Llegó puntual, pero allí no había nadie. ¿Y si Alejandro había cambiado de opinión? No, la habría avisado. ¡Imposible! Él no tenía su número de móvil. ¿Y si había vuelto al barco? En ese caso, Montse le habría contado que ella estaba en tierra, y…

—Lamento el retraso.

Como siempre, la voz de Alejandro la sorprendió por la espalda cuando menos se lo esperaba. Se dio la vuelta para decirle que no importaba, cuando se quedó casi muda por la impresión. Con un traje negro y camisa a juego, el pelo engominado y una sonrisa completamente cautivadora, a los ojos de Sara se convirtió en el hombre más atractivo del mundo. Y no solo por su indumentaria, sino porque por fin comprendió lo que todas las mujeres del aeropuerto habían visto en él.

Aquel hombre tenía un magnetismo sexual que iba mucho más allá de su mera apariencia física. Su mirada, sus movimientos, su forma de comportarse, de hablar…, todo en él provocaba una reacción especial en el espíritu de cualquier mujer, incluso en un instinto primario tan dormido como el suyo. Sara se sintió como la princesa del cuento de hadas que despierta tras un largo sueño; en su caso, de un profundo aletargamiento emocional.

—Estás preciosa… —Sensual, embriagadora y hechizante. Así sonó la voz de Alejandro en sus oídos—. Reconozco que tenía miedo de que no cumplieras con tu parte de la apuesta.

—Yo siempre pago mis deudas —contestó ella cuando pudo reaccionar.

—Eso está bien.

—Y, si me hubieras avisado, habría intentado ponerme tan elegante como tú —replicó.

—Es imposible superar la perfección —contestó él mirándola a los ojos. Después continuó con un tono más divertido—. Además, ya deberías saber que a mí siempre me gusta jugar con ventaja.

—¡Abusón! —Sara estaba emocionada. Se sentía femenina, la mujer más admirada del mundo—. Y, dime, ¿cuál es ese sitio tan especial a donde vamos a cenar?

—Es una sorpresa. Confía en mí. —Eludió su pregunta cogiéndola de la mano y animándola a que le siguiera—. Primero, vamos a dar un paseo en barco.

El yate era precioso. La visión del Bósforo al atardecer, un sueño. Navegar por sus aguas en compañía de Alejandro, una sensación indescriptible.

El casco antiguo de la ciudad, presidido majestuosamente por la mezquita de Süleymaniye, presentaba una imagen muy diferente desde el estrecho de Estambul. Según avanzaban, las vistas desvelaban una panorámica de extraordinaria belleza.

Era fácil enamorarse de aquella ciudad al contemplar en sus orillas la mezcla cultural que delataban los edificios diseminados por ellas. Las cúpulas de las mezquitas, las fachadas de los suntuosos palacios, las líneas rectas de las casas actuales… Un lugar de ensueño, donde el lujo oriental se encontraba con el más sofisticado y moderno espíritu europeo.

Casi ninguno de los dos habló durante el viaje. Se limitaban a disfrutar de lo que veían, sin pedir nada más.

Ya de vuelta, Sara casi se había olvidado del motivo por el que estaban allí. A lo lejos vio una preciosa torre blanca en medio del canal, muy cerca de la orilla asiática. Su iluminación contrastaba con la oscuridad del cielo que, poco a poco, iba envolviéndolo todo.

—Me han dicho que los turcos la llaman Kiz Kulesi, la Torre de la Doncella, y los europeos, la Torre de Leandro —dijo Alejandro, al ver que Sara se quedaba fijamente mirando en aquella dirección.

—¿La Torre de la Doncella? —preguntó, animándole a seguir.

—Creo que el nombre le viene de una leyenda de la época bizantina. Una princesa fue encerrada en ella porque un augur había vaticinado que moriría por la picadura de una serpiente. Su padre supuso que, rodeada de agua por todas partes, aquello no se cumpliría. Pero se equivocó: el reptil se coló en una cesta de higos que regalaron a la muchacha, y su mordedura fue mortal.

—Pues la historia es muy triste, pero la torre es una preciosidad. Me encanta, tiene una magia especial.

—¡No sabes lo que me gusta oírte decir eso! —Alejandro parecía completamente complacido—. Ahí es donde vamos a cenar.

La mirada emocionada de Sara le confirmó que había acertado en su elección.

El personal del restaurante les ayudó a bajar del yate y les condujo hacia el interior. En la base de la torre, varias parejas disfrutaban ya del ambiente íntimo y acogedor que se respiraba en aquel lugar. El maître les dio la bienvenida y les pidió que le siguieran.

Comenzaron a subir por unas escaleras de madera en forma de caracol. A los lados, pequeños recipientes con velas enmarcaban el camino y delicados pétalos rojos y blancos aparecían diseminados por los escalones.

La imagen que se encontró Sara al llegar al final de su recorrido parecía sacada de una novela. En la parte más alta de la torre se encontraba dispuesta una pequeña mesa para dos con un candelabro de planta en el centro. Toda la estancia estaba circundada por multitud de cristales blancos con velas rojas en su interior.

El maître retiró la silla de Sara para que esta pudiese sentarse, les presentó la carta y les dio sus recomendaciones personales. Sara estaba tan absorta que ni siquiera leyó lo que tenía delante. Se limitó a asentir a sus sugerencias. Fue Alejandro el que se encargó de todo.

Antes de retirarse, les agradeció la elección de su «humilde» restaurante y les contó la leyenda que daba el nombre europeo a la torre.

Leandro era un joven que se enamoró de Hero, una sacerdotisa de la diosa Afrodita. Como vivían separados, el muchacho cruzaba todas las noches a nado el estrecho para encontrarse con su amada, guiado por el resplandor de la antorcha que esta encendía. Una noche, la antorcha se apagó y murió ahogado. Cuando Hero se enteró de lo sucedido, no pudo soportar el dolor y se tiró a las aguas para correr el mismo destino que su amado. En la actualidad, la torre permanecía iluminada todas las noches para albergar a los amantes que quisieran reunirse en un ambiente impregnado de romanticismo. Después de contarles la historia y deseándoles que disfrutasen de su cena, el maître se marchó, dejando a los dos comensales en silencio.

Sara quería decirle que se suponía que iban a cenar en un restaurante especial de Estambul, pero ¡aquello era demasiado! Velitas, pétalos… A fin de cuentas, ellos no eran pareja. Solo estaban allí porque él había ganado una apuesta, nada más. Pero no se atrevió. Alejandro había sido tan amable con ella que no se sintió con fuerzas. Además, aquel sitio era idílico, cualquier mujer hubiera matado por disfrutar de una cena así con alguien como él.

Entonces, se dio cuenta de que Alejandro llevaba mucho tiempo callado, con la mirada un poco ausente. ¿En qué estaría pensando? Su expresión era más seria de lo habitual. Una vez más, decidió que lo mejor sería aliviar la tensión bromeando un poco.

—Pues yo creo que eso eran otros tiempos. ¿Quién en su sano juicio se suicida hoy en día porque se ha muerto su amado? Hay que estar un poco loco, ¿no crees?

Alejandro no sonrió como ella esperaba, sino que contestó todavía mucho más serio. Incluso parecía angustiado.

—O muy enamorado…

Sara se sorprendió ante aquella respuesta. Alejandro no parecía ese tipo de hombres que creen ciegamente en el amor. Decidió seguir insistiendo.

—Pues no sé… Yo no he estado nunca tan enamorada como para hacer algo así.

Alejandro no respondió. Una señal de alerta brotó del interior de Sara y se vio obligada a preguntarle, casi con miedo a la respuesta:

—¿Y tú?

Tardó en responder.

—No. Yo tampoco.

Demasiado tarde. La sombra de la duda ya había encontrado su hueco en el corazón de Sara.

El resto de la cena siguió con normalidad. Hablaron de tonterías y anécdotas del viaje. Sara le preguntó cómo se había enterado de que existía un lugar tan idílico como el que estaban cenando, y este se rio, pero con voz misteriosa, y, como si le estuviera revelando el mayor secreto del mundo, le indicó que tenía un confidente que le había soplado toda la información. Su nombre: Google. El ambiente entre ellos había vuelto a la normalidad.

Sara se sentía en las nubes. Para su última noche, no podía haber pedido nada mejor. Cuando terminaron de cenar, el maître les animó a que disfrutasen de las vistas en la terraza circular. No se hicieron de rogar.

Al salir, la noche y el mar ejercieron su poder atemperante y Sara sintió un poco de frío. Alejandro se dio cuenta y le colocó su chaqueta por los hombros. Aquel gesto redujo la distancia que existía entre ellos. Ninguno de los dos se separó después.

—Gracias por esta magnífica e inolvidable cena. Debo confesar que me alegro de haber perdido la apuesta —reconoció Sara, hechizada ante la poderosa mirada de aquel que la hacía sentirse la persona más importante del mundo.

—Sara, esto no tiene por qué terminar aquí… —Alejandro se había puesto serio y en su voz había un atisbo de súplica—. Quiero pasar la noche contigo.

Sara se quedó callada, lo cual hizo suponer a su acompañante que su respuesta iba a ser una negativa.

—Pero, si tú no lo deseas, podemos volver al barco sin más. No te preocupes. La noche ya ha sido maravillosa para mí.

Se disponía a separarse de ella, cuando Sara le retuvo agarrándole de la camisa. Ella no había dicho que no, simplemente se había tomado su tiempo para aceptar la realidad de lo que deseaba. Se sentía como nunca. Excitada, con el corazón a punto de salírsele por la boca y la piel demandando las caricias de Alejandro. Quería llevarse con ella el recuerdo de pasar una noche con el hombre que la fascinaba. Lo deseaba, de eso estaba segura. A su cuento de hadas le quedaban muy pocas horas y no pensaba desaprovechar ninguna.

Fue ella la que se estiró para alcanzar los labios de Alejandro. Fue consciente de la sorpresa de este y de cómo la estrechaba entre sus brazos al comprender lo que aquello significaba. Al igual que había pasado en la goleta unas noches antes, la intensidad de los besos que ambos se regalaron fue incrementándose por segundos. Se olvidaron de respirar, de pensar, de todo aquello que no fuera alimentarse del cuerpo del otro. Y aquel no era el sitio adecuado para terminar lo que habían empezado.

Alejandro se retiró, intentando recobrar el aliento, al tiempo que decía:

—Lo tomaré como un sí.

El yate amarró delante de un imponente palacio, en cuyo muro de entrada rezaba el letrero: «Ciragan Palace Kempinski». Ante la cara de incredulidad de Sara, Alejandro explicó:

—He reservado una habitación aquí.

Ella intentó protestar, pero lo evitó silenciando sus labios con su dedo índice.

—Esta noche no hagas preguntas.

Decidió obedecer. Aquel era un momento de ensueño y no pensaba estropearlo con sus dudas.

El que había sido un antiguo palacio otomano lucía con majestuosidad en la noche turca. Accedieron a la puerta principal subiendo por una escalera doble, adornada con una llamativa alfombra roja.

Una vez dentro, la sensación de estar en un recinto casi sagrado era inevitable. El mármol, anfitrión de aquel vestíbulo de cuento, formaba combinaciones de color delicadas y acogedoras a la vez. Una gigantesca lámpara de cristal presidía la entrada hacia las habitaciones superiores. La joven que los había recibido en el piso de abajo los acompañaba ahora por las escaleras hacia su destino.

Sara no podía dejar de admirar todo lo que la rodeaba. Quería recordar todo aquello. Cada instante, cada sensación.

Atravesaron una puerta que daba acceso a lo que parecía ser una zona más reservada. Después, la azafata se paró delante de un portón bellamente decorado y le indicó a Sara que pasase. Esta miró a Alejandro para que la acompañara, pero este negó con la cabeza.

—Este es un regalo para ti. Espero que lo disfrutes.

Se despidió de ella con un ligero beso en los labios.

Uno de sus sueños más íntimos acababa de hacerse realidad y se lo debía a Alejandro. Aquella misteriosa puerta resultó ser la entrada a una zona de baño turco. Después de desvestirse como le habían indicado, entró a una sala circular cubierta de mármol blanco en la que solo destacaba una pequeña fuente dorada. El hammam estaba iluminado por lámparas ocultas tras los salientes de los muros, pero la luz de la luna entraba a través de los óculos abiertos en la cúpula del techo. La relajante música de fondo completaba la imagen onírica del lugar.

Una mujer joven le indicó que se tumbase en una especie de colchón a ras del suelo, y, durante la siguiente media hora, Sara pensó que estaba en el paraíso. El masaje relajó sus músculos. El aroma del aceite que se filtraba por los poros de su piel elevó su alma. Sara pensó que nunca había estado tan cerca de levitar. Se sentía distinta, como si realmente fuera otra persona, como si aquella noche supusiera un antes y un después en su vida.

Al terminar, iba a marcharse por la misma puerta que había entrado, pero la joven le pidió que la acompañase atravesando otra de las puertas. Una sala tipo tocador la esperaba y, colgando de una percha, había el caftán más bonito que hubiera visto jamás. Era completamente blanco, y solo unos delicados adornos dorados bordados en las mangas y en los laterales, donde la túnica se cerraba, le daban un toque de color.

Su ropa interior había quedado en la primera antesala, pero ninguna de las dos chicas que ahora la atendían se la pidieron. Simplemente, se limitaron a retirarle con toda amabilidad la toalla que la cubría y a colocar en su lugar aquella bella seda. No tenía botones. Un fajín ajustado a la cintura impedía que la túnica se abriese del todo. La sentaron delante del espejo y comenzaron a peinarla con un semirrecogido que dejaba la mayor parte de su pelo suelto. No la maquillaron mucho, solo remarcaron con lápiz negro las líneas de sus ojos, ya de por sí oscuros. Sara se miró en el espejo y se dio cuenta de que apenas se reconocía. Su mirada tenía una fuerza y una viveza que jamás había encontrado en su reflejo.

Las dos muchachas, completamente satisfechas por su trabajo, la miraron con admiración y con cierto grado de picardía en sus ojos. Después, le indicaron la siguiente puerta que tenía que atravesar. «¿Qué sorpresa me esperará ahora?», pensó Sara.

La maldición de los Luján
titlepage.xhtml
Portadilla74826.html
Creditos74827.html
Dedicatoria74828.html
toc.html
Prologo74830.html
Alerjandro74831.html
Capitulo_174832.html
Capitulo_274833.html
Capitulo_374834.html
Capitulo_474835.html
Capitulo_574836.html
Capitulo_674837.html
Capitulo_774838.html
Capitulo_874839.html
Capitulo_974840.html
Capitulo_1074841.html
Capitulo_1174842.html
Capitulo_1274843.html
Capitulo_1374844.html
Capitulo_1474845.html
Capitulo_1574846.html
Capitulo_1674847.html
Capitulo_1774848.html
Capitulo_1874849.html
Capitulo_1974850.html
Gabriel74851.html
Capitulo_2074852.html
Capitulo_2174853.html
Capitulo_2274854.html
Capitulo_2374855.html
Capitulo_2474856.html
Capitulo_2574857.html
Capitulo_2674858.html
Capitulo_2774859.html
Capitulo_2874860.html
Capitulo_2974861.html
Capitulo_3074862.html
Capitulo_3174863.html
Capitulo_3274864.html
Capitulo_3374865.html
Capitulo_3474866.html
Capitulo_3574867.html
Capitulo_3674868.html
Capitulo_3774869.html
Capitulo_3874870.html
Capitulo_3974871.html
Capitulo_4074872.html
Capitulo_4174873.html
Capitulo_4274874.html
Capitulo_4374875.html
Capitulo_4474876.html
Capitulo_4574877.html
Capitulo_4674878.html
Capitulo_4774879.html
Capitulo_4874880.html
Capitulo_4974881.html
Capitulo_5074882.html
Capitulo_5174883.html
Capitulo_5274884.html
Capitulo_5374885.html
Capitulo_5474886.html
Capitulo_5574887.html
Capitulo_5674888.html
Capitulo_5774889.html
Capitulo_5874890.html
Capitulo_5974891.html
Capitulo_6074892.html
Capitulo_6174893.html
Capitulo_6274894.html
Capitulo_6374895.html
Capitulo_6474896.html
Capitulo_6574897.html
Agradecimientos74898.html
fondo_amabook.xhtml
ecosistema-digital.xhtml