto de ponerse en movimiento cuando se dieron cuenta de que había otro junto a él.
—Son dos —dijo Pellegrini.
Chiti no contestó. Desde que le seguían la pista era la primera vez que salía acompañado. Aquello no le gustó y al mismo tiempo le dio una carga de excitación. No habría sido capaz de ponerlo en palabras, o de decir de qué detalles, de qué cosas, en el modo de moverse de los dos, le venía esa sensación, pero parecía que los dos iban a hacer algo.
Ninguna de las chicas había hablado nunca de dos agresores. ¿Pero había elementos para excluir que hubieran sido dos?
Mientras los dejaban alejarse para después bajar del coche y empezar el seguimiento a pie —dificilísimo de noche, cuando las calles están desiertas y no es posible confundirse con los transeúntes—, Chiti trató de revisar mentalmente las declaraciones de las chicas para controlar si alguna de ellas había dicho algo compatible con la hipótesis de dos agresores. Él y sus hombres habían dado siempre por descontado que se trataba de un violador solitario. Cuando se piensa en delitos en serie se piensa siempre en un maníaco que actúa solo. Tal vez ese estereotipo los había condicionado. Y sin embargo, ¿qué habían dicho las jóvenes? Mientras se apeaba del coche pensó que hubiera querido tener los sumarios a mano para comprobarlo. Todas dijeron que habían sido golpeadas por la espalda. Lo que, obviamente, no excluía que hubiese más de un agresor.
Todas habían dicho que las habían arrastrado hacia el pasillo de un edificio cercano. Aunque eso no excluía que actuaran en pareja. Al contrario, pensándolo bien, la hipótesis de los dos agresores hacía más aceptable aquel pasaje de la acción.
Tuvo una punzada lancinante entre la sien, la frente y el ojo. Intentó aún reordenar sus ideas. ¿Qué habían dicho las jóvenes, específicamente, sobre el momento de la violencia sexual? ¿Había algo que permitía excluir de modo categórico que los agresores fueran dos? No se lo parecía, pero la cabeza le dolía cada vez más y en su pantalla mental se agigantaba cada vez más la cara del dibujo.
Las caras del dibujo.
La voz de Pellegrini, aunque habló en voz baja, le hizo el efecto de una pedrada que rompiera un cristal o un espejo.
—Señor teniente, debemos ir. Ya están a tres manzanas. Si seguimos esperando corremos el riesgo de perderlos.
Chiti tuvo una especie de sobresalto, como de alguien a quien sacuden justo en el momento en que está a punto de dormirse. Se puso en movimiento sin decir nada, mirando las dos figuras ya muy lejanas. Demasiado, tal vez.
—Yo los sigo. Tú encárgate de que venga enseguida a la zona otro par de coches. Vehículos nuestros, no de la brigada radiomóvil. Indícales exactamente el aspecto de los dos chicos, descríbelos con precisión, diles que deben explorar la zona. Si los encuentran sólo deben vigilarlos, sin detenerlos ni dejarse ver. Y que nos llamen enseguida. Cuando termines reúnete conmigo.
Partió sin esperar la respuesta, con la cabeza siempre latiéndole. En aquel momento Francesco y Giorgio doblaron una esquina, doscientos metros más adelante. Se apresuró mientras oía la voz de Pellegrini en la radio, sin distinguir las palabras. Luego comenzó a correr. A algunos metros de la esquina aminoró de nuevo y cruzó la calle con tranquilidad, como quien anda cavilando sus propios asuntos. Miró hacia la derecha, donde los dos habían doblado.
La calle estaba desierta, aparte de los vehículos aparcados sobre la acera.