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Noche. Sillón. Calor. Recuerdos confusos en la niebla penetrante y sorda de la migraña.

Naturalmente, lo había decidido su padre, el general. Giorgio sería oficial de los carabinieri. Igual que su padre y su abuelo. El tema nunca había sido objeto de discusión.

Había cursado el colegio militar y luego la academia con facilidad, como quien nada bajo el agua. Contenía la respiración y los seres que giraban a su alrededor eran mudos y extraños. Como peces en un acuario.

No tuvo ningún problema para adaptarse a la disciplina. Bastaba con ausentarse, no estar ahí. Una estrategia que había aprendido muy bien desde niño.

El último año de la escuela de oficiales había conocido a una chica. Había salido con ella durante unas semanas y luego no volvió a verla. Más adelante Giorgio tendría dificultades para recordar su cara, su voz. Hasta su nombre.

Después no había habido otras.

Un psicoanalista habría dicho que el joven Giorgio tenía graves problemas para relacionarse con las figuras femeninas. Problemas de inadaptación, heridas narcisistas de la infancia, traumas remotos y profundos.

Un complejo de Edipo no resuelto.

¿El suicidio de tu madre, cuando todavía no tienes nueve años, basta para explicar un Edipo no resuelto? ¿Y tendrá que ver el suicidio de tu madre cuando todavía no tienes nueve años con esa necesidad desesperada y dolorosa de cosas que no sabes ni siquiera nombrar porque te dan miedo, por lo menos cuando las deseas?

Miedo y deseo a la vez son peligrosos.

Giorgio lo intuía confusamente. En las noches de insomnio, bajo los golpes despiadados de la migraña. En las pausas de aquella anestesia del alma que había debido aprender demasiado temprano. Para sobrevivir al silencio.

Miedo y deseo y silencio juntos son peligrosos.

Uno puede perderse.

Uno puede volverse loco.