Dos semanas sin saber nada de él y ahora se presentaba así, de improviso, exigiendo explicaciones. No tenía ningún derecho a reclamarlas.

Pero su realidad era otra. A Sara le había dado un vuelco el corazón al verle allí, en la puerta, y no precisamente porque se sintiera pillada en una situación comprometida. Él por fin había regresado.

Cuando logró recuperarse de la impresión, se dio cuenta de que la cara de Gabriel no auguraba nada bueno. Tenía las mandíbulas apretadas y los ojos inyectados en furia asesina. Entonces, por primera vez, fue consciente de que la imagen con la que le habían recibido, sacada fuera de contexto, podría ser malinterpretada con mucha facilidad. Se vio a sí misma en camisón, precisamente con uno de los que él le había regalado, al lado de la cama y abrazada a David como si estuviera a punto de darle un beso. Temió porque aquello se les fuera de las manos. Lo último que deseaba era causar un problema al hombre que le había salvado la vida y que, con tanto cariño, se había encargado de ella durante su convalecencia en el hospital.

Sin embargo, este reaccionó con mucha tranquilidad y, después de asegurarse de que Sara se sostuviese por sí misma sin problemas, se acercó a Gabriel y con una amplia sonrisa le dio dos golpes en la espalda en señal de camaradería.

—Me debes una, primito. Ahí tienes la explicación que querías, y que conste que me han sobrado dos segundos.

—¿Ah, sí? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme después de lo que acabo de ver? —Gabriel no parecía para nada convencido con aquella explicación. Había rebajado un poco la tensión en su rostro, pero la mirada homicida todavía permanecía en sus ojos.

—Por supuesto. Si no llega a ser por mí y por lo buen médico, aparte de listo y guapo, que soy, te hubieras quedado con las ganas de casarte con esta belleza. Así que deja a Sara que se duche tranquilamente y baja conmigo a desayunar mientras te lo cuento. Ya tendrás tiempo de verla luego. Es una orden de su doctor.

Gabriel se dejó arrastrar por David fuera de la habitación, pero antes de marcharse se dio la vuelta descargando toda la intensidad de su mirada en ella. Sara comprendió perfectamente la amenaza implícita en aquel gesto: «Ten por seguro que esto no va a quedar así».

Se tomó su tiempo en la ducha. Volver a ver a Gabriel había sido un impacto, sentía que la adrenalina recorría todo su cuerpo como un torrente imposible de parar. Era incapaz de calmarse, ni siquiera el agua caliente cayendo en cascada sobre su piel conseguía acallar los latidos de su corazón.

Su imagen en la puerta de la habitación se le había grabado a fuego. Con su impoluto traje y aquella mirada depredadora, la había hechizado completamente, y sintió que estaba dejándose llevar por instintos bastante desconocidos para ella.

Aquello era absurdo. ¿Por qué sentirse así, cuando debería estar enfadada con él por no haberla llamado ni un solo día de los que estuvo fuera? «No, no tienes motivos para cabrearte, Sara», se contestó a sí misma. En el fondo, sabía que debería estarle agradecida. Él la había dejado tranquila y había podido trabajar a sus anchas, con mejores medios que nunca y sin tener que dar explicaciones a nadie. ¿Qué más podía pedir? «Una llamada, tan solo una llamada», le contestó una pequeña vocecita oculta en lo más profundo de su corazón.

Tonterías.

Cuando salió del baño, se sorprendió al ver a Gabriel reclinado en la mesita de escritorio situada junto al balcón. La luz matutina recortaba su silueta y se hacía acompañar por una leve brisa que refrescaba la habitación. Se había cambiado de ropa, y, una vez más, el parecido con Alejandro volvió a impresionarla. Tenía que cortar aquello cuanto antes, no podía seguir así.

Entonces cayó en la cuenta de su situación. Tanto tiempo sola le había hecho olvidar que aquel no era su dormitorio, sino el del hombre que ahora la observaba con una extraña mirada en los ojos. Él podía entrar o salir a su gusto, sin pedir permiso a nadie, y menos a ella. Debería tenerlo en cuenta la próxima vez que se metiera en la ducha. Salir del baño tapada solo con un ligero albornoz no era muy decoroso por su parte.

Levantó el mentón en un acto desafiante. Intentaba parecer confiada, mientras esperaba la reprimenda de Gabriel. Si este venía con ganas de pelea, la iba a encontrar. Sin embargo, en un acto reflejo, se cerró con más fuerza el batín.

Gabriel observó en silencio cada uno de sus gestos. Después, con voz seductora, pero firme, le dijo:

—Ven aquí.

—¿Para qué? —Fue su contestación.

—Para esto.

Gabriel la sorprendió capturando su nuca con un movimiento vertiginoso, atrayéndola hacia él con la furia de un huracán. Fue un ataque posesivo, dominante, en el que su boca devoró cada milímetro de sus labios. Aquel castigo no era el que ella esperaba, pero de igual forma se sintió rendida al hombre que la tenía en sus brazos. Solo con un ardiente beso como aquel había conseguido desmantelar todas sus defensas. Había perdido la batalla sin ni siquiera desear pelearla.

Pero aquello no tenía sentido, estaban solos. Él nunca se comportaba así si no era en presencia de alguien de su familia.

—¿Por qué? —consiguió preguntar Sara, liberando ligeramente sus labios de los de Gabriel. Pero este no respondió, sino que cambió el destino de sus besos, deleitándose ahora en su delicado cuello.

—¿Por qué? —insistió ella, aunque cada vez menos interesada en la respuesta.

Entonces, Gabriel la obligó a girarse hacia el balcón. Sara apoyó sus manos en la barandilla de forja negra. Quizás así consiguiera recuperar las fuerzas para darse la vuelta y enfrentarle. Fuera, un sol abrasador lucía en todo su esplendor. Una simple cerilla, comparado con la combustión interna que sufría su cuerpo. De repente, sintió miedo de que se le pudiese abrir el albornoz. Desde aquella posición, cualquiera podría verla.

Gabriel confirmó sus temores cuando le susurró al oído:

—Porque mi abuelo nos está mirando desde el banco que está a la sombra de aquel árbol.

Aquello sí tenía sentido, pero Sara no llegó siquiera a buscar a don Luis cuando sintió de nuevo los brazos de Gabriel rodeándola por detrás. Tuvo la sensación de que aquel cuerpo musculoso actuaba como un potente imán para ella. Y se dejó llevar, deleitándose con los labios de Gabriel, que ahora mordían y succionaban a placer su lóbulo indefenso con una seducción irresistible.

—¿Qué crees que mi abuelo espera que haga en estos momentos después de llevar tanto tiempo sin ver a mi mujer? —ronroneó Gabriel, cautivándola con su voz.

Pero aquella forma de llamarla «mi mujer» trajo a la mente de Sara cierto halo de realidad, y, por un instante, tuvo la lucidez suficiente para contestarle, recordándose a sí misma que todo aquello no era más que una farsa.

—Yo no soy tu mujer, Gabriel —negó, con el sonido más convincente que pudo imprimir a sus palabras.

Y entonces se operó un cambio imprevisible en el hombre que la tenía entre sus brazos. Con un súbito gesto, consiguió girarla de nuevo hacia él. La agarró con firmeza por los glúteos, levantándola en el aire y la depositó en la mesita en la que instantes antes se apoyaba él. Sin darle tiempo a reaccionar, capturó su boca con voracidad y la obligó a que le dejara colocarse entre sus piernas.

Sara fue consciente de las claras intenciones de Gabriel. Desde aquella posición ya nadie podría verlos, el espectáculo había terminado. Lo que ocurriese a partir de ese momento era algo entre los dos. Sara sabía que tenía que pararlo, no debía consentir que aquello sucediese. Eso no era lo que habían acordado. Su pacto solo incluía fingir delante de los demás. Ella nunca accedió a…

Pero su cuerpo no la escuchaba. Cada poro de su piel codiciaba que Gabriel la tocase, la besase, la desease con la pasión con la que lo estaba haciendo en aquel preciso instante.

Con un movimiento posesivo, Gabriel la apretó todavía más, intensificando el contacto entre ellos. Después, mirándola con la furia de un león en celo, apartó súbitamente la tela del albornoz que le impedía disfrutar de la visión de los pechos femeninos y los capturó con decisión. El ardor que sintió Sara por aquel contacto produjo una convulsión tal en su espalda que no pudo evitar echarse hacia atrás, elevando todavía más el objeto de las atenciones masculinas. Un aullido de placer murió en sus labios, cuando la boca de Gabriel volvió a someterla a sus ardientes besos. Estos recorrieron el camino hacia sus pezones y allí comenzaron una dulce tortura de seducción.

Lentamente, Gabriel fue obligándola a que reposase su cuerpo en la pequeña mesita que le servía de apoyo, al tiempo que sus manos se deshacían del batín que todavía cubría su piel. Sentirse expuesta de aquella manera no hizo más que incrementar su excitación. Gabriel la esclavizó con las caricias de sus dedos, proporcionándole placer en aquella parte de su cuerpo que ya estaba más que preparada para él. Su boca trazó una senda de lava ardiente, descendiendo vertiginosamente hasta llegar a su punto de destino.

Al sentir la carnosidad de su lengua saboreando los pliegues de su piel más íntima, quiso morir. ¿Cómo estaba permitiendo que aquel hombre jugase con su cuerpo de aquella manera? Aquel que la había utilizado para conseguir lo que quería, que la había secuestrado, que la había abandonado… Intentó aferrarse a lo que su mente la estaba recriminando a gritos, a la razón… Pero no pudo. Un instinto animal se había apoderado de ella y la tiranizaba completamente en aquellos momentos. Se dejó llevar por sus sensaciones, sin importarle nada más que disfrutar del placer que Gabriel le estaba proporcionando. El clímax le llegó como un torrente desbordado de energía contenida.

Pero aquello no había terminado.

Gabriel comenzó a desnudarse delante de ella y cada uno de sus movimientos fue seguido por los ojos lujuriosos de Sara, que se deleitó contemplando aquel cuerpo tan perfecto. Ninguna mujer en su sano juicio se resistiría ante semejante visión. Y entonces cayó en la cuenta de que ella permanecía oculta por la pared, pero él estaba delante de la ventana, expuesto a la vista de cualquiera que pasase por delante, sin ningún tipo de recato. «Y ¿por qué no lo va a hacer?», se dijo a sí misma Sara, «es el señor de la casa. Todo lo que hay aquí es suyo. Todo le pertenece. Todo».

Una voz interior la traicionó: «¿Incluida tú, Sara?» «No, yo no», intentó justificarse. Mas sus actos contradijeron completamente a sus pensamientos.

Gabriel se acercó a ella con la lentitud traicionera de un felino, colocándose de nuevo entre sus piernas. Pero en esta ocasión, la cogió con firmeza elevándola hasta encontrar la posición idónea para sus intenciones. Sara se aferró a él. Gabriel se quedó quieto, mirándola a los ojos con un velo de pasión desenfrenada en los suyos.

Y, entonces, Sara le besó. Fue ella la que tomó la iniciativa, la que devoró su boca, la que buscó el contacto de sus labios con desesperación. La que destapó la caja de Pandora.

Gabriel accedió a sus deseos. Entró en su interior con la certeza fiera de una falcata. La apoyó de nuevo contra la mesa y comenzó a moverse sujetándola firmemente por las caderas. Sara obtuvo la recompensa que había reclamado para ella, y, con cada acometida, sintió cómo aquel hombre rompía una a una las barreras que su mente había creado contra él.

El ritmo incontenible de sus movimientos fue incrementándose paulatinamente hasta que el momento de éxtasis les llegó a la vez. Sin pedir permiso, sin control, sin excusas.

Sara todavía estaba intentando recuperarse de la experiencia vivida, cuando Gabriel capturó su boca y la besó con intensidad. Después, con la respiración entrecortada y una expresión de desafío en el rostro, le preguntó mirándola a los ojos:

—¿Estás segura, Sara? ¿Todavía sigues pensando que no eres mía?

La maldición de los Luján
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