30

 

 

 

 

Esa mañana se había tomado más tiempo del habitual y esperaba que, cuando regresara de su rutina diaria de ejercicios, Jane se hubiese marchado. Por suerte así había sucedido.

Se dio una ducha rápida, desayunó más rápido aún y decidió salir presuroso hacia al bufete.

—¿Ya se va, señor? Es temprano.

—Sí, Costance, me esperan muchos asuntos pendientes en el despacho.

—Que tenga un buen día.

—Gracias, aunque lo dudo; hace tiempo que en verdad no tengo uno bueno.

—Eso tiene solución, y lo sabe.

—¿Cómo?

—Bah, hombre, no me haga caso; a veces pienso en voz alta y digo cosas inconexas.

Damien frunció la boca y le sonrió mientras meneaba la cabeza.

—Por cierto, creo que la señorita se fue molesta.

—Jane, ¿hablas de Jane?

—Sí. Recibió una llamada y se fue dando portazos. Yo estaba por entrar justo en su dormitorio para dejarle toallas limpias, no sabía que ella estaba dentro. No es que lo ande controlando, señor, pero nunca se queda nadie hasta tarde.

—Y si no me controlas, ¿cómo es que sabes eso?

—Nunca veo a nadie por la mañana, salvo a la señorita Adriel.

—Quedamos en que no la nombraríamos más.

—Lo siento, se me ha escapado su nombre. Espero que la señorita de hoy le diga cómo fueron realmente las cosas, si es que le va con algún cuento... porque se enfadó conmigo por no llamar a la puerta. Fue un poco grosera, sabe. Disculpe que se lo cuente, pero salió empujándome. Se lo digo para que sepa que no ha sido mi intención faltarle al respeto como ella ha sugerido. De todas formas, la próxima vez no me quedaré callada como hoy: yo seré sólo una empleada doméstica en esta casa, pero eso no le da derecho a tratarme mal. Lo que sucede es que ella se quedó mosqueada ese día que yo le negué que usted estaba en casa.

—No te preocupes, Costance. Sé que nunca le faltarías al respeto a nadie. Jane es un poco voluble; me encargaré de hablar con ella y dejarle las cosas claras.

—No es preciso, señor, ya lo he olvidado. Sé ocupar el lugar que me corresponde, sólo quería advertirle de que, la próxima vez, sí me defenderé.

—Estás en todo tu derecho.

—En cambio... ella era tan distinta... siempre era amable y todo lo pedía por favor y con tan buenos modos; incluso hasta me abrazaba y me besaba cuando llegaba, tan humilde...

—Sé lo que estás intentando probar, no sigas. Mejor me voy, porque voy con retraso.

 

 

Llegó al despacho; todavía el lugar estaba bastante silencioso, ya que muy pocos habían aparecido por allí. Se metió en su oficina y se puso de lleno a trabajar.

Karina entró a los pocos minutos, le sirvió una taza de café y, además, le dejó el correo y los periódicos del día.

—Buenos días. —Se quedó mirándolo.

—Buenos días. Gracias, dame diez minutos y revisamos mi agenda.

—No entiendo por qué te destruyes de esta forma. Sé muy bien quién es la chica que vino ayer, yo... cuando te hice firmar eso no sabía que se trataba de la joven de las fotografías de tu ordenador, ¿por qué no lo detuviste todo?

—No tengo por qué darte explicaciones. —Él levantó la vista y se encontró con los ojos de Karina, que lo miraban de forma inquisitiva.

—¿Qué pasa, me ha salido un tercer ojo y por eso me miras así?

—No, lo que creo es que te ha salido un cartel de prostituto de lujo en la frente.

—¿Estás con el periodo, o tal vez te tiene que venir? Pobre, tu marido, lo compadezco.

—Nada de eso, estoy dilucidando si debo felicitarte. ¿Debo felicitarte, Damien? Indícame.

—Si ése es tu gusto —dijo él sin interés mientras alzaba los hombros.

—La verdad es que no tengo ganas de hacerlo; si al menos me lo hubieras dicho tú, quizá me hubiera caído mejor la noticia. Creí que me considerabas tu amiga, no sólo tu secretaria.

Karina dejó el café y los periódicos sobre el escritorio, dio media vuelta y se fue.

—Y a ésta, ¿qué bicho le ha picado?

Tras Karina entró Richard; también se lo quedó mirando.

—Bueno... pero qué sorpresa, el ofendido finalmente se digna hablarme.

—Después de tantos años creo que no te conozco, o tal vez nunca te conocí.

—¿Qué mierda te pasa ahora?

—Me hubiese encantado que una noticia como ésa me la hubieras dicho antes que a nadie, lamento haberme enterado de esta forma.

—¡Joder!, dejad las adivinanzas, no sé de qué hablas, ¿tú también me vienes con eso?

—¿Alguna vez me consideraste verdaderamente tu amigo? Porque últimamente, con cada cosa que haces, me demuestras que no.

—¿Te has levantado melancólico?

—No, me he levantado desilusionado. Lo estás haciendo todo mal, Damien; ojalá que te arrepientas antes de que sea demasiado tarde.

—Aaaaah, ya sé, ya te fueron con el cuento: te refieres al acuerdo que estoy a punto de cerrar con Adriel.

»Es culpable; cuando alguien comete una falta, debe pagar para resarcirla. Me ciño a las leyes de mi país y las empleo de manera tal que, los que necesitan justicia, la obtienen a través de mis conocimientos. No estoy haciendo nada que no sea legal.

—¿Qué acuerdo?

—¿De qué hablas, entonces? Si no es por eso, no entiendo lo que me quieres decir.

Richard cogió los periódicos que Karina había dejado junto con el café sobre su escritorio, buscó la noticia y se la enseñó.

—De esta mierda, hablo.

Ante sus ojos apareció una foto de él brindando con Jane la noche anterior en el restaurante y otra de cuando él le dio un beso; la imagen había sido captada desde un ángulo desde el que no se podía descifrar si el beso era en la mejilla o en los labios. Y finalmente había una tercera foto de cuando él la tenía cogida de las manos. Las imágenes le sentaron como un ramalazo en la espalda.

El titular decía: «Celebración por partida doble».

Damien continuó leyendo.

—La hija del excelentísimo juez Trevor Hart y el eximio abogado Damien Christopher Lake celebran y hacen público su romance, además del reciente nombramiento de éste como asistente del fiscal del condado de Manhattan. Fuentes muy próximas y fiables nos informaron extraoficialmente de que...

»Esto es una mierda, ¡¡¡es basura!!!

—Ya lo creo que es una mierda. ¿Es verdad?

—No es exactamente así.

—Tú eres una mierda. Le destrozaste el corazón a Adriel por un puesto en la Fiscalía.

Los otros tres socios del bufete irrumpieron de pronto en la oficina, algunos con las gafas de lectura puestas y los periódicos en la mano. La noticia ya era un reguero de pólvora encendida en el lugar, y no se hablaba de otra cosa.

—No sé cómo se filtró esto; se suponía que justo hoy yo me iba a enterar oficialmente. Apenas me lo dijeron anoche. De todas formas, pensaba llamaros en un rato para reunirnos en la sala de juntas y deciros de lo que se suponía que me estaría enterando en la cena de hoy. Lo de mi romance es totalmente falso —aseveró.

—Vamos, Damien, sabemos que hace tiempo que te la estás tirando —intervino Douglas—. No es una novedad para nadie que a ti no se te escapa una.

«Adriel va a ver esto —pensó Damien sin tener dónde agarrarse—. ¡Qué mierda me importa! Que se joda, que las fotos se le claven en el pecho.»

—Es una relación sin importancia; ya sabéis, pura diversión. Nada de lo que dice ahí es cierto respecto a nosotros.

—Karina —la llamó David desde la puerta—, trae champán y copas; tenemos que celebrar el nombramiento de Damien.

—¿No es un poco temprano para ponerse a beber? —preguntó ella cuando apareció.

—Sólo nos mojaremos los labios, pero no podemos dejar de hacerlo —contestó Luke.

Si el bufete era prestigioso, ahora lo sería mucho más. Eso era lo que todos sus socios festejaban, salvo Richard, que estaba a un lado, cabreado y con las manos en los bolsillos.

—Karina, quédate a brindar conmigo y cambia esa cara. Te juro que te lo iba a contar; no sabía que se había filtrado a la prensa porque aún no la había hojeado.

De mala gana se quedó al lado de Richard. Sabía que él compartía su misma decepción; ambos se sentían traicionados, ya que ellos siempre habían defendido a Damien por encima de todo, ambos habían argumentado que era un hombre de muy buenos sentimientos, pero ahora lo veían tan cínico que no lo podían creer.

—Deberemos modificar la papelería de la firma, ya que, mientras dure tu mandato, no podrás litigar. Tampoco podrás presidir este despacho durante ese período. ¿Ya has pensado en quién quieres que sea tu reemplazo? —indagó David.

—Aún no lo he decidido. Sé que la especialidad de Richard son los divorcios, pero estoy seguro de que, si trabajamos juntos, puede hacerse cargo de mis litigios. Es el abogado con más experiencia del bufete, y el que menos casos tiene hoy por hoy, así que le pasaré los míos. De todos modos, continuaré trabajando como abogado privado, pero de forma confidencial, sin figurar en ningún caso. No pienso desatender el bufete que tanto empeño me ha costado levantar. Tendré que hablar con mis clientes más antiguos y explicárselo... Karina, necesito que me hagas una lista de mis contactos y que me ayudes a empezar con las llamadas telefónicas... supongo que mañana mismo; hoy me reuniré con el fiscal del distrito y ya tendré más claro cuándo asumiré el cargo.

 

 

—¿En qué estabas pensando, Jane? ¿Por qué has hecho esto?

—Ya te he dicho, papá: yo no sé nada de esa nota de prensa. No tengo nada que ver.

—Jane, no me pongas a investigar, sería muy fácil para mí poner frente a ti las pruebas. No estoy donde estoy precisamente por no ser muy despierto; los detalles que se exponen en esa noticia nadie más que tú los sabías. Sé perfectamente que te mueres de ganas de que todos crean que él es tu novio. Estás forzando las cosas, pero... ¿acaso no tienes respeto por ti misma?, ¿qué pensará la gente? Dime, ¿no te das cuenta de que todos creerán que él está contigo por este puesto? Explícame, ¿en qué estabas pensando para hacer una cosa así? Esto no te beneficia, niña.

—Puedes dejar de sermonearme, no soy una niña, soy una mujer. ¿Cuándo te enterarás, papá? He crecido.

—Demuéstralo, entonces —gritó colérico, aunque de inmediato intentó suavizar su tono—. Hija, querida, a veces pienso que crees que soy tonto. Ayer me di cuenta de que levantabas el teléfono mientras yo hablaba con el fiscal de distrito; creí que sólo usarías la información para pavonearte con Lake, que sabrías guardarla. Era lo que deberías haber hecho, aún ni siquiera lo conocen. Aunque su nombramiento ya sea casi un hecho, te has saltado todas las cadenas de poder con esta información y... ¿en qué puto lugar me dejas? Maldición, soy un juez. Se supone que tengo gente de confianza a mi alrededor, gente que no es capaz de revelar información relevante. Dime, entonces, si no puedo confiar en ti, que eres mi hija, ¿en quién debo hacerlo? —Su padre la miró con decepción—. Es en estos momentos cuando me arrepiento de haberte consentido tanto. Tal vez, si hubiera vuelto a casarme y te hubiera dado una madre, ella te hubiese podido dar un buen ejemplo. No se puede ir por la vida de buscona, ningún buen hombre te tomará en serio.

—A veces hay que darle un empujoncito al destino, papá. Damien no terminaba de decidirse; bueno, ahora ya no tiene excusas.

—Al menos tienes la valentía de aceptarlo y no seguir mintiéndome. Déjame informarte de que, si bregué por ese puesto para él, fue porque considero que es el adecuado para ocuparlo, no ha sido por ti. Sé perfectamente que ese hombre no te quiere y sería bueno que te enteraras tú también. ¿De qué te sirve un hombre que sólo está a tu lado por interés? Lo hice porque necesitamos, en el poder judicial, gente idónea como él. Damien Lake es el adecuado para el puesto, pero no para ti.

 

 

El teléfono en el bufete no había cesado de sonar durante las primeras horas de la mañana. De pronto la pantalla del móvil parpadeó, era Trevor Hart.

—Trevor, buenos días. Supongo que sé por lo que me llama. No sé de dónde ha sacado la prensa esa noticia, estaba a punto de llamarlo.

—Ya sé que mi hija te lo contó, no tienes que fingir conmigo. En cuanto a la prensa, no sé qué decirte, no sé por dónde pudo haberse filtrado la información.

—Ellos siempre se encargan de saberlo todo, cuesta entender cómo lo hacen. De todas formas, quiero hablarle de lo que dice de Jane y de mí.

—Lake, mi hija ya me ha explicado que es una confusión.

Cuando Jane oyó lo que su padre decía, se fue ofuscada del despacho.

—¿Eso ha dicho? —preguntó desconcertado, y fue casi un pensamiento en voz alta.

—Sí, ¿qué debería haber dicho?

—Sí, eso. Sólo somos amigos; los periodistas lo tergiversan todo para darle más sensacionalismo.

—Lo sé. Lake, quiero aclararte algo: no soy tonto y sé que mi hija tiene sentimientos por ti, y tú también lo sabes; sé, además, que tú no los tienes por ella.

—Yo...

—Déjame terminar, porque esto es algo que no podremos hablar hoy con el fiscal junto a nosotros. Damien, discúlpame un segundo, ya estoy contigo —le dijo abruptamente mientras se ponía de pie y se disponía a salir de su despacho. Caminó algunos metros y se metió en la oficina que ocupaba su hija.

—Cuelga ese maldito teléfono.

La había sorprendido escuchando. Jane hizo lo que su padre le ordenó; luego Trevor regresó y continuó hablando con Damien.

—Te llamo desde mi móvil, hijo. Tengo que liberar esta línea porque espero una llamada —mintió, y volvió a llamarlo.

—Juez.

—Sí, continuemos con lo nuestro, disculpa la interrupción. No la ilusiones; tampoco te sientas obligado con ella por este puesto: mi recomendación ha sido porque, en el sistema de justicia de Nueva York, necesitamos gente competente como tú, gente comprometida con las leyes, simplemente por eso. Lo mejor que puedes hacer es alejarte de mi hija, Lake. Quítale el cartel de buscona que la prensa le ha puesto en la frente. —«Que ella misma se ha puesto», pensó, corrigiendo los conceptos expuestos—. No digas nada, de verdad que no hace falta. Te llamaba para avisarte de que cambiamos el lugar del encuentro: no queremos darle una foto a la prensa de los cuatro en un restaurante, porque seguramente nos estarán siguiendo, así que será esta tarde a las cuatro en el despacho del fiscal Vincent Mathews.

—Perfecto, nos vemos allí.

—Estará la jueza Mac Niall también; como sabes, ella también bregó por ti.

—Sí, lo sé. En cuanto cuelgue con usted, la llamo para agradecérselo.

—Felicidades, hijo, mereces ese puesto.

—Muchas gracias.

Cortó con el juez y se quedó pensando en la conversación.

«Evidentemente este hombre no conoce a su hija: si cree que, porque yo la rechace, ella no seguirá intentándolo, está muy equivocado.»

Hizo lo que había dicho, llamó a Sara, pero por suerte ella no se lo puso difícil.

—Gracias, Sara.

—No hay de qué, el puesto te lo has ganado a pulso. Sólo he contribuido a que no tengas que rellenar ninguna solicitud para ir a concurso, y evitarte las tres primeras entrevistas antes de llegar a Vincent. —Hablaba desde su móvil, por eso ella se animó a decir lo que le dijo—: Damien —hizo una pausa antes de continuar—, fue muy bonito pretender volver a sentirme joven y plena a tu lado, incluso te agradezco cada uno de los momentos que me hiciste pasar. Contigo he tenido mis mejores orgasmos, pero no me engaño, no te sientas en deuda conmigo, esto es mérito tuyo. —De pronto ella profirió una risotada—. Aunque no creo que te espere la misma suerte con la chica Hart, no será tan fácil quitártela de encima. De hecho, ya se encargó de tener un buen fotógrafo disponible para una nota muy informativa.

—¿Crees que fue ella la que filtró la información a la prensa?

—Tesoro, no me defraudes, no creo que seas tan ingenuo como para no saberlo. Esa chica haría cualquier cosa para demostrarle a todo el mundo que te ha atrapado. ¿Te ha atrapado, Damien?

—Sabes que no.

—Sé perfectamente que no es ella la que lo ha hecho, sólo quería oírlo de tu hermosa boca. Aaay, tu boca, aún recuerdo lo que tu lengua es capaz de hacer.

—Sara... Sara...

—Sé que no me viste, porque era evidente que tu interés esa noche estaba en la persona que te acompañaba: te vi en Gotham cenando con una rubiales muy angelical, y se notaba a simple vista que era la dueña de toda tu atención, incluso te desvivías haciendo un esfuerzo por mostrarte diferente. Te observé desde lejos y sé que es ella la que te ha atrapado, querido. Agggs, no me lo recuerdes, en ese momento me di cuenta de que nada ni nadie podría competir con ella; sentí tantos celos, lo confieso... añoré nuestros momentos juntos, pero me quedé con los buenos recuerdos.

—No sé de quién hablas.

Sara volvió a reír muy fuerte.

—Damien... cielo... Tu negativa no hace más que ratificar mis sospechas. Disfruta de este momento de tu carrera: nos vemos esta tarde, estoy ocupada. Eres adorable, gracias por llamar.

—Gracias a ti por todo, Sara.

 

 

Pasado el mediodía, Adriel estaba llenando unas hojas de anamnesis mientras comía un sándwich de pavo y bebía un agua sin gas.

—¿Qué pasa, Marge, por qué me miras así?

—He estado dudando toda la mañana acerca de si debía decírtelo, pero, después de haber hablado con Amber, sé que debo hacerlo, porque, aunque ella te quiere muchísimo, no será para nada sutil cuando te lo diga; no es un secreto que ella lo odia, así que prefiero ser yo quien te dé la noticia.

—¿Qué pasa con Damien? —Adriel cerró los ojos y cogió aire; sólo con haber dicho que Amber lo odiaba, ya sabía que se trababa de él.

—Deja un rato el trabajo y vamos a sentarnos fuera.

—Dolly, voy a por mi almuerzo; regreso en media hora —informó Margaret a su compañera, que venía de tomar el suyo.

Salieron del hospital y Margaret la arrastró hasta la cafetería.

—Suéltalo ya, por favor; deja el suspense.

—Se trata de algo que ha salido en el periódico de hoy.

—¿No me digas que el nombre de mi madre está manchado por mi error?

—No, nada de eso, tranquilízate. Lake ha sido nombrado asistente del fiscal Vincent Mathews.

Adriel se encogió de hombros.

—Que disfrute de su cargo —dijo con desánimo.

—Hay más: salieron unas fotos en el periódico en las que sale él, celebrando el nombramiento con la tipeja esa que ayer fue a su bufete. Se los ve acaramelados, y dice que decidieron hacer pública su relación.

—Para mí no es una novedad. Te contaré algo que no le he contado a nadie: el día que llegó la demanda de la historia clínica, por la noche, no aguanté más y fui a su casa.

—¿Y?

—Estaba con ella; acababan de tener relaciones sexuales. Ella estaba desnuda en su cama cuando entré; supongo que él estaba en el baño, no me vio.

Margaret le apretó la mano.

—No te preocupes, no voy a llorar... no aquí, delante de todos. Eso lo dejo para mi casa, cuando me quedo sola; cuando las imágenes no me piden permiso para atormentarme.

—Adriel, no mereces estar pasando por todo esto.

—No quiero seguir hablando. Me duele mucho que Amber también haya tenido razón en esto; ella me advirtió de que él salía con la zorra esa para acceder a un puesto en el sistema judicial. Seguramente, mientras estuvo conmigo, nunca la dejó. —Respiró profundamente—. Es tan indigno, no puedo creer que haya confiado en él.

Volvieron al trabajo. En cuando Margaret se descuidó, Adriel cogió el periódico y se escabulló con éste al baño. Quería ver las fotos y leer el artículo completo que había salido en el New York Times; quería que el dolor se le ahondara más en el pecho, para terminar de desengañarse.

 

 

Después de la hora del almuerzo, lo había llamado su padre para preguntarle por la noticia del periódico. Damien, imperturbable, le explicó qué parte era cierta y cuál no, y luego le pidió discreción, porque su nombramiento aún no era oficial.

—Lamento, papá, que te hayas enterado de esta forma. La prensa me ganó la mano; estaba esperando conocer al fiscal del distrito para darte la noticia oficial.

—Estoy muy orgulloso de ti, hijo.

Cuando colgó con su padre, debió enfrentarse a Maisha.

Привет, бабушка, я скучаю по тебе.[31]

—No me enjabones hablándome en ruso. ¿Qué ha pasado con Adriel?

—Creí que me llamabas para felicitarme por el puesto.

—Para eso hay tiempo, ¿quiero saber qué ha pasado con Adriel?

—Adriel y yo terminamos hace un tiempo. De todas formas, ese amorío que me endilga la prensa no es cierto.

—Más te vale que no hayas cambiado la mirada dulce y sincera de Adriel por la de esa que es un témpano. ¿Qué ha ocurrido, hijo? ¿Por qué os habéis alejado?

—Han pasado algunas cosas, abuela. De todas maneras, sabes que el final era casi anunciado... por una cosa o por lo que ya sabemos, ella y yo no podíamos continuar juntos.

—Eres inteligente, Damien; creí que iba a poder morirme en paz, viéndote feliz.

—No quiero hablar de eso. Mis pensamientos nunca variaron, sólo me di una licencia cortita para soñar que podía ser feliz.

—Damien, tesoro, por favor, no continúes con la necedad.

—No me hagas ser grosero, abuela; voy a colgar el teléfono si sigues insistiendo.

—Qué tristeza, Damien, ¡qué enorme tristeza, hijo!

—No soy tu hijo, soy tu nieto.

—Bueno, cuando te pones así de necio y de terco... Siempre creí que por tus venas corría mi valentía para enfrentar la vida; no me defraudes, Damien.

—Tengo que cortar, abuela, debo atender a unos clientes. Si quieres llamarme luego para que hablemos de mi nombramiento, perfecto; para otra cosa que no sea eso, no.

—Te estás equivocando. Estoy orgullosa de tus logros profesionales, pero me estás demostrando que eres una persona frívola y sin sentimientos. No te crié de esa forma; deja de escudarte en tus heridas y comienza a lamértelas, es hora de que sanen. Yo he tenido las mías también, pero nunca fueron motivo para mirar hacia otro lado y no plantar cara.

Maisha fue la que colgó, estaba furiosa con su nieto. Después de que se lo contara todo a Abott y a Kristen, su esposo la animó.

—Llama a Adriel, a ver qué te dice.

No muy convencida, lo hizo. Sabía que por otro lado no iba a enterarse de cómo habían sido las cosas, porque Damien jamás se lo explicaría.

Adriel advirtió que su móvil sonaba. Cuando vio el nombre de Maisha en la pantalla, dudó en atenderla, pero no podía no hacerlo. Tras coger una gran bocanada de aire, pulsó el botón y habló.

—Hola.

—Tesoro, soy Maisha.

—Sí, lo sé. ¿Cómo estás, babushka?

—Qué bueno escuchar que aún me llamas así. Yo estoy bien. Dime, ¿tú cómo estás?

No iba a decirle que estaba destrozada. Suponía que Maisha estaba llamando por las fotos en el periódico, estaba segura de que no sabía nada más.

—Bien, gracias por llamar.

—¿De verdad estás bien, Adriel? Tu vocecita apagada no me dice lo mismo.

—Lo siento, he tenido algunos problemas en el trabajo y... estoy un poco desganada.

—Problemas en el trabajo... Entonces, ¿no estás así a causa de mi nieto?

«Todo es a causa de su nieto, hasta el dolor que siento al respirar es por su causa», pensó mientras la anciana continuaba hablando.

—¿Debo creer, entonces, que no ha hecho nada para que estés mal? Me acabo de enterar de que habéis roto. Mira que, si me dices que te ha hecho algo, me monto en un avión y voy a darle las nalgadas que tendría que haberle dado cuando era niño.

Adriel empezó de pronto a llorar.

—Lo siento, Maisha, lo siento tanto... No puedo continuar hablando con usted, lo lamento de verdad. Sé que usted no tiene nada que ver, pero es demasiado duro para mí, no lo puedo soportar. Todo se terminó, mi mundo está patas arriba y nada entre nosotros puede ser posible ya. Lo lamento; cuando me tranquilice, prometo llamarla.

—No he querido angustiarte; perdóname, tesoro.

Adriel le cortó.

—¿Qué ha pasado?

—No sé qué le ha hecho Damien, pero sonaba desconsolada; lloraba sin poder hablar. Supongo que la ha desencantado de alguna forma para alejarla y que no siga ilusionándose con él; mi nieto es un tonto por creer que Adriel dejaría de amarlo si se enterase.

—Dame el teléfono —le dijo Abott.

Como un torbellino, tan pronto como escuchó la voz de su nieto, comenzó a hablarle.

—Nos estás haciendo sufrir mucho a todos los que te queremos; incluso a esa chica que es un ángel, la tienes desconsolada. Maisha acaba de hablar con ella y no pudo terminar de hacerlo porque empezó a llorar. ¿Con qué derecho haces esto? No eres el único que sufre, no eres el único que tiene problemas, pero eres un hombre y los problemas se enfrentan. Debes empezar a enfrentar lo que te ha tocado vivir y asumirlo; deja de dañar a los que te amamos y creer que eres el único con derecho a sufrir; eres un egoísta. ¿Quieres quedarte solo? Pues bien, es lo que conseguirás. No hay forma de entenderte, Damien, no hay forma de hacerlo. Sólo vuelve a llamarnos si es para decirnos que has recuperado el amor de Adriel; si no, olvídate de nosotros también.

Abott le colgó el teléfono sin dejarlo contestar; nunca le había hablado así. Todos lo culpaban, pero lo cierto era que nadie sabía lo que ella había hecho; no lo diría tampoco, no permitiría que nadie le volviera a tener lástima.