Albalut (Granada), 1898

El día amaneció tan negro y desolado como el corazón de la vieja que vivía en la oscuridad de las cuevas. Solo el odio anidaba en su interior. Solo la desesperación teñía cada gota de su sangre. Solo un pensamiento le daba fuerzas para seguir viviendo: venganza. Pero, ahora, su momento había llegado. Por fin se haría justicia y obtendría la definitiva liberación de su alma.

El día amaneció tan frío y gris como el corazón de la novia que estaba arrodillada frente al altar. Había sacrificado mucho por estar allí, y, sin embargo, tenía un mal presentimiento. Esa tormenta no era un buen augurio. Sabía que el hombre que estaba a su lado no la amaba y que jamás lo haría. Pero eso no era un problema. En unos minutos se convertiría en la nueva Marquesa de Mondéjar y cumpliría por fin su sueño. Aunque tuviera que pudrirse junto a ese demente, merecería la pena. Sus futuros hijos heredarían uno de los títulos más ilustres de la nobleza española. ¿Por qué sentía entonces esa angustia que casi le impedía respirar?

El día amaneció tan triste y vacío como el corazón del novio que había tenido que emborracharse para soportar aquel martirio. Nada sabía de la mujer que tenía a su lado. Nada le importaba. Su mente solo era capaz de recordar el maravilloso momento vivido en aquella capilla cinco años atrás. El mismo día en que su alma había muerto.

Cuando el sacerdote pronunció las últimas palabras del casamiento, un relámpago iluminó la iglesia. Todos los allí presentes aguantaron la respiración. Era una señal. Alguien, en el Más Allá, no estaba conforme con esa boda. Y todos creían saber quién era. Pero ni el mejor de los arúspices hubiera podido presagiar lo que ocurrió aquel fatídico día.

Acompañadas de un ensordecedor trueno, se abrieron de par en par las puertas de la iglesia y un grito desgarrador surgió de la garganta del ser que acababa de irrumpir en suelo sagrado.

—¡Joaquín Luján!

Como salida del mismísimo infierno, una mujer de avanzada edad, cubierta de harapos y con el pelo completamente enmarañado, arrastraba sus pasos por la alfombra que unos instantes antes recorriera la comitiva nupcial. Su dedo, afectado por la artrosis, apuntaba al novio en ademán acusatorio. Estaba sucia y olía mal, pero lo que de verdad aterró a los espectadores fue, sin duda, su mirada. Quedaron petrificados al ver en sus ojos el odio enajenado de aquella Medusa que había perdido la cabeza hacía ya cinco años.

—¡Maldito cobarde! Consentiste que tu familia matase a mi nieta. No tuviste el valor de protegerla. ¿Y tú te llamas «hombre»? No mereces tener a tu lado a ninguna mujer.

Nadie se movió para echar de allí a la vieja. El miedo se reflejaba en los rostros de los asistentes. Todos presagiaban que aquella macabra ceremonia no podía terminar bien.

—¡Albalut!, sé mi testigo eterno y recuerda estas palabras en la memoria de tus gentes —gritó girando sobre sí misma y levantando los brazos como si sus manos fuesen antenas que transmitiesen su mensaje a los confines del pueblo—. ¡Yo te maldigo a ti, Joaquín Luján, y a toda tu descendencia! ¡La soledad será vuestra única compañía y las usurpadoras lo pagarán muy caro!

Dijo esto último mirando fijamente a los ojos de la joven que, atemorizada, hacía girar la alianza recién estrenada alrededor de su dedo. Después, señalando a aquella mano temblorosa, pronunció:

—Maldigo esta casa hasta el día en que ese anillo esté en manos de la sangre de su legítima dueña y, aquí mismo, delante de todos, un Luján la convierta en Marquesa de Mondéjar jurando ante Dios amarla por el resto de sus días.

Entonces, hincando sus rodillas en el suelo, levantó los brazos al cielo en actitud suplicante y gritó:

—¡Oh, Dios Todopoderoso, aquí y ahora renuncio a ti para toda la eternidad! Juro entregarme a Satanás, Señor de los Infiernos, si accede a mi plegaria. Que mi maldición perdure a través de los tiempos y yo, en pago, le entregaré mi alma. ¡Acepta este pacto, Lucifer! Yo lo firmo con mi sangre.

Con un rápido movimiento, sacó una vara afilada y, ante el espanto de la concurrencia, puso fin a su vida. El torrente encarnado que salió de su cuello tiñó el suelo de color carmesí. Sin embargo, el encargado de marcar a fuego aquel drama en la memoria colectiva, el horror que perduró en las leyendas del pueblo durante generaciones, fue lo que ocurrió a continuación.

Un rayo irrumpió en la iglesia destrozando la vidriera del altar mayor y fue a parar al extremo de la varilla que yacía todavía en la mano inerte de la vieja. Su cuerpo empezó a moverse convulsionado por la descarga, y un fuego, que nacía de su interior, quemó toda su piel. La visión resultaba espeluznante.

Nadie se movió. Nadie habló. Pero en el pensamiento de todos no había dudas sobre lo que había pasado: Satanás acababa de aceptar el pacto.

La maldición de los Luján
titlepage.xhtml
Portadilla74826.html
Creditos74827.html
Dedicatoria74828.html
toc.html
Prologo74830.html
Alerjandro74831.html
Capitulo_174832.html
Capitulo_274833.html
Capitulo_374834.html
Capitulo_474835.html
Capitulo_574836.html
Capitulo_674837.html
Capitulo_774838.html
Capitulo_874839.html
Capitulo_974840.html
Capitulo_1074841.html
Capitulo_1174842.html
Capitulo_1274843.html
Capitulo_1374844.html
Capitulo_1474845.html
Capitulo_1574846.html
Capitulo_1674847.html
Capitulo_1774848.html
Capitulo_1874849.html
Capitulo_1974850.html
Gabriel74851.html
Capitulo_2074852.html
Capitulo_2174853.html
Capitulo_2274854.html
Capitulo_2374855.html
Capitulo_2474856.html
Capitulo_2574857.html
Capitulo_2674858.html
Capitulo_2774859.html
Capitulo_2874860.html
Capitulo_2974861.html
Capitulo_3074862.html
Capitulo_3174863.html
Capitulo_3274864.html
Capitulo_3374865.html
Capitulo_3474866.html
Capitulo_3574867.html
Capitulo_3674868.html
Capitulo_3774869.html
Capitulo_3874870.html
Capitulo_3974871.html
Capitulo_4074872.html
Capitulo_4174873.html
Capitulo_4274874.html
Capitulo_4374875.html
Capitulo_4474876.html
Capitulo_4574877.html
Capitulo_4674878.html
Capitulo_4774879.html
Capitulo_4874880.html
Capitulo_4974881.html
Capitulo_5074882.html
Capitulo_5174883.html
Capitulo_5274884.html
Capitulo_5374885.html
Capitulo_5474886.html
Capitulo_5574887.html
Capitulo_5674888.html
Capitulo_5774889.html
Capitulo_5874890.html
Capitulo_5974891.html
Capitulo_6074892.html
Capitulo_6174893.html
Capitulo_6274894.html
Capitulo_6374895.html
Capitulo_6474896.html
Capitulo_6574897.html
Agradecimientos74898.html
fondo_amabook.xhtml
ecosistema-digital.xhtml