La decoración de aquella habitación estaba pensada para hacer que el que allí durmiera se sintiera en paz. La luz vespertina entraba por el ventanal y se reflejaba en las paredes blancas dando un toque de calidez a la estancia, y la cama, cubierta por una adorable colcha de piqué con cojines a juego, invitaba a tumbarse en ella para descansar. Sin embargo, Sara no estaba precisamente para dormir; de hecho, pensaba que no volvería a hacerlo en toda su vida. ¡Aquello tenía que ser una pesadilla! Hasta hacía unas pocas semanas, su vida era tranquila: sabía quién era, lo que quería y tenía la sensación de que podía controlar su futuro. Ahora se sentía como una marioneta en manos de un destino que se burlaba de ella en su cara y que le lanzaba obstáculos continuamente para ponerla a prueba. Sin duda, sus pensamientos la mortificarían como castigo al pacto que acababa de aceptar. Al final se había rendido, había sucumbido ante la tentación del mismísimo diablo.

¿Qué otra opción le quedaba? Luchar contra él hubiera requerido de una determinación titánica y, sinceramente, a ella ya no le quedaban fuerzas para hacerlo. No solo estaba en juego su futuro, contra eso hubiera podido luchar, pero no era capaz de poner en riesgo el de sus compañeros. El destino la había puesto en esa tesitura, que fuera él el que la sacara ahora.

Quizás una ducha fresca la ayudase a aclarar sus ideas y a apaciguar a su alma.

—¡Puta! Conmigo te hacías la estrecha y te ha faltado tiempo para abrirte de piernas para él.

Sara se quedó petrificada. Sus dedos no terminaron de abrochar el vestido de gasa azul que acababa de ponerse tras ducharse tranquilamente. De una patada, Jorge acababa de abrir la puerta de su habitación y se encontraba allí, delante de ella, con la cara encendida por la ira.

La primera reacción de Sara fue cubrir con los brazos la parte de su cuerpo que los botones todavía no habían podido esconder. Aquello fue el detonante que Jorge necesitaba para abalanzarse sobre ella y empujarla con su peso encima de la cama. Las manos de Sara quedaron aprisionadas debajo de su espalda, dejándola completamente indefensa ante su atacante.

Intentó levantarse forcejeando, pero Jorge pesaba demasiado. Comenzó a insultarle gritándole que la soltara, pero el animal en el que se había transformado su compañero no paraba. Sus manos la manoseaban, apretando con fuerza sus pechos, que habían quedado expuestos a él. Su lengua, cual babosa repugnante, avanzaba por su cara, desde el cuello hasta su boca. Un fuerte olor a whisky hacía todavía más insoportable su proximidad. Sara sintió unas terribles ganas de vomitar. Intentó asestarle algún golpe con su rodilla, pero todo parecía inútil. Aquel salvaje la tenía completamente inmovilizada. Pensó con ansiedad en algún truco que le hubiera enseñado su hermano Lawrence en sus interminables y agotadoras clases de defensa personal, pero ninguna idea acudía a su cabeza. Jorge había conseguido no solo bloquear su cuerpo, sino también su mente.

—Ya he hablado con él y me ha dado la noticia de vuestro feliz compromiso y lo que eso va a significar para Ednor. Ramera, ¿te estabas preparando para empezar a pagar tu parte del trato? Pues esta noche seré yo quien te disfrute, vas a saber lo que es una polla de verdad, y no la de ese marquesito de mierda.

Jorge se estaba colocando entre sus piernas mientras intentaba bajarse los pantalones. Sara decidió no pensar en eso. Tenía que actuar y pronto, o aquel salvaje acabaría violándola allí mismo. Y entonces encontró el punto débil que podría darle un poco de margen para liberarse, solo tenía que conseguir llegar a la oreja de aquel cerdo y arrancársela de un mordisco.

No fue necesario. Como por arte de magia, el cuerpo de Jorge se elevó literalmente y, tras recibir un contundente puñetazo, salió despedido hasta estrellarse contra la pared. Gabriel estaba en la habitación. La furia asesina que reflejaba su rostro apabullaría a un semental taurino.

—Si en algo aprecias tu vida, te recomiendo que en este momento recojas tus cosas y te marches de mi casa.

Pero dicen que el alcohol da valentía a los cobardes y eso fue lo que le pasó a Jorge, que siguió con una actitud vacilona, provocando deliberadamente a Gabriel, mientras se levantaba del suelo.

—Oh, vamos, marquesito. ¿Me estás diciendo que no quieres compartir a tu zorrita con nadie más? Ya le has dado lo que te ha pedido y me has dejado sin nada. Creo que a lo mínimo que tengo derecho es a disfrutar un poco de ella, ¿no te parece?

—Disfruta de esto, hijo de puta.

No fue Gabriel quien habló. Las palabras procedían de Sara y acompañaban un ataque que Jorge no se esperaba. Con toda la rabia acumulada por el abuso que había estado a punto de sufrir, fue ella la que le machacó siguiendo fielmente las lecciones aprendidas con su hermano Lawrence. Primero un directo de derecha a la mandíbula, después una combinación de directo de derecha y de izquierda a la tripa, seguido por un croché de izquierda a la mandíbula.

Jorge comenzó a doblarse por el dolor, sorprendido por el hecho de que unas manos tan delicadas como las de Sara pudiesen convertirse en semejantes puños de hierro. Ella no paró, le cogió por los hombros aprovechando que estaba doblado, le asestó un rodillazo en la entrepierna y con un croché de derecha le tiró al suelo. Una vez allí le pisó los huevos utilizando su preciosa sandalia blanca: un poco de suerte y lo castraría para toda su vida.

—¡Maldito cabrón! Si te vuelves a acercar a mí te juro que te mato. No lo dudes, lo haré.

Y repitió su venganza, pero esta vez con el estilizado extremo de su delicado calzado. Por una vez, los tacones de aguja servían para algo.

Jorge no pudo aguantar más el dolor y se desmayó. Sara estaba fuera de sí, todavía no era suficiente para ella. Quizá ver su sangre la apaciguase un poco. Se disponía a continuar con su tortura hacia el ser que le había hecho la vida imposible, cuando Gabriel la frenó sujetándola por un brazo.

—Tranquila, ya ha pasado.

Sara se soltó bruscamente. Ahora su mirada asesina iba contra él. Gabriel era el menos indicado para intentar calmarla. Le gritó con toda la furia que llevaba dentro:

—¡Ni se te ocurra ponerme la mano encima! Nunca.

Sin decir nada más, se acomodó como pudo su mancillado vestido, y salió de la habitación. Necesitaba que le diera el aire, necesitaba quitarse el olor a putrefacción que Jorge había dejado en ella. Se cruzó con dos hombres que no conocía. Quizá fueran personal de seguridad de Gabriel, pero aquello ya no le importaba. Lo último que oyó fueron las instrucciones que su anfitrión dio a los recién llegados:

—Sacad esta basura a la calle. Si vuelve por aquí, ya sabéis lo que tenéis que hacer.

La maldición de los Luján
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