XX.3. Curso de despedida social: natural como la muerte misma

Me gusta decidir sobre mi propia vida, quiero «mandar sobre mi cerebro». En mi concepción y en mi nacimiento no me fue posible. Al final de mi vida, exijo rotundamente ese derecho.

DFS

Los humanos tienen un miedo mortal a la muerte. Eso sólo puede cambiarse ofreciendo una amplia información sobre la última etapa de la vida mucho antes de que ésta llegue a su fin. Como reacción a un debate de tintes xenófobos sobre la necesidad de hacer curso de inserción social para emigrantes, en 2002 defendí ante el Consejo de Sanidad la necesidad de hacer un curso de despedida social para todos los holandeses. A petición del presidente, redacté un documento al respecto que fue registrado para la posteridad con el número 655-84. Mantuvimos una animada discusión, pero naturalmente no me sorprendió que mi propuesta no fuese incluida en el dictamen oficial que ese respetable organismo remite al Gobierno.

Sin embargo, yo sigo defendiendo la necesidad de hacer un curso para despedirse de la sociedad, uno para el público en general y otro orientado a la formación del personal médico. Dicho curso debería abordar todos los problemas en torno al final de la vida, como la eutanasia, los analgésicos, la sedación paliativa y el «dejarse morir» o, como lo llaman los belgas, «el despedirse de la comida y la bebida» (información: www.nvve.nl). Como sostienen Bodewijn Chabot y Stella Braam en su libro Uitweg, een waardig levenseinde in eigen hand («Tomar la salida, un final digno por voluntad propia»), la opción de dejarse morir, es decir, dejar de comer y beber, no tiene por qué ser una forma cruel de autoeutanasia si se toman las medidas necesarias, se mantiene húmeda la boca del paciente y en la fase final un médico ayuda con los fármacos necesarios.

Asimismo, también conviene hablar de la «asistencia para la terminación voluntaria de la vida». La Stichting Vrijwilling Leven (Fundación de Vida Voluntaria) opina que «tenemos derecho a poner fin a nuestra vida de forma voluntaria y recibir los medios necesarios para hacerlo humanamente». La NVVE distingue tres grupos que no están debidamente cubiertos en los procedimientos legales vigentes: las personas con demencia, los pacientes con enfermedades psiquiátricas crónicas y los ancianos que dan su vida por acabada. Para los enfermos de demencia y los que sufren trastornos psiquiátricos crónicos, la ley actual de la eutanasia es aplicable y ya se está poniendo en práctica, aunque en los casos de enfermedades psiquiátricas los médicos sólo se muestran dispuestos a colaborar en casos muy excepcionales. Para los ancianos que quieren terminar con su vida pese a no tener ninguna enfermedad terminal, aún hay que adaptar la ley. Yvonne de Baarle, ex secretaria general del Consejo de las Artes y la Cultura, tomó la iniciativa de formar un grupo heterogéneo e independiente de personas para mejorar la situación actual. Lanzamos una iniciativa ciudadana para recoger firmas a través de internet y llevar esta problemática a la agenda de Cámara Baja. Para nuestro asombro, a los cuatro días ya habíamos recogido cuarenta mil firmas. En vista de la enorme respuesta positiva es sorprendente que nuestro grupo haya sido apodado injustamente como «el comando de la muerte». La voluntad anticipada («Behandelverbod») también causa problemas constantemente. A pesar de que los médicos están obligados por ley a respetarlo, casi nunca lo hacen. Por otra parte, hay que analizar en qué casos la reanimación puede no tener mucho sentido o incluso, como lo describe certeramente el geriatra Bert Keizer, «es con frecuencia una forma extrema de maltrato». Yo mismo, cuando aún era un médico en prácticas, le salvé la vida a un paciente practicándole la reanimación y todavía me arrepiento. El hombre había sufrido un paro cardíaco mientras el personal de enfermería lo conducía a la sala de operaciones. Me apresuré a poner en práctica todo lo que había aprendido de reanimación y conseguí remontarlo. Poco después llegó el historial del paciente. Resultó que tenía un carcinoma pulmonar que se había extendido al corazón. Estuve día y noche a los pies de la cama de aquel paciente que se ahogaba, drenándole continuamente las vías respiratorias para que le llegara un poco de aire. ¡Cuánto sufrimiento podría haberle ahorrado si no lo hubiera reanimado! Recientemente se han producido algunos cambios en lo que respecta a ese tipo de situaciones. El cardiólogo Ruud Koster del AMC ha demostrado que los resultados de la reanimación, si el paciente sobrevive, son mejores de lo que se creía hasta hace poco. Hoy por hoy el 20% de los pacientes sobreviven a un paro cardiorrespiratorio, mientras que diez años atrás sólo lo hacía el 10%. Gracias a los desfibriladores externos automáticos (DEA) cada vez más avanzados y a la mejora de los tratamientos, más de la mitad de las personas puede superar el paro cardíaco sin presentar problemas cerebrales importantes. Si se somete al paciente a un intenso enfriamiento después de la reanimación, pueden contrarrestarse una parte importante de los daños cerebrales provocados por la liberación de productos tóxicos que se produce tras un período de insuficiencia de oxígeno. Si se dispone de un DEA, la reanimación tiene muchas más probabilidades de funcionar. La pulsera de la NVVE en la que está escrito: «No quiero que me reanimen» parece seguir perdiendo terreno. Otro dato muy distinto es el caso de los recién nacidos, en los que una reanimación que dure más de diez minutos sin que haya actividad cardíaca provoca, en nueve de cada diez casos, daños cerebrales muy graves y, por tanto, debería acabarse. ¿Qué padres en ciernes han oído hablar de eso alguna vez?

Después de que sobrevenga la muerte inevitable, uno puede «poner su cuerpo a disposición de la ciencia», lo que significa donarlo a un departamento de anatomía. No hay nada en contra de eso, pero si uno quiere contribuir de veras al progreso de la ciencia, hará mejor donando su cerebro al Banco de Cerebros Holandés, que ha facilitado material cerebral de más de tres mil autopsias a quinientos grupos de investigación de todo el mundo, lo que ha permitido centenares de publicaciones con nuevas teorías sobre cuadros clínicos neurológicos y psiquiátricos (XX.4). Dar el consentimiento para la autopsia también puede tener su importancia clínica. De ese modo puede investigarse si el diagnóstico y el tratamiento fueron los acertados. De momento, el consentimiento para llevar a cabo la autopsia se solicita cuando alguien acaba de fallecer y todos los allegados están transidos de dolor. Hace poco presencié una escena así. Un internista en prácticas solicitó la autorización para proceder a la autopsia de una forma que saltaba a la vista que no tenía la menor esperanza de conseguir una reacción positiva. Peor aún, todo lo que decía parecía desaconsejarlo, probablemente porque así se ahorraba un montón de trabajo. Los médicos no reciben suficiente formación para mantener esta clase de conversaciones difíciles que se producen después del fallecimiento de un paciente. Es sin duda el peor momento para hablar de un tema tan delicado con la familia. No es de extrañar que el número de autopsias haya descendido tanto.

Otros temas que también conviene tratar de antemano son la muerte cerebral, el trasplante de tejidos, de órganos (Eurotransplant) y de córnea (Banco de córneas). Y, por supuesto, también se ha de hablar con todos los implicados en el entierro o la cremación. El curso de despedida de la sociedad debería informar asimismo de la inscripción en el registro de donantes, de la preparación de la mortaja, del Alzhéimer Café, el embalsamamiento y la tanatopraxia, el coma y situaciones afines (VIII.2), las experiencias cercanas a la muerte (XVII.3), los asesores de eutanasia, las diferencias culturales e históricas de la problemática de poner fin a la propia vida así como de los aspectos jurídicos de dicha problemática, la biología molecular de la vida y de la muerte (XX.1), la momificación, la donación de un corazón no latiente, los problemas psicológicos relacionados con el final de la vida, los médicos del SCEN (Steun en Consultatie bij Euthanasie in Nederland, Apoyo y asesoramiento sobre la eutanasia en los Países Bajos), los puntos de apoyo de SVL (Stichting Vrijwillig Leven, Fundación de Vida Voluntaria), la declaración de voluntad de NVVE y la declaración de asistencia.

Aunque no exista una vida después de la muerte, hay muchas experiencias que vivir en torno a la muerte. Para todos los implicados resulta mucho más fácil saber lo que uno opina acerca de esa problemática y tener tiempo para hablar de ello. ¿Qué quiero yo? Mi cerebro irá al Banco de Cerebros Neerlandés. Cuando me llegue la hora, les escribiré a mis colegas dónde deben prestar especial atención y les ofreceré algunas sugerencias técnicas para investigar mi cerebro que, sin duda, los irritarán. El resto de mis órganos y tejidos pueden ser utilizados para trasplantes, en el caso de que puedan ser de alguna ayuda a alguien, dado que ya han llevado mucho trote. Y si los médicos opinan que es necesario practicar una autopsia, estarán autorizados a hacerlo. Lo que suceda con el resto no me importa lo más mínimo, ya lo decidirá mi familia.

Si se les ocurren más sugerencias para el curso, quedo a su disposición. ¿Les gustaría? Hacer un curso así, me refiero. Porque les deseo una vida saludable y placentera durante tanto tiempo como ustedes quieran.

Somos nuestro cerebro
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