II.4. Comportamiento paternal

Un hijo no recompensaría la bondad profunda de sus padres aunque cargara con su padre en el hombro derecho y con su madre en el hombro izquierdo durante cien largos años.

ENSEÑANZA DEL BUDA

Todos conocemos el ejemplo de madres que no consiguen cortar definitivamente el cordón umbilical. En cualquier rincón del mundo donde se hallen sus hijos ya mayores, ellas necesitan saber sin falta lo que están haciendo y se preocupan por ellos constantemente. El vínculo que los hijos tienen con su madre también es especial. Un soldado herido en el campo de batalla, sea del ejército que sea, llamará a su madre, no a su padre. Entre los chimpancés son las madres las encargadas de transmitir las conquistas culturales. Por todo ello, siempre se había pensado que el papel del padre se limitaba a la fecundación, el momento en que le proporciona al niño la mitad del ADN, tarea que requiere unos pocos minutos. Después de eso, los padres podríamos escondernos detrás del periódico y dejar el resto del cuidado y la crianza en manos de la madre. Pero, al parecer, no lo tenemos tan fácil. En todo el reino animal se observa en distinta medida un comportamiento paternal que cubre todos los aspectos del comportamiento maternal, salvo la lactancia. ¡Aunque existe un murciélago macho que también produce leche!

En lo tocante a la familia, los seres humanos ocupan un lugar especial. Nuestra sociedad está compuesta por familias, un hecho que no se observa en otros simios antropomorfos, como los chimpancés o los bonobos. Lo que nos hace únicos no es el hecho de asociarnos en parejas, algo que también ocurre entre los gibones, las aves y los arvicolinos (aunque en estas especies la familia vive en un territorio exclusivo, aislados de los demás), sino que es la convivencia de las familias que se da entre los seres humanos lo que no se observa en ninguna otra especie. Hace dos millones de años, el antepasado del hombre tenía hijos que pesaban el doble que las crías del chimpancé. Compartir los cuidados de esos bebés indefensos y demasiado pesados para acarrearlos fácilmente era de vital importancia para conseguir suficiente alimento para la madre y el hijo durante la lactancia. Se cree que la posición dominante del hombre dentro de la familia –el patriarcado– se instauró cuando nuestros antepasados tuvieron que abandonar el amparo del bosque a cambio de una vida más expuesta a los peligros en la sabana. En aquel espacio abierto, la protección que el hombre brindaba a la mujer y al hijo resultaba esencial. Además, el antepasado del ser humano, que caminaba sobre sus nudillos, se alimentaba de frutos silvestres, cazaba y manejaba utensilios, no abandonó la selva como se ha dicho a menudo, sino que ésta desapareció a su alrededor como consecuencia de un brusco cambio climático que provocó que grandes extensiones de bosque se transformasen en áridas sabanas. La protección de la mujer y del hijo por parte del hombre tenía la ventaja evolutiva de que podían tener hijos cada dos o tres años, mientras que una hembra chimpancé, que debe ocuparse sola de su cría y dedicar más tiempo a su cuidado y alimentación, tiene una cría cada seis años.

Figura 5b. Bajo el microscopio electrónico, la oxitocina y la vasopresina se ven como unos gránulos negros en las terminaciones nerviosas o sinapsis (Buijs y Swaab, Cell Tiss. Res. 204, 355-365, 1979). Una vez liberadas en el cerebro, estas sustancias influyen en el comportamiento, como por ejemplo en las interacciones sociales.

Ese papel protector del macho se aprecia no sólo en los primates, sino en todo el reino animal. Delante de nuestra casa, una pareja de fochas comunes había construido un robusto nido en medio de un canal. Tan pronto como la hembra se sentaba en el nido, el macho adoptaba una actitud muy beligerante contra las aves que estaban cerca. Aún no había ni rastro de los huevos, pero cuervos y patos más grandes que él eran espantados con mucho ruido y batir de alas.

También el hombre se prepara para ejercer su papel de padre durante el embarazo de su compañera. Se producen cambios en las hormonas que actúan en el cerebro y hacen que los padres en ciernes no sólo se comporten de forma distinta, sino que se sientan también de forma distinta. Antes incluso del nacimiento del niño, aumentan los niveles de la hormona prolactina en el futuro padre. Esta hormona es importante para la producción de leche en la madre, pero tanto en el hombre como en la mujer la prolactina induce un comportamiento protector. Además, en el hombre la prolactina hace que disminuya el nivel de testosterona, la hormona sexual masculina, lo que reduce la agresividad contra el niño y disminuye la libido. Este útil descenso de la testosterona en los padres es un fenómeno universal. Sucede tanto en China como en Occidente. El efecto que esta hormona ejerce en el cerebro hace que muchos hombres sientan que algo extraño está pasando en su interior antes incluso de que el niño nazca. No sabemos con certeza cómo se desencadena este cambio de comportamiento en el futuro padre, pero las sustancias odoríferas que produce la mujer embarazada podrían ser importantes. Después del nacimiento, la prolactina y la oxitocina influyen en el comportamiento paternal y en la creación de un vínculo entre padre e hijo. Sólo los padres que tienen un contacto estimulante y afectuoso con sus hijos manifiestan durante el juego un aumento de la hormona del apego, la oxitocina.

En algunas especies animales, al padre se le asigna un papel más extremo. En el caso del ñandú, un ave corredora parecida al avestruz, es el macho el que debe incubar los huevos en un nido que él mismo cava, mientras que el macho del caballito de mar incuba los huevos en su bolsa ventral. En otras especies animales también se observa una conducta paternal semejante a la que se manifiesta en los humanos. Entre una especie de tití (Callithrix), los padres también cuidan de las crías, cargan con ellas, las protegen y alimentan. Con la paternidad se producen cambios en la parte delantera del cerebro, la corteza prefrontal. La cantidad de puntos de contacto entre las células nerviosas aumenta en esta parte de la corteza cerebral. Esto hace pensar en una reorganización de la red local. Además, la sensibilidad a la vasopresina aumenta en esta zona de la corteza cerebral. Estos neurotransmisores estimulan el comportamiento social y ayudan a los padres en sus nuevas tareas.

Cuando los hijos crecen, los padres tienen a veces la oportunidad de inspirarlos y guiarlos en su vida. Esto puede suceder de varias maneras. Mi abuelo era médico y supo despertar el interés por esa profesión en su hijo. Mi padre se hizo ginecólogo, y con apenas seis años yo ya sabía que acabaría estudiando medicina. Durante mucho tiempo, mi hijo no tenía muy claro lo que quería estudiar, pero sabía desde bien pequeño que no sería ni medicina ni biología. Era una reacción contra mí. Después descubrimos que compartíamos un interés común por las diferencias sexuales en el comportamiento y hemos publicado juntos experimentos sobre este tema (XXI.1).

Lamentablemente, el papel del padre no se limita a acciones tan nobles como el cuidado, la protección y la inspiración. Tanto en el reino animal como entre los seres humanos hallamos ejemplos de la agresividad brutal que el macho es capaz de demostrar en nombre de la paternidad. Los machos de los primates se quedan con todo el harén de hembras de otro grupo al desbancar al viejo líder y después matan a todas las crías. También el león que se erige en el nuevo líder de la manada mata a los cachorros, a pesar de los intentos de la leona por evitarlo. De ese modo se interrumpe la producción de leche en la hembra, que vuelve a ser fértil antes y así se tiene la certeza de que la siguiente camada desciende del nuevo líder. Y en la historia de la humanidad no es diferente, como podemos leer en la Biblia (Números 31, 14-18): «Moisés se encolerizó con los jefes de las tropas. […] Matad a todos los niños varones, y a toda mujer que haya conocido varón, pero dejad con vida para vosotros a todas las muchachas que no hayan dormido con varón». A día de hoy seguimos sin deshacernos de esos crueles mecanismos biológicos, pues el infanticidio y el maltrato infantil se dan con más frecuencia a manos del padrastro que del padre biológico. Y los hijos de las prisioneras de guerra siguen siendo sistemáticamente asesinados. Los chimpancés hembras se mantienen alejados de la manada durante años, lo que resulta una buena estrategia para evitar la muerte de su cría a manos de un macho que duda de su paternidad. La «solución» de las hembras bonobo para evitar el infanticidio resulta muy original: se aparean con todos los machos, de manera que ninguno sabe con certeza si las crías son suyas o no. Pero en los seres humanos la vigilancia recae sobre las madres, que están alerta contra cualquier peligro que pueda acechar a su hijo y siguen estándolo durante toda su vida.

Somos nuestro cerebro
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