IX.2. Joven y agresivo

El Ministerio de Justicia también se interesa ahora por otros factores sociales que determinan el nivel de agresividad y el riesgo de criminalidad.

Venimos al mundo con distinta propensión para el comportamiento agresivo en función de nuestro sexo, nuestra herencia genética, la cantidad de alimento que hemos recibido a través de la placenta y el consumo de tabaco, alcohol y medicamentos por parte de nuestra madre durante el embarazo. Las probabilidades de que desarrollemos un comportamiento descontrolado, antisocial, agresivo o delincuente aumentan durante la pubertad por la subida de los niveles de testosterona. Hay importantes diferencias sexuales en ese comportamiento. Los hombres cometen cinco veces más asesinatos que las mujeres. Además, sólo en el 20% de los casos de asesinatos cometidos por varones la víctima es un familiar o un conocido, mientras que, en las mujeres, el porcentaje de asesinatos cometidos dentro de su ámbito relacional asciende al 60% de los casos. La edad en la que los varones comenten asesinatos abarca una franja estereotípica. Con la subida del nivel de testosterona durante la pubertad se produce la subida del total de muertes. Hay un pico entre los veinte y los veinticuatro años, después del cual se produce un descenso hasta los cincuenta o cincuenta y cuatro años. Se ha hallado un patrón idéntico para la edad «delincuente» en distintos lugares del mundo: en Chicago, Inglaterra, Gales y Canadá. El descenso de la línea criminal en los veinteañeros no va aparejada con un descenso de los niveles de testosterona, pero se atribuye a un desarrollo tardío de la parte frontal de la corteza cerebral, la corteza prefrontal (figura 14), que controla nuestra conducta impulsiva y fomenta el comportamiento moral. El desarrollo tardío de la corteza prefrontal significa también que el derecho penal adulto no debería aplicarse antes de que esta estructura cerebral esté madura, algo que sucede entre los veintitrés y los veinticinco años. La política no tiene en cuenta este patrón de desarrollo y, para contentar a los electores asustados, defiende rebajar el límite de edad para que se aplique el derecho penal de adultos. El alcohol inhibe las funciones de la corteza prefrontal, lo que puede provocar un episodio repentino de violencia gratuita durante una salida nocturna. Daños en la corteza prefrontal durante los primeros años de vida también pueden ocasionar un comportamiento social y moral desequilibrado.

La hormona masculina, la testosterona, estimula la conducta agresiva. Algunos hombres tienen niveles de testosterona más elevados que otros; por consiguiente, tienen más riesgo de mostrar actitudes violentas. Los hombres arrestados tras cometer actos de violencia o por violación mostraban unos niveles de testosterona más altos que los acusados por otros delitos. Y la misma relación entre los niveles de testosterona y una mayor agresividad se detectó también entre las detenidas. Igualmente, los niveles de testosterona son más altos entre los presos varones y entre los reclutas que muestran un comportamiento antisocial. En los jugadores de hockey es fácil identificar una reacción agresiva durante el juego por los golpes con el palo. También se ha hallado entre ellos una relación entre la cantidad de reacciones agresivas y los niveles de testosterona en la sangre. Por eso resulta inquietante que hoy en día se utilicen grandes cantidades de esteroides anabólicos en el «deporte» para aumentar la masa muscular, dado que esas hormonas aumentan también el comportamiento agresivo.

El entorno también influye sobre la violencia. En los últimos tiempos ha quedado demostrado que las películas y los juegos de ordenador violentos pueden aumentar el comportamiento agresivo. No debemos sólo concentrarnos en eso, dado que la lectura de un texto bíblico en que Dios sanciona la muerte también puede incrementar la agresividad, aunque sólo en personas religiosas. Por otra parte, hay factores físicos, como la temperatura y la luz, que también pueden influir en gran medida en nuestros actos. Todo el mundo conoce el problema de las reacciones agresivas durante los «veranos largos y calurosos». No es la estrategia militar, sino la cantidad de luz solar o la temperatura medioambiental, lo que influye a la hora de tomar la decisión de empezar una guerra. Eso se debía a los ritmos estacionales que Schreiber descubrió estudiando 2.131 batallas sucedidas en los últimos tres mil quinientos años. La decisión de iniciar las hostilidades en el hemisferio norte se ha tomado durante siglos en el verano; en el hemisferio sur durante nuestro invierno, y alrededor del ecuador se hacía independientemente de las estaciones.

Y, por supuesto, también hay que tener en cuenta las condiciones sociales desfavorables y la falta de educación que pueden acarrear una conducta agresiva y delincuente, los únicos factores que contaban para las generaciones anteriores. Cuando le reprocharon al criminólogo italiano Cesare Lombroso (1835-1909) que dedicaba poca atención a los factores sociales que podían conducir a la criminalidad, él repuso: «Es verdad, pero se debe al hecho de que ya hay mucha gente que se dedica a ello. No tiene mucho sentido demostrar que el sol brilla». Hasta hace poco, ésa era la situación aquí, en los Países Bajos, pero el Ministerio de Justicia también muestra interés por otros factores sociales que determinan el grado de agresividad y el riesgo de criminalidad.

Somos nuestro cerebro
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