18

Caterina como-se-llame no recordaba nada más de aquella noche. No había reparado en nadie en especial en aquel bar. Sí, era un lugar al que ella y sus amigas iban a menudo. No, ni siquiera las noches de las semanas precedentes habían notado nada particular. No, no sabría decir si en los días anteriores la habían seguido.

Dos de las amigas dijeron prácticamente lo mismo.

Con la cuarta no parecía ir mejor. Guapa, pechos grandes, una expresión de malicia afectada, pero no muy inteligente. Cardinale y Pellegrini, que estaban con el teniente tomando declaración, se la comían con los ojos.

—Entonces, señorita...

—Rossella.

—Ah, sí, Rossella. Por favor, ¿puede darnos sus datos completos?

Ella los dio y luego Chiti quiso oír por cuarta vez qué había ocurrido aquella noche. Caterina y Daniela se habían ido antes porque al día siguiente tenían clase. Ella y Cristina se habían quedado un poco más bebiendo y charlando.

—Bien, Rossella. Ahora quisiera que se detuviera en lo que ocurrió antes. Quiero decir antes de que sus amigas se fueran. ¿Le llamó la atención alguien en el local? ¿Un hombre, un chico solo con un aspecto... digamos, diferente? ¿Tal vez alguno al que había visto en el mismo lugar, otra noche?

Rossella meneó la cabeza y estaba a punto de contestar: No, nadie. Y así aquella idea podía irse al diablo y estaban otra vez en el punto de partida. Pero después dejó de menear la cabeza y pareció concentrarse, como si se le hubiera ocurrido algo.

—En un momento dado llegó uno... pero después de todo no puede ser él.

—¿Qué quiere decir? ¿Quién llegó?

—Hacía poco que estábamos sentadas cuando ése... entró y se sentó ante la barra. Diez minutos y se marchó. Pero no puede ser él.

—¿Por qué? ¿Qué quiere decir?

Rossella lo miró directamente a los ojos, meneó de nuevo la cabeza. Hubo una pausa de recelo.

—Era guapo. No puede ser un violador. Uno así puede tener a todas las que quiera. No puede haber seguido a Caterina...

Era imposible que uno tan guapo pudiera haber violado a una como Caterina. Probablemente la joven quería decir algo así, pero Giorgio la interrumpió.

—¿Lo había visto antes?

—No. Seguro que no. Si lo hubiera visto antes lo recordaría con seguridad. Pero le repito que...

—Si lo viese, ¿podría reconocerlo?

Claro que podría reconocerlo. Del modo en que lo dijo estaba claro que le habría gustado mucho conocer a aquel sujeto, más que simplemente reconocerlo.

Chiti se lo hizo describir —un metro ochenta, ojos claros, cabello oscuro—, tomó nota y después le mostró el álbum preparado con las fotos de todos los sujetos fichados. Aunque no confiaba demasiado en que aquella especie de Alain Delon estuviese entre los maníacos catalogados.

En efecto, no estaba. La joven hojeó con velocidad y con una mueca de disgusto aquel muestrario de rostros inquietantes; de líneas deformadas por una naturaleza desfavorable, estropeados por sus propias voces interiores o, simple y llanamente, por los golpes recibidos antes de ser fotografiados y fichados. Después de cerrar el álbum lo alejó con un gesto involuntario y decidido, meneando la cabeza. Chiti permaneció unos instantes inmóvil, después rompió el silencio.

—Escuche, Rossella, usted ha dicho que recuerda bien a ese muchacho. ¿Podría hacernos una descripción con nuestro dibujante para ver si conseguimos hacer un retrato robot?

—Sí. Pero es imposible que...

—Sí, lo entiendo. Usted dice que es muy difícil que pueda tratarse del que buscamos. Muy probablemente tenga razón, pero nuestro deber es no omitir ninguna hipótesis.

Mientras hablaba, Chiti pensaba en otra cosa. Sentía una extraña excitación y, si hubiera debido traducirla en palabras, esas palabras habrían sido: puede ser él, puede ser él; no sé por qué pero concuerda perfectamente con algo; no sé con qué, pero concuerda. Perfectamente.

—Pellegrini, por favor, que venga enseguida... ¿cómo se llama el dibujante, ese cabo con bigotes?

—Se llama Nitti, señor teniente. Pero no está.

—¿Qué significa no está? ¿Adónde fue?

—Está en convalecencia, señor teniente. Tuvo un accidente de moto y se rompió un brazo. Justo el que usa para escribir y dibujar.

Pausa. Silencio.

—Tal vez podamos pedir a la jefatura que nos presten uno —prosiguió Pellegrini—. Tienen por lo menos dos y seguramente...

—¿Qué dice? Llamamos a la jefatura, les decimos que nos den un dibujante para resolver el caso del maníaco de las porterías y enseguida nos contestan que sí. Encantados, amigos carabinieri, aquí está nuestro técnico. Gratis. Y después nos vamos y no tenemos ningún interés en inmiscuirnos en su investigación. ¿Qué le parece, responderán así?

Pellegrini se encogió de hombros, apretando los labios. Una expresión del tipo: «Era una idea como cualquier otra, teniendo en cuenta que estamos en un callejón sin salida».

Pero Chiti estaba pensando otra cosa. Un poco absurda, tal vez. O tal vez no.

Algo que no le resultaba fácil de decir a sus hombres, reunidos en aquella habitación.

¿Por qué? Se preguntó. Porque se avergonzaba un poco de decir ante sus suboficiales que sabía dibujar y que intentaría hacer un retrato del violador.

De modo que sencillamente no lo dijo; lo puso en práctica.

—Cardinale, por favor, tráigame unas hojas en blanco, un lápiz y una goma de borrar.

El suboficial lo miró en silencio, pero frunciendo el ceño y entrecerrando apenas los ojos. Lo que faltaba. Como quien no ha entendido bien.

—¿Y bien? ¿Piensa ir?

El otro se levantó de un salto y fue. Volvió algunos minutos después con hojas, lápiz, goma, sacapuntas.

—Ahora por favor salgan y déjenme solo con la señorita.

No añadió nada para no dar explicaciones Los dos salieron sin decir una palabra y sin siquiera mirarse.

Él y la chica se quedaron allí por lo menos una hora. Cuando volvieron Pellegrini y Cardinale había un retrato sobre el escritorio.

Pellegrini no pudo contenerse.

—Pero ¿lo hizo usted, señor teniente?

Chiti no respondió y permaneció largamente en silencio, yendo con la mirada del dibujo a los rostros de sus suboficiales y al de la chica.

—La señorita Rossella dice que se parece al tipo que vio hace dos noches en el local...

Ella miró alrededor, iba a decir algo, después sólo hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

Después Chiti le dijo que le agradecía su colaboración, que podía firmar la declaración y volver a su casa; que si volvían a necesitarla la llamarían. Él mismo la acompañó por los pasillos y las escaleras de la comisaría hasta la salida.

Cuando volvió a su despacho los dos estaban de pie ante el escritorio. Dejaron de hablar a su llegada.

—¿Así pues?

Silencio. El mismo de antes.

—¿Así pues? Creo que tenemos algo con lo que empezar.

Todavía silencio. Los dos se limitaron a asentir.

Chiti iba a preguntar cuál era el problema. Porque había claramente un problema. Pero sin saber muy bien por qué, se contuvo y les mandó hacer unas cuantas fotocopias del dibujo. Cuando regresaron, dijo que deberían mostrar las fotocopias a todas las chicas, que había que volver a tomarles declaración acerca de lo ocurrido; pedirles que explicaran en qué locales habían estado las noches de las agresiones; verificar si, aparte de las camareras, habían ido a esos locales en los días anteriores. Dijo todo eso hablando con demasiada rapidez, deseando que lo dejaran solo lo antes posible.

—¿Cuándo empezamos, señor teniente?

—Hace diez minutos. Gracias, eso es todo.

Luego les hizo el gesto de que se retiraran, con la mano. Menos amable que de costumbre, en realidad nada amable. Los dos se sobresaltaron, saludaron y salieron. Él se quedó allí, sentado ante el escritorio.

Solo, por fin, con el dibujo original. Por fin pudo mirarlo con calma.

Lo miró durante un largo rato, mientras la tensión crecía en todos los músculos de su cuerpo.

¿Qué habían visto allí sus hombres? ¿Y qué veía él?

¿El rostro de un criminal psicópata sin nombre o algo extrañamente similar a un autorretrato? Cuanto más miraba aquella hoja, más le parecía estar frente a un espejo de papel.

Al fin la tensión se hizo insoportable.

Entonces enrolló el papel con violencia, se lo puso en el bolsillo y escapó del despacho.