—¿Dónde estás?

Según formuló aquella pregunta de manera tan inquisitiva, se arrepintió terriblemente de haberlo hecho.

Gabriel no había ido al despacho aquel lunes, como hacía todas las mañanas desde que ella trabajaba allí. De hecho, ni siquiera había dormido en su habitación la noche anterior. El reloj de su móvil marcaba las 11 de la mañana cuando la vibración indicó que tenía una llamada. Al escuchar la voz autoritaria de Gabriel, se preguntó cómo tendría él su número, pero luego se dijo a sí misma que cualquiera en su oficina podría habérselo proporcionado.

Al otro lado del teléfono, él se rio al escucharla y preguntó con arrogancia.

—¿Es que acaso me echas de menos?

«Esto me pasa por idiota», pensó Sara mientras se daba cuenta de que, efectivamente, ya se había acostumbrado a su presencia y le parecía extraño no verlo sentado en su despacho.

—No digas estupideces —contestó con cierto desprecio en su voz—. ¿Qué quieres?

—Nada importante. Te llamo para informarte de que estaré fuera toda la semana. Ayer tuve que salir para Tokio de forma urgente. Intenté llamarte antes de coger el avión, pero no te encontré y tenías el móvil apagado.

Aquello era cierto. Tras la conversación con Juana, estuvo deambulando fuera del cortijo y había perdido la noción del tiempo. No se había dado cuenta de que tenía el teléfono apagado hasta que, esa misma mañana, había ido a enviar un email.

—Solo quería recordarte nuestro acuerdo. Aunque yo no esté, no puedes salir de allí. Tienes que estar con mi abuelo. ¿Está claro?

—Clarísimo. Y ahora, si me disculpas, tengo cosas más importantes que hacer que perder el tiempo en esta conversación.

No esperó a que él le contestara, apagó el móvil y lo tiró encima de la mesa. Estaba cabreada. «Aguanta un poco más, Sara. En cuestión de unas semanas serás libre y podrás tener todo lo que deseas.»

La cena, a solas con don Luis, fue muy amena. Le contó innumerables historias del pueblo y de sus gentes. Él había vivido siempre allí a pesar de que, por su posición social, podría haberse codeado con la aristocracia de la capital. Sara recordó el momento en que Alejandro se había reído al pensar en su abuelo viviendo en Madrid. Ahora lo entendía. Aquel adorable anciano tenía sus raíces en esa tierra, y era feliz como no lo hubiese sido en ningún otro lugar del mundo.

Después de cenar, don Luis le pidió que lo acompañase un momento a la biblioteca. Por el camino, aprovechó para resolver una duda que la intrigaba desde hacía tiempo.

—¿Puedo preguntarle por qué Juana lo llama «don Luis» y a su nieto «señor marqués» si el título no lo ostenta él? ¡Todo el mundo lo trata de marqués, incluso usted!

—Cosas de chiquillos —rio el abuelo—. De niño le encantaba decir que sería el siguiente marqués de Mondéjar. Juana y yo nos burlábamos de sus pretensiones llamándole de esa manera, y, con el paso del tiempo, lo que empezó como una especie de apodo perduró. Ahora seguimos utilizándolo incluso para hablarle formalmente y los demás también.

Sara comprendió que la obsesión de Gabriel por aquel reconocimiento le venía desde su más tierna infancia. Era difícil luchar contra aquello.

Don Luis se dirigió hacia la chimenea y abrió la compuerta que escondía el retrato de Mercedes.

—Todavía me parece increíble el parecido que tenéis —dijo volviéndose hacia ella.

—Me dijo Juana que el cuadro lo pintó Joaquín, pero a mí me recuerda mucho a los de Julio Romero de Torres —comentó Sara pensando en las veces que le habían dicho que ella se parecía a sus modelos.

—Sí, eso es porque él vio este cuadro —explicó el abuelo, sin tener muy claro lo que ella sabía de la historia—. Mi padre me contó que Romero de Torres era amigo de Joaquín; de hecho, hasta asistió a su boda con Mercedes. Comentaba que había quedado tan impresionado por esta pintura, y por la belleza cautivadora de ella, que fue su verdadera inspiración para los cuadros que creó después. En la familia siempre se ha dicho que la trágica muerte de Mercedes le afectó tanto que por eso pintó Mira qué bonita era, un par de años después del suceso. Pero, claro; todo eso no son más que conjeturas!

—Puede ser, pero tampoco creo que haya nadie que pueda decir con exactitud que no fue así, ¿no le parece?

Don Luis sonrió y se la quedó mirando durante unos segundos antes de continuar hablando. Cuando lo hizo su voz sonó pausada pero con un halo de expectación que no pudo ocultar.

—¿De dónde es tu familia, Sara?

Bueno, esa pregunta hacía tiempo que se la esperaba. Era normal que el abuelo intentara encontrar un vínculo entre ambas mujeres más allá de una mera apariencia física fortuita, y en el fondo sentía pena por tener que desilusionarle.

—Pues la rama de mi padre es americana, descendientes de esos colonos que salen en las películas —intentó bromear para quitarle hierro al asunto—, y la de mi madre, de Madrid.

—¿Y ninguno de tus abuelos españoles era del sur? —insistió él sin darse por vencido—. Tienes los rasgos típicos de las mujeres andaluzas.

—Ninguno. Mi abuela María me contaba que siempre tenía que regañar a mi abuelo cuando él decía que era tan ateo que, para no tener que bautizarse, había venido al mundo el día en que los republicanos empezaron a quemar iglesias en Madrid. Lo irónico es que se conocieron un domingo en que mi abuelo tenía que hacer unas fotos en la parroquia y justo ella entraba en misa.

—Bonita historia —comentó don Luis con un poco de pesar en la voz. Después se giró nuevamente y sacó un pequeño cajoncito alargado e incrustado en la piedra del que extrajo un pedazo de terciopelo negro. En su interior, un precioso collar de esmeraldas relucía con la luz de las lámparas.

—Quería enseñarte esto. Será mi regalo de boda y me gustaría que lo llevaras el día de la celebración.

Sara se quedó perpleja. No podía aceptarlo.

—Por favor, Sara, hazlo por mí. Sé que Dios te ha puesto en mi camino para liberar a mi familia de la pesada carga que soportamos desde hace generaciones. Joaquín se lo regaló a Mercedes para que lo luciera mientras le hacía este cuadro. Al igual que ella, tú estarás preciosa con él.

Entonces, Sara se dio cuenta de lo que decía el abuelo. El collar se veía majestuoso en el cuello de aquella muchacha.

—Lamentablemente, el anillo que ves en su mano fue robado unos años después por unos bandoleros que asaltaron el carruaje en el que viajaba la que, en aquella época, era esposa de Joaquín. La pobre no sobrevivió al encuentro —dijo el anciano con pesar en su voz.

Sara se dio cuenta de que el hombre estaba pasando un mal trago y, mientras él guardaba el collar en aquella especie de caja fuerte, ella decidió mirar en otra dirección para que no se sintiera avergonzado.

La estantería estaba llena de fotos y Sara se sorprendió al comprobar que muchos de los que estaban allí retratados salían en la portada de las revistas que compraba Marta habitualmente. Hasta había una litografía del pequeño Felipe de Borbón, realizada muchos años atrás, acompañando otras felicitaciones navideñas de la familia real.

Sin embargo, aquello desapareció de su mente al ver un precioso marco de plata en el que se alojaba una foto que ella conocía. No pudo evitar el temblor de sus manos al cogerla. Tres niños sonrientes, sin preocupaciones en la vida, parecían desentonar en aquel lugar solemne y oscuro.

Era su oportunidad. Si quería saber algo de Alejandro, aquel era el momento. De la forma más inocente que pudo, preguntó a don Luis:

—¿Y su otro nieto?

El anciano miró tristemente a la foto y respondió:

—Mi nieto tomó su propia decisión hace mucho tiempo. Solo espero que, allí donde esté, sea completamente feliz.

No era suficiente. Necesitaba saber más. Ya había llegado a la conclusión de que Alejandro se había marchado de casa, pero no podía vivir con la duda de por qué lo había hecho, qué había pasado para que renunciase a todo aquello que durante muchos años le había hecho feliz.

Sara quería seguir interrogando a don Luis, pero en aquel preciso instante vibró su móvil. Era un whatsapp de Gabriel. Solo decía: «¿Todo bien?».

Tuvo ganas de contestarle: «¡NO, no todo está bien! No sé qué está pasando. No sé dónde está Alejandro. No sé por qué no me llamas en lugar de enviarme este mensaje. No sé qué hago en este lugar. No sé por qué mi vida se ha vuelto patas arriba.»

Pero, en lugar de eso, escribió un simple y escueto «sí» que no obtuvo respuesta.

Sara había desayunado sola porque don Luis no se encontraba bien y no había querido levantarse. Preocupada, se dirigió a la oficina y allí se encontró con una Paula que parecía especialmente contenta esa mañana. Al verla llegar, esta le había comentado de forma amigable que el jefe, como siempre lo llamaba, le había pedido que le hiciera compañía mientras él estuviera fuera. Sara comprendió que lo que realmente le había pedido era que la vigilase, pero no hizo ningún comentario al respecto. Se lo agradeció con una sonrisa un tanto forzada y nada más.

A la hora de la comida, David se unió a ellas. Había venido a ver qué le pasaba a su abuelo, y al final consiguió que este se animase a salir de la cama para comer con ellos.

Paula monopolizó la conversación bromeando sobre lo explotada que la tenía el jefe, que se había pasado toda la mañana llamándola por temas de trabajo, aunque también le había contado lo mucho que le había gustado el Palacio Imperial, y le había explicado con pelos y señales todo lo que había visto.

—Por lo menos podré verlo yo también, ya me ha encasquetado un viajecito con él en septiembre para terminar de arreglar la movida que se ha liado allí.

Septiembre. Si todo iba bien, por aquellas fechas, ella ya no estaría en el cortijo, habría salido de la vida de Gabriel y podría dedicarse plenamente a la suya.

Sin embargo, sintió cierta irritación por las palabras de Paula. A ella solo le había enviado un triste whatsapp.

Por la tarde, después de trabajar, Sara fue a visitar a don Luis a su cuarto. Juana le había dicho que se había vuelto a la habitación en cuanto terminaron de comer. Al verla, el anciano le agradeció la visita y luego le pidió que se sentara cerca de su cama. Tenía que contarle algo.

—¿Sabes que Paula es la nieta de Pilar, nuestra antigua gobernanta? —comenzó a explicar el abuelo—. Juana la sustituyó cuando nacieron los niños.

—No, no tenía ni idea. —Nadie le había explicado la relación tan estrecha que aquella despampanante mujer tenía con la familia Luján.

—Su madre se llamaba Ana. Prácticamente se crió aquí, junto a mi hijo Miguel, el padre de los chicos. Sin embargo, nunca hicieron muy buenas migas. Aunque me duela reconocerlo, él nunca fue un dechado de virtudes. Se enamoró, por decirlo de alguna forma, de la chica más atractiva del pueblo, Rosa. El nombre le hacía justicia. Era delicada, dulce, preciosa, con los ojos azules más bonitos que nadie hubiera visto jamás en el pueblo. Aquella muchacha siempre me gustó, pero desde el principio tuve la sensación de que no quería a mi hijo.

—Pero se casó con él, ¿no? —Sara comprendió de quién habían heredado los gemelos sus ojos azules.

—Sí, lamentablemente, lo hizo. Me imagino que obligada por sus padres, cuando el «señorito del cortijo» —pronunció con desprecio— se interesó por ella. Rosa era la mejor amiga de Ana. Desde niñas habían sido siempre inseparables. A veces pensé que la «amistad» que las unía era exagerada… Tú ya me entiendes. En aquella época nadie se planteaba este tipo de relaciones… Ahora los jóvenes tenéis una mente más liberal para ciertos temas….

Sara interpretó lo que don Luis no se atrevía a pronunciar. Incluso para un hombre abierto a los nuevos tiempos como él, el amor entre dos mujeres era difícil de mencionar en voz alta.

—Comprendo —dijo escuetamente, para que continuase con su narración.

—Después de la boda, mi hijo dejó enseguida embarazada a Rosa y perdió el interés que tenía por ella. Cada vez viajaba más a Madrid. Se pasaba meses enteros por allí, sin ver a los gemelos, ni preocuparse por su mujer. Solo Ana permanecía constantemente al lado de mi nuera. Así pasaron algunos años, bastante felices por cierto, hasta que…

Don Luis necesitó hacer acopio de valor para continuar.

—Lo que voy a contarte no lo sabe casi nadie, pero creo que es necesario que tú lo sepas.

El anciano ya no la miraba a ella, sino a la ventana, como trayendo a su mente imágenes de un pasado demasiado doloroso para él.

—Mi nuera cayó en cama debido a una enfermedad venérea que le contagió mi hijo. En aquel entonces, los hombres no se preocupaban de tomar las medidas necesarias para impedir que sus vidas extraconyugales afectaran a su familia. Ya casi no podía levantarse y los médicos nos habían dicho que esperásemos lo peor. De día, Ana se encargaba de los niños a los que había hecho suyos, y por la noche velaba a Rosa a los pies de su cama.

Don Luis cerró los ojos antes de continuar. Su voz sonaba entrecortada, rota por el dolor que sentía.

—Mi hijo se presentó una noche, demacrado y bastante borracho. Nadie lo esperaba. El servicio estaba en el pueblo porque estábamos en fiestas. Los niños se habían ido con Juana a ver los fuegos artificiales. Solo yo estaba en la casa y no lo oí llegar. Desde que murió mi mujer, siempre me tomaba una tisana para poder conciliar el sueño… Me despertaron los gritos de Ana y de Rosa. Salí corriendo, como pude, para ver lo que había pasado en el dormitorio de mi nuera. Cuando entré en aquella habitación, las entrañas se me pudrieron por dentro. Había llegado demasiado tarde. Mi único hijo, mi heredero, el que tenía que haber sido el orgullo de mi sangre, estaba en el suelo tirado encima de Ana. La había violado en mi propia casa, delante de su mujer enferma, junto a la habitación de sus hijos. Dios me dio la fuerza necesaria para arrojarme contra él y levantarlo de encima de aquella pobre muchacha que estaba medio desnuda, con la ropa hecha jirones y la cara hinchada por los golpes.

Don Luis volvió a tomar aire. Sara tuvo miedo de que aquellos recuerdos le afectasen más a su salud, pero no se atrevió a interrumpirle.

—Le dije que no quería verlo más en mi vida. Que, si volvía a pisar la casa de mi familia, sería yo mismo el que lo mataría con mis propias manos. Para mí había muerto. A los pocos meses, dos después de que mi nuera nos dejara, la enfermedad se lo llevó también a él. No me avergüenza decir que recé para que su alma se quemara eternamente en el infierno. Lo tenía merecido… y quizá yo también, por haber criado a un ser como aquel.

Sara casi no podía hablar, aquella historia la estaba afectando demasiado. El dolor de ese anciano, por el que empezaba a sentir un cariño especial, le oprimía el pecho. Como pudo, intentó reconducir la conversación.

—¿Y Ana?

Don Luis, volvió a mirarla.

—El destino fue cruel con ella hasta en eso. Aquella noche quedó embarazada.

Sara no se atrevió a preguntar. No hizo falta.

—Ana no reveló a nadie quién era el padre de aquel bastardo, ni que el hijo que llevaba en sus entrañas había sido fruto de una violación. Ni siquiera a su abuela. Tuvo que soportar sola la vergüenza y el desprecio de todo el pueblo y yo no tuve el coraje de contar la verdad. ¡Fui un cobarde! —dijo dando un golpe encima de la cama y con las lágrimas asomando a sus ojos—. Me arrepiento de aquello todos los días de mi vida. ¡Ana demostró tener más coraje y valentía que ningún hombre que yo haya conocido jamás! Me prometí a mí mismo que intentaría compensarla, pero no tuve tiempo: murió en el parto.

Don Luis intentó calmarse antes de continuar.

—Nos dejó a Paula, mi nieta, aunque ni ella misma lo sabe. Pensé que Dios me daba una segunda oportunidad para reparar en ella todo lo que no había podido hacer con su madre. Paula quedó al cuidado de su abuela, vivía con ella, pero yo me las ingenié para que pasara todo el tiempo posible en esta casa con mis otros nietos. Tuvo todo lo que quiso y yo pude darle, incluso la envié a la mejor universidad. ¡Ahora estoy tan orgulloso de ella! Es toda una mujer bella y decidida como su madre.

—Don Luis, hay algo que no comprendo. Si ni siquiera ella lo sabe, ¿por qué me cuenta a mí todo esto? —preguntó Sara, extrañada de que el abuelo le revelase a ella una verdad de la familia tan dolorosa.

—Porque te he visto cómo la mirabas hoy durante la comida y no quiero que pienses que entre tu futuro marido y Paula puede haber algo. Mis nietos han conocido la historia desde que tuvieron edad para entender estas cosas. Siempre la han visto como a una hermana pequeña. Algún día tendré el valor de contárselo a ella, pero todavía no puedo. En el fondo, supongo que sigo siendo un cobarde…

A las once en punto, Sara estaba tumbada en la cama mirando al techo y reflexionando sobre lo que le había contado don Luis. El sonido de un mensaje vibró en su móvil.

«¿Todo bien?»

Cada día el mismo mensaje, la misma pregunta y la misma respuesta: «Sí». Aunque aquello estuviese muy lejos de ser verdad.

La maldición de los Luján
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