22
Me desperté a eso de las siete de la tarde, húmedo de sudor. Francesco ya se había levantado y se oía el ruido de la ducha. Aquella habitación era sencillamente absurda. Papel estampado con puertas de caballerizas desde donde asomaban cabezas de caballos, los dos cubrecamas diferentes y un televisor enorme, en blanco y negro, de los años sesenta. Me quedé mirándolo varios minutos, todavía atontado por el cansancio y una sensación de extrañeza. Sentía un olor extraño, desagradable pero familiar. Tardé un poco en comprender que era yo mismo quien lo despedía. No me gustó darme cuenta de que hedía y, apenas salió Francesco, envuelto en una toalla, fui a bañarme.
Salimos cerca de las ocho, después de que los dos recuperáramos un aspecto normal.
Francesco telefoneó a su amigo y oí cómo hablaba una mezcla de italiano, español y francés. Comprendí que un tal Nicolás no estaba en Valencia y que volvería dentro de algunos días. Francesco no pareció sorprenderse y dijo que telefonearía de nuevo. Había algo extraño en el tono en que lo dijo.
Nicola era un viejo amigo suyo, me explicó Francesco después de colgar. Era de Bari pero ahora vivía en España desde hacía más de dos años, viajando continuamente y haciendo varios trabajos. La explicación terminó allí. Yo no tenía especial interés en Nicola. Estaba bien despierto, me sentía bien, tenía hambre y nos encontrábamos en España.
Después de comer —obviamente paella valenciana— con muchas cervezas, fuimos a recorrer la ciudad.
Vagamos por los bares, que estaban todos abiertos y atestados de gente. Fue así como llegamos a un jardín con mesitas en la penumbra, una gran barra en el medio, mucha gente en las mesas, de pie, sentada en el suelo. El olor a hachís saturaba el aire. Encontramos una mesita libre y nos sentamos. Al contrario del viaje, los dos hablábamos muchísimo. Estábamos eufóricos. Hablábamos los dos a la vez, sin escuchar lo que decía el otro. Un río de palabras sobre nuestra libertad, sobre nuestro vivir rebelde, fuera de reglas hipócritas. Sobre nuestro buscar el sentido de las cosas bajo el viejo barniz de las convenciones. Convenciones que rechazábamos en nombre de una ética inaccesible a la mayoría.
Un aluvión de gilipolleces.
La camarera que vino a la mesa dijo «¡hola!», pero un instante después, al oírnos hablar, se dirigió a nosotros en italiano.
Era de Firenze, más precisamente de Pontassieve, y se llamaba Angelica. No era guapa, pero tenía un rostro simpático. Miraba a Francesco. Nos preguntó de dónde éramos, dijo que había estado en Bari sólo de pasada hacia Grecia y que le habían recomendado que tuviera cuidado con los carteristas. Nos tomó nota mirando siempre a Francesco y prometió volver enseguida.
—¿Qué te parece? —me preguntó Francesco.
—Graciosa. Es decir, simpática. Tiene algo, aunque no es guapa. De todos modos te miraba.
Movió la cabeza, como diciendo que obviamente se había dado cuenta.
—Hagámonos amigos, esperemos que termine de trabajar y salgamos juntos. Así tendremos un apoyo en Valencia hasta que regrese Nicola.
—También podemos pedirle que nos recomiende un hotel un poco mejor que esa pocilga adonde hemos ido a parar —dije yo, pero él no me contestó. Evidentemente el hotel estaba bien para él. Angelica volvió con nuestras dos caipiriñas.
—¿Cómo es que estás trabajando en España? —le preguntó Francesco.
Ella miró un instante alrededor antes de contestar. Nadie parecía necesitarla en las mesas.
—Hace un año que no ando bien con los exámenes en la universidad. Estudio lenguas pero tuve algunos problemas. Así que decidí pasar un tiempo en España para mejorar mi español y tratar de entender lo que quiero hacer. ¿Y vosotros?
—Yo estoy en último curso de Filosofía y mi amigo Giorgio de Derecho. En julio terminamos nuestros exámenes y decidimos tomarnos un par de semanas para venir a España. Y aquí estamos. ¿Hasta qué hora está abierto este sitio? —Había mentido con la acostumbrada naturalidad. Pensé que no me importaba en absoluto. Que estaba bien y no me importaba nada de nada.
Angelica miró de nuevo alrededor y vio que en una mesa, en el lado opuesto del jardín, alguien gesticulaba para llamar su atención. Habló rápidamente.
—Depende. Las dos, las tres. Depende de las noches. Mientras queda gente estamos abiertos. —Hizo una pausa breve, como si estuviera pensando en lo que iba a decir. Luego habló con rapidez—. Escuchad, ahora tengo que ir. Si no tenéis prisa podéis esperarme, como máximo una hora, y acompañarme a casa. Está a un cuarto de hora a pie. Así charlamos tranquilos y también os doy algunos consejos acerca de qué hacer en Valencia y los alrededores.
Francesco dijo que no teníamos ninguna prisa y que sería un placer esperarla. Entonces ella volvió a trabajar y nosotros nos quedamos en nuestra mesa. Me sentía bien. El aire era cálido y yo estaba inmerso en una sensación de pereza invencible y dulce. Una ausencia de tiempo, de responsabilidad, de liberarme de mí mismo. Un poco era el alcohol —las cervezas primero, las bebidas fuertes después—, un poco aquella atmósfera de periferia exótica.
Una hora y media y tres caipiriñas más tarde nos fuimos con Angelica. Siempre he aguantado bien el alcohol, de modo que estaba algo atontado, eufórico pero despierto. Noté que Angelica, además de haberse cambiado, se había soltado el cabello, que era largo y cobrizo. También se había maquillado.
Bebimos un par de tragos de ron en un bar que estaba cerrando. El propietario era amigo de Angelica y no quiso cobrarnos.
Retomamos el camino. Ahora Angelica y Francesco hablaban entre ellos, y yo, naturalmente, estaba excluido. Entonces decidí caminar unos pasos atrás.
Miraba alrededor y debía de tener una sonrisa un poco ausente. Eran las tres pasadas, pero las calles todavía estaban llenas de gente. No sólo grupos de gente joven, también borrachos, colgados de todo tipo; había señores ancianos con camisas blancas de manga corta y cuellos dudosos; familias con niños, abuelos y perros. También cruzamos dos monjas. Vestidas perfectamente con sus hábitos, caminaban despacio hablando animadamente. Permanecí mirándolas largamente mientras se alejaban. Para imprimírmelas en la mente y —pensé con claridad— para que a la mañana siguiente o diez años después no me viniera la duda de haberlas soñado.
Todo era inverosímil, irreal, lleno de una sensación de ebriedad y de leve nostalgia.
Llegamos a casa de Angelica y ella nos preguntó si queríamos subir a tomar algo más. Pero el significado era si Francesco quería subir. Mentí, diciendo que estaba muy cansado y también bebido. No lo bastante, pensé, para no entender las cosas de la vida. De modo que Francesco y Angelica desaparecieron juntos detrás de aquel pequeño portal de madera sucio. Ella se despidió dándome un beso en la mejilla.
Tardé más de una hora en encontrar el hotel. Entretanto me detuve en otro par de bares y bebí otro par de rones. Cuando me acosté, después de haber hecho un pis interminable, la cama empezó a girar sobre sí misma. O tal vez era la habitación la que giraba, mientras la cama permanecía quieta. Pensé en Galileo. Era él quien había inventado el método de la ciencia moderna. O tal vez era Newton. Oh, todo eso era demasiado agotador, pero debía conseguir recordarlo. Coño, yo aguantaba muy bien el alcohol, todos lo decían. ¿Todos quiénes? Además, ¿qué quería decir que debía conseguir recordarlo?
Después, de golpe, todo desapareció.