
Madrid, 20 de junio
Juan llevaba casi treinta años conduciendo su taxi por las calles de Madrid y estaba más que acostumbrado a ver personas de todo tipo sentadas en el asiento de atrás: empresarios estirados, familias a punto de empezar sus vacaciones, jóvenes nocturnos volviendo resacosos al amanecer… Ese día había tenido suerte. Una joven morena quería que la llevase urgentemente al aeropuerto. La chica era una preciosidad. Se parecía mucho a la mujer de un cuadro muy popular que su cuñado tenía en la casa de la Sierra y enseguida le vino a la mente el famoso pasodoble que comenzó a tararear sin levantar la voz: «Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena, con el rostro de misterio y el alma llena de pena…».
No deseaba molestarla, pero se sorprendió a sí mismo echando miraditas furtivas a la muchacha que, en el asiento de atrás, no paraba de hablar por su móvil. Él no era uno de esos taxistas pesados, ni mucho menos un viejo verde, pero el caso es que había algo en los ojos negros de aquella joven que hacía que no pudiera dejar de observarla a través del retrovisor. Además, su voz autoritaria reflejaba una seriedad que no parecía encajar con la juventud de sus facciones, ni mucho menos con la divertida maleta que hacía unos minutos había cargado en su taxi.
—Envía el informe que te pedí a Álvaro, has tenido más de una semana para actualizarlo.
De lo que no tenía ni la más mínima duda era de la poca simpatía que ella sentía por la persona con la que estaba hablando.
—He estado dos horas esperándote, no me vengas con excusas estúpidas.
Juan pisó un poco más el acelerador al ver que ella volvía a consultar por enésima vez su reloj. ¡Sólo faltaría que la muchacha perdiese el avión por su culpa!
—Jorge, llevamos semanas preparando la reunión del martes y sólo falta tu maldito informe. No voy a permitir que una vez más tu incompetencia estropee mis planes. ¿Lo has entendido bien?
Parecería joven, pero los tenía bien puestos, pensó Juan un poco más tranquilo al ver la silueta de la Terminal 1 del Adolfo Suárez Madrid-Barajas.
—¡Me da igual que en un papel ponga que el próximo lunes serás mi jefe! A ver si se te mete en la cabeza que esto está por encima de ti y de mí, y que, si no lo conseguimos, la situación comenzará a ser muy crítica.
A Juan casi le da algo cuando la oyó decir aquello. ¡Estaba hablando así a su próximo jefe! Tal y como estaban las cosas, o estaba muy loca o sabía que aquel tal Jorge no podría prescindir de ella tan fácilmente. Pero, claro, por su conversación parecía que era la chica la que mandaba… Uf, demasiado complicado para un simple taxista.
—Escúchame bien—continuó la joven—. Durante esta semana espero que Álvaro no tenga que llamarme para decirme que hay algún problema relacionado con tu parte. ¡Y haz el favor de ponerte las pilas de una puñetera vez, que para eso vas a ser el jefe!
Por lo menos con Juan no se iba a enfadar, porque había conseguido llegar a tiempo a las puertas de entrada de la Terminal 1.
—Efectivamente, Jorge, como tú bien dices, tenemos mucho de qué hablar a la vuelta de mis vacaciones.
Fueron sus últimas palabras antes de guardar el móvil en su bolso, sacar la cartera y pagar en efectivo el importe del viaje. Cuando salió del taxi, Juan ya la estaba esperando con su extravagante maleta en el suelo. Ella la recogió sin prestar apenas atención, seguía ofuscada por su conversación anterior, y el veterano taxista sintió pena, no quería que se marchase de vacaciones con aquel gesto adusto. Y entonces se le ocurrió hablarle de algo agradable que le hiciera olvidar por un instante su malestar. Con gran educación, le preguntó:
—Señorita, ¿le han dicho alguna vez que se parece usted mucho a las mujeres que Julio Romero de Torres pintaba en sus cuadros?
Y ahí se produjo la transformación. El cambio operado fue casi milagroso. La rigidez de su expresión desapareció por arte de magia y una tierna sonrisa se instaló en sus mejillas. Como si una mano invisible hubiese quitado el velo de animosidad que cubría su semblante, como si un ángel hubiera tocado con sus alas aquel bello rostro inundándolo de dulzura y luminosidad.
—Sí. Cuando yo era niña, mi abuela me lo decía todos los días antes de darme su beso de buenas noches.
Los ojos de la joven reflejaban un afectuoso agradecimiento por las palabras de Juan, y, una vez más, aquel viejo filósofo del asfalto reflexionó sobre los entresijos de la condición humana: «¿Qué tendrá el amor que, en los momentos difíciles, un simple recuerdo nos da la fuerza que necesitamos para continuar?».
Con este pensamiento, Juan se quedó solo en el taxi sin poder apartar su mirada de la muchacha que, atravesando el umbral de cristal, se acercaba un poco más a su destino.
El instante de bienestar que Sara había sentido al recordar a su abuela María se esfumó rápidamente al ver la enorme fila de gente que esperaba para facturar el equipaje. Con gesto automático volvió a consultar su reloj, y unas manecillas sobre el rostro de Darth Vader le recordaron que llegaba tarde. Las 11.30, casi una hora después de lo que tenía planificado. Todo por culpa de Jorge. Llevaba una semana esperando la actualización del informe que le había pedido, pero este no había dejado de ponerle excusas para no hacerlo. Como medida extrema, Sara le había convocado a las 9.00 de ese mismo día. Quería zanjar el asunto antes de irse, pero, tras dos horas esperándole, no había tenido más remedio que marcharse con el absoluto convencimiento de que Jorge tramaba algo. Pero ¿el qué? Cualquier cosa se podía esperar de ese trepa engreído y manipulador. Lo extraño era que ya había conseguido lo que quería. ¿Por qué entonces se empecinaba en no mostrar los datos que ella le demandaba? Quizá lo más sensato fuera cancelar esas dichosas vacaciones… «Te mata si lo haces», se dijo a sí misma recordando el origen de aquella idea. «Además, ¿qué puede suceder en una semana que sea peor que lo que ya ha pasado?»
Decidió apartar de su mente ese doloroso pensamiento. Lo importante era que todo estaba preparado para la reunión del martes, y los datos de Jorge que faltaban eran poco relevantes para alcanzar su meta. La información clave la había preparado gente de su confianza, y ella misma había repasado mil veces la presentación y los anexos para asegurarse de que no faltaba nada. Lo más difícil sería la parte en la que tendría que explicar el nuevo cargo de Jorge. Solo de pensarlo se le retorcían las tripas. Aquel hombre de apariencia refinada y elegante, educado en los mejores colegios de pago, no era más que un pavo real que no dudaba en avasallar a los que creía inferiores a él. Podía humillar a sus víctimas sin ningún tipo de compasión, y si estas llevaban falda todavía peor. Tres meses atrás, Sara había tenido que amenazarle con una denuncia a la policía si volvía a acosar a una de las becarias. Era repugnante, y mucho se temía que, una vez acomodado en su nuevo cargo, sería casi imposible pararle los pies.
El futuro que Sara había soñado se había roto en mil pedazos durante la madrugada del 2 de junio, y el que había surgido en su lugar se tornaba más aciago por momentos. Pero aunque tuviera que vivir en un mundo de pesadilla no cejaría hasta conseguir su objetivo.
Pero primero necesitaba recuperarse, necesitaba desconectar por un tiempo de todo aquello. Necesitaba encontrar la fuerza y la entereza que había perdido con los últimos acontecimientos, y esperaba desesperadamente que aquel viaje contribuyera en gran medida a ello.
Una vez libre del peso adicional, corrió por la terminal como si le fuera la vida en ello, pero al llegar al control de seguridad se le hizo un nudo en el estómago. El número de personas que aguardaban a ser atendidas era bastante superior al que ella esperaba. Como no se dieran prisa, definitivamente perdería el vuelo.
Empezaba a pensar en la forma de pedir a alguien que la dejase pasar delante, cuando sonó su móvil. La foto de su amiga Marta aparecía en la pantalla.
—¡Hola! —La voz al otro lado del teléfono sonaba un tanto ansiosa—. ¿Estás ya en el avión?
—¡Qué va! Todavía ni he pasado el control—dijo con frustración.
—¿Y eso? —quiso saber Marta, bastante preocupada.
—Nada, prefiero no hablar de ello porque me voy a enfadar más… Dime, ¿qué pasa? ¿Por qué me llamas tan apurada? —preguntó con inquietud—. ¡No me digas que se ha cancelado el viaje!
Marta era su vecina y, desde que la conoció, su mejor amiga, así como la lianta que la había convencido para que dejase todo por un tiempo y se fuera de vacaciones. Pero a unas vacaciones que la ayudasen a ella a testear la nueva aventura en la que se había embarcado. Y es que Marta acababa de asociarse con un americano y se dedicaban a organizar viajes por el Mediterráneo…, o algo así le había contado. El primero que lanzaban al mercado era el crucero en el que, si todo iba bien y conseguía llegar a tiempo al avión, Sara se enrolaría al día siguiente desde Atenas.
—¡No, por favor! —suplicó Marta—. Ya sabes que me juego mucho en este circuito. ¡Si algo sale mal, me da algo!
—Tranquila, estoy segura de que lo tienes todo controlado. Y ahora dime —dijo Sara para que cambiara de tema—: ¿por qué me has llamado con tanta urgencia?
—Bueno… La verdad es que quería asegurarme de que no te echabas atrás en el último momento —respondió con sinceridad.
—Pues el caso es que llevo un día que es como para planteárselo —contestó Sara con cierto grado de resignación—. A lo mejor debería dar media vuelta…
—¡Ni se te ocurra! —cortó de inmediato—. No me puedes dejar tirada en esto, necesito a alguien de confianza para que me cuente su experiencia.
—Era broma…
—Ya… —Marta no parecía estar muy segura de que tras esa «broma» no se escondiera algo de verdad.
—Oye, te dejo, que parece que por fin me toca a mí —finalizó la conversación con cierta premura—. Hablamos a mi vuelta.
—Está bien… Pero ¡prométeme que vas a desconectar y a intentar disfrutar todo lo que puedas estos días!
—Lo intentaré —concedió Sara, aunque ni ella misma se oyó muy convincente.
A sus veintiocho años ya no recordaba la última vez que había viajado por un motivo ajeno al trabajo. Parecía increíble, pero habían sido años de duro esfuerzo laboral en los que unos días de asueto no habían tenido cabida. Quizás, a partir de ahora, todo cambiaría.
No saltó ninguna alarma cuando Sara cruzó el umbral del arco de seguridad, pero, sin embargo, su bolso se resistió a salir tras los flecos de la pasarela. Miró a la vigilante que estaba evaluando las imágenes que recibía en su pantalla, preocupada por si esta hubiera encontrado algún objeto que le resultase sospechoso, pero, para su sorpresa, el retraso se debía a que la mujer estaba contemplando un destino más allá del que su labor profesional requería. Sara se giró, siguiendo la dirección de su mirada, hasta llegar al punto de su interés.
Un hombre.
¿Qué tenía de especial? A fin de cuentas, no era tan raro que alguien fuera cacheado por la Guardia Civil tras hacer saltar la alarma de uno de los arcos de seguridad. Algo se le estaba escapando. ¿Acaso sería algún famoso que ella no conociera? «Quizá sea un deportista de élite o una estrella del fútbol», pensó fijándose en su musculado cuerpo. Aunque también tenía pinta de modelo. ¿Saldría en algún anuncio? Alto y corpulento, de unos treinta y pico años, vestía de forma sencilla, con una camiseta blanca y vaqueros ajustados. A su lado, vio a un par de chicas cuchicheando sin quitarle el ojo de encima. La mente de Sara se olvidó de que tenía que coger un avión, intentando averiguar qué se le escapaba a ella que las demás veían.
Un golpe seco a su izquierda la trajo de vuelta a la realidad.
Se sintió completamente ridícula al darse cuenta de que su bolso, acumulado junto a las pertenencias del resto de las mujeres que también miraban hacia otro lado, se había caído y todo su contenido estaba desperdigado por el suelo. ¡Lo que le faltaba! Ahora sí que llegaría tarde y el avión se iría sin ella. Por un momento tuvo ganas de echarse a llorar. ¿Qué más podía salirle mal aquel día?
Comenzó a recoger sus cosas y descubrió que su cartera se había abierto completamente, dejando a la vista la solapa transparente en la que ella guardaba uno de sus bienes más preciados: un recorte de fotografía. Se trataba de una tira alargada, un poco deteriorada por el paso del tiempo, en la que una preciosa joven, vestida al estilo de los años cincuenta, sonreía con ilusión al enamorado fotógrafo que había capturado aquel instante con su cámara. «¡Qué guapa era!», pensó con nostalgia admirando con cariño la imagen de su abuela María. Aquella foto le traía muy buenos recuerdos, y, cada vez que la contemplaba, podía sentir la magia del momento en el que, a través de un objetivo, sus abuelos se vieron por primera vez y sus vidas quedaron unidas para siempre. A menudo se había preguntado por qué su abuela habría cortado la foto de forma tan radical. ¿A quién había querido eliminar de su pasado? Estaba claro que había ido agarrada de la mano de alguien o, por lo menos, eso se intuía por el ángulo de su brazo. Sara estaba convencida de que, en el trozo que faltaba, aparecería un antiguo novio de su abuela, pero esta siempre se había negado a hablar sobre el tema. Lamentablemente, ya nunca lo sabría.
Recordar a su abuela María hizo que rectificara rápidamente su pensamiento negativo anterior. Ella siempre le recriminaba cuando se quejaba de que algo le salía mal: «Niña, en esta vida las cosas siempre pueden ir a peor o a mejor, todo depende de lo que de verdad desees y de lo que hagas para conseguirlo». Así que se prometió a sí misma hacer lo imposible para que su día, sus vacaciones y su vida mejorasen de una vez por todas.
Y, como si alguien hubiera escuchado su determinación silenciosa, sintió detrás de ella un alma caritativa que comenzaba a recoger sus cosas. Todavía quedaban buenos samaritanos por el mundo.
Se disponía a darse la vuelta para agradecer el gesto, cuando oyó que, en lugar de la voz femenina que hubiese esperado, una firme y varonil le decía:
—Perdona, creo que estas monedas son tuyas.
El «muchas gracias» que tenía pensado pronunciar murió en sus labios, dando paso a un silencio comprometido. Se encontró de frente con el hombre que había sido el foco de atención de todas las mujeres, incluida ella. Ni se fijó en las monedas que él mostraba en su mano, solo en la amistosa sonrisa que le brindaba y en sus ojos, de un azul tan claro que parecían desafiar al negro azabache de su cabello.
«De cerca impresiona más», pensó mientras le hacía un rápido chequeo a sus facciones, «pero no debe de ser modelo porque tiene la nariz demasiado grande… A lo mejor es uno de esos famosillos que salen en las revistas del corazón».
Pero no pudo seguir analizándole.
En cuestión de un segundo, el desconocido borró la sonrisa de su rostro, abrió de golpe los ojos y la intensidad de su mirada la atravesó como si fuera un certero arpón. Por su cabeza pasó la imagen del pequeño ratoncillo que es hipnotizado instantes antes de ser devorado por la cobra. Por puro instinto de supervivencia dio un paso hacia atrás, pero el hombre se lo impidió atrapándola por la cintura.
Sara se quedó petrificada.
Aquel tipo acababa de capturarla y sus intenciones no tenían pinta de ser nada buenas. Sin embargo, no fue su brazo de acero lo que la mantuvo cautiva. Ni siquiera su intimidante cuerpo pegado al suyo. Fueron sus ojos, dos peligrosos volcanes de iridiscente fuego azul, dos piras ardientes y hechizantes por igual. Su mirada la amarró con cuerdas invisibles y la mantuvo indefensa, mientras sus labios se aproximaban peligrosamente a los de ella.
Su mente le decía que debía empujarlo o, por lo menos, gritar pidiendo ayuda, pero su sentido común había caído prisionero del aroma masculino: azahar, vainilla y miel, con un toque de aterciopelado almizcle suave.
Entonces, él susurró con voz profunda, emocionada, casi etérea:
—¿Quién eres tú?
Aquellas palabras fueron como un despertador para Sara. La liberaron del momento irreal que acababa de vivir y le hicieron recuperar la cordura. Comprendió que solo una persona trastornada se comportaría de aquel modo delante de tanta gente y retomó el control de su cuerpo. Estaba en peligro, aquel desequilibrado podría agredirla en cualquier momento. Intentó mantener la calma, parecer tranquila. Si se ponía a gritar pidiendo auxilio, a saber lo que ese hombre le haría, era demasiado fuerte.
Por eso, haciendo acopio de todo su valor, comenzó a hablarle en un tono relajado, amigable, como si tuviese delante a un niño pequeño:
—Mi nombre es Sara… De verdad, ha sido un placer conocerte y me encantaría quedarme un rato a charlar contigo, pero te voy a pedir que me sueltes. Tengo que coger un avión si quiero empezar mis vacaciones. Lo entiendes, ¿verdad?
Y entonces él volvió a sonreír.
—Sara, el placer ha sido mío —pronunció, mientras la liberaba rápidamente de su abrazo—. Yo soy Alejandro.
Por arte de magia, el perturbado se había esfumado y en su lugar había reaparecido el tipo encantador que la había ayudado. Sin embargo, parecía nervioso cuando depositó en la mano de Sara las monedas que aún guardaba. Ella las aprisionó con fuerza. Él no la soltó.
—Te pido mil disculpas por mi comportamiento —titubeó, antes de continuar con una extraña emoción en sus palabras—, pero te juro que es la primera vez que hablo con una mujer con un rostro como el tuyo.
Después, girándole suavemente la mano, se la llevó a los labios, dejando su huella en la delicada piel que se estremeció ante aquel extraño beso de despedida.
Sin decir nada más, se marchó.