12
Estaba frente a la habitación de Rosalía cuando su mente se separó, otra vez; en esta ocasión hubo algo diferente, o eso creyó. Su cuerpo se dejó caer, sumergiéndose poco a poco en aguas profundas. La oscuridad pobló sus pensamientos, o dejó de tenerlos.
Rosalía abrió la puerta con vacilación. Su camisón celeste desteñido se meció e hizo que su aspecto fuera el de un fantasma desaliñado. Su cabello rizado se alzaba en torno a su cabeza en una maraña tridimensional. Evidentemente, estaba sobresaltada y confundida. Retrocedió un paso mientras su rostro se cubría de un terror profundo.
—Sé lo que has hecho… —dijo la mujer, pero inmediatamente enmudeció.
Él abrió la boca. Fue consciente de que lo hacía, pero no creyó que obedeciera a un impulso propio.
—¡Pues si lo sabes, puta…, será mejor que no se lo digas a nadie! Y mucho menos que me has visto aquí.
El rostro de Rosalía se transformó, su boca se deformó en una mueca y sus ojos se llenaron de horror. Retrocedió dos pasos hacia el interior de la habitación. Era evidente que deseaba cerrar la puerta, pero sus manos temblaban y le resultó imposible hacerlo.
Para él todo era oscuridad. Las palabras acudían a su boca sin que supiera su procedencia. Los pensamientos germinaban en zonas oscuras que ya no le pertenecían. Se hundía.
—Escucha bien: si abres la boca, despídete de Miguel…
Rosalía negó con la cabeza al escuchar el nombre de su hijo. El terror hizo que sus ojos se humedecieran. Esta vez logró asir la puerta e intentó cerrarla, pero un pie se afirmó delante impidiéndoselo.
—Le diré a Félix dónde encontrar a Miguel… eso es lo que haré. Le diré dónde vivís, ¿has entendido?
—Es el diablo… —articuló la mujer. Su voz era apenas un susurro.
—Nada de eso, sabes bien quién soy, y conviene que también sepas que me enteraré si abres la boca… Si lo haces, le diré a Félix lo que ya sabes. Incluso le diré que ese hijo que tienes es un marica…, que juega con muñecas. A Félix le encantará oír eso.
Lágrimas pesadas rodaban por el rostro de la mujer. Esta vez asió la puerta con las dos manos, tiró de ella con fuerza y finalmente logró cerrarla, pero aquello se debió únicamente a que el pie que se lo impedía quiso que así ocurriera.