XI.1. La esquizofrenia, una enfermedad de todos los tiempos y culturas

[…] dos endemoniados le salieron al encuentro de entre los sepulcros. Eran tan violentos que nadie se atrevía a pasar por aquel camino. De pronto le gritaron: «¿Por qué te entrometes, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes del tiempo señalado?». A cierta distancia de ellos estaba paciendo una gran piara de cerdos. Los demonios le rogaron a Jesús: «Si nos expulsas, mándanos a la piara de cerdos». «Vayan», les dijo. Así que salieron de los hombres y entraron en los cerdos, y toda la piara se precipitó al lago por el despeñadero y murió en el agua.

MATEO 8, 28

A lo largo de los años, la esquizofrenia ha sido «tratada» de diversas formas. En China se han hallado cráneos horadados de cuatro mil años de antigüedad a los que se les había practicado la trepanación para que se escapasen los espíritus malos de los pacientes esquizofrénicos. En algunos se evidenciaba una regeneración del hueso craneal, señal de que el paciente había sobrevivido mucho tiempo a la intervención. Jesús inició una larga tradición religiosa expulsando los espíritus malignos (véase cita al inicio del capítulo). En la Iglesia católica se practicó el exorcismo hasta aproximadamente 1970. Desde entonces, este oficio ha desaparecido aunque los obispos católicos siguen consagrando y designando a sacerdotes para la labor de exorcista. También en el Islam hay encargados de ahuyentar los espíritus. La hermana de Ayaan Hirsi Ali recibió un tratamiento farmacológico en los Países Bajos, pero al regresar a Somalia cayó en manos de las autoridades religiosas islámicas, que la encerraron en una habitación vacía donde no había nada más que un colchón. Le quitaron los medicamentos y le pegaron para quitarle ritualmente los espíritus malignos. Tuvo un desenlace fatal.

En una tabla del pintor medieval Hieronymus Bosch, El Bosco, que se exhibe en el Museo del Prado de Madrid se representa la extracción de la piedra de la locura. El médico finge sacar una piedra de la cabeza del paciente esquizofrénico, se trata, pues, de una operación placebo. El Bosco pintó al médico con un embudo en la cabeza para señalar que se trata de un farsante y, a su lado, hay una monja con una Biblia sobre la cabeza, lo que deja constancia de la complicidad de la Iglesia. En una lápida de la fachada de la Dolhuis en Den Bosch, se ve que en 1442 los pacientes esquizofrénicos eran encerrados en la cárcel. Por un par de céntimos las familias podían ir a ver a los «locos». En los años veinte y treinta del siglo pasado, cuando mi madre era una jovencita de diecisiete años y estudiaba para enfermera psiquiátrica, a los pacientes los tenían inmovilizados con camisas de fuerza y los metían en la bañera exponiéndolos alternativamente al agua fría y caliente. Decía que jamás podría olvidar los ruidos que hacían al golpearse incesantemente la cabeza con el filo de la bañera, el único movimiento que podían hacer. En los años cincuenta, la esquizofrenia era «tratada» mediante la lobotomía, una operación en la que se cortaban las conexiones entre la corteza prefrontal y el resto del cerebro. Después de la intervención el paciente permanecía sentado en una silla, completamente abúlico, una situación descrita como «eutanasia parcial»; eso facilitaba el cuidado de los pacientes e hizo la intervención muy popular (XIV.1). Esa espantosa práctica cayó en desuso por el desarrollo de los fármacos contra la esquizofrenia.

En todos los hospitales de China, junto a cada cama hay un familiar para ayudar al personal de enfermería y asegurarse de que a sus allegados no les falta nada. Si la familia no está disponible, acude alguien de la fábrica. Eso hace que en el hospital reine un agradable desorden. Pero en el ala psiquiátrica cerrada la situación es bien distinta. Al entrar tuve la impresión de estar metido en la película Alguien voló sobre el nido del cuco. Había dos interminables hileras de camas con sábanas idénticas, situadas una frente a otra en una espaciosa sala. Al lado de cada cama colgaba la misma toalla y en la mesita había un vaso y ningún objeto personal. Los pacientes de la sala masculina llevaban idénticos pijamas de rayas. No recibían ninguna visita, habían sido expulsados de sus familias. Yo era el primer visitante que tenían en muchos años y encima era un extranjero. Había un marinero que sabía hablar bien en inglés. Había visto mucho mundo, había llegado hasta Róterdam, e hizo las veces de intérprete para el excitado grupo de pacientes que se agolpaban alrededor y me tiraban del brazo para llamar mi atención y contarme su historia. Todas y cada una de aquellas historias eran impresionantes y tristes, aunque en principio no eran muy distintas de las que suceden en otros sitios. Me resultó increíblemente difícil abandonarlos a su aislamiento.

Desde China fui a Yakarta para dar una serie de conferencias. Salió a recibirme un joven chófer que escuchaba música house a todo volumen. Con mucho tacto le pedí si podía bajarla un poco a lo que él, riendo comprensivo, me preguntó qué música me gustaba. «El Réquiem de Mozart», dije, y supuse que se quedaría sin saber qué decir. A la mañana siguiente vino a recogerme para acompañarme a mi primera conferencia. En medio del caos del tráfico –Yakarta es un enorme aparcamiento que avanza muy lentamente–, puso el Réquiem de Mozart, ante mi sorpresa. Debo decir que me sentí muy conmovido. Al día siguiente, mientras nos hallábamos de nuevo metidos en un atasco, me preguntó qué sabía sobre el tratamiento de los pacientes esquizofrénicos. La pregunta resultó ser un preámbulo para hablarme de su hermano, que padecía esquizofrenia y estaba siempre metido en casa. Cuando se ponía muy «mal», le daban un par de gotas de un medicamento. El frasco de Haloperidol era muy caro y ya lo tenían desde hacía años. Le pregunté cómo lo conservaban y él repuso que lo tenían en la habitación. Hay que aclarar que la temperatura ambiente en Yakarta no es precisamente agradable. Le dije que no me parecía buena idea, porque algo que se guarda durante tanto tiempo podía volverse incluso tóxico. Guardó silencio unos instantes y luego añadió: «Ah, eso lo aclara todo». Últimamente el fármaco no le hacía mucho efecto a su hermano y cuando le dio una gota al papagayo, el pájaro cayó muerto de forma fulminante.

Podía ser peor, como reflejaba la fotografía premiada en el concurso de World Press Photo celebrado en Ámsterdam en 2004. En Bangladesh, fotografiaron a un chico de dieciocho años en una celda completamente vacía de una clínica psiquiátrica. Estaba sentado en el suelo de piedra y sólo llevaba puestos unos pantalones cortos. Tenía las piernas aprisionadas en un cepo de madera como en tiempos medievales y levantaba los brazos con gesto de desesperación, con los puños cerrados y el rostro contraído en una mueca. En esa «clínica» había veinticuatro habitaciones así y su director aseguraba que desde su fundación en 1880 se habían curado miles de pacientes con ese método.

Las condiciones en las que se encuentran los pacientes con enfermedades psiquiátricas en los Países Bajos pueden ser lamentables, pero las que se ven por muchos otros lugares del mundo son inconcebibles. Sin embargo, eso no debe servir bajo ningún concepto para justificar los drásticos recortes en un país rico como el nuestro, que provocan que se recurra con demasiada frecuencia a la celda de aislamiento, porque eso no hace sino agravar los síntomas.

Somos nuestro cerebro
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