Cobarde. Así se sentía Sara tras haber huido al cuarto de baño después de que Gabriel le formulase aquella pregunta. La realidad había caído sobre ella como una losa. No tenía excusas. No solo había permitido que aquello sucediera entre ellos, sino que lo había deseado con desesperación. Pero, afrontarlo ahora, tras el momento de pasión, era otro tema.

Las reglas del juego acababan de cambiar y ella las había aceptado al entregarse a Gabriel de aquella forma.

Sara tuvo ganas de darse de bofetadas. «¿En qué estabas pensando?», se recriminó. «Ese es el problema, que, cuando estás con él, no piensas». ¡Si ni siquiera habían tomado precauciones! Aquello era una locura, no le podía estar pasando a ella.

Jamás había estado tan perdida.

Respiró hondo tres veces buscando apaciguar sus nervios. Lo primero que tenía que hacer era controlarse. Después, se obligó a analizar la situación y comprendió que el origen de todo había sido Alejandro. Si no hubiera vivido aquellos maravillosos días con él, su relación con Gabriel hubiera sido muy diferente. Jamás hubiera permitido que la tocase. Ella no se hubiera puesto en evidencia delante de él, como había hecho desde el principio cuando visitó las instalaciones de Ednor, dándole pie a pensar que podría obtener de ella algo más que un simple acuerdo de negocios.

Alejandro. Volvió a pensar en él. Su primera equivocación había sido huir de aquella despreciable manera. Si hubiera afrontado la realidad de lo que había empezado a sentir, ahora no se vería en esa tesitura.

«Pero tampoco tendrías la posibilidad de ser dueña y señora de Ednor», se recordó.

Si hubiera continuado su relación con Alejandro, nunca hubiera podido aceptar el trato que Gabriel le había propuesto. ¿Cómo podría casarse con un hermano estando sentimentalmente ligada al otro?

Y entonces le asaltaron más dudas todavía. Pensó en lo que había sentido cuando vio a Gabriel en la puerta de su habitación tras dos semanas de ausencia. ¿Realmente buscaba en él a un sustituto de Alejandro? ¿No habría empezado, de forma inconsciente, a sentirse atraída por él? ¿De verdad hubiera permitido que ocurriese entre ellos aquel momento de pasión desenfrenada solo por el parecido que existía entre ambos hermanos? Alejandro le había dado ternura, comprensión, placer. «¿Qué te ha dado Gabriel, Sara?» «Nada.» «¡Mentira! Te ha dado lo que más deseabas en el mundo. Poder. Pasión.» «¡No! ¡Yo no soy así!»

Muchas preguntas. Respuestas contradictorias. ¿Cómo decidirse si no tenía claro lo que quería? El sueño de noches pasadas la golpeó en toda su magnitud al darse cuenta de la realidad de su situación.

Y entonces lo tuvo claro: necesitaba contactar con Alejandro, tenía que aclarar lo que sentía por él, aunque él ya no quisiese saber nada de ella. Después, hablaría con Gabriel y le contaría toda la verdad.

Había tomado una decisión.

Sara fue consciente de que había optado por nadar hacia una de las barcas que aparecían en su sueño y, seguramente, ni siquiera fuera bien recibida al llegar a ella. Conocía el alto precio que tendría que pagar por aquella elección, pero, si jugaba bien sus cartas, Ednor permanecería a flote, aunque ella jamás pudiera regresar allí. Su propio futuro sería el gran perdedor.

La maldición de los Luján
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