6

Matt Gerritsen recordó la noche anterior, que había comenzado con la llamada de su primo, e inmediatamente una sonrisa se le dibujó en el rostro. Randy tenía veintitrés años, vivía con sus padres (aunque según sus propias palabras lo hacía sólo por comodidad), era independiente, ganaba su propio dinero y detestaba las palabras novia y matrimonio. Las primeras no traían más que problemas, decía, y lo segundo era sólo un ejemplo de esos problemas.

Matt se sintió sumamente entusiasmado al escuchar la voz de Randy al otro lado de la línea. Llamaba para decirle que sus padres habían salido de viaje durante dos días y que disponía de la casa para hacer lo que quisiera. Aquello podía tener un alcance amplio tratándose de Randy, pero esta vez, explicó, no tenía en mente hacer ninguna fiesta, o al menos no una con demasiados invitados. Matt le preguntó qué significaba esto exactamente, pero él eludió la pregunta y le formuló una a su vez:

¿Recuerdas a Brenda Shiller?

Matt la recordaba perfectamente. La había conocido en una de las visitas a casa de su primo.

Aquel día, una docena de amigos de Randy se paseaban por la casa. Matt se limitó a escuchar con atención las conversaciones del resto, todos mayores que él. Reparó desde el principio en la muchacha de voz estridente, que parecía no sentirse avergonzada mientras insultaba en medio de una conversación plagada de risotadas y gritos. Brenda vestía una falda de una tela similar al látex, corta más allá de la altura media del muslo, pero que sin embargo no parecía limitarle los movimientos de sus largas piernas. Se debatía en uno de los sillones de la sala, riendo y blandiendo su cerveza mientras la falda roja se deslizaba dejando cada vez más de sus piernas al alcance de los ojos de Matt.

Hubo otro detalle de aquel primer encuentro que quedó grabado a fuego en la mente de Matt. Fue la forma en que Brenda envolvía con sus labios la botella de cerveza. La aferraba de manera que sólo dos dedos, el índice y el anular, se alzaban por la parte superior del cuello; luego llevaba la botella a la boca en un ángulo de cuarenta y cinco grados, y por último sus labios rodeaban la embocadura de la botella como…

—¿La recuerdas o no?

Matt necesitó unos segundos para comprender que todavía aferraba el auricular. Randy siguió hablando.

—He organizado un encuentro con ella.

Silencio.

—Mis padres no están, ¿lo recuerdas?

La desconfianza inicial dio paso a la intranquilidad, y ésta a una especie de temor. Matt se sintió avasallado de pronto por los planes que Randy tenía en mente. Una cosa era masturbarse pensando en Brenda y su diminuta falda roja, y otra muy distinta vérselas con ella en persona.

Randy procuró tranquilizarlo. En primer lugar, le dijo, Brenda se comportaba de forma diferente en la intimidad, y cuando Matt abrió la boca para preguntarle a Randy cómo sabía semejante cosa, su primo le dijo simplemente que ¡en la intimidad era mucho más desenfrenada!

Se presentó en casa de Randy más temprano de lo acordado. Suponía que de esa manera se adelantaría a Brenda y podría hablar con su primo a solas un momento, pero resultó que había calculado mal. Brenda Shiller ya estaba allí.

Randy lo recibió y lo condujo a la sala. Allí, Matt vio a una muchacha delgada y menuda a la que no conocía. En ese momento Brenda regresaba de la cocina con dos cervezas en cada mano; le entregó una a Matt y las restantes a Randy y a la muchacha, cuyo nombre resultó ser Cindy. Brenda era definitivamente adepta a las minifaldas; esta vez vestía una tira ladeada lo suficiente para dejar al descubierto un insinuante ribete de su ropa interior negra. Llevaba además un top ajustado. Matt no era experto en telas, pero creía que la del top debía ser capaz de transparentar un sujetador negro. Como no vio rastro de él, supuso que simplemente no existía.

Apenas fue consciente de la conversación que tuvo lugar en la sala, pero debió de ser graciosa a juzgar por cómo el resto reía animadamente. Se permitió esbozar una sonrisa cuando advirtió que Brenda caminaba hacia él, y se sintió ciertamente aliviado cuando la muchacha lo esquivó para dirigirse, probablemente, de nuevo a la cocina. Sin embargo, se detuvo detrás de él y le habló al oído. Una mano lo envolvió y se afirmó a la altura de su abdomen. Brenda bromeó acerca de lo tenso que lo notaba…

La habitación giró vertiginosamente.

«Ahora sí que la he cagado», pensó Matt desanimado…, se había desmayado y caía al suelo. De un momento a otro sentiría el choque de su cabeza contra el embaldosado.

Pero no se había desmayado; al menos no todavía. El rostro de Brenda, cerca del suyo, era la prueba de ello. La muchacha lo había agarrado del brazo y lo había hecho girar hasta hacerlo quedar frente a ella. Sin rodeos, Brenda incrustó sus labios en los de él, ejerciendo fricción al principio, pero separándolos luego hasta que apenas se tocaron. No, no se tocaban; las lenguas lo hacían. Se enredaban como plantas trepadoras. Ella alzó su botella y lo propio hicieron Randy y Cindy, todos aullando como lobos. Matt enlazó la cintura de Brenda con su brazo libre. Sus dedos se apoyaron en la parte baja de la espalda desnuda, para descender lentamente hasta tocar su ropa interior e introducirse apenas bajo el elástico. También lanzó un grito de felicidad y bebió un trago de cerveza.

Minutos después, Randy se acercó a Matt y le hizo entrega solemne de dos pastillas con forma elíptica. Eran verdes y tenían una cruz tallada. Le dijo que en vista de que aquélla iba a ser una noche especial, le dejaría utilizar la habitación de sus padres.

Matt se sentía eufórico. La cerveza lo había iluminado. Sus pensamientos burbujeaban, enredándose unos con otros con efervescencia, del mismo modo que lo había hecho su lengua con la de Brenda un rato antes. Pensaba en la falda diminuta, en desprender el cierre lateral, cuya presencia ya había advertido, y en aquellas piernas interminables.

Cindy eligió el sofá de la sala para tenderse y vociferar. Era evidente que llevaba bastante tiempo bebiendo o simplemente exageraba su estado de embriaguez. Tenía una de sus piernas montada en el respaldo del sillón y la otra colgaba del lado opuesto. Alzaba los brazos como si bostezara, todo sin dejar de reír. Matt la observaba. La muchacha emitía sílabas confusas, entre las que podía adivinarse el nombre de Randy, que en aquel momento regresaba de la cocina con dos botellas de cerveza adicionales. En la mesa baja había al menos media docena de envases vacíos.

De repente, Cindy se quitó la blusa. Mientras el talón de la pierna montada sobre el respaldo se hundía frenéticamente en él, ella luchaba para quitarse el sujetador. Cuando finalmente lo logró, dos pechos pequeños y erguidos se sacudieron. Matt apenas podía respirar. Brenda, a su lado, reía.

Los lobos aullaron.

Cindy vertió parte del contenido de la botella sobre sus pechos y sin dejar de contorsionarse reclamó la presencia de Randy. El líquido hacía que su piel brillara. La espuma formó un dibujo en torno a sus pechos, como los diseños irregulares que deja el mar sobre la arena al retirarse. Randy se abalanzó sobre ella.

Brenda agarró a Matt de la mano.

—Vamos, creo que no nos han invitado a esta fiesta.

Se dirigieron al piso superior.

La habitación de los Doorman era espaciosa, presidida por una cama del tamaño de un estadio de fútbol. Matt localizó rápidamente el equipo de música y se decidió por los grandes éxitos de Aerosmith.

Brenda dejó las dos botellas que traía consigo sobre la mesilla de noche. Al hacerlo, hizo que el reloj que despertaba a los Doorman cada mañana aterrizara en la alfombra y se estrellara con un golpe seco. Brenda se inclinó, y la visión del artefacto debió de resultarle graciosa por alguna razón, pues empezó a reír sin control. Matt la observó desde el extremo opuesto de la habitación. Unos minutos después, habían dado cuenta de las pastillas de Randy.

Fue entonces cuando se encendieron las luces. Después de todo, la cama de los Doorman sí era un estadio de fútbol, con potentes reflectores y todo. Luces por todos lados. Brenda se acercó, y al igual que había hecho Cindy, se quitó el top con ambas manos. Matt descubrió extasiado que en efecto no llevaba sujetador, como había adivinado antes. Sus pechos, más grandes, por cierto, que los de Cindy, temblaron de un modo que hizo que la cabeza de Matt se disparara como una motocicleta potente.

—Déjalo así —pidió.

Ella aún no había terminado de quitarse el top. Se detuvo cuando éste formaba una franja de tela arrugada y sus pechos asomaban por debajo, ligeramente presionados por la prenda.

—¿Así te gusta?

Más luces.

Brenda se tambaleó. Matt creyó que podría sostenerla, pero cuando quiso hacerlo descubrió que la habitación se inclinaba hacia un lado. Se aferraron el uno al otro y trastabillaron juntos hasta la cama. Se dejaron caer pesadamente. La risa se había apoderado de ellos. Brenda se incorporó y logró erguir su cuerpo, de modo que sus rodillas quedaron una a cada lado del torso de Matt. Tócalas. Él estiró su mano. Matt veía el cabello rizado de Brenda, flotando sobre su cuerpo envuelto en Love in an elevator; luego su rostro, perlado de sudor, brillando. Sus cuerpos frotándose. Reían. El edredón rojo sobre el que estaban tendidos era un mar de sangre palpitante.

Benjamín
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