XVII. Entre cielo y tierra no hay nada…

XVII.1. Alma o mente

Hasta ahora, nadie ha logrado formular la realidad cotidiana de la producción mental por parte del cerebro sin crear una desastrosa confusión.

BERT KEIZER, Onverklaarbaar bewoond, 2010

Como dijo Freud, en todas las culturas y todas las religiones hallamos la idea de la supervivencia de «algo» inmaterial después de la muerte. A ese «algo» se lo llama alma. Se supone que al morir el alma permanece un tiempo cerca del cuerpo para luego partir definitivamente hacia otro lugar. Por eso, un auxiliar de autopsias de Surinam llama tres veces a la puerta antes de entrar en el depósito forense, para que el alma esté prevenida. Entre los aborígenes de Australia, los miembros de la familia del finado no pueden pronunciar o escribir el nombre de éste durante un tiempo determinado para que su alma halle la paz. Si un aborigen fallece repentinamente a causa de un accidente o de un crimen, se publica un anuncio en las noticias y se establece el período de silencio. En la antigua tradición china, se dejaba junto al difunto un estuche bellamente decorado, cuya función era contener el alma pero que hasta ahora siempre ha resultado estar vacío. El célebre sabio judío Maimónides (1135-1204) da por descontado la inmortalidad del alma en sus escritos. Según el Corán, el hombre posee, sin lugar a dudas, un alma, y las más puras van directamente al paraíso.

Durante siglos se ha debatido sobre el momento preciso en que un niño recibe el alma. Esas opiniones religiosas siguen manifestándose hoy en día para tratar la política sobre el aborto, la investigación sobre las células madre y la selección embrionaria. Los estudiosos del Talmud proponen, como Aristóteles, que el momento en que el alma entra en el embrión se produce a los catorce días de gestación. Probablemente porque es entonces cuando se lo reconoce como feto, antes de eso se lo describe como «agua». Ese discutible punto de vista hace posible que en Israel se investiguen las células madre de los embriones humanos. Los griegos antiguos sostenían que existían ciertas diferencias sexuales en el momento de la animación. Según Hipócrates (ca. 460-377 a. C.) el feto masculino sería animado a los treinta días de la fecundación y el femenino, en cambio, a los cuarenta y dos. Aristóteles (384-322 a. C) calculaba que esa diferencia era aún mayor. La animación del feto masculino sucedía a los cuarenta días y el del femenino a los ochenta. El teólogo y filósofo italiano Tomás de Aquino (1225-1274) explicó por fin cuál era el fundamento de aquella ventaja sexual. En su opinión la mujer era un mas occasionatus, un varón fallido (Summa Theologiae I, p. 92).

En 1906 el estadounidense MacDougall puso a pacientes moribundos, con cama y todo, encima de una plataforma de pesaje. Cuando el paciente exhalaba su último aliento, la parte de la cabeza perdía 21 gramos. De modo que MacDougall concluyó que había pesado el alma. No resulta muy consecuente, dado que siempre se ha dicho que el alma es inmaterial y, por tanto, no debería tener peso. En realidad, la pérdida de peso en el momento en que el corazón deja de latir se debe a la redistribución de la sangre entre los distintos órganos. Sin embargo, la alusión a los «21 gramos» en referencia al alma la hallamos incluso en el título de una película. Descartes, católico creyente, propuso en 1637 que los animales eran «autómatas sin ánima». En eso coincidía con lo observado por MacDougall, que no constató ninguna pérdida de peso corporal en los animales moribundos. Algún tiempo después de los ensayos de MacDougall, el profesor estadounidense Twinings afirmó, tras efectuar mediciones más precisas, que también los animales perdían algunos gramos o miligramos de peso al morir y, en consecuencia, podía atribuírseles un poco de alma.

Todas las culturas han reconocido a lo largo de los siglos la existencia de un «alma». En la actualidad existe una disciplina que, según su nombre, tiene por objeto el estudio del alma, la psicología. Sin embargo, la psicología no estudia el alma, sino el comportamiento y el cerebro. La «psicona» no existe, la «neurona» sí. Cuando uno expira, no se entrega el alma sino que se para el funcionamiento del cerebro. Todavía no he oído un buen argumento que contradiga mi simple conclusión de que la «mente» es el resultado del funcionamiento de nuestros cien mil millones de neuronas, y el «alma», un malentendido. El uso universal del concepto de alma parece estar basado solamente en el temor que el ser humano tiene a la muerte, el deseo de volver a ver los seres queridos y la errónea y arrogante idea de que somos tan importantes que algo de nosotros debe de quedar a nuestra muerte.

Somos nuestro cerebro
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