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Miércoles, 1 de agosto, 2001

Benjamin, sentado contra la pared trasera del desván, pasaba las cartas de Marty el conejo de una mano a la otra. Cuando terminaba, volvía a empezar.

No sabía cuánto tiempo llevaba haciéndolo, pero podían ser varias horas. Últimamente encontraba difícil sosegar el impulso de abandonar el desván, y concentrarse en cosas como las cartas de Marty el conejo le ayudaba. Al principio, imaginarse escapando definitivamente de allí había sido un buen recurso para superar la ansiedad; pero ya no funcionaba. Durante muchísimo tiempo, y en especial en los últimos días, había fantaseado con las diversas posibilidades que el mundo exterior podía ofrecerle.

Hacer lo que DEBÍA hacerse.

Pero primero debía ocuparse de algunos asuntos. El niño, para empezar, era el más importante. Mientras no estuviera resuelto eso, no podría siquiera pensar en ir a ningún lado. Por el momento debía limitarse a seguir adelante con lo planeado. Su primera participación había causado los resultados esperados; el semblante de Robert el día anterior era la confirmación de que estaba en el rumbo correcto. Pero ése había sido sólo el inicio.

Esa tarde la casa estaba vacía. Era el día libre de Rosalía, y Andrea y Danna habían salido, esta última probablemente al gimnasio.

Consideró la quietud como una señal. Benjamin siempre había creído en ellas. Sólo era cuestión de ser receptivo cuando se presentaban. En ocasiones son mensajes complejos, pero otras son grandes letreros de neón que parpadean ante nosotros en chillones tonalidades amarillas y rojas. Aun así se ordenó prudencia. Siguió observando las cartas de Marty el conejo en búsqueda de un mensaje en las letras de cada una de ellas, pero no lo vio. O no supo verlo. No hubo ningún indicio que le revelara si era prudente bajar, o no, después de lo ocurrido la última vez. El recuerdo vívido de la invasión del niño en su cabeza le hizo preguntarse si no sería correr un riesgo innecesario. Temía adelantarse y echarlo todo a perder. Caminaba en círculos, un hábito que había adquirido y que le ayudaba a pensar. Apoyaba sus pies y manos alternativamente, moviendo la cabeza de un lado a otro. Después de unos minutos, se detuvo. Apretó las cartas en su puño cerrado y las miró, ceñudo. Tenía cosas que hacer, se dijo, y no encontraría una oportunidad mejor que la que ahora se le presentaba.

Introdujo las cartas de Marty el conejo entre el elástico del calzoncillo y su piel, en el mismo lugar donde había colocado el mensaje para Robert dos días atrás. Tomó el cuchillo de la caja de cartón y lo mordió con fuerza, al estilo Rambo. Convenía estar preparado.

Antes de dirigirse al acceso al desván, echó un vistazo a la portada de La isla misteriosa. No necesitaba hacerlo, pues la conocía de memoria, pero encontró particularmente tranquilizador repasar con la vista la espuma de aquel océano en blanco y negro, recorrer el contorno de las rocas emergentes, para finalmente concentrarse en la isla que se alzaba solitaria como un oasis en medio del desierto.

En poco tiempo estuvo en el baño. Si iba a hacerlo, era mejor que fuera rápido. De un manotazo accionó el interruptor de la luz y las dos lámparas situadas sobre el espejo se encendieron. Dos flechazos se clavaron en sus ojos ocasionando un dolor insoportable, como si observara un eclipse de sol sin la protección adecuada. Los iris dilatados ardieron mientras se contraían al tamaño de la cabeza de un alfiler; dos puntos hirvientes y palpitantes. Benjamin no parpadeó, no se cubrió los ojos con el antebrazo ni se apartó para que aquel dolor mermara. Odiaba aquella luz, cierto, pero podía tolerarla si era el precio para que su pequeño compañero de habitación experimentara una cuota razonable de sufrimiento y le prestara atención. Necesitaba que entendiera lo que tenía que decirle.

A medida que sus ojos se acostumbraban al resplandor de las dos lámparas, las siluetas de los objetos iban bosquejándose poco a poco. Formas ribeteadas con líneas blancas y brillantes. En el espejo, la figura de Ben Green fue también dibujándose lentamente; primero su cuerpo, enjuto y sucio por días enteros de trajinar en el desván, luego su calzoncillo grisáceo y por último las cartas, dobladas en ángulo como la culata del revólver del pistolero más pequeño del mundo.

Nadie dudaría de que la imagen del espejo pertenecía a Ben Green. Su rostro estaba tiznado, su cabello opaco y desaliñado, pero aun así era Ben. Ni siquiera el hecho de que aferrara el mango de un cuchillo entre los dientes podría disuadir a alguien de la verdadera identidad del niño. Pero la mirada era otra cosa. Aquella mirada no pertenecía a Ben.

Los ojos de quien estaba de pie frente al espejo no tenían nada en común con los del niño que siendo apenas un crío engañaba a las arañas con una ramita, reía frente al televisor ante cada episodio de Friends o hacía que su hermana se desternillara de risa con sus imitaciones de la señora Harrington, la bibliotecaria de la escuela. Ninguna de las versiones de Ben había tenido alguna vez aquellos ojos vidriosos e inexpresivos.

Vacíos.

Benjamin sostuvo el cuchillo en alto, como un cazador presto a asestar una puñalada precisa. Sólo que él no hizo ningún movimiento violento, sino que descendió la hoja afilada con suma lentitud, siguiendo el avance en el espejo. Experimentó cómo algo en su interior se revolvía mientras la hoja resplandeciente seguía acercándose a su rostro con determinación. Cuando la punta afilada estuvo a cinco centímetros de su ojo derecho, el avance se hizo más lento, pero no se interrumpió. Una lucha palpitante e instintiva tuvo lugar para bajar el párpado, pero Benjamin mantuvo el ojo abierto. El filo de acero se acercaba a la pupila con destino inexorable. Sólo cuando la punta filosa estuvo a escasos milímetros, se detuvo, para permanecer en aquella posición amenazante.

—Haz lo que no debes —dijo a la figura del espejo—, y no dudaré en pincharte el ojo como si fuera una yema de huevo.

Sólo para demostrar que aquello iba en serio, acercó la hoja hasta que la punta raspó ligeramente el ojo y un hilo de sangre trajo un dolor insoportable.

—No creas que necesito todo lo que tienes. Intenta algo y decidiré si te arranco alguno de tus dedos, tu nariz o tus estúpidas orejas.

Supo que el niño había recibido el mensaje. Aunque le costara admitirlo, podía sentirlo.

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