Del viaje de vuelta en avión casi ni se enteró. Al llegar a Madrid, recogió su equipaje y como una autómata indicó al taxista la dirección de su casa. Picó algo y se metió en la cama. Quizá durmiendo se sintiese un poco mejor, pero no lo consiguió. El recuerdo de Alejandro también se apoderó de sus sueños.

A la mañana siguiente tuvo que enfrentarse a la realidad. Había vuelto, y, desde aquel día, Jorge era su jefe. Aquello era como pedirle que se tragase una serpiente cruda y todavía coleando. Y ella odiaba a las serpientes.

Sara contempló su reflejo en el espejo antes de salir y los recuerdos que acudieron a su memoria la dejaron ensimismada durante unos minutos. Dolorosa evocación de lo ilusionada que estaba mirándose, en ese mismo espejo, la noche de la gran fiesta en la que se había producido el accidente.

Se había comprado un vestido nuevo. La ocasión lo merecía, no solo porque se festejase la jubilación de Marcelo, sino porque esa noche se haría oficial su nombramiento como nueva Directora General de Ednor. Aquello no sorprendería a nadie, ya que solo se trataba de un mero trámite. Durante los últimos tres meses, Sara ya había asumido las funciones de Marcelo como máximo responsable de la empresa mientras este preparaba su partida. Hasta el día 27 no entraría en vigor su nuevo cargo, pero él había insistido en adelantar la fiesta al día 2 para hacerla coincidir con la fecha de fundación de Ednor. En su discurso final había dejado claro que se iba con la tranquilidad de saber que a su querida empresa le deparaba un gran porvenir bajo la dirección de Sara. Ella llevaba toda su vida preparándose para ese momento.

En la fiesta había vuelto a ver a Julio Robles, el hijo del dueño de la empresa. Su padre había tenido que mover muchos contactos para que le aceptasen en Yale, pero ni eso había bastado para no ser expulsado por su ineptitud. Por algún motivo que ella desconocía, aquel muchacho había llegado a la conclusión de que Sara estaría encantada con sus atenciones, y, en más de una ocasión, esta había tenido que pararle los pies. No se parecía en nada a su padre. Antonio había sido un caballero en toda la extensión de la palabra: de buena familia y con un importante capital, desde que el cáncer le arrebatase a su mujer y le dejase solo con el pequeño Julio, había dedicado toda su vida y su dinero a la investigación. Por eso, junto con su amigo Marcelo, que tenía la formación necesaria para dirigirlo, habían creado Ednor. Nada que ver con aquel niñato engreído, que se creía que podía conseguir todo en la vida con dinero.

Muy probablemente, de aquella debilidad se había aprovechado Jorge para hacer su jugada maestra tras la muerte de Marcelo y de Antonio en aquel trágico accidente. Le habían contratado hacía poco más de un año. Y lo realmente hiriente era el hecho de que había sido ella misma quien había tenido la idea de hacerlo. Por aquel entonces, conseguir nuevo capital se había convertido en su mayor preocupación, porque el patrimonio de Antonio se había visto afectado por la crisis. Por suerte, algunos de sus avances con nanopartículas producían verdaderos milagros cuando se aplicaban en cremas antienvejecimiento, y, con los beneficios de su comercialización, podrían mantener con buena salud económica a Ednor hasta que su compuesto estrella estuviese preparado para ir en busca de un accionista importante.

Sabía que necesitarían un buen Director Comercial para llevar al mercado los cosméticos que habían desarrollado, y, tanto Marcelo como Antonio, habían aceptado su propuesta. Lamentablemente, la elección del candidato no la hizo Sara, sino que vino impuesta por el dueño de la empresa: Jorge era hijo de una prima de su difunta mujer y se acababa de quedar en paro. Ella iba a pagar muy cara aquella decisión motivada por la buena voluntad del pobre Antonio.

Sara recordó el momento en el que Julio la había citado en la sala de reuniones de su planta. Le pareció extraño, porque hacía años que él no pisaba las instalaciones de Ednor. Al llegar y ver a Jorge allí, con una sonrisa de prepotencia insolente, comprendió que algo no iba bien. No se equivocaba. La noticia la atravesó como una estaca. Jorge, que no tenía ni idea de cómo funcionaba Ednor, pues solo se encargaba de la pequeña comercialización de unas cremas, asumía plenamente el poder. A partir de aquel momento, decidiría el destino de la compañía. Aquel muchachito quería darle un nuevo enfoque al futuro de Ednor y para ello confiaba solamente en Jorge. Sara intentó replicar, pero todo fue inútil. Julio ni siquiera la estaba escuchando. La miraba, pero no a la cara, sino a la porción de piel que, debido al calor, mostraba la abertura de su bata blanca.

«Y, si consigo que mis tetas hablen, ¡¿me harás más caso?!»

Sentía tanta rabia, tanta impotencia, que casi le soltó aquello en la cara. Pero sabía que lo único que conseguiría sería que el descerebrado de Julio la despidiera, y eso no podía consentirlo, todavía no. Tenía que alcanzar su próximo objetivo, el que de verdad importaba.

Tras recibir aquel golpe en su hígado emocional, había sido presa fácil para Marta. Se dejó convencer de que lo mejor era dejarlo todo por unos días e irse de vacaciones. Necesitaba descansar y recuperarse de los duros acontecimientos que habían asolado su vida. Una semana después, estaba montada en un avión con un compañero de viaje al que jamás olvidaría.

Pensar en Alejandro le dio el impulso que necesitaba para abrir la puerta y dar el primer paso hacia la realidad. Sus vacaciones habían terminado. Ahora tenía que enfrentarse a su pesadilla personal.

La maldición de los Luján
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