8

Danna Green engañó a su marido en dos ocasiones.

La primera no pasó de algunas llamadas con un empleado del banco del que ni siquiera recordaba su nombre. Se habían visto un par de veces, suficientes para advertir que el empleado bancario tenía el cerebro vacío y, lo que es peor, de haber tenido voluntad de llenarlo de ideas, no hubieran entrado demasiadas. No es que Danna buscara liarse con Einstein, pero el sujeto en cuestión, con su manía de llevarse la mano a los genitales cada cinco minutos y reír como un adolescente, tampoco constituía una alternativa tentadora. El episodio con el bancario tocagenitales fue efímero y soso, de manera que ni siquiera contaba como una infidelidad.

El de David Sallinger, sin duda alguna, sí.

De joven, Danna no había sido amiga del deporte, siempre había sido reacia tanto a practicarlo como a mirarlo. Su metabolismo le permitía comer lo que quisiera en la cantidad que deseara, aunque la comida no era una debilidad para ella y rara vez se extralimitaba. Esto le permitía mantener su físico en buen estado sin necesidad del bendito deporte, dietas ni pastillas, que eran moneda corriente entre sus amigas. Tener una buena figura no representó en la joven Danna una asignatura que atender; la tenía, y lo sabía.

Mantuvo su figura incluso después de casarse y de sus dos embarazos. Su cuerpo seguía los cambios lógicos de la edad; ridículo sería pretender la silueta de una muchacha de dieciocho a los treinta y cinco. No obstante, aún a esa edad seguía manteniéndose en forma.

Todo cambió cuando fue acercándose a los cuarenta. No fueron cambios radicales, pero Danna comenzó a sentir que si quería dilatar lo que en algún momento era inevitable que ocurriera, debía ocuparse de su cuerpo. Su cadera se había ensanchado, al igual que sus piernas, y la dureza de sus músculos no era la misma. Fue entonces cuando comenzó a darle vueltas a la idea del gimnasio. Verse a sí misma tirando de una máquina con pesas, o haciendo contorsiones en el suelo, le resultaba risible; no tenía idea de lo que era una rutina de ejercicios físicos simplemente porque nunca había seguido una. Sin embargo, se permitió hablar del tema con Rachel, que desde hacía unos años no perdía oportunidad de realzar las bondades del bendito gimnasio.

Poco tiempo después, se vio entrando en las instalaciones de Excerside, mirando a su alrededor como si se tratara del interior de una nave espacial. La atmósfera cálida y húmeda que tan familiar le resultaría en el futuro no le causó una buena impresión inicial, y el golpeteo de las pesas al chocar unas con otras directamente la molestó. Mientras se inscribía y desfilaban a su lado muchachas con cuerpos endurecidos envueltas en trajes de colores, pensó que aquello no era para ella. No había sido una buena idea ir, se dijo en ese momento; pero ya estaba allí y probar no le costaría nada.

Pero resultó que le gustó.

Se adaptó con rapidez al funcionamiento, y no tardó en arrastrar a Robert, que asistió en alguna ocasión, aunque resultó evidente que sólo lo hizo para complacerla. Danna encontró en la rutina de ejercicios una manera de desconectarse de su vida cotidiana, de poner la mente en blanco, y los resultados se vieron prácticamente de inmediato. Al cabo del primer mes, sentía su cuerpo más firme y el espejo no tardó en revelarle que el ejercicio rendía sus frutos.

A medida que el tiempo pasaba, fue conociendo nuevos ejercicios y modificando las actividades según sus ganas de cada día. Si alguien le hubiese dicho unos años antes que ella sabría que tal o cual ejercicio era preferible frente a otro, lo hubiera mirado como a un loco. Pero allí estaba de todos modos, interesándose por conocer las ventajas de cada máquina, las zonas del cuerpo que ejercitaba y cuántas repeticiones del ejercicio era conveniente hacer.

Cuando uno de los instructores con el que Danna había adquirido cierta confianza se marchó un buen día por un trabajo en Rochester, ya poseía suficientes conocimientos para manejarse sola. El instructor que lo reemplazó, más joven que su antecesor, no despertó en ella precisamente simpatía, por lo que se limitó a ignorarlo. Dotado de un físico ciertamente admirable, el fulano se comportaba como alguien que observa el mundo desde un escalón superior. Danna no intercambió una sola palabra con él hasta dos meses después de conocerlo.

La conversación se inició casualmente, casi sin querer. David (para ese entonces ya sabía su nombre) se limitó a explicarle ciertos detalles del uso de la bicicleta estática y le brindó información adicional sumamente útil. Lo hizo con seriedad, evidentemente interesado en hacer bien su trabajo; como un maestro de escuela ante un grupo de niños.

Danna no tardó en hacerle una nueva consulta unos días después. A esa siguieron otras, y más adelante las conversaciones nada tenían que ver con la gimnasia. Danna consideraba interesante la mentalidad del joven, aunque no tanto como su cuerpo fornido y fibroso, el cual despertó de inmediato en ella una atracción innegable. Durante el día sus pensamientos se lanzaban recurrentemente en pos de su instructor. Creía advertir que él la observaba de un modo que ella consideraba algo más que corriente, no era estúpida; lo que no podía saber era que se había convertido en el foco de las fantasías de David Sallinger.

Un mes después llegó la invitación formal para ir a su apartamento. Sallinger fue directo y le dijo que podrían conversar un rato o hacer lo que quisieran, y ella aceptó de inmediato. En ese primer encuentro en efecto hicieron lo que quisieron, que distó mucho de mantener una conversación. Danna nunca experimentó una comunión física tan perfecta como la que existió con David. En aquel primer encuentro y en los que siguieron, permitió dejarse llevar por sus fantasías, sus deseos íntimos, los que estaban fuera de su cama matrimonial. El sexo con Sallinger seguía un patrón desconocido para ella, una danza febril que se iniciaba con besos y frases al oído, y que desembocaba forzosamente en desenfreno. Nunca hubo violencia entre ellos, al menos no en el sentido literal, pero cuando Danna hundía sus uñas en la espalda de David y arañaba su piel, éste sonreía y respondía tirando del cabello de ella casi al punto de arrancárselo.

Durante cuatro meses se vieron todas las veces que pudieron. Ninguno buscó en el otro más que lo que se brindaban mutuamente en la cama, el sillón de la sala o la cocina.

Hasta que un día Sallinger cometió un error.

Era una tarde particularmente fría. Danna entró en el gimnasio y se apresuró a cerrar la puerta tras de sí, soplando sus manos sin guantes. En esas circunstancias la humedad ambiental de Excerside, sumada a la calefacción, proporcionaban un ambiente acogedor. Dejando que su cuerpo recibiera el calor y se impregnara de él, se aproximó al mostrador desde donde Clarice, la muchacha encargada de las inscripciones, le sonreía. Danna no se consideraba su amiga, pero cruzaba unas palabras con ella de cuando en cuando, y ese día se le ocurrió preguntar por Sallinger. No lo hacía a menudo, pero, a fin de cuentas, era su instructor; no había nada extraño en que preguntara por él.

Clarice le dijo que David estaba enfermo, que había llamado para tomarse el día y que Scott lo reemplazaría. Dijo esto último rápido, casi de pasada, poniendo énfasis en la idea de que David no asistiría por su enfermedad. En su rostro había una sonrisita suspicaz, y Danna era incapaz de pasar por alto sonrisitas suspicaces, de modo que con total seriedad le preguntó en qué estaba pensando. La muchacha abrió los ojos evidentemente sorprendida, y ante la mirada gélida de Danna dijo tímidamente: «Podrías ir a visitarlo, ya que tú y él…».

Clarice dejó la frase en suspenso.

Ese día Danna siguió su rutina con normalidad, sabiendo que sería la última vez que lo haría. Sabía que el gimnasio tenía otra sucursal, y aunque estuviera más lejos de su casa, la utilizaría en el futuro sin dudarlo. Por la noche habló con David, que efectivamente estaba enfermo, o al menos eso dijo, y le preguntó si había hablado con alguien acerca de la relación que los unía, a lo que David lógicamente contestó que no, que era un secreto tal como habían acordado. Danna formuló una vez más su pregunta, esta vez mencionando la conversación con Clarice…, y él enmudeció.

David acabó aceptando que había hablado del tema con otros instructores y que probablemente alguno de ellos lo había comentado con Clarice. Intentaba ensayar una defensa cuando Danna articuló las palabras: «Adiós, David», e interrumpió la comunicación.

Fue la última vez que hablaron; y no volvieron a verse.

Benjamín
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