XV.4. Almacenamiento separado en la memoria

Había un hombre que no reconocía a su mujer, pero sí su coche.

Los diversos aspectos de un hecho se almacenan en lugares distintos de nuestro cerebro, y cuando intentamos evocarlos más tarde, deben volver a unirse. El cerebro llena inconscientemente las lagunas de nuestra memoria. Eso hace que no podamos compararla con el disco duro de un ordenador, que es capaz de volver a reproducirlo todo de forma exacta. Una metáfora más realista sería la del arqueólogo que, a través de unos pocos huesos hallados, intenta hacerse una idea del esqueleto entero y, por lo tanto, puede equivocarse con frecuencia. Nuestra memoria es notoriamente poco fiable, como se demuestra a menudo en los tribunales.

El hecho de que distintos tipos de información, música, imágenes y rostros, sean almacenados en diversas partes de la corteza provoca que algunos pacientes sean incapaces de recordar información muy específica. Así, por ejemplo, se da el caso de personas que tras sufrir una lesión en la parte posterior del hemisferio derecho del cerebro ya no recuerdan los rostros de las personas conocidas, ni siquiera el de su propia esposa, a pesar de ver bien. Sin embargo, son capaces de discriminar los objetos, como su propio coche, porque esa información se conserva en otro lugar. ¡Acordarse del coche, pero no de su mujer!: es fácil imaginar las consecuencias que eso acarreará en el entorno doméstico. Ese problema se conoce como prosopagnosia o ceguera facial. Oliver Sacks lo describió en su libro Los ojos de la mente y antes en su cuento El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. El protagonista, el doctor P., quería coger su sombrero; en cambio, agarró la cabeza de su esposa e intentó ponérsela sobre la suya. Eso mientras trabajaba de profesor en una escuela de música. Otros ejemplos llamativos son el del hombre que se puso delante de un espejo y tuvo que hacer un gran esfuerzo para reconocerse a sí mismo o el del soldado que durante un permiso se encontró a su madre casualmente por la calle y no la reconoció. Por suerte yo no he llegado a esos extremos, pero siempre se me ha dado mal reconocer caras, lo que me ha procurado situaciones bastante embarazosas. Alguna vez me habré presentado a alguien que después de mirarme con asombro me ha dicho: «Sí, ya nos conocemos, llevamos tres años trabajando juntos en la misma comisión» o, «Claro, usted estaba en el comité de mi tesis». Mi padre también tenía los mismos problemas y efectivamente se conoce el caso de familias en los que varios de sus miembros son particularmente malos reconociendo caras. Ésa es, pues, una de mis mutaciones. Se trata de un tipo de defecto en el patrón de reconocimiento que es muy selectivo. Yo, por ejemplo tengo muy buena memoria para retener las imágenes microscópicas. A veces al cabo de los años he vuelto a examinar un preparado para microscopio y enseguida me digo: «¡Ah, ése es el señor X o la señora Y!», y acierto. Si los hubiera visto en persona, habiendo transcurrido el mismo lapso de tiempo, no los habría reconocido. A los pacientes a los que se les había implantado un electrodo en el lóbulo temporal para tratar su epilepsia se les mostraron centenares de caras. Algunas células nerviosas sólo se activaban ante un rostro conocido como el de Bill Clinton. Así pues, mi defecto para el reconocimiento facial se halla escondido en algún lugar del cerebro. En el caso de los monos se les activan las neuronas de la parte inferior del lóbulo temporal cuando ven una cara creada por ordenador, y la activación es mayor cuando ven la cara de una persona que les es familiar. Esas células nerviosas reaccionan con mayor intensidad cuando se les muestran imágenes en las que los rasgos del rostro han sido exagerados como en una caricatura. Acaso esa fuerte estimulación para mi débil reconocimiento facial explique por qué me gustan tanto los cómics.

Otro problema bien distinto del de la ceguera facial es el que se manifiesta en el síndrome de Capgras. En ese trastorno el paciente sí reconoce la cara de un familiar, pero es incapaz de sentir el correspondiente afecto por las personas que le son emocionalmente más próximas y cree que son impostores. A veces piensan que sus seres queridos han sido reemplazados por robots o extraterrestres, lo que desencadena una reacción paranoica. El síndrome de Capgras puede producirse a raíz de una lesión cerebral o dentro del cuadro de la enfermedad de Alzheimer.

El hecho de que los diversos aspectos de la visión sean procesados en distintas áreas cerebrales con distintas funciones puede causar que un determinado elemento no sea visto. Por ejemplo, el profesor Ed de Haan describió a una mujer que no podía ver el movimiento. Cuando los coches estaban circulando no podía verlos, pero si de pronto se detenían sí los veía. Hay personas que pueden ver los colores pero no los reconocen, o son incapaces de discernir las formas, pero sí los colores, o no ven la claridad y apagan la luz creyendo encenderla.

La información mejor guardada es la que está en nuestra memoria remota, donde almacenamos todo el conocimiento sobre el lenguaje y la música. En la enfermedad de Alzheimer también es la última parte de la memoria en deteriorarse. El habla desaparece en el séptimo estadio de la escala de Reisberg (XIX.2). Los pacientes de alzhéimer también conservan bastante tiempo sus habilidades musicales comparado con otras capacidades. Una pianista profesional empezó a manifestar problemas de memoria a sus cincuenta y ocho años, a los sesenta y tres estaba demente y ya no era capaz de recordar textos orales o escritos. Pero seguía siendo capaz de recordar piezas de música desconocidas y de reproducirlas con un gran sentido musical. A pesar de que un año después había empeorado mucho cognitivamente, aún disfrutaba de las melodías conocidas. Probablemente eso se deba a que un subsistema de la memoria a largo plazo situado a un lado del cerebro (corteza parietal, figura 1) está relativamente intacto. En el caso de los pintores que padecen la enfermedad de Alzheimer pero que conservan intactas sus habilidades artísticas se trata probablemente de un subsistema en la parte posterior del cerebro (corteza visual, figura 1), una región del cerebro que no se ve muy afectada por el alzhéimer (XIX.2).

Somos nuestro cerebro
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