XXI.4. ¿Por qué una semana?

¿El concepto de semana nos viene de la Biblia o somos nosotros, con nuestro ritmo biológico semanal, los que se lo hemos dado a la Biblia?

La idea de este libro surgió cuando me propusieron escribir una columna semanal en el periódico NRC Handelsblad dedicada a responder las preguntas de los lectores sobre el cerebro. Una de aquellas preguntas decía: «¿Por qué todo el mundo vive en períodos de una semana?».

Según la Biblia, Dios creó la Tierra en seis días y al séptimo día descansó del trabajo realizado. Dejando a un lado la sensación de que para crear al ser humano se podría haber tomado un día más, podemos preguntarnos si tenemos una semana de siete días porque eso fue lo que duró la creación según la Biblia o si, por contra, la historia de la creación duró siete días para acomodarse a nuestro ritmo biológico.

Todos los seres vivos, desde los unicelulares hasta los humanos, han seguido ritmos biológicos desde que empezó la evolución hace millones de años para adaptarse a los cambios que se repiten regularmente en la Tierra. El reloj biológico ubicado en nuestro hipotálamo tiene un ritmo de aproximadamente veinticuatro horas y se encarga de avisarnos de que pronto se hará oscuro para que tengamos tiempo de regresar a la seguridad de nuestra cueva. Hacia el final de la noche ese reloj vuelve a preparar nuestro cuerpo para la actividad que le aguarda al cabo de un par de horas, para lo cual sube los niveles de cortisol, la hormona del estrés. En el ritmo diurno y nocturno de nuestro reloj biológico se reflejan los cambios de la Tierra. Este reloj situado en el cerebro cuenta también con un ritmo anual que nos ayuda a calcular cuándo debemos sembrar y cosechar o cuándo toca prepararse para el invierno. Hemos interiorizado asimismo el ritmo de la Luna, como se aprecia en los ciclos menstruales femeninos.

¿Tendremos también un reloj biológico con un ritmo semanal? Los ritmos circaseptanos están presentes en concentraciones de sustancias en nuestra sangre y orina. También la presión sanguínea, el número de infartos cardíacos y cerebrales, los suicidios y los nacimientos están sujetos a ciclos de siete días. Pero esas oscilaciones podrían explicarse por el ritmo semanal de nuestras actividades sociales en lugar de atribuirlas a un reloj biológico circaseptano. La existencia de ese ritmo biológico semanal se ve corroborada por los datos aportados por un investigador que durante nada menos que quince años ha ido controlando las concentraciones hormonales de su propia orina. A lo largo de tres años las fluctuaciones siguieron un ritmo más o menos de siete días, aunque no coincidían con la semana laboral. Un ritmo «libre» de ese tipo señala la existencia de un reloj biológico con un período propio de aproximadamente una semana. Los individuos que permanecieron cien días en una cueva bajo unas condiciones constantes mostraron también un ritmo semanal. Hay un insecto, Folsomia candida, que, pese a estar en un entorno de oscuridad permanente, cumplía con su ciclo de poner un huevo por semana. Los dos últimos ejemplos contradicen la idea de que nuestras oscilaciones biológicas semanales se deban a la organización semanal de nuestro mundo. El argumento más decisivo a favor de un ritmo biológico circaseptano procede de los fósiles de los ancestros de los humanos hallados en el África oriental. En el cráneo número 1500, el «chico Turkana», se hallaron en el esmalte dental dos pequeñas líneas microscópicas, una con una periodicidad de un día, y la otra de cerca de una semana. En estos fósiles homínidos, el esmalte dental se habría ido formando línea a línea con un ritmo constante durante seis días y al séptimo lo hacía con otra velocidad. Lo mismo se ha demostrado en los primates. Se ha sugerido que la base de esta periodicidad casi semanal puede deberse a una fluctuación en la radiación solar, pero esta hipótesis ha sido rechazada por expertos astrónomos. Es mucho más probable que nuestro ritmo circaseptano coincida con el período de la evolución en la que los organismos salían del mar a tierra firme para buscar comida por las playas. Las alternancias semanales entre marea viva y marea muerta debidas al influjo de la Luna y del Sol debieron de tener consecuencias notables para los que iban a aprovisionarse a la costa, tanto por lo que se refiere a la cantidad de comida como a su composición. Pero, sea cual sea la base para este ritmo, el caso es que la semana biológica ya existía entre 3,6 y 3,8 millones de años antes de que se escribiera la Biblia, y otros tantos millones de años más antes de que apareciese nuestra semana social. Probablemente, ese ritmo biológico circaseptano también constituya la base para pensar que Dios hizo la creación en una semana y no, por ejemplo, en ocho o nueve días, y menos aún en 4,5 millones de años.

Somos nuestro cerebro
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