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Junto a la oficina del comisario, un cuarto pequeño daba cobijo a documentos fuera de circulación y trastos. La puerta permanecía normalmente cerrada y no era usual que algún miembro del cuerpo de policía se viese en la necesidad de entrar en él. Lo llamaban el archivo, lo que quizás fuera un poco pretencioso teniendo en consideración que la documentación reciente (y útil) estaba en los ficheros que ocupaban una de las paredes largas de la comisaría. El archivo era una especie de agujero negro policial cuya población seguía creciendo gracias a pensamientos del tipo: «Puede que algún día una de estas cosas sea necesaria».
Allison entró esa mañana y cerró la puerta tras de sí. Era la segunda vez que lo hacía. La primera había sido el día anterior, acompañada por el comisario. En la pared trasera había tres ficheros polvorientos sobre los cuales se erguían tres torres de carpetas; las paredes estaban desconchadas y la única bombilla, bajo una lámpara de aluminio con forma de sombrero chino, proyectaba un haz cónico amarillento y poco efectivo. Allison se dijo que debía reemplazar la bombilla si pretendía pasar allí varias horas haciendo lo que Harrison le había encomendado.
Contra una de las paredes, junto a una estantería estrecha que amenazaba con caerse, había un viejo escritorio de madera con dos cajones a cada lado. El escritorio tenía una repisa adosada con dos estantes; en uno de ellos había una serie de cintas de audio. Allison se acercó y apoyó sobre la mesa el reproductor portátil que había cogido de la sala de interrogatorios. Miró a su alrededor con cierta decepción. Tomó nota mental de llevar algún ambientador la próxima vez que entrara allí.
Apartó la silla de madera y con los dedos comprobó, como había esperado, que estaba cubierta por una película de polvo. Tomó prestada una pila delgada de documentos y se sentó sobre ella. En el suelo, junto al escritorio, vio las dos cajas de cartón a las que Harrison había hecho referencia el día anterior. Eligió empezar por la más grande. Se inclinó, la agarró con ambas manos y la depositó sobre el escritorio. Se miró las manos y resopló al ver las puntas de los dedos tiznadas de negro. Resignada, vació el contenido de la caja. Unas cuantas cintas de audio cayeron ruidosamente. Eran treinta o cuarenta, estimó, y aún no había visto la caja más pequeña.
El día anterior, por la mañana, Harrison había entrado en el archivo por alguna razón que no mencionó y se encontró, según sus propias palabras, con todo hecho un verdadero caos. Cuando Allison terminó su turno en la radio, él se acercó y le preguntó si podría ocuparse de organizar las cintas. Se requería paciencia y meticulosidad; el contenido era confidencial y de variada procedencia. Harrison le dijo que no hacía falta que las escuchara completas, sino simplemente el inicio, donde generalmente se especificaba de qué se trataba la cinta. Cuanta más información pudiera reunir de cada una, mejor sería. Algunas ya disponían de inscripciones, por lo que quizás fuera necesario únicamente reemplazar el rótulo por uno nuevo. Harrison se ocuparía más tarde de seleccionar personalmente aquellas cintas que conservaría.
Allison decidió poner manos a la obra. La realidad era que el comisario no le encomendaba ese tipo de tareas con frecuencia, y si lo había hecho esta vez había sido basándose en la confianza que le tenía. Allison lo valoraba. De todas maneras, se había impuesto que dedicaría, a lo sumo, una hora diaria a la clasificación, no más que eso. No se trataba de una tarea prioritaria; las cintas llevaban mucho tiempo en esas condiciones y unas semanas más no tendrían importancia. Allison no quería que Tom pasara más tiempo solo del que era necesario. Trabajaría en el archivo una hora al día, y eso sería todo.
Deshizo la pirámide de cintas y las distribuyó en el amplio escritorio. Rápidamente, identificó tres grupos: aquellas que estaban rotuladas, aquellas que lo habían estado pero cuya etiqueta no estaba en su sitio y, por último, las que en apariencia nunca lo habían estado. Vio también algunas etiquetas sueltas y comenzó a apartarlas. Harrison había dicho que todas las grabaciones debían estar precedidas por una explicación de lo que contenían, lo cual sin duda simplificaría el asunto enormemente; pero Allison tenía la leve sospecha de que no sería así. En ese caso no tendría más remedio que recurrir a Harrison. La tarea sería ardua.