XVI.1. ¿Por qué hay tanta gente religiosa?
A todo lo que no comprendemos fácilmente lo llamamos Dios. Esto ahorra mucho desgaste al tejido cerebral.
EDWARD ABBEY (1927-1989)
Es inconcebible pensar que todas las religiones están en lo cierto, la conclusión más razonable es que todas están equivocadas.
CHRISTOPHER HITCHENS (1949)
Para mí, la pregunta más interesante sobre la religión no es si Dios existe o no, sino por qué hay tanta gente creyente. Existen unas diez mil religiones distintas y todas ellas están convencidas de estar en posesión de una sola verdad fundamental y constituir la única fe verdadera. El odio hacia los que profesan otras creencias parece consustancial a la fe. Alrededor del año 1500, el reformador de la Iglesia Martín Lutero tildaba a los judíos de «engendros de víboras». El odio cristiano hacia los judíos ha dado lugar a pogromos a lo largo de los siglos y, finalmente, hizo posible el Holocausto. La separación de la India británica en dos partes, la India para los hindúes y Pakistán para los musulmanes, costó la vida a un millón de personas. Y el odio entre religiones no ha disminuido. Desde 2000 el 43% de las guerras civiles ha sido de carácter religioso.
El 64% de la población mundial es católica, protestante, musulmana o hindú. Y la religión no desaparece fácilmente. Durante mucho tiempo en China sólo se podía creer en el comunismo, y la religión era vista, en la tradición de Karl Marx, como el «opio del pueblo». Pero en 2007 una tercera parte de los chinos de dieciséis años se considera creyente. Y dado que esa cifra procede de un periódico controlado por el Gobierno, el Daily China, no cabe duda de que el número de creyentes no será inferior. Aproximadamente el 95% de los estadounidenses dicen creer en Dios, el 90% reza, el 82% está convencido de que Dios obra milagros y el 70% cree en la vida después de la muerte. Es sorprendente que sólo el 50% dice creer en el infierno, lo que no resulta muy consecuente. En los secularizados Países Bajos los porcentajes son inferiores. La investigación llevada a cabo en abril de 2007 bajo el nombre de «Dios en los Países Bajos» demostró que en un lapso de cuarenta años la secularización había crecido del 33% a un 61%. Más de la mitad de los neerlandeses duda y, por tanto, es agnóstica o cree en «algo». Sólo el 14% se considera atea, pero hay el mismo porcentaje de protestantes y algo más de católicos (16%).
Herman van Praag, profesor emérito de psiquiatría biológica, me hizo ver durante un simposio en Estambul en 2006 que, ateniéndonos al 95% de creyentes en Estados Unidos, el ateísmo es una «anomalía». Yo le repuse que dependía de con qué se comparaba. En 1996 se llevó a cabo una encuesta entre los científicos de Estados Unidos y resultó que el porcentaje de creyentes era mucho más bajo respecto del total de la población, esto es, un 39%. De los principales científicos de la Academia Nacional de las Ciencias estadounidense resultó que sólo el 7% creía en Dios, y entre los premios nobel se dan pocos casos de religiosidad. De los miembros de la Real Sociedad para el Avance de la Ciencia Natural de Inglaterra sólo el 3% son religiosos. Un metaanálisis muestra además la existencia de una correlación entre la aparición del ateísmo con el nivel de educación y el CI. Por tanto, hay diferencias notables entre la población y salta a la vista que el nivel de ateísmo en la población va parejo con la inteligencia, la educación, los logros científicos y un interés genuino por las ciencias naturales. Entre los científicos hay diferencias en función de sus disciplinas: los biólogos creen menos en un dios y en el más allá que los físicos. Así pues, no es de extrañar que una amplia mayoría de los eminentes biólogos evolutivos (78%) se declaren «naturalistas puros» (= materialistas). Casi tres cuartas partes de ellos (72%) veían la religión como un fenómeno social que se había desarrollado con la evolución del Homo sapiens. Es decir, como parte de la evolución y no en contraposición a ella.
Ciertamente parece que la religión debe de haber tenido una ventaja evolutiva. La espiritualidad es la sensibilidad para la religión y está determinada en un 50%, según se desprende de las investigaciones llevadas a cabo con gemelos. La espiritualidad es una característica que todos los humanos poseen en cierta medida, aun cuando la persona no forme parte de una determinada confesión. La religión es una interpretación local de nuestros sentimientos espirituales. La elección de ser o no religioso no es «libre». El entorno en el que uno crece se encarga de que la fe de nuestros padres quede fijada en nuestros circuitos cerebrales de un modo parecido a lo que sucede con nuestra lengua materna. Los neurotransmisores como la serotonina influyen en nuestro nivel de espiritualidad. La cantidad de receptores de serotonina, en el cerebro se correlaciona con el grado de espiritualidad. Y las sustancias que actúan sobre la serotonina como el LSD, la mescalina (del cactus peyote) y la psilocibina (de setas alucinógenas), pueden ocasionar experiencias místicas y espirituales, lo mismo que las sustancias que actúan sobre el sistema opioide del cerebro.
Dean Hamer ha encontrado un gen donde unas pequeñas mutaciones determinan el grado de espiritualidad, como ha descrito en su libro El gen de Dios (2004). Pero, en vista de que probablemente ése sólo sea uno de los genes involucrados, debería haber titulado su libro Un gen de Dios. El gen de Hamer está codificado en el VMAT2 (transportador vesicular de monoaminas tipo 2). Se trata de una proteína que empaqueta los neurotransmisores (monoaminas) presentes en el cerebro en vesículas para que sean transportadas por las fibras nerviosas, algo fundamental para muchas funciones cerebrales.
Después del nacimiento empieza la programación religiosa del cerebro del niño. El biólogo evolucionista británico Richard Dawkins (2006) puede enojarse muchísimo, y con razón, al oír hablar de «niños cristianos, islámicos o judíos», porque los niños pequeños no tienen ningún credo, sino que son los padres cristianos, islámicos o judíos los que se encargan de adoctrinarlos muy precozmente en su desarrollo cuando todavía son muy sensibles. Dawkins señala acertadamente que la sociedad no admitiría que se hablara de niños de cuatro años ateos, humanistas o agnósticos, y que los niños no deben aprender qué deben pensar, sino cómo deben pensar. Dawkins considera la fe programada como un subproducto de otra característica del cerebro infantil que cuenta con una gran ventaja evolutiva. Los niños deben acatar las advertencias y seguir las indicaciones de sus padres y de otras autoridades sin protestar si no quieren correr un grave peligro. La desventaja de esta característica es que hace a los niños crédulos. Por otra parte, el adoctrinamiento a temprana edad es fácil. Ésa podría ser la explicación para que siempre perviva la religión de los padres. La imitación, que constituye la base para nuestro aprendizaje social, es un mecanismo sumamente eficiente. Hasta disponemos de un sistema aparte de «neuronas espejo» en nuestro cerebro. De ese modo, ideas religiosas como creer que existe otra vida después de la muerte, que si uno muere como un mártir va directo al paraíso y recibe de premio a setenta y dos vírgenes, que los no creyentes deben sufrir una persecución y que creer en Dios es el bien supremo van transmitiéndose de generación en generación y grabándose en nuestros circuitos cerebrales. Todos conocemos ejemplos de nuestro entorno de lo mucho que hay que luchar para liberarse de esas ideas que nos han sido inculcadas en una fase muy temprana del desarrollo.