III.4. ¿Siente dolor el feto?

Durante la presidencia de George W. Bush circulaban películas impresionantes en las que se veía un feto en el útero que reaccionaba con violentos movimientos ante el roce de una aguja, lo que sugería que el feto experimenta dolor y que, ante un aborto, intenta rehuir en vano el instrumental quirúrgico. En Estados Unidos, el gobierno federal llegó a plantearse la posibilidad de exigir por ley a los médicos que informasen a las mujeres de que había «pruebas sustanciales» para afirmar que el feto experimenta dolor durante el aborto. En un embarazo de más de veintidós semanas, había que administrar calmantes al feto en caso de aborto. Infringir esa ley podía costar una multa de cien mil dólares y los médicos podían perder su trabajo. La ley fue bien acogida por el movimiento estadounidense provida, pero ¿qué base había en realidad para demostrar que el feto experimenta dolor o que es consciente del dolor?

En la edad adulta, un estímulo doloroso es transportado por el sistema nervioso a través de la médula espinal desde la piel hasta el centro del cerebro, el tálamo (figura 2). Desde ahí, los estímulos van a dos zonas: la corteza sensorial primaria, donde se toma conciencia del dolor, y la corteza cingulada anterior, la alarma del cerebro (figura 26), donde el dolor es interpretado y desde donde se envían las respuestas emocionales y autónomas: la emoción, la contracción del rostro, la respuesta al estrés, la respiración agitada, una frecuencia cardíaca acelerada y una presión sanguínea más alta.

Una gestación normal dura cuarenta semanas. El cableado necesario para conducir los estímulos dolorosos hacia la corteza del feto está listo hacia la semana veintiséis de gestación. Sólo entonces los estímulos dolorosos pueden ir desde la piel hasta la corteza cerebral del niño, aunque aún no sabemos si también llegan a la conciencia. La percepción consciente del dolor en un niño prematuro no se da probablemente antes de la semana vigésimo novena o trigésima de gestación. Los sensores del dolor en la piel, las terminaciones nerviosas ramificadas, están presentes desde la octava semana, de manera que el feto puede reaccionar ante el contacto de una aguja. Pero eso no quiere decir en absoluto que pueda sentir dolor, contrariamente a lo que afirman los fanáticos defensores del movimiento provida. Para ello, el estímulo debe alcanzar primero la corteza cerebral y además ésta debe estar lo suficientemente madura para procesarlo con sentido. Las reacciones de un feto ante un estímulo doloroso en este período están basadas exclusivamente en los reflejos de la médula espinal. Un feto anencefálico reacciona exactamente de la misma manera. Las reacciones a los estímulos dolorosos en el feto durante el primer trimestre de gestación son tan violentas y generalizadas –todo el cuerpo parece participar– justamente porque la corteza cerebral no está madura y no frena esos reflejos medulares a proporciones normales.

Los contactos entre el tálamo y la placa cortical debajo de la corteza cerebral se forman entre las semanas decimosegunda y decimosexta. La placa cortical es la sala de espera para las fibras que posteriormente se insertarán en la corteza cerebral. Eso sucede entre la vigésimo tercera y la trigésima semana de gestación. El registro de la actividad eléctrica en el cerebro (electroencefalograma) y el torrente sanguíneo de la corteza cerebral de niños nacidos prematuramente permite ver reacciones a los estímulos dolorosos a partir de la semana vigésimo quinta y vigésimo novena de gestación. Así pues, estos estímulos llegan a la corteza cerebral. Sin embargo, la cuestión es si la corteza está lo bastante madura para experimentar el dolor conscientemente, algo que es necesario para poder sentir el dolor también de una forma emocional. Cambios en el electroencefalograma ante el contacto y el estímulo doloroso de una inyección en el talón se producen después de la semana trigésimo quinta y trigésimo séptima.

Durante el tratamiento en la incubadora con niños prematuros se da por descontado que los bebés experimentan dolor. Reaccionan ante intervenciones invasivas y extracciones de sangre con violencia y cambios en la frecuencia cardíaca, la respiración, la presión sanguínea, la presión del oxígeno y de los niveles de la hormona del estrés. Lo mismo sucede ante una intervención como la circuncisión. No obstante, eso no demuestra que exista una sensación de dolor consciente, dado que estas reacciones autónomas proceden de zonas que se hallan por debajo de la corteza cerebral y por consiguiente sólo pueden estar basadas en procesos inconscientes. Lo mismo puede decirse de los movimientos que esos niños hacen como reacción ante estímulos dolorosos, pues puede tratarse de un reflejo que sólo pasa por la médula espinal y no llega al nivel de la corteza cerebral. Un feto anencefálico reacciona no sólo ante una estimulación corporal con un movimiento muscular de alejamiento, sino que también lo hace un adulto muerto cerebralmente en un estado de coma vegetativo cuya corteza cerebral está completamente destruida.

Así pues, en los niños prematuros se observan reacciones en la corteza cerebral ante los estímulos dolorosos a partir de la semana vigésimo quinta y vigésimo novena de gestación, pero tampoco entonces estamos seguros de que pueda hablarse de una reacción consciente. Resulta difícil establecer si un feto tiene conciencia. Existe un «estado de vigilia» en el ciclo de sueño-vigilia que se considera un sucedáneo de la conciencia. Hacia el final del embarazo, el feto pasa un 95% del tiempo durmiendo y, por tanto, en estado no consciente, debido a la inmadurez del cerebro y los efectos de las hormonas de la placenta. Durante el 5% de tiempo restante hay un estado de «vigilia» que, en realidad, es una fase de transición entre el sueño REM y el sueño no REM y que, por tanto, no es un auténtico estado despierto o consciente. En este estadio, la «vigilia» no parece que equivalga a conciencia.

En niños nacidos entre las semanas veinticinco a veintinueve de gestación, los estímulos desagradables modifican la actividad en la corteza cerebral. Pero existen grandes diferencias entre un niño prematuro y un feto de la misma edad. Los estímulos como una falta de oxígeno que después del nacimiento causan en el niño una reacción de vigilia, tienen un efecto contrario en el feto: inhiben ese estadio de vigilia. De ese modo, el feto ahorra energía en una situación difícil de la que no puede escapar. El hecho de que un feto de veintiocho semanas pueda «aprender» a reaccionar ante un estímulo no quiere decir que se pueda hablar de un proceso de memoria consciente. Nuevamente hallamos este «comportamiento de aprendizaje» primitivo en un anencefálico. Por tanto, se trata de una forma de aprendizaje inconsciente que no requiere la implicación de la corteza cerebral.

En caso de aborto, ante la prescripción obligatoria de analgésicos para el feto, puede pensarse que «no sirve de nada, pero tampoco hace ningún mal»; sin embargo, para la madre el aborto bajo anestesia total supone un mayor riesgo de complicaciones. Por la misma razón resulta muy preocupante que empiece a exigirse el uso de la anestesia en operaciones fetales además del aborto, dado que no existen pruebas fehacientes de que el feto sea consciente, pero sí está demostrado que la anestesia puede tener efectos nocivos para el niño.

Mi conclusión sobre todo lo dicho es que la anestesia general en caso de aborto o de cirugía en el útero no es necesaria antes de las primeras veinticinco o veintiséis semanas de gestación y posiblemente supone un riesgo añadido para la madre, que para mayor seguridad un niño prematuro debe ser anestesiado ante una intervención dolorosa y que la anestesia debería ser obligatoria durante la circuncisión.

Somos nuestro cerebro
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