12

 

 

 

 

Nada más cerrar la puerta tras de sí, apagó las luces y se quedó de pie a oscuras. Una oleada de sensaciones indescriptibles la invadieron; no eran muy diferentes de las que creyó que iba a atesorar, pero, aunque hubiera querido salir corriendo tras él para detenerlo, supo, en el mismo instante que Damien desapareció, que su decisión había sido la más coherente que había tomado en toda su vida. Finalmente había cedido, había terminado haciendo lo que había dicho que no haría... pero, a pesar de haber sido débil y haberse entregado a él, lo cierto era que no hubiese soportado dormir junto a Lake, despertarse a su lado, y que luego él hubiese puesto en práctica sus reglas como si nada hubiera pasado entre ellos. Lo que en verdad en ese momento no sabía era cómo iba a hacer para borrar cada una de sus caricias, cada uno de sus besos. Se quedó de pie contra la dura madera de la puerta; el mutismo abismal de la noche reforzaba cada uno de los sonidos que aún estaban grabados en su mente y que regresaban, caprichosos, a su recuerdo.

Él había sido exigente, duro; no había tenido ningún tipo de cuidado, simplemente había tomado posesión de su cuerpo y se había saciado... pero también había atiborrado de sensaciones el suyo, sensaciones que jamás con otro hombre había sentido. Damien había sabido cómo activar cada poro de su piel, cada terminación nerviosa de su cuerpo, cada átomo de su existencia.

—¿Por qué justo con él? —se preguntó, derrotada.

Oyó cómo Lake, como un relámpago, partía; el atronador ruido del poderoso motor de su coche había llegado hasta el piso de su apartamento. Asolada, Adriel cerró los ojos con fuerza y se mordió el puño, mientras tragaba el nudo que se le había formado en la garganta.

Inspiró con fuerza y caminó hacia su dormitorio. Ya en la cama, continuaba cavilando, sin poder apartar ninguno de los pensamientos. Se aferró a la almohada; las sábanas aún olían a él, estaban impregnadas del olor de su piel mezclada con su perfume y el sexo de ambos. Parecía un aroma que reavivaba e intensificaba todavía mucho más sus evocaciones; el efecto era devastador. Encendió la luz de la mesilla de noche y saltó de la cama para arrancar las sábanas y poner otras limpias; con ímpetu, hizo con ellas una pelota y las llevó al cesto de la ropa sucia, como quien desecha lo que no es necesario. Cuando terminó de hacer de nuevo la cama, se acostó ofuscada; estaba decidida a no permitir que nada doblegara su determinación de olvidarlo.

 

 

Abrió de malas maneras cada una de las puertas que se encontró en su camino, tiró las llaves de su coche sobre la mesa del salón y fue directo a servirse una copa. De un trago se bebió dos vodkas; necesitaba que el alcohol le quemara la garganta para aplacar el sabor de los besos de Adriel.

—¡Maldición! —gritó, y estrelló contra la pared el Riumka que tenía en la mano y, a continuación, también la botella de vodka.

Costance apareció bastante asustada por los ruidos; estaba envuelta en una bata y caminaba descalza. Damien permanecía apoyado sobre la barra, con los brazos en tensión y la cabeza gacha, sumido en sus agobiantes pensamientos.

—Señor Lake, es usted. ¡Qué susto me he llevado! —La vista de la empleada fue directa hacia los cristales rotos.

—Lamento haberte despertado.

—Voy a calzarme para recoger los cristales rotos.

—Deja, Costance, yo mismo lo hago; no te preocupes por nada, ve a descansar.

—Señor, no me cuesta nada, de verdad. Ahora vuelvo, váyase usted a descansar, que no tiene buena cara.

Él exhaló todo el aire de sus pulmones, emitiendo un resoplido sonoro; nunca se había sentido como se sentía, en ninguna otra relación con otra mujer.

—Está bien, pero ponte algo en los pies, no quiero que te lastimes.

Damien pasó por su lado y le apoyó la mano en el hombro con gesto agradecido. Agobiado, se dirigió a su dormitorio, donde se dio una ducha rápida, y luego se acostó.