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Robert y Mike bebían cerveza en el porche. Observaban el jardín frontal y la entrada privada para vehículos sin decir nada, de espaldas a la casa. La estructura de madera que los cobijaba, soportada por dos únicas columnas en los extremos, tenía al frente una viga rectangular de cuyo centro pendía un carillón. La deformación de la viga, fruto del paso del tiempo, generaba la ilusión de haber cedido ante el peso insignificante del pequeño elemento de cobre. En ese momento, las placas metálicas eran agitadas por una brisa que bien podía ser preludio de lluvia.
Entre los dos hombres había un recipiente con hielo y dos latas de cerveza en el interior. Esa noche habían bebido más y hablado menos que de costumbre. El semblante de Robert se había ensombrecido durante la tarde, adquiriendo la fragilidad que ahora evidenciaban sus ojos. Había pasado por los dos estados por los que atraviesa cualquier persona al recibir una mala noticia: la negación, primero, y la aceptación lenta y dolorosa, después. Robert comprendía poco a poco que Ben, en efecto, se había marchado de casa y que aquélla sería su segunda noche fuera. Pensar en esto era suficiente para que la simple idea de dormir le resultara insoportable; quizás, le había dicho a Mike hacía un rato, se echara en uno de los sillones de la sala, pero no creía posible conciliar el sueño.
La búsqueda de Ben se iniciaría al día siguiente. Esa misma tarde, Robert había hablado con su secretaria en el Carnival News para que una fotografía de Ben fuera incluida en la edición del día siguiente. La policía no había recibido ninguna llamada relacionada con un niño perdido, pero confiaba que en las próximas horas tal cosa cambiara. La fotografía en el periódico, más las que ellos mismos distribuirían, serían de gran utilidad.
Robert se inclinó hacia el recipiente, tomó las dos últimas latas de cerveza y entregó una a su amigo. Luego abrió la suya.
—No entiendo cómo puede suceder una cosa así —dijo.
Mike apartó la vista del dispositivo eléctrico para ahuyentar mosquitos que estaba colocado en el suelo, al que observaba desde hacía quién sabe cuánto tiempo.
—Mañana todo se solucionará —fue lo único que se le ocurrió decir.
Aquellas reuniones se habían transformado en un placentero ritual. Envueltos en el silencio de la noche, interrumpido esporádicamente por algún coche en la calle Madison, habían transitado a lo largo de los años por temas agradables y otros no tanto. Allí habían compartido alegrías, hablado de sus problemas y manifestado sus preocupaciones. Robert no tenía un hermano mayor, pero Mike siempre había ocupado ese lugar. El recuerdo del día en que se conocieron, que traía consigo la intensidad de algo mágico, se alzó dentro de su cabeza, y por primera vez en el día, sonrió…