VIII.5. Engaño y enajenación de la conciencia de uno mismo
El «yo» es un compañero bastante desleal del cuerpo, y lo traiciona en cuanto se le presenta la oportunidad.
VICTOR LAMME, DE VRIJE WIL BESTAAT NIET, 2010
Después de sufrir un ictus, el hemisferio derecho puede perder tanto la conciencia de uno mismo como la conciencia del entorno. A eso hay que añadir además que el paciente no se da cuenta de que está paralizado del lado izquierdo, desconoce la existencia de todo lo que se encuentra a la izquierda de su cuerpo y de su entorno y, por lo tanto, lo ignora. A este fenómeno se lo llama neglect (VIII.1).
Figura 21. (1) Corteza sensorial primaria, (2) corteza auditiva primaria, (3) corteza motora primaria, (4) corteza visual primaria. Además: (5) el giro temporal medio, (6) el giro temporal superior y (7) la corteza premotora.
Para que exista la autoconciencia, es necesaria una combinación de percepciones sensoriales en una corteza cerebral intacta. Para tener la sensación de que una determinada parte del cuerpo nos pertenece, la corteza premotora es de gran importancia. Aquí se integra la información procedente de varios sentidos, como la información que recibimos de los ojos, del oído, del órgano del equilibrio y de los músculos, de los tendones y las articulaciones (propiocepción) y del sentido del gusto. Es posible engañar a la corteza premotora con el siguiente juego: pongamos una mano de goma en lugar de nuestra propia mano encima de la mesa y escondamos la nuestra debajo, de manera que no podamos verla. Si una persona acaricia repetidamente nuestra mano y la mano de goma al mismo tiempo con un pincel o un bastoncillo de algodón, el cerebro combinará la vista de la caricia a la mano de goma con la sensación en la mano auténtica. Al cabo de diez segundos, sentiremos la mano de goma, que es la que podemos ver, como si fuera la nuestra. Si de pronto se golpea inesperadamente la mano de goma, nos sobresaltaremos mucho. Al parecer, para que exista la ilusión de que se trata de nuestra propia mano es importante la combinación del tacto (procedente de nuestra propia mano escondida) y la información visual (procedente de la mano de goma). Paralelamente a esa ilusión, se crea una actividad en la corteza premotora y en el cerebelo que puede medirse mediante la IRMf. Parece, pues, que la sensación de que una parte del cuerpo nos pertenece sólo se basa en la actividad de unos pocos grupos de neuronas que se encuentran en un par de áreas específicas del cerebro.
La conciencia de uno mismo puede perderse en determinadas circunstancias. Alrededor de un 10% de los pacientes de alzhéimer no es consciente de su propio deterioro al principio de la enfermedad. Ese porcentaje aumenta a medida que avanza la enfermedad. A este fenómeno se lo llama anosognosia (del griego nosos, «enfermedad» y gnosein, «conocimiento»). Suele ser la pareja quien se da cuenta de que algo anda mal y que el paciente debe acudir al médico. La anosognosia va acompañada de una disminución en la actividad del giro angular, situado en la parte posterior del lóbulo parietal (figura 27). Aquí se integra la información sensorial del cuerpo y del entorno, por eso se trata de una zona esencial para la conciencia de uno mismo. Esa parte de la corteza temporal va deteriorándose cada vez más según avanza el proceso del alzhéimer.
Un trastorno de la misma área de la corteza cerebral y la sensación de salir del propio cuerpo sucede también en las experiencias cercanas a la muerte (XVII.3). En tales casos, hay una alteración de la conciencia de todo el cuerpo causada por una falta de oxígeno en el giro angular, que dificulta la integración de la información sensorial del cuerpo, incluido el sentido del equilibrio.
En una versión extendida del experimento de la mano artificial, un investigador sueco llamado Ehrsson podía despertar las sensaciones del propio cuerpo de forma experimental mediante videocámaras y unas gafas de realidad virtual. A las personas que participaban en el experimento les dio unas gafas con dos pequeñas videocámaras que captaban las imágenes de dos cámaras que se hallaban detrás de las personas, de manera que éstas pudiesen verse la espalda y tuviesen la impresión de estar detrás de su propio cuerpo. Ehrsson pasaba con un pincel por el pecho de la persona, al tiempo que hacía los mismos movimientos a su espalda, delante de la cámara donde estaba el cuerpo virtual. De ese modo, el sujeto que se sometía al experimento tenía la ilusión de estar en un cuerpo virtual y ver su propio cuerpo como si fuera ajeno. Al ver que amenazaban al cuerpo virtual con un martillo o un cuchillo, el sujeto reaccionaba como si se tratara del suyo propio. La respuesta de ansiedad ante el ataque a su cuerpo virtual iba acompañada de los cambios en la conducción cutánea del cuerpo auténtico, que manifestaba las emociones correspondientes. Olaf Blankes llevó a cabo experimentos similares en Suiza, empleando la simulación holográfica por ordenador. Después de poner un vídeo, les vendó los ojos a los sujetos participantes y les pidió que regresaran al lugar donde estaban antes. Los que durante el experimento habían tenido la sensación de enajenarse de su propio cuerpo fueron al lugar donde se hallaba su cuerpo virtual. La conciencia de uno mismo no es, pues, una noción metafísica. El cerebro construye continuamente la sensación de que el cuerpo nos pertenece, basándose en la información sensorial que le llega de los músculos, las articulaciones, la vista y el tacto.
El «engaño» de nuestra conciencia también puede emplearse para tratar a pacientes con dolores crónicos del miembro fantasma. Estos dolores se originan en personas a quienes les han sido amputados un brazo o una pierna. El neurólogo de origen indio Vilayanur Ramachandran descubrió que el dolor era causado por el conflicto en el cerebro de estos pacientes: cada vez que querían mover su mano, les llegaba una señal de respuesta de que no era posible. Como consecuencia, el cerebro forzaba la mano fantasma a una posición crispada y extremadamente dolorosa. Para Ramachandran, la solución era tan genial como simple. Ponía un espejo delante de los pacientes, de manera que se viese el reflejo de la mano normal en el lugar donde en otro tiempo estuvo el miembro ahora amputado. Por supuesto, los pacientes sabían que no era su mano amputada, pero él los hizo practicar con la mano buena delante del espejo abriéndola y cerrándola con tranquilidad mientras miraban la mano fantasma. A pesar de que sabían que era falso, la información visual de una mano que se movía relajadamente consiguió que la tensión de la mano fantasma fuese disminuyendo y desapareciese el dolor fantasma. Un hombre había tenido guardada en el armario la prótesis para su pierna durante ocho años. No podía ponérsela a causa de los dolores fantasmas. Después de la terapia del espejo, los dolores remitieron durante tres o cuatro horas y pudo caminar una hora con su prótesis por primera vez, aunque sabía que por el espejo estaba viendo moverse una pierna que ya no estaba.