
El pobre plátano de Hipócrates daba pena. Más que protegido, parecía que estuviera prisionero en una cárcel de hierro. Aquel descendiente del árbol, bajo cuya sombra, supuestamente, el padre de la medicina impartía clase a sus alumnos podría pasar sin pena ni gloria para cualquier turista carente de una guía que consultar. Por suerte, ellos sí la tenían. Alejandro y Sara habían llegado hasta allí tras dar un paseo por el Castillo de los Caballeros y el antiguo Ágora: una agradable charla en tan buena compañía, ¿qué más se podía pedir?
Ahora estaba sola. El móvil de Alejandro había sonado hacía unos minutos y este se había alejado un poco con la excusa de buscar mejor cobertura. Estaba claro que no quería hablar delante de ella, pero no se lo reprochaba. Cada uno tenía su vida más allá de esos días de asueto.
Volvió a mirar el árbol y se imaginó a sí misma sentada allí donde estaba, escuchando las lecciones de Hipócrates. Durante una época de su vida pensó en estudiar medicina, pero los acontecimientos hicieron que la balanza se inclinara hacia otro lado. No sabía pelear contra la enfermedad en primera línea de batalla, lo suyo era la investigación. Su objetivo: conseguir el arma definitiva contra aquel enemigo mortal que le había arrebatado a casi toda su familia. El signo del zodiaco favorito de su infancia, aquel bajo el que ella había nacido, se había convertido en el nombre más odiado y más temido. En la palabra maldita. En la máscara de la muerte.
Se había colado en su casa cuando ella tenía tan solo ocho años. En cuestión de pocos meses, su madre había desaparecido de su vida. Su padre no volvió a ser el mismo, aunque su sufrimiento duró poco. Cuatro años después, se reunía con su esposa allí donde estuviera. Le quedaba un año para empezar la universidad cuando su adversario llamó por tercera vez a su puerta y se llevó a su abuela María un precioso día de primavera. Todavía le dolía recordar las palabras de los médicos: «No hemos podido hacer nada». Aquello marcó su decisión para ingresar en la Universidad Autónoma de Madrid y estudiar biología. Tenía muy claro lo que quería hacer con su vida y enseguida le llegó la oportunidad que buscaba.
Apenas llevaba unos meses de estudiante universitaria cuando en el tablón de anuncios vio una oferta de trabajo en la que pedían un voluntario para realizar prácticas no remuneradas en una empresa de reciente creación especializada en nanotecnología. El resto de sus años en la facultad los tuvo que compaginar con su empleo, por lo que apenas le quedó tiempo para otra cosa que no fuera estudiar o trabajar. Sin embargo, era feliz en Ednor. Había encontrado un ambiente laboral que, de alguna forma, venía a sustituir el vacío familiar que tenía, pues su hermano Lawrence hacía ya tiempo que se había marchado.
Cuando terminó la carrera comenzó su doctorado en biomedicina, por lo que mantuvo la rutina de casa y trabajo, aunque compaginada con numerosos viajes internacionales por motivos laborales. Su evolución profesional fue constante. Con el tiempo, la que había entrado como voluntaria se convirtió en parte principal de la empresa. Tanto que la propia Ednor le costeó uno de los másteres más prestigiosos del mercado para completar su perfil como directiva.
Durante el último año, su equipo había conseguido desarrollar un compuesto basado en nanopartículas de oro que revolucionaría la farmacología destinada a los enfermos de cáncer. Sin embargo, para poder terminar los estudios que certificaran la seguridad de su producto y comercializarlo en el mercado, necesitaban más capital, y no les había quedado más remedio que buscar financiación a través de nuevos accionistas.
Por eso era tan importante la reunión del martes. Habían conseguido que Antax Corporation se interesara es su empresa, pero sería en esa primera reunión, agendada desde hacía varias semanas, cuando realmente tendrían que explicar a qué se dedicaban y el futuro tan prometedor que tenían sus proyectos. La vida de muchas personas dependía de que Sara consiguiera convencerles para que invirtieran su capital en el compuesto que habían desarrollado. Una vez más se recordó a sí misma que no podía fallar.
Pero ahora estaba de vacaciones, y lo mejor sería seguir el consejo que todo el mundo le había dado: aprovecharlas al máximo. «De momento no van mal», pensó con picardía al mirar hacia Alejandro.
Pero cuando este regresó no parecía nada contento.
—¿Algún problema? —preguntó preocupada.
—No. Todo controlado —respondió él, borrando al instante su expresión de pocos amigos—. ¿Continuamos?
Alejandro había recuperado su sonrisa habitual, pero estaba claro que algo en aquella llamada le había molestado. Tampoco tenían tanta confianza para que ella siguiera insistiendo, pero ya intentaría averiguarlo más tarde. «Y ¿por qué no le dejas en paz? ¿Cuándo aprenderás a no ser tan curiosa?», se recriminó a sí misma. «Si no quiere contártelo, por algo será. Todos tenemos nuestra intimidad. Él ha respetado la tuya, haz tú lo mismo».
—Me parece buena idea —respondió convencida, y luego, con aire juguetón, añadió— Ah, por cierto, ¿sigue en pie tu invitación a comer?
«¡Yo solo había dicho que quería probar un poquito de ese tal ouzo, pero que sustituya al agua en mi comida ya me parece un poquito excesivo!». Eso era lo que pensaba, pero no se lo iba a decir a Alejandro, que con tanta ilusión le había dicho que en internet aparecía un restaurante de estilo ouzeri que no estaba lejos de donde ellos se encontraban. Y ¿qué era ese estilo de restaurante que Sara no había oído en su vida? Pues muy sencillo, le había contestado él leyendo textualmente:
—«Aquel en el que se sirven platos pequeños, con mezedes, por cada ronda de ouzo». Y antes de que me preguntes qué son los mezedes griegos, te diré que, por lo que estoy entendiendo, vienen a ser lo mismo que nuestras tapas.
Habían tardado un poco en encontrar el restaurante, pero había merecido la pena. Sentados en una pequeña mesa del exterior y protegidos del sol por un techo de enredaderas, leyeron la original carta escrita a mano en una libreta de ejercicios escolares. Ninguno de los dos tenía mucha hambre, así que decidieron compartir varios platos. Después, el dueño del local, un cincuentón con el pelo blanco, se pasó por la mesa para preguntarles si todo había sido de su agrado. Se llamaba Stelios y su inglés era lo suficientemente bueno para entenderse con ellos. Sara pudo comprobar que el de Alejandro no tenía nada que envidiar al suyo. Enseguida cayeron bien al dueño cuando se interesaron por su música favorita, la que les había acompañado durante la comida, rebética se llamaba, y este llamó a uno de sus camareros para que les sirviese un tsipouro. Invitaba la casa. No podían irse de allí sin probar aquel licor que se obtenía a partir de las pieles de las uvas prensadas destinadas a la elaboración del vino.
La sobremesa fue muy agradable en su compañía.
—Venga, dejadme la cámara o el móvil, que os voy a hacer una foto. Quiero que tengáis un recuerdo del buen rato que habéis pasado en mi local. Y, si además la subís a Facebook, me haréis publicidad para que más amigos vuestros quieran acercarse por aquí —terminó guiñándoles un ojo con complicidad.
Los dos se miraron un momento. Al final, fue Alejandro quien le entregó su cámara. Stelios, les hizo tres fotos.
—Han quedado fenomenal. Aunque el mérito no es mío, ¡hacéis una pareja perfecta!
Sara iba a contestarle que no estaban juntos, pero, de nuevo, Alejandro fue más rápido que ella.
—¿A que sí? Eso mismo le dije yo el día que la conocí, que habíamos nacido para salir juntos en las fotos el resto de nuestras vidas.
El hombre rio con ganas.
—¡Buena declaración, sí, señor! Y por lo que veo, funcionó. ¡Eres un tipo afortunado, español! —le dijo propinándole un golpe en el hombro en señal de camaradería.
—Lo sé —contestó él con total convencimiento.
Sara estaba alucinando. ¿Por qué se había inventado Alejandro aquella historia sobre ellos? ¿A qué estaba jugando?
—Y si quieres un consejo de un viejo como yo, que ha visto de todo desde la barra de su restaurante… ¡Ponle ya un anillo en ese dedo o lo hará otro por ti!
Entonces, Alejandro se acercó un poco más a Stelios, como si fuese a contarle algo confidencial, y le dijo:
—Y ¿para qué te crees que la he traído a tu preciosa tierra? De aquí no se escapa sin aceptar ser mi mujer como manda la ley. Me paso el día en «operación acoso y derribo».
La carcajada de Stelios se oyó en la cocina.
—¡Pues «acosa y derriba» también por las noches, que suele dar mejor resultado! —le dijo dándole un codazo.
Después propuso un brindis «para que aquella pareja fuese feliz en su matrimonio». Alejandro lo secundó. Sara estuvo a punto de negarse, pero ¿cómo desmontar la historia que este había creado para Stelios? Se le veía tan convencido que, si no supiera que estaba hablando de ella, hasta le hubiera dado la enhorabuena. Al final, no tuvo más remedio que seguirle la broma.
Alejandro había pedido a Sara que le dejase conducir a él. «Manías mías», había alegado en su defensa, y, antes de que ella pudiese protestar pensando que lo hacía por un acto de machismo, le explicó que le pasaba con todo el mundo, hombres o mujeres. Si no llevaba el coche él, se ponía muy nervioso.
—Está bien —concedió al fin Sara—. Tú conduces, pero yo digo a dónde vamos.
—Tus deseos son órdenes, capitana —respondió Alejandro, llevándose la mano a la frente en un saludo militar.
Tal y como habían acordado, fue ella quien marcó la ruta hacia la montaña. Le apetecía conocer los pueblos repartidos por las laderas septentrionales de la cordillera verde, boscosa y alpina de Dikeos. En Zipari, a unos diez kilómetros de la capital, llegaron hasta Asfendiou, y desde allí, a una preciosa aldea llamada Agios Dimitrios
Durante el trayecto, Sara se moría de ganas de preguntarle a qué había venido esa broma sobre ellos, pero no lo hizo. Le extrañó que él tampoco comentara nada al respecto en todo el camino, aunque solo fuera para reírse juntos. A Sara no le gustaban ese tipo de bromas; no le hacía ninguna gracia ir por ahí engañando a la gente, así que prefirió no sacar el tema… El recorrido en coche estaba siendo maravilloso y le pareció una lástima estropearlo. Mejor evitar conflictos; si él no hablaba de ello, ella tampoco lo haría.
Ya era de noche cuando llegaron al Tiger. Su silueta se dibujaba en la oscuridad gracias a una serie de pequeños focos que pasaban desapercibidos durante el día y que estaban diseminados por toda la cubierta y por el aparejo. El ambiente invitaba a sentarse allí y disfrutar de la nocturnidad marina.
—La señorita Ashley es la única que permanece en el barco, pero no ha salido en todo el día de su habitación. Los demás han bajado a celebrar en tierra la Noche de San Juan —les dijo Curro, uno de los marineros de la tripulación—. Si quieren, enseguida aviso para que les sirvan la cena aquí arriba.
—Yo estoy hambriento —replicó Alejandro—, pero antes preferiría refrescarme un poco en la ducha.
—Sí. Yo haré lo mismo. —Sara no veía el momento de quitarse el sudor de todo un día bajo el abrasador sol griego.
—Perfecto. Pues si les parece bien en veinte minutos lo tendrán todo preparado.
Bajo el agua, Sara pensó en el día tan agradable que había pasado junto a Alejandro. No recordaba haberse sentido tan bien desde hacía mucho tiempo. Estaba relajada, tranquila y completamente desconectada del resto del mundo.
Como no quería demorarse mucho, se puso un vestido fresco y ni siquiera se secó del todo el pelo. Un poco de su colonia favorita y ya estaba lista. Al cerrar la puerta de su camarote, se dio cuenta de que estaba deseando reencontrase con él.
La cena fue deliciosa. Nada pesada, pero reconfortante para los viajeros que habían pasado el día descubriendo la isla de Cos. Al terminar, se levantaron de la mesa y decidieron acercarse a la barandilla del barco para ver las luces de las hogueras que comenzaban a encenderse en la playa. La proximidad de Alejandro en ese ambiente íntimo aceleró el corazón de Sara. Cerró los ojos un instante e inspiró hondo. De nuevo, aquel aroma tan masculino inundó sus sentidos. ¿Qué tendría aquel hombre para que ella se dejara llevar de esa manera cada vez que estaba cerca de él? Contempló su rostro, fascinada. Las llamas de las hogueras se reflejaban en sus ojos, en ese momento oscuros y misteriosos como el agua en la noche. Su pelo negro, todavía mojado, contrastaba con el blanco de su camisa de lino, que desvelaba en su silueta la fuerza del cuerpo que ocultaba. Aquella imagen desbocó una vez más la imaginación de Sara. Ante ella, Alejandro se convirtió en la viva imagen del Señor del Mar.
Yadira interrumpió sus pensamientos portando una bandeja con dos copas de champán. Al coger la suya, Sara rio y comentó:
—Lo que es la vida. He pasado de no probar esta bebida a tomarla a diario como si fuera agua.
Alejandro forzó un brindis entre los dos y le dijo mirándola a los ojos:
—Yo podría acostumbrarme a disfrutarla todos los días… contigo. —Tras un silencio continuó con un tono más jocoso—. Siempre y cuando tú me costearas luego un tratamiento en alcohólicos anónimos.
Ahora fue ella la que inició el choque de las copas. Se sentía feliz. Ilusionada.
—¡Trato hecho! Empezaré a ahorrar, por si acaso.
Siguieron mirando durante un rato cómo se mezclaba el amarillo de las luces de la ciudad con el rojo de las hogueras. Sara se dio cuenta de que Alejandro apenas observaba los que estaba pasando en la playa. Sus ojos azules se dirigían constantemente hacia ella.
—¿Por qué llevas todo el día mirándome así? —Una vez más, el champán empezaba a desinhibir su lengua.
Alejandro se movió un poco incómodo, casi como un niño pequeño pillado en una travesura.
—Lo siento, no quería incomodarte. ¡Pero es que no sabes lo que significa para mí que te parezcas tanto a…! —calló por un instante. Luego continuó—: !A la mujer del cuadro de mi abuelo. ¡Es increíble!
Sara desempolvó de su memoria la conversación que tuvieron en el avión, cuando él le comentó que su rostro era igual al de la mujer del cuadro que tenía su abuelo en el pueblo, para justificar su arrebato de cogerla entre sus brazos delante de todo el mundo. Una culebrilla ardiente recorrió su cuerpo al recordarlo.
—¿Tanto nos parecemos? —preguntó para alejar aquellos pensamientos de su cabeza.
—Ya lo creo. Te aseguro que es tu viva imagen, o mejor dicho, tú eres la suya. Solo el color de tus ojos es diferente.
—Bueno, y ¿quién era mi «gemela»? —se interesó Sara—. ¿Sabes algo de ella?
—Solo que se casó con un antepasado mío. —Alejandro no parecía muy interesado en continuar, pero ella insistió.
—Y ¿qué tiene eso de especial? La gente se casa y no pasa nada.
—En este caso, no. Según mi abuelo, cuando el pobre novio entró en su habitación para disfrutar de su noche de bodas, se encontró a su mujer muerta en la cama.
—Vaya…
Sara sabía que Alejandro no quería hablar de ese tema. Si mal no recordaba, ya le había dicho en el avión que era algo que su familia no solía comentar. Pero es que justamente ahora era cuando empezaba a ponerse interesante. Una muerte misteriosa. ¿Quién no seguiría indagando?
—Y ¿qué le pasó? ¿La asesinó alguien o simplemente le dio un infarto o algo así?
Alejandro la miró de nuevo antes de responder. Después, desvió su mirada hacia las hogueras de la playa.
—Nunca se supo —dijo al fin un poco serio—. Mucha gente culpó a mi familia. Al parecer, la chica no era del gusto de sus suegros. En el pueblo comenzaron a circular historias de todo tipo.
—Me imagino…
A Sara le hubiera gustado seguir preguntando, pero se dio cuenta de que Alejandro evitaría la respuesta. Su instinto le decía que había algo más que él no quería contarle.
Se dijo a sí misma que era el momento de retomar el tono jovial que habían disfrutado durante todo el día.
—Bueno, para tu tranquilidad te diré que yo no soy la reencarnación de aquella mujer ni tengo la más mínima intención de buscar venganza. Te aseguro que ya tengo bastante con mi vida actual como para preocuparme por historias pasadas de otras personas.
—Ah, pues si es así me quedo mucho más tranquilo. ¡No sabes lo preocupado que estaba!
Los dos rieron y brindaron por última vez antes de terminarse sus copas y depositarlas en la mesa.
—De pequeños espiábamos a mi abuelo cuando iba a verla —continuó hablando Alejandro como si, en el fondo, le costase dejar de lado aquel tema—. De hecho, una vez hasta le robamos las llaves de la caja fuerte donde esconde el cuadro y nos pasamos una hora allí delante, fantaseando sobre lo que habría podido suceder aquella noche.
—¿Nos? ¿Tú y quién más? —Era la primera vez que Alejandro mencionaba a alguien de su vida que no fuera su abuelo.
—Mi hermano Gabriel y mi primo David.
—¿Gabriel? ¡Me encanta ese nombre! Siempre he dicho que si alguna tengo un hijo le llamaré así —dijo Sara convencida.
—Pues mi madre debió de pensar como tú, pero ella no se conformó con uno, nos lo puso a los dos. Mi segundo nombre es Gabriel.
—¡Qué bueno! —rio ella—. ¡Suena a telenovela!
—Todavía puedo superarlo…—siguió él, pero sin mucha emoción en la voz—. Mi madre me llamó a mí Alejandro Gabriel y a él Gabriel Alejandro.
—¡Increíble! Aunque, ahora que lo pienso, no es tan raro…
—¿Tú crees? —preguntó sorprendido.
—Mi abuelo materno tenía un hermano que se llamaba Manuel José; otro, Heliodoro José, y un tercero, José Julián. Por no mencionar a las chicas, María José y Josefa…Ya ves.
—¡No me digas más!… Él se llamaba José Luis!
—Casi aciertas… ¡José María!
—¡Familia numerosa! ¡Tenéis que ser un montón de primos! ¿Sigues en contacto con ellos?
—No. En los años sesenta, toda la familia de mi madre emigró a Francia y mis abuelos fueron los únicos que regresaron. Y, por el lado paterno, solo mantengo contacto con mi primo Mike y está en Estados Unidos. —Sara forzó una sonrisa, intentando darle un toque humorístico a su situación familiar—. Mi padre fue uno de esos militares americanos destinados en la base de Torrejón que decidió quedarse en España. Él siempre decía que lo había hecho por mi madre, porque era hija única y no quería separarse de mis abuelos, pero yo creo que el verdadero motivo era ¡que no quería renunciar a los dulces que le hacía su suegra!
—Ya sabes que dicen que a los hombres se nos conquista por el estómago.
—¡Y a las mujeres también! El día que ella hacía rosquillas, mi hermano y yo nos peleábamos por ver quién era el que mejor se había portado y así tener el privilegio de probarlas primero.
—¿Tienes un hermano? —preguntó intrigado Alejandro.
—Sí, se llama Lawrence. —Poco más podía decir de él.
—¡Así que Lawrence es tu hermano! Interesante… —exclamó él con una enigmática sonrisa—. La noche de Atenas creo que me confundiste con él.
—Sí, lo recuerdo —fue su escueta respuesta.
—En tus sueños le pedías que te abrazara, que estuviera siempre a tu lado… —preguntó acercándose un poco más a ella —. ¿Le ha pasado algo a él o es que ahora estáis distanciados?
—No. —Sabía que sonaba cortante, pero cuanto menos supiera nadie de Lawrence, mejor—. Alejandro, si no te importa, prefiero no hablar de él.
—Por supuesto. No pretendía traer a tu memoria recuerdos desagradables.
Se produjo un silencio incómodo, pero no duró mucho. Alejandro buscó su cartera en el bolsillo del pantalón y sacó una foto un poco deteriorada por el paso de los años.
—¿Quieres reírte un poco? Mira, a ver si reconoces a alguien.
Alejandro la retó mostrándole la imagen de tres chiquillos sonrientes agarrados entre sí por los hombros. Sus caritas reflejaban lo felices que eran y lo a gusto que estaban por salir en aquel primer plano juntos. Los tres tenían unos preciosos y llamativos ojos de un color tan claro que llamaban la atención a simple vista. El del medio tenía el pelo rubio con ligeros toques cobrizos que le daban un aspecto casi angelical, aunque su mirada de ojos verdes delatase todo lo contrario. Los otros dos eran morenos y… exactamente iguales.
—¡¿Por qué no me habías dicho que tu hermano Gabriel es además tu gemelo?! —A Sara aquello le parecía lo más maravilloso del mundo. Tener a alguien siempre a tu lado, que te conociera como ninguna otra persona podría hacerlo —. Es increíble lo iguales que sois. ¡Soy incapaz de asegurar cuál de los dos eres tú! ¡Qué suerte tienes!
—Sara…
—¡Ya me imagino la cantidad de veces que os habréis hecho pasar el uno por el otro para hacer pellas en el colegio o para intercambiaros alguna novia!
—Sara…
—¿Sigue viviendo él también en Albalut?
Tan emocionada estaba con la idea de que Alejandro pudiese tener un hermano gemelo que no se dio cuenta de que él se estaba poniendo serio y que no respondía a ninguno de sus comentarios.
—Sara, por favor. —Al final, acabó interrumpiéndola elevando un poco la voz, pero luego la dulcificó al continuar—. Lo siento, no tenía que haberte enseñado esta foto. Al igual que tú, yo también prefiero no hablar de mi hermano.
Había metido la pata hasta el fondo. Seguro que algo de lo que había dicho le había molestado u ofendido… Pero ¿el qué? Le hubiera gustado preguntarle, pero eso significaría volver al tema y no quería estropear una noche tan agradable. Así que, intentando recuperar el buen humor de su compañero, le lanzó en tono jocoso.
—Lo que está claro es que, de adolescentes, tu primo te tenía que levantar todos los ligues del pueblo.
La estrategia surgió efecto y la sonrisa reapareció en el rostro de Alejandro. Llevándose una mano al pecho en señal de incredulidad y haciéndose el ofendido replicó:
—Perdona, no estarás insinuando que mi primo es más guapo que yo, ¿verdad?
—No insinúo nada, es algo evidente. Yo no digo que tú no seas, digamos, resultón… —Sara siguió picándole—, pero ¡¿qué chica podría resistirse a esa carita de ángel?!
La expresión de Alejandro se iba volviendo más tentadora por momentos. Sara decidió seguir con la broma un poquito más.
—De hecho, estoy pensando en que quizá podrías presentármelo algún día.
—¡Eso ni lo sueñes!
Le gustó la respuesta.
—Pero ¿por qué no? ¿Tiene novia? ¿Está casado?
—Porque un rompecorazones como él no te conviene.
—Esto se pone interesante… Ángel por fuera y diablillo por dentro. —Le picó un poco más—. ¿Cómo decías que se llamaba tu pueblo? Ah sí, Albalut. A lo mejor me hago una escapadita por allí un fin de semana de estos y me voy a conocerle. ¿Crees que haríamos buena pareja?
—NO.
Aquel «no» le sonó a gloria y fue tan rotundo que despertó en ella una vena malévola que desconocía. Algo en la negativa de Alejandro a presentarle a su primo le hacía sentirse muy bien.
—Pero ¿por qué? Él es rubio y yo, morena; él tiene los ojos claros y yo, oscuros. Él es peligroso y yo, predecible ¿No dicen que los polos opuestos se atraen? Lo nuestro está asegurado. Imagínate que es el futuro padre de mis hijos y tú empecinado en no presentármelo. ¡Qué poca consideración por tu parte! ¿O es que crees que yo no soy su tipo? —terminó casi con un mohín en la boca.
Si estaba intentando provocar algo, lo consiguió.
El juego había terminado. Alejandro se aproximó más. Ella no se retiró, pero el corazón empezó a latirle a toda velocidad.
—Sara, no creo que exista una mujer en el mundo que no sea el tipo de David.
Él comenzó a acariciar lentamente el hombro femenino. Ella ahogó un suspiro. Él agarró uno de los cabos que estaba detrás de ellos creando un refugio invisible en torno a sus brazos.
—Tampoco creo que exista un hombre en la Tierra que no se sienta atraído por ti desde el primer instante en que te ve…
Su voz se tornó más grave, más íntima, con cada movimiento que ejecutaba. Sara dejó de respirar al sentir cómo la mano de Alejandro comenzaba a subir muy lentamente por su hombro hasta llegar al punto donde el pelo le impedía proseguir su camino. Sus dedos se enredaron en un mechón, y, tras enlazarlo, lo retiró, dejando expuesta la parte más sensible de su cuello. Alejandro aprovechó para acariciar con sus yemas la zona de piel morena que había liberado. Sara sintió cómo algo en su interior se derretía. El roce abrasador de su tacto despertaba en ella sensaciones que iban más allá de sus propias fantasías.
Pero Alejandro no se quedó ahí, su índice avanzó hasta la mejilla de Sara y, poco a poco, los demás lo siguieron. Solo el pulgar se negó a continuar y prefirió deleitarse en la barbilla femenina. El rostro de Alejandro cada vez estaba más próximo al suyo y el sonido de sus palabras la apremió a cerrar los ojos. La cuerda que tenía detrás le sirvió de apoyo para ese cuerpo suyo que amenazaba con abandonarse al placer que sentía.
—O que estando cerca de ti… pueda pensar en otra cosa que no sea en rodearte con sus brazos…
Alejandro aprovechó para eliminar los pocos centímetros que todavía les separaban. Sara sintió en su pecho la tibieza protectora de la piel masculina. Ni el vestido ni la camisa fueron barreras para forjar aquel vínculo. Un leve roce en el pómulo indicó a Sara que los labios de Alejandro estaban próximos a los suyos. Entonces, deseó ardientemente que él pronunciase sus siguientes palabras.
—Que no entregara su alma a cambio de un beso tuyo.
¡Lo iba a hacer! ¡Iba a besarla! Y ella se moría por que lo hiciera. Esta vez no se giraría en el último momento. «Esta vez…,esta vez…», pero fue incapaz de seguir pensando. Todo su ser, racional e irracional, se concentró en la zona de su cuello que él acariciaba con su boca. Alejandro se estaba tomando su tiempo, recreándose con el sabor de la piel femenina que esperaba ardiente su siguiente beso. Sara sintió cada una de las delicadas pero abrasadoras caricias que se sucedieron hasta llegar al borde de su boca, y ya no pudo esperar más. Rodeó con sus brazos el cuello de su amante y, separando incitadoramente sus labios, esperó impaciente a recibir su premio prometido.
—Abre los ojos, Sara. Quiero que recuerdes que soy yo, y no otro, quien te va a besar.
Obediente, se topó de lleno con una mirada azul, oscurecida por el velo del deseo. ¿Cómo podría ella soñar siquiera que otro hombre pudiera hacerle sentir lo mismo que Alejandro?
El primer roce fue muy suave, casi como si le ofreciera una última oportunidad para rechazar su contacto, pero eso cambió en el momento en que comprobó que era bien recibido. Sus labios se adueñaron poco a poco de la piel que besaban, haciéndose cada vez más posesivos, buscando incisivamente la profundidad de su boca. Se sintió saboreada, como si fuera un manjar que él llevara mucho tiempo deseando probar. Todo su cuerpo se había convertido en un volcán a punto de estallar. El fuego la abrasaba por dentro y solo él tenía el poder de saciarlo. Su lengua buscó la de Alejandro y este reaccionó aprisionándola contra él. Poco a poco, la intensidad de aquel juego fue incrementándose y sus respiraciones se volvieron entrecortadas con cada beso.
Alejandro se perdió de nuevo en su cuello y Sara comprendió por qué las damiselas de las novelas se lo ofrecían tan gustosamente a los vampiros victorianos. El tacto húmedo de su lengua estimulaba cada poro de su piel, haciendo que deseara que aquel placer no cesase nunca. Anhelaba el contacto de esos labios que la estaban excitando cada vez más… Sin darse cuenta, clavó sus uñas en la espalda masculina y aquello pareció ser el detonante para que las manos de Alejandro se volvieran más posesivas: una bajó por su espalda, capturando sin pudor uno de sus glúteos, la otra se aferró a su pecho envolviéndolo con delicadeza. La descarga de placer que la invadió desmanteló cualquier protesta que ella hubiera podido objetar por aquel contacto tan íntimo. La situación se estaba volviendo demasiado ardiente. Su mente lo sabía. Su cuerpo lo deseaba.
—¡Ey, tortolitos! ¡Cortaos un poco, que ya hemos llegado!
Al oír la voz de Pepe, Sara intentó separarse al instante de Alejandro, pero este no se lo permitió tan fácilmente. Sus brazos ya no la rodeaban, pero todavía se mantenía más cerca de ella de lo habitual. Le costó recuperar la respiración. Sin embargo, Alejandro no parecía violento por la situación, sino más bien enfadado.
—¡Hola! ¿Lo habéis pasado bien? —dijo ella intentando restar importancia a lo que todos habían visto.
—Nosotros, sí, pero ya vemos que vosotros también. Algunos no han perdido el tiempo, ¿verdad, Alejandro? —Pepe parecía encantado de picar a su compañero de viaje.
—Nunca lo hago —contestó con un tono nada amistoso. Después, echando una mirada a Montse, continuó— Y tú tampoco deberías hacerlo… si algo te interesa de verdad.
Sara decidió que ya era hora de retirarse por aquella noche. Se despidió y corrió a refugiarse en su habitación. Ni siquiera se acordó de preguntar a su amiga cómo se encontraba. Su corazón latía desenfrenado y su mente todavía intentaba asumir lo que acababa de pasar entre ella y Alejandro. Definitivamente, tenía mucho en lo que pensar.