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Era un estudiante modelo. Último año de Derecho, adelantado en los exámenes, tesis en Derecho Penal casi lista y ninguna nota inferior a treinta en el expediente. En junio me graduaría y luego decidiría qué hacer. Carrera universitaria u oposiciones para acceder a la magistratura. Todo muy claro, muy preciso, muy regular.
Hacía casi dos años que estaba con Giulia. Tenía mi misma edad, estudiaba Medicina y sería médica, como su padre. Era menuda y bonita. Yo le gustaba mucho a su madre. En realidad, siempre les había gustado a las madres de mis novias.
Todo era perfecto.
Francesco me telefoneó cuatro o cinco días después, cuando el fin de año ya había pasado y corría 1989.
¿Continuaba interesándome la idea de aquella partidita de póquer? Me interesaba. Entonces la cita era para las diez de la noche en casa de una persona que yo no conocía. Me dio el nombre y la dirección y le dije que allí estaría.
A las nueve discutí con Giulia —la primera pelea de verdad desde que estábamos juntos, pero no la última—, y a las diez estaba en la dirección que me había dado Francesco.
Traía conmigo casi quinientas mil liras, que para mí eran una auténtica fortuna. No quería parecer un miserable.
Además de Francesco estaba el dueño de la casa, un rubio llamado Roberto, con cabellos largos y grasientos, y un señor cuarentón de aspecto algo sucio. Se presentó sólo con el apellido, Massaro, y durante toda la velada nadie lo llamó por el nombre de pila.
El piso era pobre, con unos pocos muebles destartalados, iluminado por bombillas desnudas que colgaban del techo.
Íbamos a jugar en la cocina. El rubio apoyó una botella de whisky y vasos de plástico junto al fregadero. Dijo que podíamos servirnos, cosa que hicimos varias veces a lo largo de la noche, hasta que vaciamos la botella. Francesco fue el único que no bebió casi nada.
Empezamos a jugar a su manera. Tres vueltas de póquer y una con variantes. Pozo de diez mil liras y límite para el aumento de la suma apostada por el jugador anterior. Era un juego claramente superior a mis posibilidades. Pero me daba vergüenza retirarme y así empecé a perder, poco a poco. Ponía en el pozo, tal vez hacía la primera apuesta, luego el juego crecía y yo me retiraba porque tenía miedo de perderlo todo en una sola mano. Gané incluso algunos pozos pequeños, pero, en resumen, después de casi dos horas de juego lo había perdido casi todo y me estaba maldiciendo por mi estupidez. Entonces ocurrió algo.
Tocaba la vuelta de teresina y Francesco daba cartas. Primero la carta cubierta, después la descubierta. Yo tenía una dama fuera y una dama debajo. El rubio, un diez; Massaro, un rey; Francesco, un as.
—Cincuenta —dijo Francesco.
Los otros dos jugaron de inmediato, yo, en cambio, me tomé algunos segundos para pensar; me quedaban poco más de cien mil liras y me dije que al diablo, perdería aquellos últimos billetes, me levantaría de la mesa y no jugaría nunca más en la vida. Así aprendería.
Francesco dio cartas de nuevo y tuve la tercera dama. Sentí que el pulso se me aceleraba mientras el rubio recibía un tercer diez y Massaro una jota. Francesco recibió otro as y, por lo tanto, le tocaba hablar de nuevo.
—Doscientas mil. —O sea todo lo que había en el pozo y mucho más de lo que me quedaba.
Joder, joder, joder, ¿qué hago? El dueño de la casa jugó, Massaro dijo que se iba y yo, que no tenía tanto dinero. ¿Tenían problema en fiarme? Francesco dijo que no tenían problema. El otro hizo un movimiento de cabeza. Tal vez no lo veía claro, pero no supo cómo decirlo. Puse en el medio todo lo que me quedaba y anotamos en una hoja mi deuda con el pozo. Luego Francesco dio cartas por penúltima vez. As de corazones para mí, tercer diez para el rubio. Siete para Francesco.
—Quinientas mil —dijo el rubio.
Francesco se retiró y yo dije que debía pensarlo. En realidad trataba de salir de un pozo de auténtico terror. ¿Y si su carta cubierta fuera un cuarto diez? Tenía ahorros en el Banco, pero me parecía una locura tirarlos de ese modo. ¿Por qué coño vine? ¿Por qué? Miré alrededor y, por un instante, encontré los ojos de Francesco.
Movió la cabeza imperceptiblemente como para decirme que jugara. Aparté enseguida la mirada, temiendo que los otros se hubieran dado cuenta de aquel gesto. No lo habían notado y entonces jugué, anotando mi enorme deuda en la hoja.
Las últimas dos cartas se deslizaron por la mesa. Rey para el rubio.
La cuarta dama para mí.
Estaba convencido de que podían oír mi corazón que latía salvajemente. Coño, tenía póquer de damas y por lo tanto casi seguramente había ganado. Ahora rogaba que la carta tapada del rubio fuera el cuarto diez o, por lo menos, un rey. Porque habría jugado a toda costa y yo entonces habría ganado. Creí que me estaba volviendo loco en mi esfuerzo por controlarme. Me parecía que una droga me corría por las venas. Era como tener un orgasmo sin fin.
Habló el rubio. Y por la manera en que lo hizo estuve seguro de que tenía póquer o full. Y que estaba convencido de ganar y hacerme pedazos.
—Un millón. —Mientras lo decía me parecía irreal aquel sonido en mi boca y todavía más en el aire lleno de humo, entonces casi palpable, de aquella cocina. ¿Qué era un millón? Era una entidad irreal. Hasta hacía pocos minutos era una entidad irreal para mí, y ahora se estaba transformando en algo concreto. Multiplicable.
—¿Tienes ese dinero? —preguntó el dueño de la casa con una nota de desprecio en la voz.
Sentí que la sangre se agolpaba violentamente en mis mejillas. Sentí vergüenza y rabia porque me estaba tratando de miserable, y me invadió una especie de temor furioso. Que intentara impedirme jugar porque no tenía el dinero. Hice un esfuerzo para controlar la voz.
—Ya dije que no lo tengo aquí.
—Me firmas un pagaré.
—Por supuesto, si pierdo te firmo un pagaré. —Habría querido agregar: ¿si pierdes tú vale lo mismo o me lo das al contado? ¿O un cheque? Pero no dije nada por temor de alarmarlo y que no jugara.
—Está bien. Un millón más otro millón. —El muy capullo estaba tan malditamente seguro de ganar con su póquer de diez. No dije de inmediato que iba a ver. Después de la última apuesta me había vuelto paciente de improviso. Una especie de regocijo tranquilo y feroz. Quería disfrutar de aquella sensación durante algunos segundos. Miré alrededor y me pareció notar una ligerísima sonrisa en los labios de Francesco.
—Veo —dije al fin.
—Debajo está el cuarto rey. Así que si no tienes la cuarta dama...
Di la vuelta a la carta cubierta antes de hablar.
—Tengo la cuarta dama.
Se quedó inmóvil, con los ojos fijos en la carta que había girado. No podía creerlo. Era imposible que hubiera dos póqueres servidos en una mesa de teresina.
Ni siquiera yo podía creerlo.
—¡Qué buena mano! —dijo alegremente Francesco, y el otro se volvió para mirarlo con auténtico odio.
Yo tenía una expresión angelical y me preguntaba cómo me pagaría todo aquel dinero. Tomé lo que había en el pozo y en la hoja firmamos la deuda por la enorme cantidad de la apuesta acordada sólo de palabra.
A la hora fijada para terminar, el rubio había recuperado un poco, pero de todos modos estaba perdiendo varios millones. Yo era prácticamente el único ganador. Pensé que sería elegante decir que, si por mí hubiera sido, podíamos seguir jugando. Antes de que Roberto pudiera hablar intervino Francesco. Lo sentía pero no podía quedarse hasta muy tarde porque a la mañana siguiente tenía un compromiso. Nos vimos obligados a dejarlo porque no podíamos jugar sólo tres.
El rubio me firmó un cheque por tres millones setecientos mil. Francesco me dio doscientos mil en efectivo. Massaro me dio más o menos lo mismo.
En el momento de irnos —era un joven bien educado—, agradecí la hospitalidad y, mientras hablaba, me daba cuenta de que la estaba haciendo buena. Como si encima de haber ganado ese montón de dinero quisiera además tomarles el pelo.
Tal vez, sin embargo, pensándolo bien, quería tomarles el pelo.
Roberto no dijo nada. Massaro tampoco, aunque no había abierto la boca en toda la noche. Los dos tenían la cara lívida. Parecía que no lograban darse cuenta de lo que acababa de ocurrir. Francesco dijo que organizaría la revancha y nos fuimos.
Eran las dos de la madrugada y estaba seguro de que no podría conciliar el sueño con facilidad. Cuando Francesco me preguntó si tenía ganas de ir a tomar algo, dije que sí. Por otra parte, me tocaba pagar a mí, con todo lo que había ganado.
Era verdad, me tocaba a mí, dijo él con una sonrisa extraña.