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Hasta aquel martes de junio mis recuerdos se suceden en una secuencia cronológica normal. Después, los hechos tomaron una extraña aceleración, un ritmo sincopado y surrealista.

Son sólo una gran cantidad de escenas, algunas en colores, otras en blanco y negro. A menudo mudas como algunos sueños, a veces con un extraño sonido no sincronizado.

Consigo ver esas escenas sólo desde fuera, como un espectador.

Muchas veces, durante años, hice el esfuerzo de regresar mentalmente a las situaciones que había vivido. Traté de ver las escenas de nuevo desde las distintas situaciones en las que me encontraba cuando ocurrían, pero nunca lo conseguí.

Incluso ahora, mientras escribo, lo intento y vuelvo a intentarlo y, apenas me parece que lo logro, una especie de elástico invisible me expulsa y pierdo las coordenadas. Cuando enfoco de nuevo aquella escena, otra vez soy un espectador. Desde un punto de vista diferente, a veces desde más cerca, a veces de lejos. A veces, y esto es un poco inquietante, desde arriba.

Pero siempre espectador.

Volví a menudo a casa de Maria. Por lo general de mañana, aunque a veces también tarde por la noche. La casa siempre estaba silenciosa y limpísima. Experimentaba una ligera náusea cuando me iba y, para que me pasara, me repetía que aquélla era la última vez.

Unos días después volvía a telefonearle.

No recuerdo una sola conversación con mis padres. Evitaba encontrarlos y, cuando los encontraba, evitaba mirarlos.

Volvía tarde por la noche, me quedaba en la cama hasta tarde por la mañana. Salía, iba a la playa o a casa de Maria o simplemente daba vueltas en coche, con el aire acondicionado encendido y la música a todo volumen. Volvía a casa avanzada la tarde, me lavaba, me cambiaba, salía de nuevo, y regresaba bien entrada la noche.

Recuerdo muchas escenas de partidas de póquer, antes y después de nuestro viaje a España.

Partidas en habitaciones con aire acondicionado y el humo estancado, en terrazas, en jardines de casas junto al mar. Hasta en un barco.

Y una vez en una casa de juego. Es decir en un garito. Ésa no podré olvidarla nunca.

Por lo general Francesco no quería jugar en los garitos. Decía que era peligroso, era exponerse a riesgos inútiles. El de las casas y las salas de juego es un ambiente cerrado, más o menos como el de los drogadictos. Todos se conocen. Con nuestro ritmo de cuatro, cinco, hasta seis partidas al mes, nos habrían identificado enseguida. No les hubiese pasado inadvertido que yo ganaba casi siempre. Después habrían reparado en que estábamos siempre juntos. Finalmente alguien, después de observarnos con cierta atención, se habría dado cuenta de que yo ganaba los pozos más grandes cuando Francesco daba las cartas.

Por eso jugábamos fuera de esos circuitos gracias a la increíble capacidad de Francesco de encontrar una y otra vez nuevas mesas y nueva gente, a menudo de fuera de Bari. En general aficionados a los que quizá nos encontraríamos como máximo una vez más, para la revancha.

Nunca pude entender cómo se lo hacía Francesco para organizar tantas partidas, con tantas personas que no se conocían entre ellas.

Sin embargo, con el correr de los meses la situación fue cambiando poco a poco. Al principio era gente con dinero, mucho dinero. Personas para las que perder cinco, seis, diez millones en la mesa de póquer constituía una molestia, pero no una tragedia personal y familiar. Con el tiempo, junto con esos individuos, aunque cada vez menos, empecé a conocer gente diferente. Con el tiempo, nuestras mesas comenzaron a llenarse, y luego a saturarse, de pequeños empleados, en ocasiones de estudiantes como yo, algún obrero, hasta algún jubilado. A veces, poco más que pobretones. Otras incluso menos. Perdían como los ricos pero, para ellos, no era exactamente lo mismo.

Las cosas no andaban como en nuestros pactos originales y cada episodio era una caída.

No quería enterarme hacia dónde.

En la entrada de la casa de juego había un hombre sentado, calvo, en camiseta de tirantes, con montones de pelos negros en los hombros. Le dije que quería ver a Nicola. No sabía quién era Nicola, pero aquéllas eran las instrucciones de Francesco. El calvo miró alrededor moviendo apenas los ojos y luego hizo una indicación con la cabeza hacia dentro. Atravesé un gran salón que un aparato de aire acondicionado viejo y ruidoso no conseguía refrescar. Vi decenas de videojuegos de aspecto inocente. Guerras espaciales, carreras de coches, tiroteos... Había poca gente en los juegos aquella noche. Eran todos adultos y, mientras atravesaba el salón, me pregunté distraídamente a qué jugarían. Francesco me había explicado que muchos de aquellos aparatos estaban dotados de un dispositivo activado por un telecomando o incluso sólo por una vulgar llave que los transformaba en mortíferos videopóqueres. El cliente decía al administrador que deseaba jugar una partida. Si no era conocido se le decía con brusquedad que allí no había videopóquer. Por si acaso era un policía. Si en cambio el cliente era conocido o alguien lo había presentado, el administrador transformaba el monitor girando la llave o apretando un botón del telecomando. Había gente que perdía millones jugando pocos miles de liras por vez durante horas y horas. Si el equipo no recibía un impulso durante quince segundos, en la pantalla reaparecía automáticamente el juego inocente y legal. Era el que veía la policía si entraba para un control, tal vez después de haber recibido una carta anónima de alguna esposa desesperada.

De la sala de los videojuegos se pasaba a otro ambiente, más pequeño, con tres mesas de billar. Nadie jugaba, el aire acondicionado se notaba un poco más y había otro tipo que me preguntó qué buscaba. Todavía buscaba a Nicola.

El hombre me dijo que esperara allí donde estaba. Fue hacia una pequeña puerta metálica del fondo de la sala, habló por un interfono diciendo algo que no alcancé a oír. Menos de un minuto después se asomó Francesco, que me indicó con señas que entrara. Recorrimos un corredor mal iluminado por una bombilla colgada de un cable, bajamos una escalera angosta y empinada y al fin llegamos a destino. Era un sótano de techo bajo, con seis o siete mesas verdes redondas, todas ocupadas menos una. En el fondo del local, en la parte opuesta a la entrada, había una especie de barra de bar. Detrás, un hombre anciano, macilento y con aire malvado.

Allí dentro el aire acondicionado funcionaba bien. Hasta demasiado, y al entrar tuve un escalofrío. Se percibía el olor rancio de los ambientes en los que se fuma mucho y el aire se renueva sólo por medio del aire acondicionado. Por encima de cada mesa había una lámpara verde, con pretensiones de dar un aire profesional a aquel garito de suburbio. El efecto del conjunto era de una pobreza surrealista. Un sótano en penumbra, con luces amarillas, hilos de humo que se perdían en volutas de aspecto vagamente maléfico, hombres sentados a medias entre aquellas luces y la oscuridad.

Llegamos al mostrador y Francesco me presentó al viejo y a dos tipos anónimos que jugarían con nosotros. Esperábamos a otra persona: aquella noche se jugaba de a cinco. Mientras esperábamos, Francesco me explicó las reglas de la casa.

Para ocupar una mesa se pagaba medio millón al administrador. Por lo tanto, puesto que éramos cinco, deberíamos poner cien mil liras cada uno. En cambio tendríamos un mazo de cartas nuevo, fichas y el primer café. Además de la posibilidad de jugar hasta la mañana siguiente. Para tener otro café, bebidas, cigarrillos, había que abonar un suplemento. Se jugaba con una apuesta inicial de quinientas mil liras y al final del juego había que dejar al administrador el cinco por ciento de la ganancia. El que ganaba, naturalmente.

El quinto llegó unos minutos después. Se disculpó mucho por la tardanza mientras respiraba trabajosamente secándose el sudor del rostro con un pañuelo blanco visiblemente anticuado. Todo en él estaba ligeramente fuera de lugar. Una camisa blanca con un cuello raro que parecía de treinta años antes. Cabellos grises un poco demasiado largos, el índice y el medio de la mano izquierda amarillentos de nicotina.

Los ojos, enmarcados en unas ojeras negras y profundas, manifestaban una extraña indulgencia atravesada de relámpagos de angustia. Se notaba recién afeitado y exhalaba un olor de después de afeitar que me recordó algo de mi lejana infancia. Un olor percibido en el rostro de un abuelo o de un tío o de algún otro ya muy grande cuando yo era muy pequeño. Algo que llegaba del pasado.

Él parecía llegar del pasado, como si hubiera salido de una película neorrealista o de un viejo telediario en blanco y negro.

Era abogado, o al menos así me lo presentaron. No recuerdo el apellido pero todos lo llamaban abogado o por el nombre de pila: Gino. El abogado Gino.

Nos sentamos a la mesa, nos trajeron café, cartas y fichas y, cuando me disponía a hacer el gesto de sacar la billetera para pagar el derecho, Francesco me detuvo con una mirada y un movimiento imperceptible de la cabeza. Aquél no era un lugar donde se pagaba por anticipado. Los dueños, quienesquiera que fuesen, no tenían problemas de insolvencia por parte de los clientes.

Jugamos durante muchas horas y, es verdad, más que de costumbre. Si contemplo aquella escena veo una niebla hecha de humo, luz artificial y sombras. De esta niebla asoman apenas el rostro y los gestos del abogado Gino en muchos fotogramas, separados uno del otro. No recuerdo las caras ni los nombres de los otros jugadores y probablemente, si me los hubiese encontrado al día siguiente, no los habría reconocido.

Durante toda la partida observé sólo a aquel señor de más de cincuenta años, de respiración fatigosa, el cigarrillo —fumaba tabaco del más fuerte— siempre encendido, la expresión a primera vista imperturbable. Me atraía de modo incomprensible e hipnótico.

Noté de nuevo que estaba recién afeitado y pensé que debía de haberlo hecho expresamente antes de venir a jugar. En aquel sótano sórdido y lleno de humo. Entre brutos y delincuentes de toda clase, yo incluido.

Tiene la edad de mi padre, pensé en un momento dado, y me sentí incómodo.

Cuando perdía un pozo, un ligerísimo temblor le afectaba durante unos segundos la comisura izquierda de la boca. Pero un instante después sonreía como si quisiera decir: «No os preocupéis por mí; no os preocupéis en absoluto por mí. ¡Y qué más da un pozo perdido!»

Perdió muchos pozos. Aceptaba todas las apuestas. Jugaba de un modo metódico y al mismo tiempo febril. Como si no le importase nada el dinero que estaba sobre la mesa, en forma de sucias fichas. Tal vez, en cierto sentido, fuese verdaderamente así. Tal vez estaba sentado allí por una razón distinta del dinero.

Y sin embargo, algo de febril, de enfermizo, había en su manera controladísima de estirar las fichas hacia el pozo, casi siempre para no recuperarlas al final de la mano.

Habría perdido aunque no hubiéramos estado nosotros en aquella mesa.

Dejamos de jugar a las cuatro de la madrugada. Las otras mesas ya estaban vacías cuando nos levantamos; casi todas las luces estaban apagadas y en el aire flotaba una neblina grisácea e inquietante.

Naturalmente, gané y también ganó, aunque menos que yo, uno de los dos tipos anónimos. Francesco me había explicado que se trataba de alguien con quien era mejor no tener cuentas pendientes. Y era mejor no ponerlo nervioso. Por eso lo había dejado ganar. Para que, como de costumbre, todo anduviese bien, sin contratiempos de ninguna clase.

Los otros, Francesco incluido, perdieron. El abogado Gino más que nadie. Prendió un enésimo cigarrillo, sacándolo de la cajetilla aplastada y casi vacía y dijo que, si no me molestaba, me pagaría con un cheque, porque obviamente no llevaba encima todo aquel dinero. Y si no me molestaba diferiría ese cheque. No había que preocuparse porque esperaba dinero de un cliente. Cuestión de dos o tres días. En todo caso, para seguridad, si no me molestaba, diferiría aquel cheque una semana. Dije que no había problema pero, no sé por qué, evité mirar a Francesco.

Pagamos al viejo, Francesco pagó al contado al señor anónimo con el cual era mejor no tener cuentas pendientes, pasaron de mano en mano algunos otros pocos billetes y al fin me encontré con un cheque de pago diferido, con fecha postergada, escrito en una letra elegante y nerviosa. Aristocrática, pensé. Tan en contraste con el aspecto maltrecho de aquel hombre. Como si fuese el último resto de otra persona que alguna vez debía de haber existido. En algún lugar perdido del pasado.