—Pues, verá, según me contó a mí mi madre, que lo había sabido de la suya, los hechos ocurrieron unos meses después de que estallase la Guerra de Cuba —explicó Juana—. Por aquel entonces, el señorito de la casa era el abuelo de don Luis, el joven Joaquín. Hijo único, porque la señora había tenido complicaciones en el parto y no pudo darle más vástagos al señor, los marqueses habían planeado su boda con la hija de un amigo de la familia que había adquirido una muy buena posición en Madrid. Sin embargo, el destino quiso jugarles una mala pasada: su heredero se enamoró perdidamente de una de las chicas del pueblo.

—¿Mercedes? —se adelantó Sara.

—Efectivamente. Sus padres habían muerto y la muchacha vivía sola con su hermano pequeño y su abuela viuda.

—Vamos, que la joven era presa fácil para el señorito del cortijo.

—Sí, eso pensaron todos. Sobre todo su abuela, quien, en vistas de lo que podía pasar, la encerró en su casa y no la dejaba salir ni de día ni de noche.

—Pobrecilla, tuvo que ser horrible.

—Bueno, según cuentan, la abuela tenía sus motivos personales para actuar así. De joven, ella también había sido muy bella y alegre. Las chismosas del pueblo decían que por sus venas corría sangre de hechicera gitana y que eso le daba un poder especial para hacer que todos los hombres se volvieran locos por ella.

—Suena novelesco —comentó Sara.

—Suena dramático —profetizó Juana—, porque aquello fue su perdición. La gente decía que de su embrujo no se podía librar ningún hombre, incluido el que había sido el abuelo del señorito Joaquín. Este, ante las negativas de la muchacha, con la fuerza y el poder que le daba su posición social y económica, abusó de ella una tarde en que regresaba sola a su casa. Aquello la dejó marcada para siempre.

A la mente de Sara regresó el momento de angustia que había vivido cuando el malnacido de Jorge intentó violarla.

—Aquí la historia tiene varias versiones —continuó Juana—. Hay quien dice que la joven ultrajada se quedó embarazada y que dio el niño al nacer; otros, que lo abandonó en el bosque para que los animales dieran buena cuenta de la semilla del diablo; y otros, que ni siquiera hubo bebé. Luego, la historia vuelve a unificarse y todos están de acuerdo en que, pasados los años, llegó un forastero al pueblo y se casó con ella. Tuvieron una hija, la madre de Mercedes.

—La abuela debía de odiar a la familia Luján. Cualquiera en su lugar hubiera intentado proteger a su nieta.

—Pues sí. Pero en esta ocasión, las cosas no se iban a dar igual. Contra todo pronóstico, el señorito Joaquín era un buen hombre que se había enamorado de verdad de Mercedes. Un día se presentó en casa de la abuela a pedir su mano.

—¿En serio? —Sara no salía de su asombro.

—Sí, mi abuela decía que en la familia Luján siempre había pasado eso con los varones. Los había que eran demonios como el mismísimo Lucifer, y otros, adorables ángeles recién caídos del cielo. Lo difícil era averiguar quién era quién sin morir en el intento.

«¡Que me lo digan a mí!», pensó Sara.

—La abuela desconfiaba completamente de Joaquín, pero este le juró que no le había puesto la mano encima a su nieta, y que de verdad la quería como esposa y madre de sus hijos. De hecho, le aseguró que ya tenía todo preparado para celebrar la boda lo antes posible, e incluso, según dicen, llevó consigo un precioso vestido de novia para no dejar lugar a dudas sobre sus intenciones.

—¿Y la abuela accedió?

—Imagínese, señorita. ¡A los ojos de aquella pobre mujer, Dios estaba enmendando a través de su nieta el horror que vivió ella! Cuando el pueblo se enteró de las futuras nupcias, todos dijeron que había una mano divina en aquella unión. ¡El señorito Joaquín estaba tan feliz que incluso pintó él mismo un retrato de Mercedes! Quería que fuese su regalo de bodas.

—¿El famoso cuadro lo pintó Joaquín? —preguntó Sara sorprendida, aquello no se lo había dicho nadie.

—Sí, al señorito le encantaba pintar, incluso creo que recibió clases en Córdoba. Algunos de los cuadros que hay todavía en la casa son de él, pero ninguno tiene el magnetismo de este. Basta con mirarlo para entender que en cada trazado dejó grabado el amor que sentía por ella. Lo terminó justo un día antes de la boda.

Entonces, Sara se acordó de la otra parte de la historia, la que había quedado en segundo plano.

—Y ¿qué pasó con los padres de Joaquín? No me puedo creer que se quedasen tan tranquilos viendo cómo se esfumaban sus planes por una muchacha del pueblo.

—No, desde luego que no. Intentaron hacerlo entrar en razón por todos los medios e incluso, según cuentan, lo amenazaron con desheredarle. Pero no hubo forma, Joaquín tenía muy claro lo que quería, y, cuando un Luján quiere algo, le aseguro, señorita McCarthy, que no hay poder en la tierra que le impida conseguirlo —sentenció Juana, con la clara intención de que Sara comprendiera bien sus palabras—. Al final, no les quedó más remedio que aceptar la decisión de su hijo.

—¿De verdad? —Dada la época, aquello parecía un poco extraño.

—Bueno, digamos que aparentemente así fue, pero muchos en el pueblo no se lo creyeron. ¿Cómo iban a consentir los señores que el futuro marqués de Mondéjar se fuera a casar con una pobre desdichada, nieta de la mujer que fue violada por su abuelo? ¡Imposible! Por eso, cuando luego pasó lo que pasó, todos miraron hacia los padres de Joaquín.

—Y ¿qué fue lo que pasó? —preguntó Sara con curiosidad, aunque ya empezaba a atar cabos en esa historia.

—Que se celebró la boda, pero el cuento no tuvo un final feliz. Algunas de las mujeres que habían acompañado a Mercedes a la alcoba contaron, después, que la muchacha empezó a encontrarse mal incluso antes de meterse en la cama. Su rostro era ceniciento y vomitó varias veces, pero lo achacaron a los nervios propios del momento. Le gastaron bromas e intentaron darle ánimos para lo que le esperaba. Ninguna se podía imaginar lo que estaba sucediendo realmente y se marcharon dejándola sola en la habitación. Mientras, los hombres siguieron apurando sus copas de vino hasta bien entrada la noche. Cuando por fin liberaron a Joaquín, este subió a su dormitorio con toda la emoción de un recién casado, pero lo que allí se encontró destrozó su vida para siempre: Mercedes estaba muerta.

—¿Cómo murió? —preguntó Sara con el corazón en un puño.

—Nadie lo supo exactamente. La familia no permitió que se viera su cadáver, pero, dadas las circunstancias, muchos en el pueblo pensaron que había sido envenenada por los propios señores. Eliminaron el obstáculo sin tener que pelearse con su hijo. Ni siquiera fue enterrada en el panteón familiar porque, al no consumar el matrimonio, este no tenía validez ante los ojos de Dios.

Sara se compadeció de la anciana que, una vez más, había sido duramente golpeada por la vida.

—¿Qué pasó con la abuela? No quiero ni pensar en lo que tuvo que sufrir aquella pobre mujer.

—Como se puede imaginar, ella fue la primera que culpó a los señores de haber asesinado a su nieta. No paraba de decir que se vengaría, pero, vieja y con el juicio casi perdido tras la muerte de su nieta, nadie la tomó en serio.

—¿Y Joaquín?

—El señorito estuvo cinco años encerrado en su habitación con el cuadro de Mercedes. No dejaba entrar a nadie. Solo de vez en cuando aceptaba la comida que le dejaban en la puerta. Mientras, la situación económica de la familia empeoró, necesitaban que Joaquín se casara con una rica heredera. Gastaron mucho dinero en traer a un médico de la capital y, al final, consiguieron que su hijo volviera a aparentar ser una persona normal. Así lograron concertar la boda que les salvaría de la completa bancarrota.

—¿Y ahí termina la historia? —preguntó Sara extrañada—. Todavía no me ha contado nada sobre la supuesta maldición.

—No, señorita, aunque parezca mentira, la parte más dramática estaba todavía por llegar. —Juana tomó aire para continuar—. Se dice que, a pesar de celebrarse a mediados de junio, el día de la boda amaneció negro como la boca de un lobo. Las nubes presagiaban que algo malo iba a ocurrir. El primer trueno de la tormenta se oyó después de que Joaquín pronunciase el «sí, quiero». De pronto, la puerta de la capilla del cortijo, donde se estaba celebrando la boda, se abrió de par en par y una figura tétrica y completamente empapada se iluminó con el siguiente rayo. Los asistentes aseguraron que una bruja salida del infierno no hubiera resultado tan espeluznante. Con la ropa raída, el pelo sucio y enmarañado, y la cara desencajada por el odio, la abuela de Mercedes venía a cumplir su promesa.

—Y ¿qué hizo? ¿Mató a la novia para impedir que los padres de Joaquín obtuviesen lo que querían? —preguntó Sara, muy metida en la historia.

—Algo peor. Haciendo eso solo se hubiera retrasado lo inevitable, pues los marqueses habrían buscado otra esposa para su hijo y allí no habría pasado nada. No, tenía que asegurarse de que estos pagaran por su crimen.

Juana paró aquí. Sopesaba si debía, o no, desvelar toda la historia a Sara. No quería interferir en la vida de sus señores, pero lo que venía a continuación podría afectar directamente a la joven que con tanta amabilidad le habia tratado desde que llegó.

—Por favor, no te pares ahora. Me muero por saber el final —suplicó Sara.

—Está bien, quizás lo mejor sea que conozca toda la verdad —accedió Juana—. Aquella mujer que tanto había sufrido utilizó el odio gestado en su interior a lo largo de los años para echar una maldición sobre la familia: pidió a Satanás que le concediera la vida de todas las mujeres que usurparan el lugar que por derecho le correspondía a su nieta; rogó para que jamás un varón Luján tuviera nunca una vida de completa felicidad con ninguna mujer, hasta que alguien de su misma sangre ocupara el lugar que le había sido arrebatado a Mercedes. En pago a su petición, allí, delante de todos, le entregó su vida y su alma, cortándose el cuello con algo que llevaba escondido en la mano. Instantes después, un rayo atravesó la vidriera de la capilla y cayó encima del cuerpo desangrado, quemándolo por completo. Todos se santiguaron. Aquello solo podía ser obra del mismísimo Lucifer, que había aceptado el trato.

—¿Qué? —Sara no salía de su asombro.

—Así se forjó la maldición de los Luján, señorita. Una anciana se sacrificó para que ellos sufrieran durante generaciones. La pesadilla terminará el día en que otra mujer de su linaje ocupe el lugar de la señora en esta casa.

Sara intentó no parecer afectada por todo lo que le había contado Juana y se esforzó en ofrecer una sonrisa que estaba muy lejos de sentir.

—Vaya, ahora entiendo que todavía hoy en día se siga hablando de esto… ¡A la historia no le falta de nada!

Sara echó una mirada a su reloj y comentó lo tarde que se había hecho. Le agradecía mucho a Juana el momento que le había dedicado y la felicitó por lo rico que sabía su café.

Pero, antes de salir por la puerta, no pudo retener por más tiempo la gran duda que le quemaba en el pecho.

—Por cierto, ¿la maldición se cumplió o quedó solo en una buena puesta en escena?

Juana asintió. Llevaba rato esperando aquella pregunta.

—Quiere saber si la nueva señora murió, ¿verdad? Pues sí, ella y todas las que después le sucedieron, ya fuera en un parto, de enfermedad o por mero accidente. Con cada una de sus muertes la maldición se fue haciendo más fuerte y más temida por la gente del pueblo.

«Imposible», se obligó a pensar Sara.

—¡Venga Juana, no me lo creo! Seguro que las cosas se han ido magnificando con el tiempo. Eso son solo supersticiones. ¿O es que te estás quedando conmigo? —preguntó con la sensación de estar agarrándose a un clavo ardiendo.

—No, señorita —contestó Juana con aire resignado—. Hay cosas en esta vida con las que no se puede bromear.

Juana parecía bastante desolada por lo que había tenido que explicarle, pero, de repente, sintió cómo un influjo de esperanza la inundaba por dentro. Se dio cuenta de que, quizás esta vez, la historia pudiese acabar de manera diferente.

Sara ya estaba casi fuera de la casa, cuando le dijo:

—Señorita, no creo que usted pueda llevar la sangre de Mercedes, pero no cabe duda de que es su viva imagen. Quizás el Señor se haya apiadado por fin de la familia Luján y les haya enviado la clave para salvarse. Estoy segura de que, si alguna vez han tenido una oportunidad de romper la maldición, ese momento es ahora. Es usted.

Sara se limitó a asentir con la cabeza antes de marcharse. No podía hablar. En su garganta se había formado un nudo que la ahogaba como si fuese una soga.

Mientras atravesaba el patio, intentó quitarse aquella sensación, aferrándose a la lógica de la mujer racional que había sido siempre. «¿Unos días encerrada en este maldito cortijo y ya empiezas a creer en supersticiones absurdas? Vamos, Sara, tú estás por encima de estas cosas.»

Había conseguido apaciguar un poco sus pensamientos, pero en la parte más profunda de su mente una idea se había instalado… y venía para quedarse.

«Me parezco a Mercedes, pero no tengo nada que ver con ella. Si me caso con Gabriel, yo también seré una usurpadora y mi vida correrá la misma suerte que la de las otras.»

La maldición de los Luján
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