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El llavero de la casa de la difunta señora Doorman tenía tres llaves. Una de ellas, la más pequeña, giró con suavidad en el candado del portón de madera, lo cual fue un alivio para Matt, que no creía que fuera una buena idea que la furgoneta Ford de Randy permaneciera mucho tiempo a la vista de todo el mundo, en especial con la chatarra ocupando la caja trasera. Se sintió aliviado cuando condujo la furgoneta hasta el jardín trasero por un pasaje estrecho que rodeaba la casa.
Se aseguró de volver a colocar el candado en su sitio y se permitió encender un cigarrillo. Se recostó contra el tronco de un árbol, mientras hacía formas con el humo y trazaba círculos en la tierra con una rama. Había sido un día provechoso. Su propia abuela solía decir que no había cosa más agradable que aprovechar cada día, y quizás por primera vez en su vida comprendió el verdadero alcance de la idea. Normalmente se hubiera despertado cerca del mediodía, para compartir un somnoliento almuerzo con parte de su familia, gruñendo las respuestas que fueran necesarias. El día se hubiera deslizado con pesadez, como un mastodonte prehistórico, olfateando aquí y allá a la espera de los acontecimientos de una jornada estadísticamente similar a las anteriores. Analizó su vida como un observador pasivo. Había aprovechado el día, pero por encima de todo, había tomado el control de su vida aunque no fuera más que por unas horas. Si su abuela estuviera viva, le diría que la diferencia de aquellos cuyas vidas transcurren como ballenas varadas en la costa, y las de aquellos que avanzan a toda velocidad sin importar lo que encuentren delante, era monstruosamente diferente, pero aun así la mayoría no se daba cuenta de ello. Era una idea simple, si se pensaba detenidamente en ella, pero golpeó a Matt con una fuerza desconcertante. No se consideraba un genio; de hecho, a sus diecisiete años tenía dificultades con las divisiones decimales y se sentía paralizado con la sola mención de la palabra química. Sin embargo, esa mañana comprendió una cosa que a su entender era más importante que despejar una estúpida equis o calcular el sitio exacto en que chocarán dos trenes imaginarios que tienen el poco tino de viajar por la misma vía férrea. Su valioso hallazgo de esos días, y que su abuela había sintetizado en la importancia de aprovechar el día, residía en sentir la tensión de llevar las riendas de su vida.
Lanzó la colilla de su Marlboro a un lado, se puso en pie y la aplastó. No había mucho más que hacer allí salvo descargar la furgoneta, pero lo dejaría para el día siguiente. De todas maneras, no podría empezar a trabajar hasta disponer de las herramientas necesarias. Se encaminó hacia la parte trasera de la casa asimilando sus nuevas ideas. El hecho de que tuviera algunas propias era de por sí llamativo.
—Llevar las riendas —dijo en voz alta. Allí nadie podía oírlo, pero consideró necesario expresar parte de sus cavilaciones al mundo exterior.
Antes de marcharse le pareció apropiado echar un vistazo al interior de la casa. Si iba a pasar bastante tiempo allí, debía saber con qué comodidades contaría.
Con una de las llaves abrió la puerta de atrás. Entró en una cocina modesta y cuadrada, con una mesa en la que descansaban utensilios de cocina y algunas revistas. En la pared vio un almanaque del año anterior y un cuadro desteñido con un bosque. En los soportes sobre el fregadero había especias y frascos etiquetados. La casa no parecía deshabitada, y por un momento Matt esperó ver a una anciana despeinada, atraída por los ruidos en su cocina, de pie en el umbral de la puerta que probablemente conducía a la sala.
Matt avanzó, consciente por primera vez del olor que flotaba en la casa. No era ningún secreto que las casas absorbían el olor de las personas que vivían dentro, pero algo de éste en particular no le agradó. Dejó atrás la cocina para adentrarse en lo que resultó ser la sala, pero apenas prestó atención a la decoración o a los efectos personales que la familia de Randy no había retirado aún. El olor penetrante seguía presente. Algunas fotografías en blanco y negro lo observaban desde la pared y un televisor de la era paleozoica, que servía de apoyo para un helecho de plástico, lo miró desde la esquina opuesta. No encendió las bombillas de la sala; algo de luz se filtraba por los postigos hinchados de humedad, y con eso fue suficiente para advertir el camino hacia la puerta que lo llevaría a las habitaciones y al baño.
Realizó el resto de la inspección muy rápidamente. En el centro de la habitación que sin duda había pertenecido a la señora Doorman había una cama de dos plazas, y Matt no pudo resistir el impulso de acercarse e inclinarse sobre ella. Con la nariz a pocos centímetros de la colcha inhaló una pequeña cantidad de aire y luego lo expulsó; se incorporó y sonrió. La ropa de cama olía a limpio. Podría dormir una siesta allí si la jornada se tornaba pesada.
Estaba satisfecho. Era una casa pequeña y antigua; una casa que incluso conservaba un olor peculiar destilado por un cuerpo moribundo, pero aun así serviría para pasar unos días mientras hacía su trabajo. No necesitaba un hotel de cinco estrellas. Quizás, pensó con fascinación, podría invitar a Andrea y pasar el rato sin tener que soportar sus temores de que sus padres los interrumpieran.
Salió por la puerta delantera utilizando la última de las llaves del manojo que le había entregado Randy esa misma mañana. Regresaría a su casa caminando. No era conveniente que vieran su Honda en las proximidades, mucho menos entrando y saliendo cada día. Podía llamar la atención, y lo que menos quería era precisamente eso.
Caminó bajo el sol tibio tarareando una canción pegadiza. Se sentía agotado por las pocas horas de sueño y la faena en el desguace de Kallman, pero no se quejaba. Había aprovechado el día.