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Robert aferraba el volante del Toyota con fuerza. Solía almorzar en la oficina o regresar a su casa, pero ese mediodía no haría ni lo uno ni lo otro. Permanecer en su oficina le había resultado una idea insoportable, e ir a su casa ni siquiera se le cruzó por la cabeza. Encendió la radio y sintonizó una emisora de noticias. Procuró seguir con atención la voz radial sin entender lo que decía, concentrándose en cada palabra y repitiéndola para sí. El truco funcionó… durante dos minutos; luego otra vez se alzó la voz anónima interior; el presentador de radio que todos llevamos dentro y que se encarga de traernos las malas noticias.
Cuando le hacías el amor a tu esposa, ¡ella marcaba el libro con el dedo! ¿No es asombroso?
Y además te engaña…
¡TODO EL MUNDO LO SABE!
Mientras el coche se desplazaba a una velocidad superior a la permitida, el mensaje hallado en el interior de su agenda electrónica retumbaba una y otra vez en su cabeza, como el latido de un corazón gigante, remarcando cada palabra, tal y como lo había hecho desde que sus dedos desdoblaron el papel y sus ojos recorrieron una a una las palabras, sin poder dar crédito a ellas. Aún no podía hacerlo.
Había guardado el mensaje en el bolsillo trasero de su pantalón. No lo había destruido, o quemado, simplemente lo había guardado allí mientras un centenar de preguntas estallaban en su cabeza. Lo primero que había hecho después de leerlo fue mirar en todas direcciones, como si el responsable estuviera allí, agazapado en algún lugar a la espera de su reacción. Ése es, después de todo, el objetivo de un bromista, ¿no? Observar la reacción de su víctima.
Aunque Robert tenía la horrorosa sensación de que ésta no era la obra de un bromista.
Lo primero que comprendió fue que su autor, quienquiera que fuese, no lo había colocado dentro de su agenda electrónica mientras él estaba en la redacción. Al menos no ese día. Había repasado sus movimientos de esa mañana, que se limitaban a una minuciosa observación del grupo de boys scouts desde la ventana, con lo cual no había posibilidad alguna de que alguien lo dejara allí sin que él lo notara. Las únicas personas que habían estado esa mañana en su oficina eran Liz y Ed, y ninguno de ellos se había acercado a su agenda. Estaba seguro. Además, la idea de cualquiera de ellos escribiendo un anónimo de ese tipo le daba risa. Por otro lado, suponer que alguien había logrado introducirse en su oficina mientras él miraba por la ventana de espaldas a la puerta, y que hubiera podido dejar el mensaje y luego salir sin que él se diera cuenta, también era difícil de creer.
El mensaje debió de haber sido colocado en otro momento. No recordaba haber utilizado su agenda desde hacía unos días, por lo que el anónimo podría llevar algún tiempo allí. Durante los últimos días había dejado la agenda sobre el escritorio más de una vez cuando salía de la oficina, con lo cual el abanico de sospechosos se ampliaba a casi cualquier persona; no tenía sentido detenerse en cada una de ellas. Incluso un extraño podría habérselas ingeniado para llegar hasta su oficina. Era improbable, pero posible.
¿En quién debía pensar? Estaba claro que el mensaje no era bienintencionado; su autor buscaba inquietarlo.
¡Todo el mundo lo sabe!
¿Quién lo sabía?
¿QUIÉN?
No importaba mucho. Al menos no importaba tanto como lo otro. Como el mensaje en sí. El contenido. Al diablo quién lo había escrito, lo verdaderamente importante era qué había escrito. Robert lo sabía, y era la razón por la que conducía como un poseso sin un rumbo fijo (aunque interiormente empezaba a entender adónde se dirigía).
Tu mujer te engaña.
¿Era cierto?
Conocía a Danna. Sabía de su carácter fuerte, su ego del tamaño de un rascacielos; sabía que perdía los estribos con facilidad, a veces pasaban días sin hablarse…, podía enumerar defectos a montones, una jodida lista de la compra con dos mil artículos…, pero no lo engañaba. Estaba seguro. En los años que llevaban de casados no había habido un solo incidente que a Robert le despertara sospechas de que Danna veía a otro hombre. Ni uno solo. Quienquiera que hubiera escrito el mensaje sin duda no conocía ese hecho; podría haber utilizado cualquier argumento para atacarlo. Cualquiera.
Pero no ése.
Robert estaba tranquilo al respecto. Muy tranquilo.
Por eso conduces como un chiflado, ¿eh? Por eso no destruiste el mensaje en la trituradora para papel. Ha sido por eso, ¿verdad? Estás taaaan seguro que has guardado el mensaje en tu bolsillo trasero y ahora te lanzas en tu coche a meditar sobre un asunto del que estás MUY seguro. ¿Así es la historia?
Sí, así era precisamente.
Mierda. No estás seguro de nada. ¿Qué está haciendo Danna AHORA, por ejemplo?
Robert sintió un escalofrío. Nunca había pensado en la infidelidad de su esposa como una posibilidad. Ahora la idea lo sorprendía como a un científico que súbitamente descubre que la gravedad ha cambiado de dirección. Una válvula que siempre había creído cerrada se abrió y viejos recuerdos fueron bañados por un líquido nuevo, un líquido que los hacía ver diferentes. Danna era una mujer independiente, siempre lo había sido; iba al gimnasio dos o tres veces por semana, asistía a clases de pintura, tenía su vida. Robert no conocía a todas las personas con las que se relacionaba. De hecho no conocía a casi ninguna.
Observa cómo su dedo índice marca la página en que interrumpió la lectura, para retomarla tan pronto termine… aquello.
—¿Quién es, Danna? —le preguntó a la cabina del Toyota.
El sonido de su propia voz lo alarmó. Hablar solo no era precisamente un signo de cordura. Debía tranquilizarse. El mensaje lo había alterado, era cierto, y hasta lógico; entendía que era lógico. Pero también debía entender que ese mensaje anónimo no probaba nada. No había recibido una foto comprometedora, ni un nombre; nada. Sólo un mensaje de alguien que probablemente no tenía otra intención más que fastidiarlo.
Y que por cierto lo había logrado.
Lo que debía hacer era pensar con calma las cosas. Debía dar crédito a los años de convivencia con Danna, al hecho de que nunca le había dado motivos para que sospechara una cosa así. Debía partir de allí, y si lo deseaba podía utilizar el incidente para estar más atento en el futuro. No debía volverse paranoico, porque eso era seguramente lo que pretendía el lunático que le había dejado aquel mensaje. Actuar con naturalidad (no como lo estaba haciendo ahora), eso era lo que debía hacer. Ser inteligente.
Ordenar sus ideas lo ayudó. No mitigó por completo la voz de radio dentro de su cabeza, que se empecinaba en dar crédito a la noticia de último momento, pero logró convencerse de que no había motivos reales para volverse loco. Lo comprendió en el preciso instante en que su Toyota se detenía en el camino de acceso de la vieja planta de distribución de agua en Union Lake.