Solo el sonido del móvil consiguió que apartara la mirada del hombre que se alejaba de ella como si nada hubiese sucedido. ¿Qué demonios acababa de ocurrir? Todavía tenía el corazón a punto de salírsele por la boca. ¿Desde cuándo a ella le pasaban cosas tan raras como aquella? Tenía que tranquilizarse. Lo mejor sería olvidarlo y concentrarse en llegar al avión. Un último vistazo por si se le había olvidado recoger algo del suelo y salió corriendo. Con el terminal ya en la mano comprobó que era un número rarísimo el que aparecía en la pantalla.

—¡Estás perdiendo facultades, mi capitán! Esperaba tu llamada ayer, cuando me confirmaron el vuelo —dijo con recochineo. Ya le extrañaba que su hermano no la hubiese llamado antes.

—Muy graciosa, lorito. —Sara sonrió al oír cómo la llamaba Lawrence. Se había ganado ese apodo con solo dos años, porque hablaba muy bien, siendo tan pequeña y, sobre todo, porque no paraba de hacerlo—. ¿Cuándo pensabas decirme que te ibas de vacaciones?

—No pensaba hacerlo. ¿Para qué, si ya te enteras tú solito por tus propios medios? —replicó con sorna—. Además, tú tampoco me cuentas nada de tu vida y yo no te pregunto, ¿verdad?

—Sabes que estás siendo injusta. Yo no puedo decirte dónde estoy —contestó muy serio—. Pero no por ello dejo de preocuparme por ti.

Era cierto. Desde que Lawrence se había incorporado a la Unidad Especial de Intervención de la Guardia Civil, sus misiones le habían llevado por todo el mundo, pero continuamente había estado pendiente de ella. A pesar de los años, mantenía esa actitud protectora que había adoptado desde que ambos se quedaron al cuidado de la abuela María tras la muerte de sus padres.

—Vale, llevas razón. Lo siento. —Al final, siempre le tocaba reconocer la verdad, pero le encantaba chincharle.

En ese momento, Sara llegó a la puerta de embarque y se alegró al comprobar que había llegado a tiempo. El vuelo salía con un ligero retraso. Enseñó su DNI y su tarjeta de embarque a la azafata, y comenzó a caminar por la pasarela que habían dispuesto para acceder al avión. Mientras seguía hablando con su hermano, revisó el número de asiento que le habían asignado.

—¿Así que te vas de vacaciones? —preguntó Lawrence como si no se lo creyese del todo—. ¿Puedo preguntar a qué se debe semejante novedad? ¿Por fin te has dado cuenta de que en la vida hay algo más que el trabajo?

—Espera, ¿me lo estás diciendo tú, Don «mi vida es el servicio a mi país»? —respondió casi ofendida.

—Mi caso es diferente.

—Claro…

Se sentó en el asiento A08. Ventanilla en el lateral izquierdo, tal y como había pedido a Marta.

—Lorito, solo te llamo para comprobar que estás bien —continuó Lawrence, pero esta vez con cierto tono de preocupación—, y que el motivo por el que te vas de vacaciones no tiene nada que ver con la muerte de Marcelo.

Sara cerró los ojos durante un instante. No esperaba que su hermano le recordara ese momento tan doloroso para ella.

—Tranquilo, mi capitán. Estoy bien —respondió, intentando creerse ella misma sus palabras—. Necesitaba unas vacaciones y he aprovechado el momento. Han pasado muchas cosas últimamente y creo que me conviene pensar en ellas y en mi futuro.

Sara bajó la voz y se giró hacia el ojo de buey. Alguien se había sentado a su lado y no le apetecía que un extraño se enterara de su vida.

—Bueno, si es así, me quedo más tranquilo —concedió Lawrence—. Sé que eres una mujer fuerte y que puedes con esto y con mucho más, pero eres mi lorito y necesito que entiendas que siempre podrás contar conmigo aunque no esté a tu lado.

—Lo sé. —Y realmente lo sabía.

—¿Recuerdas el nuevo método para localizarme en caso de emergencia? —cambió él de tema.

—Sí, no te preocupes, si te necesito escribiré en Twitter que «tengo antojo de helado».

—Alumna aplicada —dijo Lawrence satisfecho.

—Bueno, te dejo, que tengo que apagar el móvil antes de que se ponga el avión en marcha.

—Diviértete mucho, lorito. Y a ver si aprovechas y te relacionas con gente que, si le hablas de Petri, piense en una playa y no en una placa de cultivo.

—¡Mira, mi hermanito se ha levantado hoy chisposo! —Sara, no pudo evitar sonreír ante su juego de palabras—. Anda, cuelga ya… Un beso… Y ¡ten mucho cuidado! No te arriesgues sin necesidad, ¿vale?

—Siempre lo tengo —aseguró él con firmeza.

Sara apagó el móvil y se quedó unos instantes pensativa mirando por la ventanilla sin ver lo que había en el exterior. Todas las noches pedía a un Dios, que no tenía muy claro que existiese, que protegiera a su hermano allí donde estuviese. Era algo que su abuela María le había inculcado y que no tenía ninguna intención de abandonar.

Se giró despacio en su asiento para prepararse para el despegue, cuando se topó de bruces con un billete de avión que ocupaba todo su campo de visión.

—Mira el número de mi asiento antes de pensar que te estoy acosando.

Sara miró al hombre que había pronunciado aquellas palabras y entonces fue ella la que no pudo articular ninguna. Imposible. Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero. El señor «¿Quién eres tú?», estaba sentado a su lado sosteniendo en una mano la prueba de que sus vacaciones iban de mal en peor.

—Perdona —continuó Alejandro—, no quería volver a asustarte.

La situación la había pillado tan de sorpresa que fue incapaz de responder. Él, dándose cuenta, continuó hablando:

—Por favor, compruébalo tú misma. Este es mi billete y este, mi asiento. Si quieres, no volveré a dirigirte la palabra en lo que queda de viaje, pero te aseguro que no es necesario que llames a la azafata para que avise al de seguridad.

Acompañó sus palabras con la misma sonrisa encantadora que la había desconcertado antes. Estaría loco, pero en su estado lúcido parecía un tipo agradable, quizá demasiado para ser normal.

Instintivamente, buscó el botón de emergencia para asegurarse de que lo tenía localizado. Luego, comprobó que el billete correspondía al asiento de al lado. No había dudas, ese hombre tenía que ir sentado a su lado. No la estaba acosando. Respiró hondo. «Venga, tranquilízate. ¿Qué puede hacerte aquí? Hay gente por todas partes», se dijo a sí misma para infundirse los ánimos que no tenía. Inspiró de nuevo, y se obligó a decir:

—No voy a llamar a la azafata.

«De momento», pensó, intentando que su boca formara una sonrisa que se correspondiera con la de él, sin parecer demasiado forzada.

—No me has asustado, solo ha sido la sorpresa inicial —continuó, pensando que una mentira piadosa no hacía daño a nadie —. Qué casualidad, ¿verdad?

—Sí, milagrosa casualidad… —contestó su acompañante con un toque de misterio en la voz, pero en ese instante el avión arrancó y Sara vio cómo Alejandro se ponía muy serio, se colocaba con la espalda apoyada en el asiento y cerraba los ojos. Y ahora ¿qué le pasaba?

—¿Te encuentras bien? —preguntó Sara sin poder contenerse. Ese tipo era de lo más rarito que se había encontrado en su vida.

—No quiero ser descortés —respondió Alejandro intentando volver a sonreír—, pero no soy muy buen compañero de viaje en estas situaciones.

Sara comenzó a preocuparse. Se veía a las claras que, loco o no, el pobre lo estaba pasando fatal. ¿Qué podía hacer ella? ¿Debería dejarle en paz para que lo superase él solo? Probablemente, sí. Cuanto menos se relacionase con ese hombre, mejor. Pero era incapaz de ver a alguien sufriendo y no hacer nada para solucionarlo.

Se le ocurrió que, si lograba distraerle un poco, hacerle pensar en otra cosa, el mal trago podría ser más llevadero. Se fijó en las enormes manos de Alejandro aferrándose con fuerza a los brazos del asiento, y, entonces, una idea se le vino a la cabeza.

—¿Y esto te pasa sólo cuando viajas en avión? —comentó despreocupadamente—. Lo digo porque, si en las naves espaciales eres mejor compañero, te puedo dejar que vengas en la mía.

Según lo soltó, se arrepintió: «¿En qué estás pensando, Sara? Ahora va a creer que está sentado con una desequilibrada mental».

—¿Qué? —La cara de sorpresa de Alejandro parecía confirmar su suposición. El pobre hasta abrió los ojos para ver si se estaba burlando de él.

—A mí me encanta este momento desde que era niña —continuó Sara intentando explicar su comentario anterior—. Justo cuando el avión va a despegar, me imagino que soy la capitana de una nave estelar a punto de emprender un maravilloso viaje por el espacio.

—Suena muy bien. Sigue, por favor. —Alejandro, un poco más relajado, volvió a cerrar los ojos.

Y ahí empezó el juego.

—Bueno, digamos que, si quieres, puedo dejar que me acompañes.

—Acepto la invitación, pero con una condición —contestó Alejandro con determinación.

—Hum, no sé… ¡Encima que te permito que vengas, pones condiciones! —Sara estaba metida en su papel, al igual que Alejandro, cuyo rostro ya no parecía tan contraído —. Está bien, seré buena esta vez. Oigamos, lo que tienes que decir.

—Quiero pilotar la nave —Alejandro había conseguido abrir los ojos.

Ella frunció el ceño como si estuviera analizando su petición. Tardó un par de segundos en contestar.

—¿Eres buen piloto?

—El mejor.

—Entonces me parece bien, siempre y cuando acates mis órdenes. Yo soy la capitana y eso no se discute —aseveró Sara.

—¿Eres buena capitana?

—La mejor —respondió, igualando el alarde de superioridad de Alejandro.

—Y ¿a dónde vamos? —El tono de su voz parecía más relajado. Eso era bueno.

—«Al espacio, la última frontera. Este es el viaje de nuestra nave estelar, dedicada a la exploración de mundos desconocidos, al descubrimiento de nuevas vidas, de nuevas civilizaciones, hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar».

Aquella frase le encantaba, era como una especie de mantra para ella. Se la había aprendido de pequeña, cuando su madre y ella, acurrucadas en el sofá, la repetían al inicio de cada capítulo de Star Trek. Juntas soñaban con viajes intergalácticos, y miraban a las estrellas pensando que algún día las alcanzarían. Pero su madre partió hacia ellas demasiado pronto y a Sara solo le quedaron aquellos viejos videos que había seguido viendo cada vez que se sentía sola. Los recuerdos se habían ido difuminando con el paso de los años, pero había detalles, como el calor de su abrazo o la ternura de sus besos, que volvían a su memoria con la fuerza del primer día cada vez que el capitán Kirk hacía su entrada en el puente de mando. Y entonces se hacía más firme su propósito de no darse nunca por vencida hasta haber conseguido su objetivo.

—¿Vamos en el Enterprise? —preguntó con sorpresa Alejandro.

—¡Acertaste! —Sara se extrañó de que hubiera sido capaz de identificar el nombre de la nave que ella, a propósito, había omitido.

—Esto me va gustando —comentó él, haciéndose el interesante—, pero no hemos hablado de mi salario

—Demuéstrame primero que de verdad eres bueno en esto. Hoy en día no te puedes fiar de todos aquellos que dicen que saben pilotar una nave espacial.

El último comentario de Sara consiguió arrancar una sonrisa de Alejandro, pero esta se borró levemente cuando el avión comenzó a acelerar para el despegue. El peor momento había llegado. Con los ojos cerrados, se aferró de nuevo a los brazos del asiento.

—Y ¿qué tengo que hacer para demostrarte lo bueno que soy? —consiguió decir a duras penas, mientras su rostro se contraía por la angustia.

Sin saber muy bien lo que estaba haciendo, Sara posó su mano derecha sobre la de él y comenzó a hablar con voz firme.

—Imagina que estamos en el puente principal. Delante de ti, una enorme pantalla te muestra la inmensidad del cosmos que nos está esperando. La vida de todos los integrantes de la expedición depende de ti, de tu maestría con los mandos. Esta es la palanca que hace despegar a la nave. Sólo tienes que levantarla despacio, muy despacio. Concéntrate en esta operación, no dejes que ningún otro pensamiento entre en tu mente. —Diciendo eso, le instó con su propia mano a que fuera levantando el brazo del asiento, al tiempo que el avión abandonaba la seguridad de la tierra firme y se elevaba hacia las nubes.

El cosquilleo que siempre recorría el cuerpo de Sara cuando llegaba este momento se vio incrementado por el calor que recibía de la mano que ella apretaba con fuerza. En ese instante, solo pensaba en dar seguridad al desconocido que tenía a su lado.

Alejandro no abrió los ojos hasta que el avión se estabilizó. La mano de Sara seguía apretando a la suya.

—¿Hablamos ya de mis honorarios?

El momento crítico había pasado. Una sonrisa volvía a iluminar su cara. Sara comprendió lo que había sucedido e intentó eliminar el contacto entre ellos lo más rápido que pudo, pero él no se lo permitió, utilizando su otra mano para retenerla.

—Te doy las gracias por lo que has hecho —dijo muy serio, mirándola a los ojos—. Es la primera vez que no siento que me va a dar un ataque de ansiedad en un viaje así. Normalmente, comienzo a hacer respiraciones como un loco hasta que consigo calmarme. Este remedio me gusta más. La próxima vez que vuele en esta clase de aviones, me acordaré de ti y de nuestra nave.

El tono con que Alejandro pronunció esa última frase y la intensidad de su mirada cuando la dijo hicieron que sintiera una incomodidad extraña, muy extraña… Tanto que tuvo la necesidad de dirigir la conversación hacia otro terreno.

—De nuestra nada —contestó liberando al fin su mano—. Te recuerdo que esta es mi nave. Si quieres tener una para ti, vete buscando otra… El Enterprise es mío.

La carcajada de Alejandro hizo que alguna cabeza se girara para ver de dónde procedía aquel brote de entusiasmo.

Sara cerró los ojos y se llevó una mano a la cara queriendo tapar su resignada vergüenza.

—Vale, ahora pensarás que estoy para que me encierren, ¿no? —dijo, dando voz a los pensamientos que la atormentaban.

—Entonces, propongo que nos encierren juntos —respondió el, y, ante la expresión de Sara, continuó hablando—. ¡Venga! ¿No me dirás que no te has asustado antes, cuando te he…? ¡Bueno, ya sabes, cuando te he… «atacado» de esa manera!

Alejandro no parecía encontrar las palabras adecuadas.

—De verdad, que lo siento muchísimo —se disculpó avergonzado—. Te agradezco que no avisaras a la Guardia Civil. A saber dónde estaría a estas horas si lo hubieras hecho… Todavía ni yo mismo comprendo lo que me ha pasado al verte. Pensarás que me estoy inventando lo que voy a contarte, pero es completamente cierto. No es la primera vez que veo tu rostro.

—Pues te aseguro que yo no te he visto en mi vida —contestó ella sin poder contenerse.

—No he dicho que nos conozcamos, he dicho que yo he visto tu rostro antes. En un cuadro.

Ah, entonces era eso…

—Vale, ya sé lo que ha pasado —dijo Sara más segura—. Te he recordado a alguna mujer de los cuadros de Julio Romero de Torres, últimamente me pasa mucho. Dicen que a la que más me parezco es a Fuensanta, la que salía en los antiguos billetes de cien pesetas.

—Sara, conozco los cuadros de ese pintor y este no es uno de ellos. Del que yo te hablo lleva en mi familia desde hace varias generaciones y lo guarda mi abuelo en su casa. La mujer de ese retrato es igual que tú. No parecida, igual. Solo el color de tus ojos es diferente…—Alejandro tomó aire antes de continuar—. Llevo toda mi vida contemplándola, pero jamás imaginé que algún día podría tenerla delante de mí en carne y hueso.

Aquello sonaba muy raro. ¿Qué pretendía él contándole esa historia? ¿La estaría utilizando para ligar con ella?

—¿Y esto se lo cuentas a todas las que se sientan a tu lado en un viaje? —preguntó Sara con escepticismo.

—Sabía que no me ibas a creer. Lo entiendo —dijo Alejandro con pesar—. Solo quería disculparme.

Y guardó silencio.

Sara contempló con ojos analíticos cómo su expresión había cambiado. Su compañero de viaje se había quedado ensimismado y no le gustó. Por algún motivo irracional deseaba que volviera aquel tipo encantador que le sonreía instantes antes.

—¿Y ahora me vas a decir que esa mujer era una antepasada tuya y que podríamos ser familia? —ironizó Sara, intentando romper el hielo que se había formado entre ellos.

Alejandro captó la jugada. Su voz sonó un poco más alegre, pero no se desprendió del todo de su matiz apesadumbrado.

—No lo creo. Ella perteneció a mi familia durante un breve lapso de tiempo, pero no es una antepasada mía. Según mi abuelo, su historia trajo muchas desdichas y no es algo de lo que nos guste hablar.

Sara pilló la indirecta. El problema era que ahora le picaba la curiosidad y no pudo resistirse a seguir preguntando:

—Y ¿dónde está ese cuadro?

—En la biblioteca —contestó él sin pensar.

—Disculpa —rectificó Sara al comprender lo mal que se había expresado—, quiero decir que en qué ciudad está. ¿En Madrid?

—¡No, qué va! ¡Si mi abuelo viviera en la capital, se moriría! —La idea le hizo gracia y Alejandro recuperó de golpe el buen humor—. Su vida está en Albalut, un pueblecito de Granada. Yo me crié allí con él.

—Pues entonces puedes estar absolutamente tranquilo de que ese cuadro no tiene nada que ver conmigo —siguió la broma ella—. La parte de mi familia que podría tener algún parentesco con la tuya es de Madrid. A Granada no hemos ido ni de vacaciones.

—Pues no sabes lo que te pierdes —replicó con orgullo—. Albalut es un sitio precioso.

Y el ambiente entre ellos volvió a ser cordial. Alejandro le habló maravillas de su pueblo y Sara le picó asegurándole que no conocía a nadie que hablara mal del lugar donde había nacido.

En esto estaban cuando una azafata interrumpió su conversación.

—Por favor, disculpen, pero nos acaban de informar de que debemos cambiarles de asientos.

—¿Perdón? No entiendo. ¿Cómo que nos tienen que cambiar? Puede comprobar nuestros billetes, estamos sentados correctamente. —Sara no soportaría tener un problema más ese día.

—Lamento mucho las molestias. Si me acompañan, lo solucionaremos enseguida. —La situación incomodaba tanto a la azafata que intentaba solventarla lo antes posible, pero, en su afán por zanjarla, no desvelaba el motivo que la había provocado.

—Señorita, quizá debería empezar por explicarnos qué ocurre —intervino Alejandro, y lo hizo de tal forma que su voz sonó como un arrullo.

La azafata se le quedó mirando por un segundo, y hasta se puso un poco roja cuando este la obsequió con una sonrisa. Todavía tardó unos instantes más en reaccionar, y, cuando por fin lo hizo, buscó con la mirada a Sara y bajó los ojos un tanto avergonzada. Esta contemplaba las reacciones de la joven con curiosidad. Volvió a preguntarse si su acompañante sería algún actor de cine o algún famoso que ella no conociese, pero entonces comprendió lo que estaba pasando. A la chica le gustaba Alejandro y se había sentido pillada in fraganti por la que ella consideraba su pareja: Sara. Casi le pareció divertido.

—No se preocupen. Simplemente es que, por razones operativas, nos han informado de que tenemos que reasignarles asientos en preferente.

—Pero ¿hay algún problema? —insistió Sara preocupada.

—Ninguno, señora —contestó la azafata con una sonrisa un tanto forzada—. Es algo habitual en algunos vuelos.

A Sara aquella explicación no acababa de cuadrarle. Iba a replicar cuando Alejandro intervino.

—Entonces, no perdamos más tiempo. Estaremos encantados de disfrutar de nuestros nuevos asientos, ¿verdad, Sara?

—Sí, por supuesto —dijo ella sin mucha convicción.

—Acompáñenme, por favor.

Ambos cogieron sus pertenencias y siguieron a la azafata hacia la parte delantera del avión. La joven les mostró dónde podían sentarse, al tiempo que les preguntaba si deseaban tomar una copita de champán antes de que les sirviesen la comida. Los dos se sincronizaron para responder a la vez, no así en sus contestaciones.

—No, gracias —aseguró Sara.

—Sí, gracias —afirmó Alejandro—. ¡Venga, anímate! No me hagas quedar como un borrachuzo tomando alcohol yo solo a estas horas del día.

Sara pensó: «No, de verdad. Yo nunca bebo», pero en lugar de eso se oyó a sí misma decir:

—Vale, está bien… Todo sea por mantener intachable tu buen nombre.

—Enseguida se lo traigo —dijo la azafata, y desapareció.

—No está mal el cambio, ¿verdad? —Alejandro parecía encantado. Se había estirado en posición relajada—. Estos asientos ya son otra cosa. ¡El otro me estaba matando! Ya empezaba a considerar la idea de echarme las piernas al hombro…

Sara no se había fijado en ello hasta entonces pero, para un tipo de su altura no debía de ser muy agradable pasar tanto tiempo con las rodillas pegadas al asiento delantero. Ahora se le veía cómodamente instalado.

Otra azafata, más veterana que la anterior, llegó con las copas. Cuando le entregó la suya a Alejandro, la acompañó con una sonrisa demasiado insinuante para el gusto de Sara.

Una vez solos, Alejandro propuso un brindis. Ella tuvo que acercarse un poco, porque habían dejado un asiento entre los dos, como era usual en preferente.

—Para que seamos tan afortunados en nuestros respectivos viajes como lo hemos sido ahora.

Chocaron sus copas. Pero, tras el primer sorbo, el sabor exquisito de aquella bebida trajo a la memoria de Sara dolorosos recuerdos de la última vez que lo disfrutó. Se obligó a desecharlos y buscó algún tema de conversación que borrara las imágenes que la estaban torturando. Dijo lo primero que se le vino a la cabeza:

—Bueno, no quiero ser aguafiestas, pero al final no nos han dicho cuáles son esas razones operativas para cambiarnos. Puede que haya algún problema que no quieran que sepamos.

—¿Siempre miras las cosas desde el punto de vista negativo?

A Sara le sorprendió la pregunta.

—No.

—Ya veo. —Pero, por su tono, estaba claro que Alejandro no la creía.

Sin ser muy consciente de lo que hacía, bebió otra vez de su copa antes de contestar:

—Lo que pasa es que soy «una optimista muy realista».

—Me gusta esa definición…, pero ¡no cuela! —bromeó Alejandro.

Tras otro trago, Sara empezó a relajarse. Entonces se fijó en que una mujer de unos cuarenta años se giraba por tercera vez para mirar a Alejandro.

Y, en ese momento, se decidió. No pudo aguantar más y lo soltó de golpe con gran curiosidad:

—Perdona, pero ¿eres un actor famoso o alguien de la tele?

—¿Cómo dices? —contestó Alejandro, dando la impresión de no entender a qué se refería.

—Sé que te parecerá raro lo que te estoy preguntando —Sara se animó a indagar—, pero es que no hago más que ver a mujeres que se te quedan mirando todo el rato. ¿Eres algún futbolista famoso? ¿Te dedicas al mundo de la televisión o del cine? No estarás liado con alguna de esas celebrities que salen en la prensa rosa, ¿no?

Esta vez, la carcajada de Alejandro se oyó hasta en cabina.

Ella no esperaba que reaccionara así y se mosqueó. De un solo trago, apuró el resto de la copa y la dejó en la bandeja del respaldo delantero.

—Mira, no entiendo qué es lo que te parece tan gracioso, pero tampoco creo que reírte de mí de esa manera sea justificable. —Sara se sentía un poco humillada e intentó salvar su «honor» como pudo —. No soy una persona que esté al día en determinados temas. No tengo tiempo para esas cosas.

—¡Perdón, perdón, perdón y mil perdones más! —Alejandro, todavía jovial, dejó su copa en la bandeja y se cambió rápidamente de asiento para cogerle las manos suplicando clemencia. Eso no se lo esperaba Sara—. Lamento muchísimo haberme reído así, pero te juro que no he podido evitarlo. No era de ti, sino del hecho de verme a mí mismo saliendo en televisión o revolcándome en la playa con alguna de esas asiliconadas a las que no soporto. Además, ¡odio las cámaras! Desde pequeño me he sentido idiota delante de ellas. No soy nada fotogénico.

Sara no se lo creyó. Él continuó justificándose:

—¿Tú has visto mi nariz? ¡Llega a los sitios dos horas antes que yo! Seguro que por eso me miraban las mujeres que decías. Hace unos meses, un niño al verme me preguntó preocupado que si de pequeño yo decía muchas mentiras. ¡Solo le faltó llamarme Pinocho!

El tono cómico de Alejandro contagió a Sara, y, a pesar de su resistencia, una leve sonrisa se le formó en los labios. Se fijó un poco más en el rostro masculino y tuvo que reconocer que tenía un apéndice prominente, pero que no desentonaba para nada con el resto de sus facciones. Al contrario, unido a una fuerte mandíbula, quizá también en exceso cuadrada, y a unas cejas gruesas, el conjunto aportaba un toque de dureza varonil, sin llegar a ser agresivo por el efecto cálido que la luminosidad de sus ojos azules operaba en el resultado final.

A la mente de Sara vino la poética frase que Gérard Depardieu esgrimía contra el patán que había osado mirarle con descaro a la nariz. Aquella película le encantaba, y en el colegio le había valido para conseguir un sobresaliente en el trabajo que hizo sobre Cyrano de Bergerac. Ahora, sin darse cuenta, comenzó a recitar los versos en voz alta:

—«Una gran nariz es la mejor amante de un hombre afable, bueno, cortés, espiritual, liberal, valiente…»

—«…y yo soy tal cual» —terminó de entonar Alejandro, inclinando levemente su cabeza a modo de reverencia.

Durante unos segundos, se produjo un silencio extraño entre ambos. Sus manos todavía permanecían unidas.

Por suerte, un miembro masculino de la tripulación interrumpió con su presencia el momento íntimo que habían compartido. Como impulsada por un muelle, Sara se liberó de su acompañante.

—Perdonen que les interrumpa, pero tenía órdenes de entregar este paquete a la señorita —dijo el azafato, extendiendo hacia Sara un objeto rectangular envuelto en papel rojo.

—¿A mí?

—Sí, en efecto —dijo entregando el paquete sin dar más explicaciones.

Ella lo cogió y lo dejó en su regazo.

—¿No vas a abrirlo? —interrogó curioso Alejandro, cuando volvieron a quedarse solos—. ¡Vale, lo pillo! No quieres que vea la sorpresa que te ha enviado… ¿tu novio?

El gesto que hizo Sara daba a entender que no era su novio quien se lo había enviado.

—¿Un admirador secreto?

El tono de Alejandro comenzaba a ser un poco inquisitivo y esto la molestó.

—Y ¡¿a ti qué te importa quién me lo haya mandado?! —Uf, se había pasado un poco con la contestación. No pretendía sonar tan borde.

—Pura curiosidad… igual que la tuya. O ¿tengo que recordarte que hace un minuto estabas deseando saber quién era yo y con quién me acostaba?

Touchée. No tengo ni idea de quién me lo envía, ni de lo que puede ser—. Bueno, algo sí que se imaginaba, pero no iba a decírselo.

—Yo diría que es un libro… Ábrelo y salgamos de dudas —sentenció Alejandro.

Con cierta reticencia, Sara comenzó a desenvolver el paquete. Efectivamente, era un libro. En la portada rezaba el título: Caballero Improvisado.

Ya sabía quién era el remitente: su amiga Marta. Ella era la única que podía conseguir que el personal de vuelo se involucrara en sus juegos y, encima, le entregaran un regalo como ese.

Lo abrió por la primera página y contempló la dedicatoria: «Disfrútalo y anímate a probar cosas nuevas». Lo firmaba M. ¡Ya se lo podía haber dado el día anterior cuando se despidieron! Pero, no, a su vecina le encantaban las sorpresas. En el fondo, era como una niña llena de ilusión que todavía creía en los cuentos de hadas. ¿Quién, si no, se iba a embarcar en una aventura empresarial como aquella en plena crisis económica? Marta. Ella era así.

—¡¿Ves como era un libro?! ¿Sabes ya quién te lo ha regalado? —Alejandro seguía con su pesquisa personal.

—Sí —respuesta escueta. No le apetecía ponerse a dar explicaciones.

—Supongo que eso quiere decir que no piensas decírmelo… —la azuzó.

—Acertaste.

Sara buscó su bolso para guardarlo allí, fuera de la vista de Alejandro.

—Entendido… Por cierto, si no lo vas a leer ahora, ¿te importaría prestármelo para lo que queda de vuelo? No me he cargado ninguna lectura en el móvil y no me apetece pedir un periódico.

Si le respondía con otra negativa, iba a resultar un poco maleducada.

—No creo que te guste este tipo de literatura, pero allá tú —dijo tendiéndole el libro.

Marta siempre le recomendaba novelas románticas, y esta, con ese título, tenía pinta de ser de lo más pastel. Sin embargo, Sara nunca había leído ninguna de sus sugerencias. No tenía tiempo para esas cosas. Informes, estudios y artículos científicos eran la única lectura que la acompañaba noche y día desde hacía mucho tiempo.

—Yo leo de todo. Además, según pone aquí, es un best seller. Por probar no pierdo nada. —Sara no se había dado cuenta de aquel detalle de la portada.

—Imagino que no —concedió.

—Pues, con tu permiso, voy a compartir el resto del viaje con los personajes de este libro.

—Tienes mi aprobación. Yo me concentraré en la música.

Mientras Sara sacaba de nuevo su móvil del bolso, vio cómo Alejandro contemplaba la dedicatoria que le había escrito Marta. Después la miró a ella con una pregunta en los ojos, pero no dijo nada. Simplemente, pasó la página y comenzó a leer.

Sara estaba segura de que a los pocos minutos se cansaría y lo dejaría, pero ocurrió todo lo contrario. Hasta trajeron la comida y él seguía leyendo sin apartar la mirada del libro que tenía colocado encima de la bandeja del asiento delantero. De pronto, se reía como si alguna escena le estuviera haciendo mucha gracia. Luego, se quedaba serio, muy concentrado, mirando el papel con expresión casi felina. Todo su cuerpo parecía en tensión. A continuación, se giraba, buscando a Sara con la mirada. Esta se hacía la tonta para no darse por aludida. Finalmente, se revolvía en su asiento, como si estuviera incómodo por algo. Segundos después, volvía a concentrarse en su lectura.

Sara no decía nada, solo le echaba miraditas furtivas para no llamar su atención, pero se moría de ganas de averiguar qué estaba leyendo. No podía creerse que lo que ella consideraba una novela rosa le gustase tanto.

Cuando por fin el comandante del vuelo les indicó por megafonía que se disponían a aterrizar, Alejandro cerró el libro y con una mirada enigmática se lo entregó.

—Mejor será que te lo devuelva ya.

—¿Te está gustando? —La pregunta le quemaba en la lengua desde hacía rato.

—Estoy impresionado. No conocía a esta escritora. Nunca había leído una historia como esta. —Sus últimas palabras encerraban un significado que Sara fue incapaz de descubrir, aunque por su tono estaba segura de que él esperaba que lo hiciera—. En cuanto pueda me lo compraré, me pica la curiosidad saber cómo termina.

—Pues, si es tan bueno, tendré que leerlo yo también.

—Imagino que M estará deseoso de que lo hagas.

No pensaba sacarle de su error. Si quería creer que M era un chico, que lo hiciera.

—Seguro que sí.

El brusco descenso cortó la conversación. Alejandro volvía a reflejar en su cara la tensión que le provocaba aquella situación. Una vez más, cerró los ojos y apoyó su espalda en el asiento. Después, sin decir una palabra siquiera, apretó con fuerza sus dedos, entrelazando la mano que Sara le ofrecía. Esta sintió que una corriente invisible recorría todo su cuerpo por aquel contacto, y su piel se estremeció al notar la poderosa energía que desprendía Alejandro. No podía apartar su mirada del vínculo carnal que acababa de establecerse entre ellos. Y, en el fondo, lo que más la sorprendía era darse cuenta de que ella misma lo había provocado.

La maldición de los Luján
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