VIII.3. Las estructuras cerebrales cruciales para nuestra conciencia

La corteza cerebral, el tálamo y la conexión funcional entre las áreas cerebrales son cruciales para la conciencia.

La conciencia abarca dos aspectos. En primer lugar, somos conscientes de lo que nos rodea. La base para ello se encuentra en todo organismo vivo. Incluso un organismo unicelular se acerca al alimento y huye de las sustancias peligrosas; por lo tanto, sabe lo que sucede en su entorno. Pero es improbable que en estos organismos pueda hablarse de un grado de conciencia como el que conocemos nosotros. Para encontrarlo hay que subir por la escala evolutiva. En segundo lugar, está la conciencia de uno mismo, que no es, ni con mucho, exclusiva del ser humano, y cuya existencia puede comprobarse en animales y en niños pequeños mediante la prueba del espejo. La conciencia de uno mismo es también un desarrollo superior en otros animales y constituye la base para unas relaciones sociales complejas. Algunos chimpancés, orangutanes y quizá también gorilas son capaces de reconocerse ante un espejo. Un delfín puede advertir a través del espejo que tiene una marca en su cuerpo y los simios antropomorfos pueden limpiarse un rastro de pintura de su rostro mirándose al espejo, como un niño de uno o dos años reconoce su propia imagen reflejada. También un elefante asiático puede reconocerse en un enorme espejo, inspeccionar su oreja e identificar una señal en la cabeza, como demostró Frans de Waal. La conciencia de uno mismo tampoco es exclusiva de los mamíferos. También una urraca puede reconocerse ante el espejo, como se vio en unos experimentos donde les pusieron una pegatina bajo el pico que sólo podía verse a través del espejo.

Algunas estructuras cerebrales son cruciales para la conciencia, como la corteza cerebral, el tálamo y las conexiones funcionales entre estas dos áreas cerebrales (figura 19). Si la corteza cerebral o las conexiones se ven dañadas, pero las funciones del tronco encefálico, como la respiración, la presión sanguínea y la temperatura corporal, siguen intactas y son reguladas por la persona, ya no puede hablarse de conciencia. El paciente está en un coma vegetativo. En estos casos, las personas no están conectadas a respiradores artificiales y tienen un ritmo cardíaco normal. Pueden cerrar los ojos y abrirlos de par en par, pueden emitir gemidos y sollozos y a veces hasta una risa refleja. El ritmo de sueño y vigilia también sigue siendo controlado por el tronco cerebral (figura 20), de manera que a veces parecen «despiertos» sin mostrar ninguna de las reacciones corporales que indican que hay algún rastro de conciencia del entorno y de sí mismos. La corteza cerebral es esencial para nuestra conciencia, pero no basta para ser consciente de los estímulos que llegan hasta ella por el tálamo a través de nuestros sentidos y nuestro cuerpo. Mientras estamos bajo los efectos de la anestesia, los impulsos luminosos siguen llegando a la corteza visual después de 100 milisegundos, aunque no seamos conscientes de ello. Asimismo, hay estudios que demuestran que incluso estando bajo la anestesia, los comentarios verbales, la música o el rumor del mar pueden tener influencia en el paciente, aunque esté inconsciente. Para que haya una conciencia plena, la corteza cerebral adonde llega el estímulo también debe poder comunicarse activamente con otras áreas cerebrales, y eso no sucede bajo los efectos de la anestesia.

Para que la conciencia funcione con normalidad, también es necesario que el tálamo esté intacto (figuras 2 y 19). El tálamo está situado en el centro del cerebro y desempeña una función primordial en nuestra conciencia porque es ahí adonde llega la información procedente de nuestros sentidos (salvo el olfato, ver figura 20) y ahí se procesa para ser enviada después a la corteza cerebral. Una lesión en el tálamo provoca alteraciones en la conciencia. Inversamente, un paciente recuperó la conciencia mediante la estimulación eléctrica del tálamo. Tras sufrir un accidente, un hombre de treinta y ocho años permaneció seis años en un estado de mínima conciencia, un estado entre el coma y la conciencia. De vez en cuando era capaz de comunicarse visualmente o moviendo los dedos, pero no podía hablar. Le implantaron unos electrodos de estimulación cerebral profunda bilateralmente en el tálamo, y al cabo de cuarenta y ocho horas despertó. Durante los seis meses siguientes que estuvo sometido a la estimulación, mejoró su atención, la respuesta a órdenes, el control de sus miembros y el habla. Desde el punto de vista científico, se trata de un experimento interesante. Pero cabe preguntarse si ese hombre que sufrió daños cerebrales graves en el accidente podrá llevar una vida digna después de esa heroica intervención quirúrgica. El dilema ético es que, gracias a la estimulación talámica, es consciente no sólo de su entorno, sino también de la espantosa situación en la que se halla a causa de los daños cerebrales sufridos en el accidente.

Somos nuestro cerebro
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