Albalut estaba situada en una de las comarcas más exuberantes de Andalucía: la Vega de Granada, un vergel a las puertas de la capital y de la imponente Sierra Nevada.

Desde la avioneta, Sara pudo contemplar los pequeños pueblos que salpicaban la llanura, de suelos aluviales y excelente fertilidad agrícola.

—Señorita McCarthy, mire allí —dijo Gabriel señalando a una inmensa masa de agua color verde esmeralda.

Sara obedeció. En el entorno que rodeaba a la presa pudo apreciar zonas de cultivo, olivares, alamedas e incluso terrenos baldíos. La mano del hombre había diseñado en la tierra cada línea de aquel paisaje, que no por ello perdía un ápice de su belleza.

—En cuanto pasemos el embalse de Cubillas, estaremos en el término municipal de Albalut, y en pocos minutos en mi cortijo.

Si Gabriel pensaba que le estaba dando buenas noticias, estaba completamente equivocado.

«Si esto fuera un hotel, vendría aquí a descansar en mis próximas vacaciones», pensó Sara, tras atravesar el portalón de acceso al cortijo.

La avioneta había quedado fuera del recinto, en una zona destinada para el aterrizaje. A pesar de lo nerviosa que estaba, aquel lugar le infundía una paz y una tranquilidad que hubiera estado muy lejos de sentir si no fuera por el entorno que la rodeaba. Aislado del resto del mundo por hectáreas de campos de olivos, trigo y girasoles, el silencio más acogedor que Sara hubiera escuchado nunca les dio la bienvenida.

Dejó vagar su mirada y sus ojos se toparon con la que debía de ser la casa principal a tenor de su tamaño y elegancia: la oscura madera de la carpintería destacaba sobre el blanco inmaculado de la fachada, y, en el piso superior, una terraza invitaba a sentarse en ella para disfrutar de un buen desayuno con los primero rayos del día.

Contrastaba con el edificio que tenía enfrente, pues, a pesar de haber intentado mantener la armonía del resto, el tono arcilloso de su pared delataba una reforma reciente. El mismo color de la tierra rojiza que daba su fuerza a las legiones de olivos que defendían con su firme presencia al cortijo.

Sara inhaló el intenso aroma de las plantas diseminadas delante de la casa principal que, con sus delicados colores, creaban una cálida alfombra de bienvenida para el visitante que llegara hasta su puerta. Lavanda, tomillo, romero, hierbabuena. Olores que invitaban al sosiego del alma. Todos ellos acunados por el sonido del agua que, liberada a través de diminutos caños, era acogida por una pequeña acequia.

A pesar del intenso calor de primeros de julio, la distribución de los edificios y la vegetación de aquel rincón de Andalucía contribuían a que la temperatura fuera muy agradable. Una ligera brisa acarició los brazos desnudos de Sara. Suave, reconfortante, tranquilizadora. Como el arrullo de las oraciones que durante siglos fueron pronunciadas en la pequeña iglesia de piedra y ladrillo que cerraba el recinto.

Sí, definitivamente, si las circunstancias hubiesen sido otras, Sara hubiese elegido aquel lugar para escapar del tumulto de la ciudad en unas supuestas vacaciones.

Pero ni aquel maravilloso cortijo era un hotel, ni era momento para el descanso.

—Señor marqués, es un placer tenerle de nuevo con nosotros. Espero que el viaje haya sido agradable.

—Buenos días, Juana. El vuelo no ha tenido ningún contratiempo, gracias. Creo que llegamos con el tiempo justo para asearnos un poco y comer algo. ¿Está todo preparado?

—Por supuesto, señor. En una hora podrá sentarse con sus invitados a la mesa.

Sara pensó que habría escuchado mal el trato que aquella mujer había dispensado a Gabriel, pero solo tuvo que mirar la cara de estupefacción que tenía Jorge para confirmar que no se había equivocado. ¿Marqués? ¿Pero eso existía todavía?

Gabriel les presentó a Juana como la responsable de controlar el buen funcionamiento de aquella casa. «Una especie de ama de llaves de las antiguas», pensó Sara. Rondaría los sesenta años y, a pesar de su gesto serio, probablemente para mantener las formas delante de ellos, algo en ella transmitía confianza. El tono que había empleado en la bienvenida de Gabriel se notaba sincero. Cuando miró a Sara, su expresión delató que ella también había visto el «famoso» cuadro.

Tras las presentaciones, Gabriel pidió a Juana que les mostrase sus habitaciones. Él tenía que reunirse un rato con Paula, que no había entrado con ellos a la casa principal, sino que se había dirigido directamente hacia el edificio color arcilla.

—No se preocupe por nosotros. —dijo Jorge—. Con una habitación para los dos nos apañaremos. No queremos molestar.

«¡Será gilipollas!», pensó Sara a punto de saltarle a la yugular. «El muy imbécil quiere hacer creer a todos que estamos liados». Intentó calmarse un poco antes de protestar, pero llegó demasiado tarde. Gabriel intervino por ella, tratando con familiaridad a Jorge, pero con un poco de altanería en su voz.

—No te preocupes, Jorge. Yo no consentiría que estuvieseis incómodos en mi casa teniendo que compartir habitación por mi culpa. Hay dormitorios de sobra. De hecho, si no te gusta el que te hayan asignado, dímelo y buscamos otro que sea de tu agrado.

—Te lo agradezco —fue lo único que pudo contestar Jorge antes de que Gabriel se diese la vuelta para salir por la puerta sin despedirse de ninguno de los dos.

En la planta baja estaba situado el comedor, una acogedora estancia con vigas de madera adornando el techo. En su centro, una gran mesa vestida con un impoluto mantel blanco competía en protagonismo con los dos aparadores de nogal estilo renacimiento que, repletos de utensilios de plata, cristal y porcelana, se enfrentaban con la enorme chimenea de piedra tallada, en la que se podía apreciar el escudo familiar.

Sara no pudo probar bocado hasta que por fin comprendió que a aquella comida no iba a asistir el causante de su preocupación.

Paula y Gabriel habían vuelto y ahora los cuatro disfrutaban de aquel delicioso ajoblanco que les había servido una joven a quien Gabriel dio las gracias educadamente. La muchacha se llamaba Irene.

—Gabriel, ¿puedo hacerte una pregunta? —Jorge parecía encontrarse a sus anchas en aquel lugar y en aquella compañía, por eso habló con total familiaridad a su interlocutor—. ¿De verdad tienes un título nobiliario? Me ha parecido que antes la sirvienta te llamaba «marqués».

Quizá la culpa fuera suya, pero, cada vez que aquel hombre abría la boca, a Sara se le retorcían las tripas. El desprecio con el que había pronunciado la palabra «sirvienta» para referirse a Juana estaba completamente fuera de lugar.

—Juana no es una sirvienta, Jorge. —A Gabriel tampoco le había hecho mucha gracia que se refiriese a ella en aquellos términos—. Como ya te dije antes, es la responsable de que todo esto funcione. Sin ella, el cortijo se desmoronaría.

Jorge se removió incómodo en su silla, consciente de que había metido la pata.

—Y, respondiendo a tu pregunta —continuó hablando Gabriel—, tengo varios títulos nobiliarios heredados de la familia de mi madre. Marqués de Valtierra es uno de ellos.

¿Tendría Alejandro algún título también? En ningún momento lo había mencionado. Sara fue consciente de que solo había hablado de algunos acontecimientos de su infancia y juventud, pero nunca había mencionado nada de su vida actual. Ella sola se había creado una imagen de él, pero la realidad es que Alejandro no le había contado nada. ¿Por qué entonces había dado tantas cosas por sentado?

—Pero ninguno de ellos tiene la importancia del que ostenta mi abuelo, don Luis Luján, vigésimo tercer marqués de Mondéjar.

Sara apreció el tono de orgullo con el que pronunciaba el linaje de su abuelo y, entonces, sintió curiosidad. Alejandro le había hablado tanto de él que, en ese momento, cayó en la cuenta de que no lo había visto por la casa. Todavía no había participado en la conversación en lo que llevaban de comida, pero decidió que aquel era un buen motivo para intervenir.

—Y su abuelo ¿vive aquí o en otra residencia? —preguntó, manteniendo las distancias sin tutearle.

Gabriel se la quedó mirando antes de contestar.

—Aquí, su vida está ligada a esta tierra y a su gente. —Sara recordó que algo parecido le había dicho Alejandro—. Y es por él que estamos aquí.

—No entiendo… —preguntó desconcertado Jorge.

—Mi abuelo no ha podido asistir a la comida porque se encuentra ingresado en el hospital por un tema bastante grave. Tenía previsto pasar con él el fin de semana, pero también quería solucionar el asunto que nos ocupa lo antes posible. De ahí que os pidiera que me acompañaseis.

«Lo de pedir es un mordaz eufemismo», pensó Sara, pero ya le daba igual. Empezaba a estar preocupada por la salud de don Luis. Si a este le pasase algo, sería un duro golpe para Alejandro. Y en ese momento lo comprendió: probablemente él estuviese haciéndole compañía en el hospital. Con un poco de suerte, se marcharía antes de que Alejandro regresara.

El siguiente plato que trajo Irene desprendía un aroma divino. Paula les explicó que era arroz con conejo al estilo típico de Albalut, con gambas, cigalas, cangrejos, conejo, tomates, alcachofas, cebolla, hígado y vino blanco. En esta ocasión, fue Paula la que agradeció a Irene sus servicios.

Sara se fijó un poco más en la mujer que se había sentado justo enfrente de ella y al lado de Gabriel. No era una invitada más en aquella casa, se notaba que estaba acostumbrada a relacionarse con las empleadas y que estas la respetaban. Su elegancia natural, su pelo rubio, largo y rizado, junto a unos preciosos ojos verdes y su porte distinguido hacían que pareciese la marquesa del lugar. ¿Y si lo era realmente? Nadie había dicho nada al respecto, pero ¿y si Paula era la esposa de Gabriel? Miró sus manos. Ninguno de los dos llevaba anillo de casado, pero eso no quería decir nada. Sin ir más lejos, aquella mañana habían aparecido juntos en el aeropuerto.

Quizá se resolviera la incógnita en alguna conversación. Desde luego, Sara no lo iba a preguntar. A ella le daba lo mismo, pero compadecía a la mujer que tuviera que soportar como marido a semejante presuntuoso.

La maldición de los Luján
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