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Ninguna de las chicas reconoció el rostro del dibujo. Las noches de las agresiones, todas habían estado en locales diferentes. Ninguna tenía nada que añadir con respecto a la primera declaración.
Los dibujos se mostraron en los bares y en los locales; uno de los dueños dijo que le parecía haber visto, en alguna parte, al tipo representado en el dibujo. Probablemente en el bar, pero no estaba seguro. Habían insistido durante horas, pero él no conseguía recordar nada más. Le parecía haberlo visto, pero no sabía decir ni dónde ni cuándo. Eso era todo.
Algunos días después tuvo lugar la séptima violación.
Era un sábado por la noche y enviaron un coche patrulla de la brigada radiomóvil a los alrededores del Politécnico. Una llamada anónima había avisado de la presencia de una joven que lloraba, sentada en un coche, con la ropa destrozada, en evidente estado de agitación.
El coche patrulla de los carabinieri llegó pocos segundos antes que la brigada móvil de la jefatura, que también había recibido una llamada anónima. No se pudo saber si se trataba de la misma persona o de otra.
Los carabinieri acompañaron a la joven hasta la sala de primeros auxilios, donde llegó casi al mismo tiempo Chiti en persona con uno de los suyos, escogido entre los que estaban de guardia en la oficina de detenciones.
Comprobaron pronto que el modus operandi era el mismo. Pero con más violencia y menos control, pensó Chiti. Como si ese tipo estuviera sufriendo una evolución —una involución— y la simple violación ya no le bastase.
La chica había recibido muchos golpes antes de ser violada, y después. Por lo demás, la secuencia era igual a las precedentes. Se evidenciaba agresión por la espalda, con puñetazos en la cabeza; la víctima, semiinconsciente, fue luego arrastrada hacia el vestíbulo de un viejo edificio, donde recibió más golpes; sexo oral con orden de no alzar la vista, más golpes, orden de no moverse de la portería durante cinco minutos, cuenta de los segundos en voz alta, desaparición.
Esta joven, como todas las demás, tampoco era una belleza. Más bien flaca, casi huesuda, cabellos cortos, un aire masculino y fibrosa. Mientras la interrogaba en el consultorio del médico de primeros auxilios, ella respondía entrecerrando los ojos y haciendo girar entre las manos unas gruesas gafas anticuadas, que se habían roto durante la agresión.
No podía decir nada sobre el aspecto del agresor. De la voz sí, como las otras. Era sibilante y metálica, y parecía provenir de otro lugar. Dijo exactamente eso: que parecía provenir de otro lugar y Chiti sintió que algo le recorría el espinazo, como un escalofrío.
La novedad era que la joven no regresaba de ningún local, ningún bar, ninguna enoteca, nada. Había estado estudiando en casa de una amiga y volvía a la suya, sola, como ocurría muy a menudo. Siempre la misma calle, jamás ningún problema. Hasta esa noche.
—Está bien, señorita, gracias. Por esta noche no queremos cansarla más. Mañana le telefonearemos y, si se encuentra mejor, tendría que venir a la comisaría para formalizar la denuncia. Trate de descansar, y si le viene a la mente algo que tal vez no ha dicho, anótelo, por favor. A veces un detalle puede ser muy importante para quien investiga, aunque al interesado pueda parecerle irrelevante. Buenas noches.
Tonterías, pensó en silencio en el coche mientras regresaba al cuartel.
Tonterías de manual del joven investigador. Había estudiado todo y muy bien, en la academia y después. Había leído libros, tomos, revistas especializadas. Pero la vida real era diferente. Huidiza y cruel como aquel hijo de perra al que trataban inútilmente de atrapar.
Habían tenido una pista —para ser precisos la había tenido Cardinale— y parecía que aquel desgraciado lo hubiera comprendido o sabido. Y había cambiado de método. No más locales nocturnos sino agresiones en la calle, donde era prácticamente inapresable, como un maldito hilo de humo. ¿Por qué? ¿Cómo había podido intuir que de alguna manera le seguían de cerca?
O tal vez sólo eran tonterías, también. El tipo, simplemente, actuaba al azar y ellos, después de meses de investigaciones, no habían entendido nada.
Nada de nada.
Apretó el puño con lentitud y se golpeó con los nudillos en la frente. Una, dos, tres veces, hasta hacerse daño.
El carabiniere que conducía el Alfa 33 lo miró con el rabillo del ojo, sin apartar la mirada de la calle.