7
Cerca del mediodía, Damien llegó a casa de su padre; entró con su juego de llaves y, para su sorpresa, se encontró con sus abuelos y con su antigua nana en la sala.
—¿Cuándo habéis llegado de Boston?
—Hola, querido, ¡qué ilusión verte! Llegamos anoche; tu padre nos mandó a buscar —lo informó su abuela Maisha mientras lo abrazaba, apretujándolo como era su costumbre.
Luego fue el turno de su nana, Kristen, que tampoco escatimó en lisonjas y mimos. Ambas mujeres tenían debilidad por ese muchacho al que seguían viendo como a un niño, aunque ya fuera todo un hombre. Finalmente, con un abrazo más mesurado pero no menos afectivo, fue el turno del abuelo Abott.
—Damien, hijo, ¡has llegado! ¿Qué te parece la sorpresa que te tenía preparada? —le dijo su padre, que se aproximaba para saludarlo también—. Como sé que odias reunirte para los festejos ante los que cualquier familia se junta, hemos decidido reunirnos hoy sin ningún motivo en especial, sólo para disfrutar de la mutua compañía. Después de todo, todos los que estamos aquí formamos nuestra familia.
—Familia... —soltó Damien con desidia.
—No empieces —lo amonestó su abuela—; cualquiera diría que no te alegra vernos aquí.
—No se trata de eso, babushka,[7] sabes que os adoro. Es sólo que, aunque vosotros forméis mi familia y os quiero, nuestra verdadera familia no es más que... —detuvo el concepto, no quería ponerse mal y terminar discutiendo con su padre como tantas veces. Se tocó la cabeza; las pocas horas que había dormido lo tenían de mal humor—. Dejemos ese tema de lado, porque es lo mismo de siempre. Disfrutemos de que estamos aquí todos juntos.
Ése seguía siendo un tema vedado para él y su padre; desde niño se había acostumbrado a que así fuera. Ése, como otros asuntos delicados que tenían que ver con su madre, no los mencionaba ante Christopher Lake, porque él, a veces, parecía no entender su postura. Hasta que creció y se hizo adulto, los discutía en susurros con su babushka Maisha; ella siempre parecía entenderlo, siempre lo escuchaba y no intentaba torcer sus sentimientos ni pensamientos. Por el contrario, si le sugería algo, no era con el firme propósito de hacerlo cambiar de parecer, sino con la clara intención de que pudiese darse cuenta de que las cosas podían ser diferentes. A Damien nunca le había gustado que le impusieran nada, pero su padre, en ocasiones, incurría en ese error; como naturaleza divina, le decía que lo blanco era blanco y jamás podía tornarse gris. No lo culpaba, criar a un hijo solo no había sido tarea fácil; tampoco había sido nada fácil desarraigar los sentimientos que él guardaba en su pecho. Quizá Christopher tenía razón y él era un poco insensible, pero, aunque luchara por no ser así, muchas veces era imposible olvidar, como su padre pretendía, y mucho menos perdonar. Resultaba muy difícil, ya que en su mente guardaba intacta la versión de todos los hechos; en cambio, su padre, con el solo fin de que olvidara, había ido transformando esa versión con los años hasta convertirla casi en un cuento de piratas, él pensaba que porque Damien era apenas un niño de cuatro años, su memoria no era fresca y clara... cuán equivocado estaba: había marcas que jamás se irían; había un dolor tan profundo en él, que ni habiéndose hecho hombre se le quitaba.
—¿Hasta cuándo os quedaréis?
—Esta noche regresamos, cariño.
—¿Tan pronto? —señaló Damien con total sinceridad—. Pensé que podríais instalaros un día en mi casa y consentirme dejándome comida para toda la semana —les dijo a su abuela y a su nana mientras las abrazaba; estaba sentado en medio de ambas.
—Eso ya está solucionado. Nos hemos levantado muy temprano, tu abuela y yo. El refrigerador de tu padre está atiborrada de comida para que te la lleves —lo informó su nana.
—Te he preparado, entre otras cosas, las gachas[8] que tanto te gustan —añadió su babushka.
El abuelo Abott puso los ojos en blanco mientras juntaba las manos y miraba al techo.
—Madre mía, dejad de consentir a este hombre, que se lo ve bien fornido; no se morirá de hambre porque no le cocinen. Lo único que falta es que te lo sientes en el regazo, mujer —le dijo a su esposa— y le hagas aplaudir mientras le cantas ladushki, ladushki...[9] como cuando era un niño.
—Entonces, eso significa que tú no pretenderás jugar esta tarde al backgammon con él, ¿verdad?
—Dejad de discutir.
—¿Qué pides, Damien? —preguntó Kristen en tono de guasa; ahora era la dama de compañía de los Lake, aunque tenía casi la misma edad de Maisha—. Estos dos es lo que hacen desde que se levantan hasta que se acuestan.
Pasó una tarde de lo más relajado. Finalmente había sido una buena idea la de su padre; le encantó sentirse tan consentido por esos tres ancianos que tenían especial debilidad por él.
Lo que él era, los valores morales que tenía, el aliento para seguir adelante a pesar de todo, no sólo se lo debía a su padre, sino también a ellos, que habían tenido mucho que ver en su educación. El encuentro había cambiado considerablemente su ánimo. Su padre había estado bastante escueto y se lo notaba pendiente del teléfono, pero, como no era su costumbre preguntar, no lo hizo. En un momento dado lo vio alejarse y hablar muy animado con alguien; no parecía ser exactamente por trabajo, por lo jovial que se lo veía.