XVII.2. Corazón y alma
Y el hombre o la mujer que evocare espíritus de muertos o se entregare a la adivinación, ha de morir; serán apedreados, su sangre será sobre ellos.
LEVÍTICO 20, 27
Todavía hay personas que atribuyen al corazón una importancia especial con relación a nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestro carácter, al amor e incluso al alma. Por ejemplo, en una ocasión la redacción del periódico NRC Handelsblad me hizo llegar la carta de un lector que decía: «El profesor sigue insistiendo sobre el cerebro, pero el corazón, la vida emocional, es justamente lo opuesto al cerebro». Es bien cierto que a veces sentimos cómo nuestro corazón late desbocadamente, pero eso sucede por orden del cerebro, que, a través del sistema nervioso autónomo, se encarga de que nuestro cuerpo se prepare para huir, luchar o copular.
La importancia mística del corazón ha sido alimentada por anécdotas que pretenden «demostrar» que en un trasplante de corazón se transmite también toda la información del donante. En 2008, De Telegraaf publicó una curiosa historia. Hacía doce años que Sonny Graham había recibido un nuevo corazón. El órgano pertenecía a Terry Cottle, de treinta y tres años, que se había suicidado pegándose un tiro en la cabeza. Sonny Graham se sentía tan feliz por su nueva vida que inició una correspondencia con la viuda de Terry. Y lo uno llevó a lo otro. «Era como si la conociera de siempre –contó Graham al periódico local–. La primera vez que la vi, no podía apartar mis ojos de ella». En 2004, la viuda se casó con el hombre que había recibido el corazón de su primer marido, según publicó Fox News. No hace mucho, Sonny Graham se quitó la vida del mismo modo que el primer «propietario» de su corazón. Cheryl, que ahora tiene treinta y nueve años, ha enviudado por segunda vez. De Telegraaf pudo llegar a la conclusión de que quizá la vida con Cheryl no resultaba demasiado fácil, pero, en vez de eso, el periódico escribió: «De ese modo vuelve a encenderse el debate de que si a uno le trasplantan un órgano como el corazón, también le transfieren el alma del difunto». De Telegraaf ya tiene cierta tradición en este tipo de historias. En una ocasión tituló el suplemento dominical: «¿Reside el alma en el corazón? A Claire Sylvia, de cuarenta y siete años, le trasplantaron el corazón de un hombre joven. Ahora les silba a las chicas y bebe cerveza». Sylvia, que en 1997 publicó un libro contando su experiencia, estaba convencida de que esas características procedían del joven motorista que le donó el corazón y los pulmones.
Hay también anécdotas de pacientes que después de un trasplante de corazón adoptaron los gustos musicales del donante. Un hombre que recibió el corazón de una mujer sentía de pronto predilección por el color rosa, mientras que antes de la operación lo aborrecía. Una mujer confesó que después de que le hubiesen trasplantado el corazón de un jugador de ajedrez, pasó de pronto a dominar perfectamente el juego. También hubo alguien que dijo haber visto en sueños el rostro del asesino de su donante. Historias de esta índole son publicadas en una revista cuya existencia yo desconocía hasta hace poco: Journal of Near-Death Studies. El problema de esos estudios es que los receptores del corazón donado habían recibido información sobre su donante, como el sexo, la edad, las causas de la muerte y otros muchos detalles de su vida. Para que podamos tomarnos en serio esas anécdotas debería hacerse un estudio bien controlado en el que el receptor del órgano no supiera nada acerca del donante. Un trasplante de corazón es una operación extraordinariamente dura, estresante y arriesgada, que tiene un gran impacto en la vida del paciente. La persona suele volverse más espiritual, puede sentirse culpable por la muerte del donante y tener la sensación de que éste sigue viviendo en su cuerpo. Además, su comportamiento se ve afectado también por los potentes fármacos que le dan para inhibir el rechazo al órgano trasplantado. Razones de sobra para sentirse distinto después de una intervención así. Por otra parte, no se explica cómo el corazón trasplantado, que no posee ninguna conexión nerviosa con el cerebro del receptor, sea capaz de enviar información compleja sobre el donante al cerebro del trasplantado modificando así su comportamiento.
Hasta que una investigación debidamente controlada demuestre lo contrario, debemos concluir basándonos en la literatura clínica y experimental disponible que todos los rasgos de nuestro carácter se encuentran en nuestro cerebro, y que el corazón es sólo una bomba que puede ser sustituida sin heredar el carácter –ya sea bueno o malo– del donante.