69
Se le hizo muy raro estar de nuevo dentro. En el centro social hacía mucho calor, mucho más que fuera. La joven no alcanzaba a oír el viento. No había nieve en el suelo. Pero lo más importante: tenía un techo sobre la cabeza y paredes a su alrededor. Luces eléctricas que emitían un tenue zumbido por todas partes. Cristal, metal y ladrillos.
El último edificio en el que Chey había estado era la cabaña de Powell en el Gran Lago del Oso, cerca de Port Radium. Parecía que hubiese transcurrido mucho tiempo desde entonces. Ahora se encontraba de nuevo en un lugar construido por y para seres humanos. No se atrevía a tocar nada por miedo a ensuciarlo.
Por supuesto que ese miedo era estúpido. Trató de centrarse y miró a su alrededor. Se hallaba en un amplio vestíbulo con puertas que llevaban a salas distintas. En una puerta de cristal estaba escrito «Biblioteca». Vio desde fuera un par de estanterías llenas de libros en rústica y tres terminales de Internet junto a la mesa de atención al público. Las luces estaban apagadas, pero los monitores de los terminales estaban encendidos, con salvapantallas que mostraban sucesivas fotografías de la vida en el Ártico. Agarró el pomo de la puerta y vio que estaba cerrada. Tenía un sólido marco de metal, pero pensó que podría abrirla igualmente. Al ser mujer loba, tenía mucha fuerza. Tal vez pudiera entrar, ponerse a trabajar con el ordenador y encontrar lo que buscaba antes de que viniera nadie. El crimen perfecto, pensó. Pero entonces oyó una puerta que se abría a sus espaldas.
—La biblioteca está cerrada, cariño —dijo alguien. Era una voz amable, pero firme.
Chey se volvió con una amplia sonrisa en el rostro. La persona que le había hablado era una mujer madura, vestida con un jersey de cuello alto que daba la impresión de que no tenía cuello en absoluto, como si la cabeza le hubiera crecido directamente sobre los hombros. Parecía esquimal y llevaba puestas unas enormes gafas con forma de ojo de gato.
—¿Cariño? —le preguntó de nuevo la mujer—. ¿Te encuentras bien?
—Hola —logró decir Chey, por fin. Hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie normal que parecía que hubiera olvidado cómo hacerlo—. Hum… es que tendría que conectarme a Internet. ¿Es usted la bibliotecaria?
—Me llamo Phyllis Oonark —dijo la mujer—. Me encargo de muchas tareas distintas.
Chey asintió, y tendió la mano para que Phyllis se la estrechara.
—Ya te lo he dicho, está cerrada. Hazme el favor de volver hacia las nueve y media. No, mejor a las diez. Es que mi marido volverá a casa después de arar el campo y querrá tener el desayuno a punto.
—¿Qué hora es? —preguntó Chey.
Phyllis la miró con recelo.
—Poco más de las siete. Yo misma no habría venido si no tuviera que clasificar el correo. ¿Cariño? ¿Tienes algún problema?
Chey frunció el ceño sin comprender la pregunta. Entonces se dio cuenta de que Phyllis le miraba los pies. Claro, por supuesto, se había olvidado de ponerse los zapatos antes de abandonar el lugar de acampada junto al inukshuk.
—Ah… —dijo.
—No eres de este pueblo. No te conozco de nada —dijo Phyllis. Parecía más preocupada que asustada, y eso ya era una ventaja—. Además, eres blanca, y no se ven muchos blancos por Umiaq. Ya sé que no tendría que hacerle preguntas como ésas a una desconocida, no es de buena educación, pero es que de verdad me gustaría saber qué es lo que te sucede.
—Es… es una historia complicada —empezó a decirle Chey—. Es que tendría que utilizar un ordenador. Sólo un ratito. No llevo dinero, pero es que…
—¿Pensabas sobornarme? ¿Para que te dejara consultar el correo electrónico?
—Señorita Oonark —intervino entonces Dzo. Se había quedado todo el tiempo en la puerta, oculto entre las sombras. En ese momento se acercó a Chey. Faltó poco para que Phyllis diera un salto—. Se trata de una cuestión importante. ¿Me reconoce usted?
La bibliotecaria parpadeó un par de veces. Su rostro apenas si se alteró, pero dio un paso hacia atrás.
—Así tal cual… no —dijo.
—Pero sabe usted lo que soy.
Chey se volvió y vio que Dzo se había cubierto el rostro con la máscara.
—Es que… esto… no lo sé muy bien —le dijo Phyllis—. Quizá podría servirles un café.
—¿Un café? —preguntó Chey—. ¿De verdad? Eso sería tan estupendo que no sabría ni cómo darle las gracias.
—Claro. Todo lo que quieran. —Phyllis dio un rodeo en torno a ellos dos, como si hubiera tenido miedo de tocarlos, aunque poco antes le hubiese estrechado la mano a Chey. Abrió la puerta de la biblioteca y encendió las luces—. ¿Han comido?
—No tenemos hambre —dijo Chey. Se llevó la impresión de que la mujer humana se había sentido aliviada—. Pero sí que estaría encantada si pudiera ducharme con agua caliente.
—Habla por ti —dijo Dzo—. Yo soy vegetariano, ya sabe usted.
Media hora más tarde, con el cabello todavía húmedo y apestando a champú (en algunas ocasiones, su nariz de licántropo era demasiado sensible), Chey se sentó por fin frente al ordenador. Phyllis introdujo la contraseña y abrió el navegador.
—No… no sé lo que queréis buscar en Internet —dijo la mujer—, pero tenemos puesto un filtro que impide el acceso a páginas para adultos —le dijo a Chey—. No querréis que lo desconecte, ¿verdad?
—No —contestó Chey—, no será necesario.
—De acuerdo —dijo Phyllis, y se alejó.
Chey navegó hasta una web de mapas que había empleado hacía mucho tiempo y descubrió que la interfaz había cambiado por completo. Sin embargo, a pesar de todo, se aclaró en seguida con el nuevo sistema y empezó a buscar imágenes de la isla Victoria. Vio en seguida que Powell no le había mentido. Se enteró de que la isla Victoria era la octava más grande del mundo, y la más grande del archipiélago Ártico canadiense: una masa triangular de islas que iban desde la costa septentrional hasta más allá del Polo Norte. Una pequeña y útil ventana de texto apareció en la pantalla y la informó de que contaba con menos de dos mil habitantes, la mayoría de los cuales vivían en la población de Cambridge Bay, y que tenía forma de hoja de arce estilizada. Aguzó la vista para discernir la imagen que aparecía en la pantalla, pero no era capaz de verla. Pulsó con el ratón sobre las flechas de la pantalla para ampliar el mapa y vio que la isla estaba literalmente moteada de lagos. Los había a centenares, desde meras charcas hasta algunos que eran lo bastante grandes como para englobar sus propios archipiélagos. De acuerdo con el mapa de la web, la gran mayoría de ellos no tenían nombre.
Chey suspiró. No tenía idea de lo grande que sería el lago que buscaba… o lo pequeño que sería. Tendría que ampliarlos uno tras otro hasta reconocer el contorno que Cuervo había trazado sobre la nieve. Pero, bueno, tenía posibilidades de encontrarlo, aunque le llevara mucho trabajo. Empezó por el extremo noroccidental de la isla y amplió la imagen hasta poder ver el lago más pequeño. No tenía la forma que buscaba. Pasó al siguiente.
Tampoco tenía la forma que buscaba.
Ni tampoco el tercero. Ni el cuarto. Se acomodó en la silla y bebió a sorbos el café que Phyllis le había preparado. Sabía a gloria. La cafeína se le metió en el riego sanguíneo y la ayudó a mantener los ojos abiertos mientras miraba el quinto lago. Y el sexto. Que no tenía ninguna isla.
Cuando ya llevaba cincuenta, llegó la hora de abrir la biblioteca. Phyllis entró en ella, colocó unas revistas nuevas en un estante y volvió a salir sin decirle ni palabra. Chey contemplaba el lago cincuenta y uno. La gente empezó a entrar en la biblioteca. La miraron, ya que no era habitual que vinieran forasteros al pueblo para navegar por Internet, pero la joven se las apañó para hacer como que no se daba cuenta. Los visitantes echaban una ojeada a las revistas y los libros en rústica, consultaban el correo electrónico y se volvían a marchar. El lago setenta y cinco sí se parecía a lo que Chey buscaba, pero no tenía ninguna isla y la orilla meridional era demasiado redondeada. Alguien se había sentado en el terminal vecino, pero Chey ni siquiera miró de reojo. El lago setenta y seis no se parecía en nada al suyo.
El lago ochenta le pareció prometedor… pero no, no era ése. El ochenta y uno… bueno… bueno, tenía un contorno muy parecido. Y había una isla en el centro. Lo amplió para ver mejor la orilla septentrional.
—Ejem… —dijo la persona que estaba sentada en el terminal contiguo. Era una voz de mujer, muy áspera—. Eh, tú.
Chey levantó la cabeza pero no apartó los ojos del monitor. Tomó un trago de café.
—¿Mmmm? —murmuró.
En la orilla septentrional del lago había una formación rocosa que parecía la que ella buscaba. Estaba claro que aquel lago era…
—¿Eres imbécil o es que estás sorda? —le preguntó la mujer del terminal de al lado.
Chey se volvió, molesta, y vio a la mujer. Era joven, tal vez no tuviera ni veinte años. Era esquimal, pero a diferencia de otras esquimales que Chey había visto con anterioridad, llevaba el cabello muy corto, casi al cero. Sus ojos rebosaban furor.
Le quitó la taza de la mano a Chey y arrojó el café, ya tibio, al rostro de la joven.
—Llevo aquí veinte minutos intentando que me hagas caso —dijo la joven.
Chey se quedó tan sorprendida que no reaccionó.
—Quiero que me veas bien mientras te parto la cara —dijo la chica, y entonces echó la silla para atrás y se puso en pie.