Aquella tarde, al regresar a su habitación, Sara no encontró su equipaje.

—Perdone que la moleste, Juana, pero querría saber si ha habido algún problema con mis cosas.

—No, señorita, ninguno en absoluto. Tal y como nos indicó el señor marqués, sus pertenencias han sido trasladadas al dormitorio principal. ¿Ha detectado algo que no esté en su sitio? Hemos intentado acomodarlas todas igual que usted las tenía en la otra habitación, pero, si hemos cometido algún fallo, no dude en decírnoslo.

—¿Por qué al dormitorio principal, Juana?—Sara intuyó la respuesta, pero todavía no podía asimilarlo.

—Porque ahí duerme el señor marqués. Don Luis hace años que prefirió mudarse a una de las habitaciones que dan al patio de atrás. Decía que siempre le habían gustado más las vistas desde allí y, además, así no tiene que subir escaleras.

—Muchas gracias, Juana. ¿Sabe dónde puedo encontrar al «señor marqués»? —No pudo evitar llamarlo así por recochineo propio, aunque esperaba que la mujer no se hubiera percatado de ello.

—Sí, creo que está en las caballerizas revisando a Janto, su semental favorito. ¿Desea que la acompañe?

—No, no hace falta. Gracias. —Sara había visto aquel edificio y la zona de entrenamiento de los caballos el día que llegó. Mejor no tener testigos de lo que tenía pensado gritarle.

Las dimensiones de la cuadra eran superiores a las del resto de los edificios que bordeaban el cortijo. Sin embargo, por dentro era completamente diáfana, salvo por las casillas destinadas a los bellos caballos andaluces de pura sangre que se criaban allí.

Cuando entró por el portal, un mozo acababa de salir. Tras abandonar la luminosidad del exterior, tardó un poco en acomodar su visión a aquella penumbra, fresca y reconfortante. Encontró a Gabriel acariciando la testa de un magnífico ejemplar.

No se anduvo con rodeos. Su cabreo había ido creciendo según se acercaba a su destino, por lo que formuló su pregunta casi gritando.

—¿Se puede saber con qué derecho has pedido a Juana que trasladara mis cosas a tu habitación?

—Buenas tardes, Sara. ¿Habías visto alguna vez caballos como estos? —A pesar de los malos modos de ella, Gabriel no se había alterado y seguía acariciando al animal sin inmutarse—. No, imagino que no, porque, si fuera así, sabrías que en un recinto como este no se puede levantar la voz si no quieres que los animales se estresen.

Sara intentó calmarse. Sabía que llevaba razón, pero estaba a punto de estallar.

—Te estoy preguntando por qué están mis pertenencias en tu dormitorio.

—Sara, eso es evidente. ¿Dónde van a estar sino en el lugar donde vas a dormir? —respondió Gabriel con tranquilidad.

—¡Debes de haber perdido el juicio si crees que voy a acostarme contigo! —vociferó ella.

Ahora sí que Gabriel le dedicó toda su atención.

—No, Sara, eres tú la que no acabas de enterarte de qué va esto. ¿De verdad eres tan ingenua que piensas que mi abuelo se va a tragar que vamos a casarnos en menos de un mes y no compartimos ya la cama todas las noches?

—No soy idiota, pero podemos decirle que preferimos dormir separados por respeto a su casa. ¡Me da igual, lo que se te ocurra, pero no pienso compartir habitación contigo!

—Es curioso, pero no te oí protestar tanto cuando fue Jorge el que lo propuso.

Aquello había sido un golpe bajo, incluso para Gabriel. Sara no iba a consentírselo. Como si fuera capaz de intimidarlo, se acercó a él apuntándole con el dedo en señal de advertencia.

—Escúchame bien. No vuelvas a repetir el nombre de esa rata en mi presencia o te juro que cojo mis cosas y me largo de aquí. ¿Lo has entendido bien?

Gabriel la agarró por la mano que pretendía desafiarle y la empujó hacia la pared exterior de uno de los boxes. La cabeza de un semental negro quedó demasiado cerca de ella.

—Jamás me amenaces, Sara. Recuerda que tienes mucho que perder si lo haces —le advirtió Gabriel arrastrando sus palabras.

Ella sabía que quería amedrentarla, asustarla para que hiciera lo que él quería. Y eso la enfurecía hasta límites insospechados. La rabia que nacía en su interior, junto a la proximidad de aquel poderoso cuerpo, transformaba su sangre en lava ardiente que suplicaba por escapar y lanzarse contra él.

—Estoy empezando a creer que merecería la pena perderlo todo con tal de no tener que pasar estos días contigo —le contestó con la cara alzada, en señal de desafío.

—No lo creo, Sara. Todavía no sabes lo que puedo llegar a hacer cuando deseo algo. —Su voz, sensual y peligrosa a la vez, hizo que le temblaran las piernas. Ya no se sentía tan valiente. Vio en sus ojos el reflejo del fuego abrasador que había en sus palabras —. Mi abuelo sí lo sabe, por eso se ha creído a pies juntillas que haya decidido casarme contigo. Solo he tenido que decirle que estoy loco por ti; que ya no concibo mi vida sin estar contigo; que pierdo la cabeza cuando estás cerca de cualquier otro hombre; que sueño cada noche con tus ojos, con tu pelo, con tu piel, con tu cuerpo; que no puedo estar a tu lado sin desear que seas mía, sin pensar una y mil formas de hacerte gritar de placer entre mis brazos…

¡Maldito fuera aquel hombre! ¡Lo odiaba! ¡Lo odiaba con toda su alma! Aquel demonio era capaz de volverla débil hasta la médula. Sólo con unas palabras había conseguido que ella sintiera todo su cuerpo al borde del delirio, excitado, caliente, deseoso de que hiciera realidad todas las fantasías que había pronunciado. De nuevo, su cuerpo la traicionaba sin permiso. No, aquello no le podía pasar. No con Gabriel.

—Hola, ¿estás ahí? No te veo, pero me ha dicho José Luis que te había dejado con Janto.

Sara identificó aquella voz con la de don Luis. Fue a contestar, pero no le dio tiempo. Unos labios dominadores lanzaron su ataque contra los suyos, devorándolos como si fueran una fruta prohibida. La lengua de Gabriel penetró en su interior con la seguridad de un rey que inspecciona orgulloso sus tierras, sabedor de que todo lo que le rodea le pertenece. Sus manos se colaron por debajo de su blusa, devastando cada fragmento de piel que tocaban, derritiendo cada pedazo que abandonaban. Su boca exigía su rendición inmediata, sin condiciones. Sara cayó prisionera de su enemigo. Sus brazos rodearon el cuello masculino, mientras el suyo propio ardía por obtener sus atenciones. Gabriel no se hizo de rogar, enterró su boca allí donde era demandada, succionando a placer la piel que se le ofrecía. Pero aquello no fue suficiente. Regresó a los labios excoriados, tras la posesión a la que habían sido sometidos anteriormente, y se deleitó con la aceptación de Sara.

Una vez más, Gabriel había ganado. Aquello no era un beso, era una carta de intenciones. Dejaba claro a los ojos de don Luis que ella le pertenecía y que tenía todo el derecho del mundo a tomarla donde le viniese en gana.

—Ejem, ejem…

El abuelo hizo notar su presencia, al darse cuenta de lo que estaba sucediendo allí, tras adaptar su visión a la poca luz del recinto.

—Siento mucho interrumpiros, pero es necesario que vengas conmigo, marqués —dijo mirando con picardía a su nieto, pero este seguía sin apartarse de Sara.

—¿Estás seguro de que es urgente que vaya ahora mismo, abuelo? Como has podido observar, en estos momentos tengo otro asunto entre manos que requiere de toda mi atención.

—Sí, lo es. ¡No te comportes como un adolescente en celo y ven conmigo! Venga, Sara, convéncelo tú. Ya sois mayorcitos y podréis conteneros. Esta noche en vuestra cama nadie os interrumpirá. ¡Vamos!

A Sara le pateó el hígado la cara de superioridad de Gabriel cuando la miró para confirmar que hubiera entendido bien las palabras del anciano.

—Tú ganas, abuelo, pero, por lo menos, déjame que le pida perdón por esta demora a mi mujer.

¿Con qué derecho la llamaba así? «Con el que tú le has concedido desde el momento en que aceptaste su chantaje». De nuevo, Sara se vio en los brazos de Gabriel, pero esta vez su beso fue más tierno, no tan pasional, pero sí más seductor. Aquello hizo que a su memoria volvieran los besos de Alejandro y se sintió fatal por lo que había consentido que pasase.

—Adiós, mi querida zábila, esta noche prometo compensarte por esto.

Gabriel y su abuelo se marcharon, dejando a Sara sin saber qué pensar sobre aquella última frase de despedida.

La maldición de los Luján
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