6
The Oysterhouse era una construcción de ladrillos en lo alto de una colina. Para llegar había un sendero de piedra con una suave pendiente que serpenteaba entre unas cuantas palmeras iluminadas desde el suelo. Mike había elegido para la velada un traje gris oscuro; Allison, un pantalón de gasa negro y un corsé rojo que dejaba sus hombros al descubierto. Cuando Mike posó una tímida mano sobre ellos, vio pequeñísimas y delicadas pecas color miel.
El silencio mientras ascendían no resultó incómodo. Mike suponía que si pensaba en algo inteligente que decir no podría concentrarse en los infinitos detalles que debía atender: la noche poblada por cientos de estrellas, por ejemplo, que la ciudad normalmente eclipsaba y que él tan bien conocía gracias a sus noches de soledad en la casa del lago, el vaivén acompasado de la cadera de Allison cuando ascendía los peldaños, su cuello esbelto, el perfume dulce y penetrante.
Tras franquear una pesada puerta de madera, se encontraron en una estancia desierta, decorada con plantas y fotografías en blanco y negro. Había algunos sillones y dos altavoces diminutos en las esquinas que emitían una melodía suave. Una mujer de sonrisa radiante apareció por una puerta y los invitó a pasar.
El salón comedor era inmenso, con suelo y columnas de madera e iluminado suavemente por lámparas de cristales de colores que pendían sobre las mesas. El lugar tenía distintos niveles que conformaban ambientes individuales separados entre sí por barandas, también de madera. La cocina era visible en la parte trasera, aunque se encontraba lo suficientemente alejada para no perturbar el clima íntimo que reinaba en torno a las mesas. Las paredes eran de cristal y ofrecían una vista impresionante a la ladera iluminada.
La joven de la sonrisa radiante los guió hacia uno de los laterales donde quedaba un solo reservado libre.
Se sentaron uno frente al otro.
—Mike, el lugar es hermoso.
—Es cierto. Tengo que darle las gracias a quien me lo ha recomendado.
Una camarera se presentó instantes después y les entregó los menús.
Dedicaron diez minutos a la elección de cada plato, comentando en voz alta las bondades de cada uno. Allison resultó conocedora de varios platitos de pescado, lo cual se debía, según explicó, a haber acompañado a pescar a su padre más de una vez, escuchar sus historias y esas cosas. «El problema de los hombres que tienen sólo hijas —en mi caso somos tres mujeres—; yo soy la mayor, de modo que no tenía otra opción más que acompañarlo. Alguien tenía que hacerlo, ¿no? Pero me gustaba».
Allison se decidió por un filete de pez espada con verduras. Mike, por langosta.
Después de ordenar, Allison tomó la iniciativa en la conversación. Preguntó a Mike a qué se dedicaba exactamente, utilizando la palabra «exactamente» en forma deliberada, en un intento por no iniciar el diálogo como lo haría un agente de la CIA. Lo cierto es que, aunque sabía cosas de Mike por intermedio de Ben, no tenía idea de cómo se ganaba la vida.
Mike le habló del negocio de alquiler de maquinaria que su padre había iniciado tiempo atrás, y de cómo se había hecho cargo de él. Se sintió satisfecho al notar que las palabras brotaban de su boca con naturalidad.
—Me han ocurrido cosas increíbles, créeme —dijo él, sabiendo en el fondo que el comentario desviaría la conversación en otra dirección.
—¿Qué tipo de cosas?
—No las creerías.
—Cuéntame una.
Mike la observó con incredulidad.
—Oh, no sabría exactamente…
—Vamos, puedo ver en tu rostro que ahora mismo estás pensando en algo gracioso.
Y era cierto. Mike se sorprendió por la perspicacia de Allison.
—Una vez vino un sujeto a alquilar una excavadora —dijo con resignación exagerada.
Allison enarcó una ceja.
—Es una máquina similar a un tractor —explicó Mike—, pero con una pala en la parte delantera. Se utiliza básicamente para arrastrar materiales en la construcción de caminos, pero es una máquina potente, capaz de tronchar un árbol.
»Generalmente nuestros clientes son siempre los mismos; pero ocasionalmente viene alguien que quiere excavar por sí mismo el pozo para una piscina, mover tierra o lo que sea. No es normal, pero ocurre. En estos casos me da por preguntar para qué utilizará la máquina, y por lo general no suele ser una pregunta bien recibida.
Mike se interrumpió. Advirtió que mientras hablaba habían depositado una botella de Beringer sobre la mesa. Asimismo, la vela blanca que un momento antes había estado apagada exhibía ahora una diminuta llama danzante.
—¿Para qué necesitaba el hombre la máquina?
—Se negó a decirlo, pero me pidió también alguien para conducirla, de manera que me enteraría tarde o temprano. Confieso que a esas alturas estaba intrigado. El hombre vestía un traje hecho a medida y gafas de montura dorada; no era precisamente el tipo de persona con el que me encuentro a diario.
»Envié al día siguiente a Gary, uno de los conductores más experimentados y que trabaja con nosotros desde hace tiempo. Antes de irse le dije que se llevara la radio y que me mantuviera al tanto de lo que sucedía.
Mike hizo una rápida evaluación de Allison: seguía el relato con interés; era evidente que no la estaba aburriendo.
—A media mañana, Gary me llamó y me dijo lo siguiente: «Mike, el sujeto que alquiló la máquina es un demente. Dime qué hago».
Allison dejó escapar una risita.
—Le pregunté a Gary qué ocurría —prosiguió Mike—, y me dijo que estaba en la esquina de la casa del hombre y que éste quería que avanzara con la excavadora en dirección a ella. Que la embistiera. Hasta indicó a Gary el sitio exacto en el que debía impactar.
—¿Quería demoler su casa?
—Eso mismo pregunté yo, pero no era el caso. Resulta que el señor Gafas Doradas estaba convencido de que su mujer lo engañaba. Lo intuía desde hacía tiempo, según dijo, pero en ese momento tenía la certeza de que ella lo estaba haciendo en su propia casa, vaya uno a saber con quién…
—Y decidió darle un buen susto, por lo que parece —apostilló Allison.
—Exacto. Imagínalos, alerta sabiendo que están haciendo lo que no deben, donde no deben, y de pronto, un monstruo amarillo derribando la pared.
—Dios mío.
—Intenté decirle a Gary por radio que regresara de inmediato, pero ya no me escuchaba.
—¿Qué ocurrió?
Mike tomó un sorbo de vino. Allison casi había vaciado su copa.
—Según Gary, cuando le dijo a Gafas Doradas que no haría semejante cosa y que regresaría tal como yo le había dicho, el hombre se puso frenético, se subió a la cabina y lo amenazó con un arma que Gary no supo de dónde había sacado. Según me dijo, podría haberlo derribado de un golpe, pero la actitud del hombrecito bien vestido lo divirtió y decidió seguirle el juego. Gary pensó que el arma era de juguete.
»Con el hombre montado en la cabina, avanzaron por la calle hasta la casa. Gary dijo que era una casa bonita y que cuando el hombre le indicó dónde debía embestir, sintió un escalofrío. Pero no dudó. Cuando se colocó de frente a la pared de la habitación, arremetió a toda potencia. Gary explicó que experimentó una especie de excitación, como un niño. La excavadora entró en la habitación con un estruendo infernal, levantando una nube de polvo y provocando una explosión de trozos de madera y mampostería.
—¿Qué fue lo que vio?
—Ciertamente estaban engañando a Gafas Doradas. Gary apenas podía contener la risa mientras lo contaba, decía que tenía la imagen de lo sucedido tan grabada que no podía evocarla sin que le diera un ataque de risa. Según su descripción, la mujer de Gafas Doradas estaba en la cama, a cuatro patas, con la cabeza apuntando a la cabecera…
—Al estilo perrito —observó Allison divertida.
—Correcto. Debo de estar rojo como un tomate hablándote de estas cosas…
—Sí, lo estás…, pero no permitiré que te detengas.
Mike sonrió.
—Allí estaba entonces la mujer, en posición estilo perrito, y detrás, de pie, un hombre que vaya uno a saber quién era y si Gafas Doradas lo conocía o no. Poco importa. La cuestión es que los dos, el hombre y la mujer, se detuvieron en plena acción, incapaces de moverse. Gary dijo que pocas veces había visto dos rostros más horrorizados que aquéllos. Como te he dicho, la excavadora es una máquina feroz. La entrada debió de haber sido algo parecido a la explosión de una granada.
—Qué historia increíble.
—Sí, pero no termina aquí. Gary dijo que lo que ocurrió a continuación debió haber sucedido una milésima de segundo después de la embestida, pero que en su cabeza duró bastante más, como si lo hubiera registrado en cámara lenta. El hombre, de pie, con las manos en las caderas de la esposa de Gafas Doradas…, se hizo encima.
Allison dejó escapar una carcajada.
—Pero no fue algo normal —siguió Mike—. Según Gary fue como un aerosol despidiendo una lluvia a presión, formando un triángulo de gotitas detrás del hombre. En el empapelado, justo detrás de él, se formó un círculo oscuro.
Allison esta vez no pudo contenerse y rió sin control.
—El hombre se asustó tanto que escapó por el boquete hecho por la máquina. Lógicamente, no se preocupó por coger su ropa ni mucho menos ponérsela; corrió calle abajo como si se lo llevara el diablo…
—¡Mike, harás que me duela el estómago!
En la versión de Gary había un pequeño rabo marrón saliendo del culo del hombre, pero Mike prefirió guardarse el detalle.
Pocos segundos después, la comida que habían pedido estaba frente a ellos. Los platos tenían excelente aspecto. Allison se disculpó y se puso en pie; agarró su bolso y dijo que no tardaría. Mike supo que iba a retocar su maquillaje.
Mientras estuvo solo, Mike pensó que si hubiese pretendido planificar la manera de iniciar la conversación, no hubiera pensado en la anécdota de Gary ni en un millón de años. Sin embargo, Allison se había reído, y hasta la comida había respetado su momento para entrar en escena, como en una obra de teatro en la que cada personaje entra en acción a su debido tiempo.
Allison regresó al cabo de unos minutos. Se sentó, fijó sus ojos en los de Mike y con suma seriedad le dijo:
—No me volveré a reír así, palabra de girl scout. —Levantó una mano con dos dedos extendidos.
Comieron con apetito. Ambos tenían hambre y no habían sido demasiado conscientes de ello. Allison habló un poco de su trabajo, de Tom y de sus hermanas, pero sin profundizar demasiado en cada uno de los temas. Mike pensó que era como esas presentaciones sucintas de las personas que buscan pareja en la televisión, y la idea le pareció divertida; pero escuchó con atención mientras ella hablaba.
—¿Cómo sigue Tom?
—Es un niño al que la muerte de un ser querido no le es algo desconocido. Aunque no recuerda a su padre, ha cargado con su ausencia durante toda su vida. Ahora se trata de Ben, su mejor amigo…, creo que es demasiado para él. Tiene pesadillas de las que no hemos hablado mucho, pero quiero darle tiempo. Supongo que debería llevarlo a un especialista, pero me pregunto si tal cosa puede ayudar o empeorar las cosas.
—¿Empeorar las cosas?
—Si llevo a Tom a un psicólogo pensará que algo no está bien en él. Sé que lo ayudaría, pero también conozco a mi hijo, y tengo la sensación de que en su caso particular puede ser contraproducente. Es difícil de explicar.
—Te entiendo perfectamente. ¿Qué tipo de pesadillas tiene?
—No me lo ha dicho, y yo no he querido preguntarle todavía. Algunas noches sus gritos me despiertan. Es horrible.
—Ha de ser difícil pasar por algo así a su edad.
—Los sueños son la manera en que se descomprime nuestro subconsciente… debería servirme de consuelo; pero, cuando lo veo bañado en sudor y jadeante en su cama, se me parte el corazón.
—Quizás convenga esperar un poco antes de consultar a un médico; ver cómo evoluciona por su cuenta.
—No sé exactamente qué hacer, pero supongo que sí, que esperaré un poco.
Mike se concentró en un trozo de langosta al que le costó quitar el caparazón. Una vez que lo introdujo en su boca, lo apuró con un sorbo de vino.
—El tiempo es el único que puede mitigar semejante dolor —dijo Mike mientras el trozo de langosta se deslizaba por su garganta.
—Mike…
—¿Sí?
Mike estaba sorprendido con la facilidad con que se entretejía la conversación. En su experiencia, los diálogos con mujeres no se desarrollaban con fluidez y por momentos debía anteponer la razón para buscar un tópico o una respuesta acertada; sin embargo, con Allison había sido diferente. Con ella el proceso de preguntar y responder era automático; Mike podía desentenderse de él y dejar que su mente absorbiera detalles y sensaciones a las que de otra manera no podría prestar atención. La mirada de Allison en aquel momento era uno de aquellos detalles. Supuso que ella querría hablarle de lo que había mencionado por teléfono esa tarde y que ciertamente a él le intrigaba bastante.
—Harrison me ha encargado una tarea especial —dijo ella. Mike escuchaba con atención—. Necesitaba organizar unas cintas con grabaciones que no están identificadas; asuntos policiales. Hoy me he topado con un par de cintas en las que aparece la voz de Robert Green.
—¿Robert? ¿De qué…?
—No las escuché completas, la idea era que no lo hiciera. Parecía una sesión de hipnosis o algo por el estilo.
Mike permaneció un momento en silencio, pero pronto asintió, creyendo comprender.
—Creo saber de qué se trata.
—¿En serio?
—Sí. Robert participó junto con la policía en el caso de una niña secuestrada en una guardería.
—¿Una niña secuestrada?
—Lisa Carlson. El caso ocurrió… déjame ver… Hace unos diez años. ¿No lo recuerdas?
—Aún no trabajaba en la policía, pero no lo recuerdo.
Allison no lo dijo, pero exactamente diez años atrás su vida se convertía en un calvario debido a la pérdida de su esposo, el hombre al que le había jurado amor eterno ante Dios, y que éste le había arrebatado de las manos mediante un ataque al corazón a los treinta y dos años. Cuando Allison perdió a George, sintió que nunca más podría recuperar su vida, ir al supermercado, al cine, criar a su hijo, reír; mucho menos ocuparse de echarle un vistazo a la sección policial del Carnival News.
—… alls habló de eso.
Allison observó a Mike con perplejidad.
—¿Cómo?
—Digo que todo Carnival Falls habló de eso, hubo bastante ajetreo en torno al caso.
—No lo recuerdo —dijo Allison—, ¿qué ocurrió?
—Te lo diré con un postre de por medio.
—Mike —anunció Allison con solemnidad—, si como algo más, reventaré, y tendrás otra anécdota como la de Gary.
Aquello hizo que Mike riera.
—Pues si quieres que te cuente lo que ocurrió con esa niña y te explique el origen de esas cintas, necesitarás algo para pasar el rato.
—¿Es largo…?
—No, estoy bromeando, procuraré no aburrirte.
Estudiaron la carta de postres durante unos instantes.
—Debo reconocer que parecen tentadores —aceptó Allison.
—Creo que me quedaré con la tarta de queso cubierta de fresa —concluyó Mike.
—Suena interesante, pero me inclino por el brownie con helado. Ten a mano el número de una ambulancia, creo no haber comido como hoy en años.
Después de ordenar sus respectivos postres, Mike clavó los codos sobre la mesa, apoyó el mentón sobre sus dedos entrelazados y dijo:
—Caso de la niña secuestrada, versión breve, antiaburrimiento.
—No me aburres —dijo Allison con seriedad.
—Veamos… Robert aún era en ese entonces cronista de policiales. Harrison hacía apenas unos meses que era comisario y el caso de la niña Carlson fue de alguna forma su prueba de fuego. Carnival Falls no es un sitio de mucho ajetreo, eso está claro, pero aquí la involucrada era una niña, y sabes cómo eso cambia las cosas.
»Supongo que pocas personas saben lo que voy a contarte. Robert me lo confió un tiempo después; aunque ha pasado mucho tiempo, es la primera vez que hablo de esto con alguien que no sea él.
—Me alegro entonces de no habérselo mencionado a Harrison.
—Nunca trascendió que antes de que secuestraran a Lisa, alguien hizo una llamada anónima al Carnival News alertando que se llevarían a una niña de aquella guardería. Robert recibió la llamada del informante y lógicamente dio aviso al comisario, al que por entonces no conocía.
Mike hizo una pausa.
—Harrison debió de haber estado ocupado en algo, o preocupado por algún asunto, o vaya uno a saber qué, pero la cuestión es que cometió la torpeza de ignorar la llamada. Harrison es un excelente policía y algo debió de afectarlo ese día para que procediera de esa forma.
—Es probable —coincidió Allison—. Llama la atención un comportamiento así en él.
—No olvides que estaba dando sus primeros pasos en ese puesto. Puede que el incidente lo haya llevado a forjar la personalidad meticulosa por la que hoy día es reconocido.
»La cuestión es que Robert no ignoró la llamada y, sin decir nada, se apostó en una de las calles laterales de la guardería… y esperó. Cuando los niños salieron, no vio a ningún extraño ni incidente alguno que estuviera fuera de lugar; los padres recogieron a sus hijos y eso fue todo. Robert regresó a su casa, creyendo que el comisario había tenido razón y que todo había sido obra de un bromista.
Mike se detuvo para probar un bocado de su tarta de queso.
—La noticia del secuestro no tardó en difundirse —dijo Mike—. Se supo después que ese día Lisa sería recogida por su tía y que cuando ésta no encontró a la niña a la salida, supuso que su madre finalmente la había ido a buscar y había olvidado avisarla.
»Robert se puso en contacto con Harrison y le dijo lo que había hecho el día del secuestro y lo que había visto. Lamentablemente no podía aportar mucho, pero se podían descartar ciertas hipótesis a partir de su testimonio. La niña estuvo desaparecida seis días.
—Empiezo a entender la historia.
—Harrison supuso que si Robert no había visto a nadie sospechoso en la entrada, entonces era probable que el secuestro de Lisa no hubiese tenido lugar allí. Hasta ese momento no se había pedido rescate por la niña, y además no procedía de una familia rica precisamente. La razón por la que se la habían llevado era un verdadero misterio. —Allison seguía el relato con atención—. Harrison tenía la teoría de que el secuestrador podría haber capturado a Lisa en la parte trasera mientras la niña jugaba. Si tal cosa era cierta, debió de utilizar un vehículo para esconderla, y forzosamente debió salir por el camino lateral… donde Robert había estado apostado.
—Inteligente.
—Sí, salvo que Robert no recordaba haber visto ningún vehículo. No descartaba que pudiera haber pasado uno delante de sus narices, pero seguramente lo había ignorado para no perder de vista el frente de la guardería.
—Por eso la hipnosis…
—Exacto; idea de Harrison. Debió de sentirse atormentado con el peso de la vida de esa niña sobre sus espaldas.
—¿Y Robert recordó haber visto un vehículo durante la sesión?
—Más que eso. Cuando regresó mediante hipnosis al momento en que estaba apostado en la esquina, describió una furgoneta azul saliendo por la calle lateral.
»Claro que las furgonetas azules son bastante populares, con lo que el dato no constituía en realidad gran cosa. Además el dueño había quitado las placas, y no sé si Robert hubiera sido capaz de recordar ese dato de todos modos; aunque dicen que nuestra mente es una gran computadora que registra todo. Lo que sí recordó Robert en la dichosa sesión de hipnosis fue una pegatina en la parte trasera en la que aparecía una torre sobre un fondo cuadriculado. El emblema pertenecía a un club de ajedrez, el único en Carnival Falls, y a partir de ahí fue sencillísimo dar con el sujeto y recuperar a Lisa con vida. Estaba en el sótano de la casa del hombre, amordazada y sin aparentes muestras de haber sido maltratada. La historia completa no trascendió al principio, aunque sí se supo cuando Lisa regresó con su madre, sana y salva.
—Me dejas helada.
—Al menos la historia tiene un final feliz. El futuro de Harrison hubiera sido incierto si las cosas no se hubieran resuelto de esa manera. A partir de entonces, Harrison y Robert forjaron una sólida amistad.
—Es extraño que no recuerde la historia.
—Muchos de los policías han de conocerla, más de uno debe de haber tenido una participación activa en el caso.
—Creo que dejaré las cintas donde las he encontrado y no haré ningún comentario, en especial a Harrison.
—Me parece lo mejor.
—¿Sabes?, cuando las escuché —dijo Allison, no muy segura de lo que diría, o de cómo lo diría—, la voz me resultó familiar, pero no supe al principio que pertenecía a Robert, imagino que debido al modo pausado y relajado en el que hablaba. —La propia voz de Allison se transformó en un susurro—. Luego había otra voz, seguramente la del hipnotizador; dijo algo acerca de que Robert se había remitido a su niñez, como si algún recuerdo hubiese aflorado en ese preciso momento. Dijo también que la única manera de poder avanzar hacia donde ellos querían era dejándolo hablar.
Mike permaneció en silencio, con un bocado de tarta a medio camino entre el plato y su boca. Era curioso cómo se enteraba de aquel detalle después de tantos años. Hizo un comentario al respecto, con lo cual dieron por concluido el tema.
—¿Qué tal está el brownie? —preguntó Mike al fin.
—Delicioso. —Allison cortaba un trozo y lo acompañaba con un poco de helado—. Haré lo posible por terminarlo.
A partir de ese momento, los acontecimientos se sucedieron de un modo embriagador. Mike recordaba que al salir de The Oysterhouse apoyó una mano en la espalda de Allison y que tras abrir la puerta del acompañante de su Saab para que ella subiera, la vio hacerlo con una sonrisa y los ojos iluminados.
Al llegar a casa de Allison, repitió el ritual al abrir la puerta del coche y acompañarla luego por el camino de entrada. Ella le agradeció la hermosa noche que había pasado, y Mike se apresuró a decir que él también había pasado una noche maravillosa.
Cuando comenzaba a generarse entre ellos el silencio que Mike tanto temía, Allison se acercó y apoyó sus labios húmedos sobre los de él.
—Llámame —le dijo.
—Lo haré.