
—Por favor, dime algo. ¿Te gusta o te parece ridículo?
¿Ridículo? ¿Cómo iba ella a pensar algo así? Alguien se había tomado muchas molestias para hacer de aquel rincón en el cielo un remanso de tranquilidad, confort y sensualidad. Alfombras persas cubrían todo el suelo compitiendo en colorido con los cojines y bancadas almohadilladas que se distribuían alrededor del perímetro de la pequeña torre. Varios farolillos de estilo marroquí iluminaban el espacio, creando con sus diseños geométricos un ambiente de intimidad ambarina. En el centro, una bella y exquisita mesa de latón con patas de madera plegables, típica de las jaimas de los príncipes del desierto, los invitaba a sentarse a su alrededor. Otras de menor tamaño alojaban los suculentos platos que alguien había preparado con esmero para que ellos los saborearan aquella noche. Su delicioso aroma se difuminaba con el de los cercanos arrayanes, señores indiscutibles del reino floral de la Alhambra, que se visualizaba en todo su esplendor a través de los ventanales desnudos de la atalaya. La luz, reflejándose en sus muros, la convertía en un sueño dorado, en el escenario perfecto para una noche de cuento de hadas.
¿Ridículo? No. Maravilloso.
—Es precioso. —Fue su escueta respuesta, una vez que consiguió articular palabra.
—No, en serio —Gabriel parecía preocupado por su reacción—, si no te apetece sentarte en un cojín para cenar o no te gusta la comida árabe, no hay problema. Ahora mismo nos vamos a otro sitio.
Sara captó un pequeño atisbo de desilusión pintado en sus ojos. Rápidamente, tomó sus brazos y le hizo girarse hacia ella.
—Te aseguro que me encanta —confirmó con la ilusión que sentía reflejada en su rostro—. Me apetece un montón cenar en el suelo encima de unos cojines. No lo he hecho en mi vida, y, además, será la primera vez que pruebe comida árabe, así que ni se te ocurra pensar ahora en llevarme a otro sitio. ¡No me voy de aquí ni a tiros!
Terminó aquella perorata esperando no haberse equivocado con la suposición de que Gabriel no quería marcharse. Quizá fuese a él al que no le hiciese ninguna gracia tener que agacharse para cenar. Era difícil imaginar al todopoderoso señor Luján sentado en una mesa que no estuviese vestida con un inmaculado mantel de hilo y una bella vajilla de porcelana presentando ricos manjares.
Pero su instinto no le había fallado.
—Entonces no nos quedará más remedio que cenar aquí —sentenció Gabriel en tono jocoso, con el rostro iluminado por la satisfacción—. ¡Cualquiera aguanta a mi abuelo cuando le digas que te ha gustado el decorado que nos ha preparado! Va a estar restregándomelo por las narices durante semanas.
—¡Eso hará que todavía me guste más! —se burló Sara.
Por fin se sentaron alrededor de la mesa. Más que una cena formal, aquello pretendía ser una exquisita degustación. Cada plato se identificaba con un pequeño cartelito que Sara comenzó a leer, pero sin tener ni idea de lo que iban a comer: Plato de la Sultana Cocinera, Plato de las Tres Religiones, Balah al-Sham, Plato de las Tres Rejas.
—Qué nombres más poéticos —comentó Sara.
—Los dueños del restaurante que se ha ocupado de esto son amigos de mi abuelo y, al igual que él, grandes amantes de todo lo que tiene que ver con la cultura nazarí. Son muy conocidos en esta zona y, aunque no te lo creas, también se han hecho muy populares en el mundo entero gracias a un descubrimiento muy especial.
—¿Y eso? —se interesó Sara, intentado decidir por cuál de aquellos apetecibles platos empezar su experiencia gastronómica.
—Pues, hace unos años, remodelaron la bodega y, buscando elementos para decorarla, se toparon con una antigua mesa que encontraron en el barrio del Albaicín. Al ir a colocarla, la casualidad quiso que un golpe abriera un compartimento secreto y en él apareciera un antiguo tratado de recetas nazaríes.
—¡Venga, ya! ¡Te estás quedando conmigo! —rio Sara, suponiendo que Gabriel quería tomarle el pelo.
—¡Que no, de verdad! ¡Te lo estoy diciendo en serio! Ahora todo el que quiera puede saborear las recetas encontradas en su restaurante. Además, cada plato va ligado a una leyenda nazarí, de ahí su nombre.
—¡Que no me lo trago! —contestó completamente escéptica—. ¡Qué casualidad que fuera un libro de cocina y no uno de medicina que no les hubiese servido de nada!
—Bueno, si no me crees a mí, pregúntale a mi abuelo. Tengo entendido que se inspiraron en una idea que les dio él para crear el Reto Nazarí…
Sara sabía perfectamente que iba a caer en una trampa, pero la pregunta le quemaba en la lengua.
—Vale, tú ganas. ¿Qué es el Reto Nazarí?
—Búscalo en internet y lo averiguarás —contestó Gabriel con mirada retadora.
—¿Estás de coña? —preguntó completamente desconcertada, casi atragantándose con un trozo de lo que parecía una empanadilla de pollo y berenjenas llamada Plato del Califa—. ¡Te inventas una historia como esa, y ahora me dejas así!
—No dejo de sorprenderte, ¿verdad? —contestó Gabriel, entornando los ojos de forma seductora—. Además, recuerda que, la mayoría de las veces, lo interesante no está en la respuesta, sino en el camino que recorres para llegar a ella.
—Ahora hablas como don Luis —respondió Sara con el ceño fruncido y un tremendo autocontrol para no sacar su móvil y desvelar la realidad de toda la historia que Gabriel le había contado.
—Es posible. Dicen que todo se pega, menos la hermosura.
«No te creas, en eso también te pareces a él», pensó Sara perfilando con su mirada cada detalle del rostro masculino. Entonces, vio cómo su expresión cambiaba y sus ojos se perdían en el pedazo de Balah al-Sham que acababa de coger entre sus dedos.
—La primera vez que vi uno de estos, le pregunté a mi abuelo con qué se tomaban los nazaríes esta especie de churros si no tenían chocolate caliente para mojarlos. Aún recuerdo su sonrisa. ¿Sabes que a él le encantaba montarnos teatrillos como este en el patio central del cortijo?
En la mente de Sara apareció la foto infantil de los tres primos. Felices e inocentes. Ajenos a las desgracias que les depararía el futuro. Gabriel continuó hablando, ensimismado en sus recuerdos.
—El manto del firmamento era nuestro techo. Unas viejas alfombras en el suelo, varios cojines y alguna mesita de madera no muy alta era todo lo que necesitaba para despertar nuestra joven imaginación. Bajo la luz de algunas velas, cenábamos platos que, según él, habían sido preparados al igual que se los servían a los grandes sultanes nazaríes. Nos contaba historias sobre la Alhambra, sobre las batallas de la Reconquista… Nos hablaba de grandes personajes, de sus aventuras, de sus viajes… Te puedes imaginar… Tres chiquillos que convertían sus palabras en el mejor alimento para sus sueños. Aquellas inolvidables noches de verano eran mágicas.
Sara no sabía si intervenir o no. Tres. «Tres chiquillos» había dicho. Gabriel, David y Alejandro. ¿Sería el momento de preguntarle por él? Tenía la sensación de que Gabriel comenzaba a abrirse a ella, pero por nada del mundo quería estropear aquella maravillosa cena ideada por don Luis. Sara pensó en él. Era increíble la influencia que tenía sobre sus nietos, aunque ni ellos mismos se diesen cuenta. Conocía esa realidad. Cuántos matices de su carácter, de su comportamiento, incluso de sus miedos, estaban cimentados en las vivencias con su abuela María. No pasaba ni un solo día en su vida que no la echara de menos.
—Cuéntame alguna de aquellas historias. La que más te impactó, la que todavía recuerdes con especial cariño —pidió Sara, sin tener muy claro que él fuera a acceder a su petición.
Pero sí lo hizo.
—Bueno, hay una muy especial para mí, pero creo que si te la cuento tendrás argumentos para burlarte de mí durante años…
—¡Esa seguro que es perfecta! —exclamó Sara, con la chispa de la provocación reflejada en sus ojos—. ¡No puedo esperar a conocer algún «trapo sucio» tuyo!
—Está bien. Te revelaré mi secreto, pero espero que sepas apreciar la magnitud de mi confesión… —accedió Gabriel con aire de misterio, no carente de un velado toque de seriedad—. Una noche, cuando ya no éramos tan críos, el abuelo nos habló de Gerald Brenan, un inglés que vivió por aquí a principios del siglo XIX. Escribió un libro muy famoso llamado Al sur de Granada. ¿Te suena? Hace unos años hicieron una película sobre él.
El gesto de Sara dejó claro que no había oído hablar en su vida ni del escritor ni del libro.
—Bueno, mi abuelo nos contó que resultaba fascinante ver reflejada a la sociedad granadina de la época bajo el punto de vista de un inglés, pero a nosotros lo que de verdad nos impactó fue una de sus aventuras… —Una encantadora sonrisa se le escapó por la comisura de los labios—. Imagínate. Éramos jóvenes y la testosterona nos rebosaba por las orejas, así que estuvimos semanas fantaseando con la leyenda que contaba Brenan en su viaje a las lagunas del Mulhacén.
—No —se adelantó Sara a la pregunta que iba a formular Gabriel—. La respuesta es «no». Ni he estado ni había oído hablar de esas lagunas hasta ahora.
—¿Desde cuándo sabes lo que voy a decir antes de que lo diga? —protestó este levantando una ceja en señal de incredulidad.
«Desde que tus ojos no tienen secretos para mí», pensó Sara, completamente sorprendida de sí misma por haber podido concebir semejante idea. Intentó apartar ese absurdo pensamiento de su mente incitando a Gabriel para que siguiera con la historia.
—Y ¿qué tenía de morbosa esa leyenda para despertar semejante pasión juvenil?
—Pues ¡qué iba a tener! Lo básico: mujeres y sexo —rio Gabriel con sinceridad—. Pero, bueno, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! Te iba a hablar de los Ojos del Mar. Así llamaban los pastores locales a las lagunas, porque existía la creencia de que sus aguas se comunicaban con las del mar. Contaban que, a pesar de estar a tres mil metros de altura, en los días de temporal, se podían escuchar en ellas ruidos extraños…
Sara observaba embelesada cómo Gabriel se metía cada vez más en su papel de cuentacuentos. Se le veía feliz, relajado, ajeno a todo lo que no fuera impregnar su narración de un dramatismo novelesco que hacía las delicias de Sara.
—Una de esas lagunas, la que llaman Vacares, posee un misterio especial. Dicen que en sus profundidades se encuentra un palacio que fue construido por un rey moro. En él habita una hermosa mujer que sufre un deseo insaciable de acostarse con hombres…
—¡Venga ya! —Sara casi se atraganta de la risa cuando oyó esa parte de la historia.
—Chis —silenció Gabriel haciéndose el ofendido de forma teatral—. Tú has querido conocer la verdad y ahora no puedes interrumpirme.
Movió la cabeza en señal de aceptación sabiendo de antemano que no lo cumpliría. Estaba disfrutando con aquella vena artística de Gabriel.
—Es la necesidad la que mueve a esta desdichada mujer a arrastrar a las profundidades de la laguna a toda persona de sexo masculino que se bañe en sus aguas.
—¿¿A tres mil metros de altura?? ¿Tú sabes el frío que tiene que hacer allí? ¿Quién en su sano juicio se va a bañar en ese agua? —interrumpió Sara, confirmando su propia suposición anterior.
—¡Equilicuá! Tú lo has dicho. La pobre tiene que buscarse otras artimañas para conseguir que los hombres la sigan a su paraíso acuático. A todo aquel pastor que aparece lo seduce con sus encantos para acercarlo al borde de la laguna y luego lo empuja dentro del agua helada.
Con la excusa de crear un clima de misterio, Gabriel había ido avanzando terreno hasta situarse a escasos centímetros de Sara. La cena hacía tiempo que había quedado relegada a un segundo plano. La tenue luz de los farolillos invitaba a las confesiones, a los suspiros, a los deseos contenidos. El susurro embaucador de la voz de Gabriel atrapaba la mirada femenina en los apetecibles labios que describían el relato.
—Por las noches, sale del agua con sus formas voluptuosas y, si se encuentra con algún pobre pastor o viajero que duerme al amparo de las rocas, se acuesta junto a él y le prodiga toda clase de caricias y atenciones sexuales. Una vez que el pobre desdichado queda agotado por semejante esfuerzo, se lo lleva a su mansión subacuática. Allí, permanecerá condenado a recibir placer por el resto de la eternidad.
—«Pobre desdichado», sí. ¡Qué pena me da! —comentó Sara intentando paliar con frases irónicas la tensión que estaba empezando a sentir por la proximidad de Gabriel—. Ahora comprendo qué fue lo que os gustó tanto del relato de vuestro abuelo. ¡Apuesto a que soñabais con ofreceros voluntarios para acompañar a la sirenita!
—No vas mal —confirmó Gabriel, con una mueca simpática en la cara—. Los tres alegres aventureros decidimos seguir los pasos de Brenan y nos fuimos de acampada a la laguna.
—¿Y? —preguntó Sara intrigada, aunque estaba claro cuál era la única respuesta posible.
—¿Quieres saber si apareció la mujer de la leyenda? ¿Si pasamos una noche de sexo desenfrenado con ella? ¿Si nos sedujo para que la siguiésemos a las profundidades de la laguna? —¿Por qué aquellas palabras sonaban tan seductoras en sus labios?
—No. Ya me imagino la respuesta —consiguió responder—. Os pasasteis la noche solos, tiritando de frío y con la sensación de haber creído en cuentos.
—Te equivocas, Sara. Yo sí la vi —susurró Gabriel, en un último avance hacia ella—. En mis sueños, la mujer más bella del mundo surgió del agua y vino a mí como una diosa. Sus curvas era perfectas, su rostro, inigualable.
Gabriel acarició con su dedo el óvalo de la cara de Sara y esta pensó que se derretiría allí mismo.
—Un rostro que no me era extraño, unas facciones que conocía a la perfección inmovilizadas en el cuadro que mi abuelo custodiaba en su pequeño santuario. Toda mi vida había fantaseado con besar aquellos labios indomables, con entrelazar mis manos en sus mechones de pelo negro con sentir el calor de su piel bronceada bajo mi cuerpo. Y aquella noche, mi deseo me fue concedido. Jamás pensé que hacer el amor pudiera ser tan maravilloso. Una entrega total por ambas partes, sin pensar en otra cosa que no fuera el placer compartido. Mis labios recorrieron cada porción de su piel, mi lengua arrancó de su boca excitantes gemidos cargados de erotismo. Todo en ella era sensualidad y pasión, dulzura y seducción. Cada beso suyo quedó tatuado en mi mente, en mis recuerdos. Hicimos el amor hasta el amanecer, y al despertar supe que aquella mujer me pertenecía, que sería mía para siempre. Supe que, como quisiera que fuese, estaríamos unidos por el resto de nuestros días.
Sara sintió cómo cada una de aquellas palabras alimentaba la dicha de su alma y la incitaba a romper la barrera de su piel para elevarse a las estrellas. Jamás se había sentido tan eufórica, tan llena de vida, tan absolutamente feliz. ¿Cómo era posible que Gabriel hablase así de ella, que la viese como a una diosa salida de la laguna, bella, sensual y apasionada? «Un sueño hecho realidad», había dicho.
Entonces, comprendió. Su propio anhelo la había llevado a cometer un terrible error. A creerse la protagonista de una preciosa historia de amor, cuando no era más que un personaje secundario, una sustituta a los ojos de Gabriel. Sintió cómo su corazón, desterrado del cielo, caía en picado a la dura y amarga tierra de los mortales. «Ilusa, tu rostro es similar al suyo, pero tu esencia es distinta. No eres ella. Gabriel solo ve en ti a una sustituta de carne y hueso con la que poder realizar sus fantasías. Acéptalo.»
—Soñaste con Mercedes, ¿verdad? —preguntó intentando ocultar la desilusión que ahogaba su voz. Se moriría de vergüenza si Gabriel descubriera que, durante un instante, había delirado con que aquellas preciosas palabras se referían a ella.
—Eso pensé durante muchos años. Al principio, me refugiaba en la biblioteca para contemplar a solas el cuadro, y, aun sabiendo que todo había sido fruto de mi imaginación y que la dueña de aquellos deseables labios llevaba muerta desde hacía siglos, me aferraba a su recuerdo con una desesperación propia de un demente. Pensé que me estaba volviendo loco, vivía obsesionado con la desdicha de saber que jamás podría volver a tenerla.
Sara comprendió que no se había equivocado. Aquella mujer lo había mantenido hechizado durante toda su vida, ni siquiera Leydis había podido competir con ella.
—Sin embargo, había algo que no encajaba —continuó Gabriel capturando el rostro de Sara entre sus manos—. Cuando miraba fijamente la imagen del cuadro, no reconocía en ella a mi amante, a la seductora ninfa que me tenía embrujado. No supe lo que fallaba hasta que te vi por primera vez. Entonces recordé un pequeño detalle del sueño, algo que había quedado olvidado en mi memoria. Mi dama de la laguna no tenía los ojos verdes como Mercedes, sino negros como la noche… Negros, como los tuyos. En ese preciso instante, supe que eras tú.
Un beso selló su confesión. Intenso como el almizcle. Profundo como un abismo. Incandescente como el corazón del Sol.
Sabía que todo aquello no tenía ningún sentido. Era imposible que Gabriel hubiera soñado con ella muchos años antes de conocerla. Su mente racional se negaba a aceptar aquella versión de la historia en la que parecía que ambos estaban destinados a encontrarse en el futuro. En la que se suponía que sus vidas estaban unidas por un vínculo especial revelado en una noche de delirio juvenil.
Pero le daba igual.
Gabriel deslizó su mano por la cintura de Sara y, sin apartar sus labios de los de ella ni un solo instante, la tumbó suavemente en los acogedores cojines del suelo.
— Tú y yo, para siempre…
Una promesa. Así sintió Sara las palabras de Gabriel en su corazón. Y entonces comprendió la realidad de la situación. Él había puesto al descubierto su alma, sin conocer la verdad que ella escondía. Alejandro. No podía seguir engañándole. Por mucho que le doliera, no podía consentir que lo que había surgido entre ellos creciera sobre la base de una mentira.
—Gabriel, tengo que hablarte de algo —dijo, escapando a duras penas de su boca—. Es muy importante que sepas que…
—No, Sara —prohibió Gabriel, silenciando su voz con un beso—. Esta noche es para nosotros. Yo también tengo que confesarte muchas cosas de mi pasado, pero ya habrá tiempo para eso. Aquí y ahora. Tú y yo. Nada más.
Fue tan fácil dejarse convencer…
Las manos de Gabriel se perdieron bajo la camiseta de Sara, desvaneciendo a su paso cualquier obstáculo que su mente pudiese interponer en su camino. Sus besos aplacaron las protestas de los pensamientos acusadores de su silencio. Obedeció fielmente los deseos de Gabriel, perfectos reflejos de los suyos propios. «Aquí y ahora. Tú y yo. Nada más.»
Aquella noche, bajo la custodia vetusta de la Alhambra, sus cuerpos se unieron al abrigo de sus caricias, de sus emociones encontradas más allá de los secretos, de los suspiros que se elevaban al cielo, rociados con el calor de sus besos.
Aquella noche, Gabriel y Sara pasaron a formar parte de los privilegiados que, a lo largo de los siglos, fueron escogidos para que sus susurros de amor vagasen eternamente por los jardines del Paraíso Rojo.