24
Dejarse llevar por los sentimientos lo había vuelto vulnerable.
Ante lo visto, sabía que debía volver a encauzar sus sentidos. Tenía que dejarse llevar por la rabia, y convertirse de nuevo en el gran cínico que sin duda había sido.
Damien siempre había creído que dejarse sorprender por la vida no era su estilo; sus amigos, en cambio, a menudo lo permitían: se encaprichaban, bajaban la guardia, se dejaban seducir por una sonrisita angelical y luego terminaban traicionados por una zorrita con buenos modales. Siempre había escapado de eso, hasta que Adriel, con su sencillez, lo había atrapado; ahora, su pecho dolía como nunca pensó que iba a dolerle.
«Todo el tiempo pensando en cómo cuidarla, en cómo no hacerle daño, y resulta que ella...»
Golpeó el volante con el puño cerrado varias veces, y luego se aferró a él imprimiendo toda su fuerza hasta el punto de querer arrancarlo.
Raras veces no sabía qué hacer, pero tenía tal desbarajuste en la cabeza que condujo de regreso al despacho. Cuando llegó, ya casi no quedaba nadie; por suerte, los pocos que aún trabajaban no lo vieron entrar, así que se recluyó en su oficina. Su mente iba a mil por hora. Se quitó la corbata, también la chaqueta, y se remangó la camisa; como se sentía asfixiado, se desabrochó los primeros botones y caminó hasta la vitrina donde guardaba las bebidas. Se sirvió un bourbon, que tomó sin respirar siquiera. Pensó de inmediato que era un completo estúpido. Quería romperlo todo para descargar su ira, pero se contuvo; miró hacia el techo, a su alrededor, y entonces se dirigió hasta su escritorio para dejarse caer en su sillón, al tiempo que se sostenía la cabeza. Desesperado, mesaba su cabello; necesitaba despertar, si eso era una pesadilla... pero no lo era. Adriel se había burlado de él en su cara; recibía gustosa las caricias del seco y hasta parecía necesitarlas.
—Debo volver a mi plan original, ese que nunca debí abandonar. ¡Mieeeeeeeeeerda! ¡Maldita zorraaaaaa! —gritó mientras volvía a ponerse en pie.
Se acercó al ventanal y observó la ciudad iluminada; él permanecía a oscuras, no necesitaba que nadie fuera testigo de que estaba ahí ahogando sus penas. Se aferró con fuerza al marco metálico de la ventana y luego se dio la vuelta para ver nuevamente el espacio que ocupaba. Recorrió con la vista su amplio despacho; la forma circular lo mareó y de pronto se sintió engullido por la elipse que encerraba la construcción. Se dejó caer en el suelo, apoyando la espalda contra el cristal; detrás de él, sólo estaba el vacío, que se aunaba con el que Adriel había dejado en su pecho.
Su móvil vibró en el bolsillo de su pantalón. La pantalla le informó de que era Jane Hart; la abogada no desistía de su llamada diaria; no se daba por vencida a que él no le cogiera el móvil desde que estaba con Adriel. Para su propia extrañeza, respondió.
—Jane.
—Damien... —ella se quedó sin palabras; no pensaba que, finalmente, él iba a contestar—... te extraño —confesó tímidamente.
—Eso tiene solución —contestó con la voz fría y llana—. Tal vez podríamos pasar un buen momento.
Él sabía que ninguno sería tan bueno como los que pasaba con Adriel, pero necesitaba borrar su huella, y Hart le servía para tal fin. Necesitaba volver a convertirse en el hombre que había sido antes de conocerla, aquel que se enterraba en cualquier coño, saciando sus necesidades sin involucrar ningún sentimiento.
—Claro.
—Te espero en mi casa en una hora, aún no he llegado. Hazme sonar el móvil cuando estés abajo y te desbloquearé el ascensor.
—Bien.
Terminó la comunicación y se levantó del suelo, recogió sus cosas y salió de allí rumbo a su apartamento.
Como era fin de semana, estaba solo, pues Costance se había ido a ver su hermano. Subió a su habitación y se dio una larga ducha; combinó todos los chorros en busca de algo de alivio, aunque, por supuesto, sabía que no iba a encontrarlo, porque lo que a él le dolía era el interior de su cuerpo, y la única que podía aliviarlo era quien lo había lastimado.
Se vistió sólo con un chándal corto, y no se preocupó ni de ponerse un bóxer. De inmediato bajó al salón para tomarse un whisky; en aquel instante su móvil sonó. Miró la pantalla y confirmó que era Hart. Después de beberse el licor de un tirón, se dirigió al tablero para desbloquear el ascensor. La esperó en el recibidor, donde la tomó sin ningún modal. La puso de espaldas a él y la apresó contra la pared, abrió un preservativo que tenía preparado en el bolsillo del chándal y se enterró en ella con furia, una y otra vez, hasta descargarse por completo.
—Parece que estabas necesitado.
—No te he hecho venir para que hablemos; vamos a mi dormitorio.
Se quitó el condón, lo anudó y lo metió en el bolsillo. Jane creía que la había follado con necesidad, pero estaba equivocada: lo había hecho con enfado, con mucho enfado. Cada empujón que había dado al enterrarse en ella, era una maldición que lanzaba contra Adriel. Damien necesitaba ser de nuevo el ser insensible que una vez había sido. Tan pronto como se subió los pantalones y ella recogió sus bragas del suelo y se bajó la falda, sin esperarla, comenzó a caminar. Iba por delante, sin fijarse en si ella lo seguía o no; sabía que sí, por eso ni se preocupó en mirar. Jane era una de las que siempre estaban dispuestas a complacerlo; aunque en los últimos tiempos se había creído con más derechos que otras, ahora no dejaría que eso ocurriera. Entraron en la habitación y se quitó la ropa, apagó las luces y se tendió en la cama a la espera de que ella hiciera lo mismo. Las luces de la ciudad que entraban por los ventanales iluminaban vagamente el dormitorio. Jane entendió lo que él quería y, con rapidez, se despojó de todas las prendas que cubrían su cuerpo, subió a la cama a gatas como toda una felina y le practicó una mamada. Lake estaba de nuevo preparado para penetrarla, pero en su habitación le resultaba mucho más difícil concentrarse, ya que todo le hacía recordar los buenos momentos pasados en su cama con Adriel. Cogió un preservativo de la mesilla de noche, lo abrió mientras seguía disfrutando de la mamada que la abogada le practicaba y luego la apartó para colocárselo; lo rodó por su extensa erección y le indicó que se acostara. La penetró de una vez, cayendo en la cuenta de que era incomparable a cuando se enterraba en su médica. Furioso, le dio un empellón que hizo que Jane gritara, mezcla de dolor y placer, y empezó a follarla con verdadera rabia. Tenía los ojos cerrados; de otra forma no podría hacer lo que estaba haciendo. Intentaba superar sus sentimientos, esos que quería arrancar de su pecho. Abrió los ojos, y la desilusión cayó sobre su espalda, aniquilándolo al no encontrarse con la mirada de color aguamarina que tanto deseaba ver; temió perder la erección. Jane hablaba, le decía cosas sucias que en otro momento habían funcionado con él, pero ese día odiaba el sonido infame de su voz tanto como el contorno de su cuerpo. Volvió a cerrar los ojos, porque de otro modo su erección se hubiese acabado; ansiaba hacerla callar para poder concentrarse. Pensó en coger una almohada y ponerla sobre su cara para no oírla y no verla, pero, por supuesto, eso no podía hacerlo. Salió de ella y, con un movimiento tosco, le dio la vuelta, poniéndola de bruces; con una mano le tapó la boca para que no hablase, y la volvió a penetrar hasta sentirse el ser más miserable del mundo. Salió de ella después de haber conseguido el orgasmo; sabía que ella había llegado también.
Emergió de su sexo y, recostado dándole la espalda, se quedó así en silencio mirando a través de los ventanales. No era justo haberla usado como lo había hecho; lo que había hecho con Jane era un acto denigrante e infame, no podía estar jugando con sus sentimientos de esa forma y no sentirse mal. Pese a todo lo que había ocurrido allí, lo que más le molestó fue saber que con otra mujer no sentía nada. Miraba hacia fuera, su vista estaba perdida en el vacío; Adriel lo había dejado roto. Sintió cómo los brazos de la abogada lo abarcaban y ella, extasiada, apoyaba su rostro en su espalda; continuó ignorándola.
Adriel estaba extenuada en su cama. Había llorado desde que había llegado del hospital, y respiraba con dificultad. Se sentó y tiró de sus rodillas mientras apoyaba sus mejillas en ellas; cerrando los ojos, se abrazó a sus piernas.
En ese instante, resolvió que no iba a quedarse sin saber el motivo; estaba harta de que en su vida siempre faltaran los porqués, así que se levantó de la cama, se vistió con ropa deportiva, cogió las llaves de su coche, el bolso, y fue en busca de esa explicación que consideraba que merecía para cerrar su historia con Damien. Eran dos adultos y lo lógico era que se enfrentaran y se dijeran las cosas cara a cara.
Condujo hasta el apartamento de Riverside Boulevard, entró en el garaje con el mando a distancia que él le había dado hacía un tiempo y luego caminó furiosa hacia el ascensor mientras se colgaba el bolso en el hombro con ímpetu.
Todo estaba en silencio, ninguna luz en el apartamento estaba encendida, lo que la llevó a pensar que tal vez él no estaba. Pasó por el salón, acarició la madera lustrosa del piano y, deshaciéndose de la melancolía, subió las escaleras que llevaban a la planta donde se encontraba el dormitorio de Lake.
—Todo sigue como antes, sin compromisos. —Damien se sentó, pasó la mano por su pelo y la informó mientras se ponía en pie; no tenía intenciones de mantener ninguna conversación con ella—. Te llamo —le dijo para sacársela de encima—. Voy a darme una ducha, porque tengo un compromiso de trabajo.
Frustrada, Jane se quedó tendida durante algunos minutos en la cama, preguntándose una y mil veces qué debía hacer para llegar al corazón del abogado. En aquel momento, los sensores de movimiento detectaron el paso de alguien por la puerta del dormitorio, y la luz se encendió. Jane se sentó sensualmente en la cama, con la actitud digna de una modelo de revista que está posando para verse perfecta; una pierna extendida, la otra flexionada, mientras se sostenía apoyada con las palmas de las manos sobre el colchón.
El rostro cándido y el pelo platinado de la médica recogido en una coleta alta aparecieron ante ella. Adriel fijó sus ojos enrojecidos del llanto en la desnudez de aquella mujer. Jane, por su parte, la reconoció en seguida; por supuesto que Adriel también. La abogada, entonces, elevó una ceja y le sonrió irónica, triunfante. Ninguna de las dos dijo nada, Jane simplemente volvió a recostarse en la cama, demostrándole el sitio que ocupaba.
Avasallada por la situación, su pecho estaba tan comprimido que era increíble que aún estuviera respirando. De pronto, la vista de Adriel voló a la ropa de él, que estaba tirada en el suelo y, junto a ella, descubrió un condón anudado. Comprendió de pronto que ya no necesitaba explicación alguna por parte de Damien; su cama estaba ocupada esa noche, y la que estaba allí ya no era ella. Se mordió el interior de la boca y contuvo el llanto; dio media vuelta y salió de la habitación todo lo digna que pudo. Apenas accedió al pasillo, corrió y bajó desesperadamente las escaleras. Quería irse cuanto antes, no ansiaba encontrarse con Damien y sentirse más humillada todavía. De pasada entró en el despacho y dejó sobre su escritorio el mando a distancia del garaje; no lo necesitaría más. Lloraba y las lágrimas le dificultaban la visión. Estaba destrozada, asolada; se suponía que sería un fin de semana inolvidable, y por supuesto que lo sería, eso era algo indudable.
Lake se demoró el tiempo suficiente para que Hart se fuera. Cuando finalmente salió del baño, respiró aliviado al ver que no quedaba rastro de la abogada en su casa. La última hora la había pasado follando sin sentido, pero el placer y el regocijo no se habían quedado como cuando lo hacía con Adriel. De pie en su dormitorio, miró la cama desecha y supo que nunca más hallaría en alguien esa conexión que había tenido con ella. Bajó a la cocina y se dirigió al refrigerador. Decidió que debía deshacerse de los malos momentos y continuar con su vida, así que sacó una ensalada de pollo que había dejado Costance preparada y cogió una botella de cerveza; no tenía apetito, pero se obligó a comer, estaba decido a continuar. Adriel no iba a destruirlo, no permitiría que lo hiciera; había pasado por cosas peores, así que ahora sólo necesitaba volver a ser quien había sido, y no olvidarse nunca más de transitar por ese camino.
Cuando terminó de comer, lo dejó todo en el fregadero y salió en busca de su maletín; se internaría en el despacho a terminar las demandas que esa tarde había dejado inconclusas.
Sentado en su sillón, comenzó a sacar los papeles que se había llevado para elaborarlas. De un manotazo abrió su ordenador, comprobando sin ganas que miles de sensaciones encontradas se apoderaban de él y lo mantenían en un sube y baja continuo. De pronto explotó en ira y en lo único que pensó fue en salir a enfrentarla y recriminarle. Los celos se volvían incontrolables y él mismo se desconocía; la traición que sentía entonces hizo que luego esos celos y esa desesperación mutaran en rabia, en arrepentimiento, en reproches contra sí mimo. Chasqueó la lengua, cerró los ojos con fuerza y juntó ambas palmas de las manos apoyando su frente en ellas y probó a exhalar con fuerza para deshacerse de todas las malas sensaciones que lo desestabilizaban. Decidido a apartarse de cada uno de los recuerdos buenos, y también de los malos, encendió el Mac, dispuesto a encontrar el equilibrio y la concentración. Se sumergió en el trabajo.